Capítulo 26
Recompensa
Elyria
– N o... –gimió Gael en el instante en que resonó en la sala la voz polifónica del Tribunal.
Paelin no se uniría a ellos: la prueba del Espíritu había terminado.
–Adalides que reináis sobre el espíritu y la verdad –retumbó la voz–, recibid mis felicitaciones... y mis condolencias.
Vaya, eso era nuevo. Aquel misterioso ser no había expresado nada remotamente parecido a la compasión tras la primera prueba. ¿Estaría empezando a sentir afecto por ellos?
Elyria, muy a su pesar, sí que empezaba a sentirlo.
Todavía sentía un cosquilleo en la barbilla, donde Cedric la había tocado al sacarla de su trance.
Maldita prueba...
No había tenido intención de atacar a Belien de esa manera.
Se lo tenía bien merecido, sí, pero lo que le había pasado había cambiado algo en su interior.
Y, cuando recurrió a su magia natural con la intención de intimidar al humano con un temblor de tierra –uno minúsculo, diminuto, casi de juguete–, o tal vez redirigir unas cuantas piedras contra su cara de suficiencia, lo que le respondió fue su sombra.
No era totalmente consciente de lo que estaba haciendo hasta que Cedric la detuvo.
Y no tenía ni idea de cómo sentirse al respecto.
–... vuestro viaje está lejos de terminar. –El Tribunal seguía hablando. Ups –. Permitid que las verdades que habéis descubierto en vuestro interior os guíen en las pruebas que están por venir.
Elyria cruzó una mirada con Kit.
–¿Pruebas? –articuló en silencio–. Dos superadas, quedan dos. –Un tanto a favor para Kit: había acertado al predecirlo.
Pero Kit no respondió. En su lugar, la miraba con una mezcla de emociones extraña en sus ojos desparejados.
De entrada, Elyria pensó que no la había entendido, pero entonces se dio cuenta de que Kit no sabía nada de su magia oscura. Elyria jamás había permitido que la viera y tampoco se lo había contado.
Asombro, conmoción y algo de dolor: eso era lo que mostraban sus ojos.
Pero no miedo.
Elyria podía manejarse con eso. Podía soportar que Kit estuviera molesta, incluso rabiosa, siempre y cuando no le tuviera miedo.
Tenía que hablar con ella tan pronto como pudiera, pero en ese momento lo único que podía hacer era centrarse en el resto de las palabras del Tribunal, en su siguiente orden. Especialmente, dado que tenía al corpulento caballero humano casi encima, asfixiándola.
Se planteó darle un codazo para obligarlo a apartarse. Necesitaba espacio para pensar, para tomar aire.
Apenas podía respirar teniéndolo tan cerca.
–Las heridas emocionales son más profundas que las físicas –afirmó el Tribunal–. Tendréis dos noches para descansar y reponeros.
Las puertas del fondo se abrieron de par en par.
–Después comenzará la prueba de la Magia, en la que vuestra fuerza, por sí sola, no será suficiente para sobrevivir. Confiad en los lazos que habéis forjado, en la confianza que habéis construido. Recordad: la unidad es la llave.
Dicho eso, la voz coral se desvaneció.
Elyria intentó con todas sus fuerzas no mirar a Cedric. Fracasó. Y cuando se encontró con sus ojos marrones dorados, algo se removió en el rincón donde dormía su sombra interior.
Reconocimiento. Comprensión.
No dijeron nada, no había necesidad de palabras. Estaban juntos en eso.
Les gustara o no.
El silencio apacible de la noche debería haber brindado a Elyria un poco de paz; por fin tenía la oportunidad de descansar después de haber luchado tanto. Sin embargo, se sentía inquieta.
Kit apenas había abierto la boca mientras cruzaban la sala para entrar en la habitación donde habían dormido la noche anterior, de nuevo materializada. Se derrumbaron cada una en su cama, con un acuerdo tácito de posponer cualquier conversación larga y emocional hasta la mañana siguiente.
Elyria deseaba con todas sus fuerzas quedarse dormida, pero era incapaz. Se tumbó de lado y contempló la pared, mientras los acontecimientos del día se repetían una y otra vez en su mente.
La carrera hacia las puertas, el espejo dorado, la batalla, la oscuridad, la casa en llamas, lo que había pasado después... Y entrelazado con casi todos los recuerdos, impregnando cada imagen..., él.
¿Por qué Cedric ocupaba un lugar tan importante en su mente?
¿Era tan solo el efecto secundario de la prueba del Espíritu?
Pensó en lo que había visto cuando salió de su prueba y entró en la de Cedric: estaba acurrucado en el suelo, rodeado de llamas que danzaban a su alrededor, con los ojos cerrados con fuerza y la mandíbula apretada, luchando contra el dolor.
Su primer impulso había sido acercarse corriendo a él y arrullarlo para calmar su pánico.
Recordó cómo había desorbitado los ojos al reconocerla, cómo el dolor y la confusión se habían transformado en algo que parecía asombro, maravilla. Se le había iluminado la cara de alivio... antes de volver a caer en la sospecha.
Elyria sonrió, apretando la cara contra la almohada, al rememorar cómo se había lanzado de pronto contra ella. El caballero era un luchador decente, eso había que reconocerlo. Se preguntó cómo pelearía si se enfrentaban en circunstancias menos traumáticas. Apostaba a que sería divertido.
Y entonces sacudió la cabeza y hundió el rostro en la limpia sábana de algodón.
¿En qué estaba pensando? ¿Qué le pasaba?
¿Por qué sentía la presencia de aquel humano en todas partes?
¿Por qué siempre estaba presente? Después de cada prueba, antes de entrar en el Portal...
Incluso allí, en ese momento, seguía sintiéndolo.
No entendía por qué. No comprendía el destello de familiaridad que parecía correr por sus venas al pensar en él.
¿Era gratitud? Pero él no había hecho gran cosa por ella, al fin y al cabo.
Sí, la había traído de regreso a la realidad cuando atacó a Belien, pero ella le había ayudado antes en múltiples ocasiones.
Y si estaba allí, en realidad, era para ayudar a Kit.
Aun así, una idea incómoda rondaba por su mente.
Algo no marchaba bien. Cuanto más tiempo pasaba en el Santuario, más le costaba centrarse en el motivo por el que había entrado allí.
Era como si Kit y Evander fueran pasando al fondo de su mente y ese caballero exasperante y santurrón ocupara su lugar. Un humano.
Bueno, tenía que admitir que no era tan insoportable como le había parecido de entrada. Especialmente cuando por fin –¿quizá?– se había convencido de que ella no tenía nada que ver con el asesinato de sus padres. Y sí, tal vez se hubiera enternecido al verlo en sus peores momentos.
Un poco.
Pero seguía siendo insufrible. Parecía llevar constantemente un cuchillo entre los dientes y un palo metido por el culo.
Elyria suspiró. Le dolía la cabeza. Pensó en todo lo que había pasado ese día. Era como si la Elyria de por la mañana, la que había acaparado el beicon y había cruzado unas cuantas pullas con el caballero, fuera una persona distinta de la de la noche.
Cada hora que pasaba allí le parecía una eternidad y un instante a la vez. ¿Cuántos días habrían pasado fuera del Santuario Celestial? ¿El tiempo correría a la misma velocidad? ¿O la antigua magia de aquel lugar distorsionaba sus sentidos y alteraba el paso del tiempo?
Se giró y se tumbó boca arriba, aferrando la manta como si fuera un ancla que pudiera mantenerla atada al presente. Necesitaba dejar de darle vueltas a la cabeza, aunque solo fuera un instante.
No era la oscuridad lo que la mantenía despierta. Había hecho las paces con eso, al menos de momento. Era otra cosa. Había algo que... que tiraba de ella, una sensación no muy diferente a la de haber olvidado algo y tenerlo en la punta de la lengua.
Se incorporó y sacó las piernas de la cama de golpe.
El vaporoso camisón blanco le acarició las rodillas cuando sus pies descalzos se posaron en el frío suelo de piedra.
Tras echar un vistazo a Kit, que dormía plácidamente, salió con sigilo de la habitación, sin ponerse las botas siquiera.
Solo necesitaba aclararse las ideas. Necesitaba espacio para pensar.
En cuanto cerró la puerta del dormitorio, la inundó la inquietud. No necesitó volverse para comprobar que no se encontraba en la sala central del Santuario, la estancia donde aguardaban cuando no estaban pasando por las pruebas, sino en un pasillo largo y vacío.
La luz vacilante de las antorchas iluminaba el corredor. Elyria vaciló un instante y rozó el muro con la mano, como si buscara consuelo en la piedra fría.
Todo estaba en calma. No había ni rastro de los otros adalides; ni siquiera veía las puertas de sus dormitorios.
No había ningún signo de vida, salvo el suave murmullo de la antigua magia del Santuario.
De alguna forma, le resultó tranquilizador, y una suave melodía brotó de sus labios al compás de la magia. Su inquietud inicial se desvaneció.
Dio un paso adelante, dejando que ese tirón que sentía en su pecho la guiara por el sinuoso pasillo.
Al doblar una suave curva, Elyria se detuvo en seco.
Por supuesto , pensó. Es que lo sabía...
El tirón la había guiado directamente hasta él.
Cedric estaba sentado en un banco de piedra en una pequeña alcoba al final del corredor, con los hombros caídos y la cabeza entre las manos. La luz de la luna se filtraba por un ventanuco. No llevaba la armadura: solo una sencilla túnica negra y unos pantalones.
Indefenso.
Vulnerable.
Humano.
Debió de oírla, porque levantó la cabeza antes de que ella pudiera dar otro paso. Abrió los ojos castaños, en los que brillaba una emoción que Elyria no supo identificar. No era sorpresa, exactamente. Más bien asombro. Incredulidad.
Como si no hubiera esperado verla, pero tampoco no verla.
Y Elyria lo entendió. Porque, contra toda lógica, ella sentía exactamente lo mismo.
Por algún motivo, los celestiales, el destino o el maldito Crisol Arcano parecían empeñados en unirlos.
Con qué fin, lo ignoraba. Lo único que sabía era que la sombra antigua y oscura que albergaba en su interior parecía reconocer algo, algo que la hacía sentirse atraída y repelida por el caballero a partes iguales.