Capítulo 25 #2
Cedric sintió un cosquilleo en el pecho al bajar la vista. Gael Winters era una ignimante, y tenía una mano apoyada sobre la mesa. La otra apretaba un cáliz metálico... lleno de vino en ebullición.
–Gael –murmuró Cyren con tono de advertencia.
–No es nada personal –añadió Leona rápidamente, como si quisiera calmar la situación.
Ni siquiera ella podía ignorar la magia que brotaba de Gael en oleadas de ira–.
No todos estamos hechos para las exigencias de la prueba del Espíritu.
Basta con ver cuánto tiempo tardaron Lightbreaker y el niño bonito de lord Church.
Cedric hizo caso omiso de la sensación de bochorno que se cernía sobre él.
Entonces, no supo si por maldad o por inconsciencia, Belien dijo algo extremadamente estúpido.
–Exacto –asintió el pelirrojo con altivez–. Algunos son débiles, sencillamente.
Gael pareció a punto de estallar en llamas.
–No sabes de lo que estás hablando –intervino Elyria justo a tiempo–.
Esa prueba nos obligó a afrontar nuestros miedos más profundos, nuestros recuerdos más oscuros.
Cosas que destrozarían incluso al más duro y fuerte de los adalides.
Si consideras débil a alguien capaz de enfrentarse a su peor pesadilla, aunque esta lo derrote al final, es que eres aún más tonto de lo que pareces... ,
Y mira que es difícil , completó Cedric mentalmente, recordando que antes de la prueba Elyria le había dicho lo mismo a él.
–... y mira que es difícil –concluyó Elyria.
Cedric ocultó la sonrisa tras su pichel de cerveza. Era agradable presenciar el sarcasmo de la fae cuando su víctima se lo merecía de verdad.
Por desgracia, sus palabras no surtieron el mismo efecto en Belien que en Cedric. Al hechicero pareció darle igual.
–Vaya, vaya. ¿Detecto cierta susceptibilidad en la poderosísima Revivida? –preguntó con ironía.
–Me pregunto si te sientes atacada tú... o si saltas en nombre de sir Thorne –añadió Leona, entrecerrando los ojos en dirección a Cedric.
Su mirada de suspicacia fue como un puñetazo en el estómago. ¿Lo sabía? ¿Sabía que él había sido incapaz de superar por sus propios medios la prueba del Espíritu? ¿Que la única razón por la que había salido de allí, por la que no continuaba atrapado como Alden y Paelin, era la ayuda de Elyria?
Él no había resistido. Alguien más fuerte lo había sacado de la oscuridad, alguien que se había enfrentado primero a sus propios demonios y a quien aún le había quedado energía para salvarlo a él. Los demás habían superado sus pruebas; Cedric simplemente había escapado de la suya.
Y, de alguna manera, Leona lo intuía.
–Cierra el pico, Blackwood –gruñó Kit, interrumpiendo la espiral de culpa de Cedric.
–¿Acaso te estaba hablando a ti, pixie? –le espetó Belien en un tono tan venenoso que, de haberlo tenido más cerca, Cedric lo habría abofeteado.
Elyria se levantó tan de golpe que su silla rechinó antes de volcarse.
–Por las malditas estrellas, ¿cuántas veces tiene que repetir el Tribunal la palabra «unidad» para que entre en el ladrillo que tenéis los humanos por mollera?
Leona puso los ojos en blanco.
–¿De verdad me tengo que tragar que una asesina como tú ahora predica la armonía?
–¿Y tú qué esperas conseguir siendo tan estúpida? Aparte de hacer que me entren ganas de romperte el cráneo contra la mesa, claro.
–¡Ahí lo tenéis! ¿Lo habéis oído? –Leona bajó la copa de golpe, salpicando vino tinto sobre la madera pulida–. ¿Veis cómo me amenaza? Unidad, y una mierda.
–¿Y la culpas? Todo el mundo tiene un límite –murmuró Nox; era muy raro que interviniera en una conversación.
Thraigg contuvo una carcajada.
–Eres tan arrogante y te ciega tanto tu fanatismo que no te das cuenta de que estás lanzando piedras contra tu propio tejado –continuó Elyria, gesticulando con vehemencia–. ¿No has pensado que a lo mejor el Tribunal no hablaría de la necesidad de la unidad si no fuera...? Ay, no sé... ¿Necesaria?
Leona levantó el cáliz en un brindis burlón.
–Bueno, demos gracias a los celestiales por contar con la Revivida entre nuestras filas, el recordatorio constante de lo que nos pasará si no decimos a todo que sí como buenos humanitos. ¿Nos matarás a todos como masacraste a nuestro pueblo durante la guerra?
Elyria se quedó inmóvil. La serenidad repentina de sus rasgos le provocó un escalofrío a Cedric. Las cosas estaban a punto de ponerse muy feas.
–¡Por los cuatro infiernos, ya basta, Leona!
–gritó Cedric, dando un puñetazo en la mesa–.
¿Quieres hacer el favor de dejar de provocar a todos los adalides que quedan?
Hoy hemos pasado todos por lo nuestro, y no tenemos ni idea de lo que nos depara el futuro.
Pelear entre nosotros no nos acercará a la corona.
–Puede que no –repuso Leona–. Pero si eso impide que la consigan los arcanios, merece la pena. Puede que vos, caballero, estéis empezando a simpatizar con esos canallas acaparadores de magia... Pero no todos olvidamos tan rápido nuestras raíces, sir Thorne.
Con un bufido, Leona se volvió hacia Belien, dando por zanjada la conversación y satisfecha de haber tenido la última palabra.
Belien, sin embargo, no estaba de acuerdo.
–Condenado amiguito de las hadas... –murmuró claramente–. Qué rápido se mea en todos sus principios por echar un polvo con una zorra fae.
Al instante, Cedric estaba de pie. Se llevó la mano a su amuleto sin pensar.
Le ardía el pecho. Iba a enseñarle a Belien a medir sus palabras y a pensárselo dos veces antes de volver a hablar así, aunque eso significara romper la débil tregua que habían alcanzado todos los adalides.
Estaba dispuesto a pagar el precio, si Belien también lo pagaba.
No fue necesario.
Porque, antes de que Cedric pudiera activar una sola chispa de su magia, un tentáculo de sombra salió disparado de la mano de Elyria y se enroscó alrededor del cuello de Belien.
Zephyr jadeó. Leona gritó.
–Perdona, ¿qué has dicho? –La voz de Elyria era como una daga dorada, tan hermosa como mortal–. Creo que no te he oído bien.
Belien clavó las uñas en la sombra, retorciéndose y luchando por respirar.
A Cedric se le revolvió el estómago al ver cómo la magia de Elyria estrangulaba a Belien.
Claro que había oído historias del poder de la Revivida; había pasado noches en vela imaginándolo, pensando cómo sería enfrentarse a él...
y a ella. Se había imaginado destrozando su poder, exprimiéndolo, viendo cómo se apagaba la luz de sus ojos, vengando la muerte de sus padres...
Verla empuñar su magia en ese momento fue idéntico a como lo había imaginado y, al mismo tiempo, totalmente distinto.
Era oscuro, devastador, impresionante.
Y muy similar al poder que había destrozado a su madre.
–Noctimante... –Los ojos granates de Nox estaban fijos en Elyria. Su voz sonó en un susurro reverente, apenas audible por encima de los gritos de Leona y los jadeos entrecortados de Belien.
Kit también miraba a Elyria boquiabierta, como si fuera la primera vez que la veía.
La sombra apretó más. La cara de Belien comenzó a ponerse morada.
De pronto, el hilo dorado que Cedric había sentido antes en su pecho dio un tirón y lo impulsó hasta hacerlo detenerse junto a Elyria. La fae temblaba, pero Cedric no hubiera sabido decir si era por el esfuerzo de usar esa magia oscura... o de estarla conteniendo.
–Elyria –le susurró al oído–. Ya es suficiente.
Ella no reaccionó.
Cedric alzó una mano vacilante. Se detuvo y la retiró. Después, con la mayor suavidad que pudo, le rozó la barbilla con dos dedos y le giró el rostro en su dirección.
La magia chisporroteó en el punto donde se habían tocado, y Cedric recibió una descarga. Elyria también, a juzgar por cómo bajó el brazo de pronto, mientras el tentáculo de sombra se disipaba hasta desaparecer.
Belien estaba en el suelo, jadeando, tosiendo y llorando, mientras Leona intentaba ayudarlo. Cedric apenas los oía. Se lo impedían aquellos ojos esmeraldas clavados en los suyos, a pocos centímetros de distancia. Todavía acariciaba el rostro de Elyria con los dedos.
–Sí. Ya es suficiente –dijo el Tribunal.
Cedric bajó la mano.
Y todo se detuvo.