Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Una daga dorada

Cedric

L a magia onduló alrededor de Cedric. La oscuridad del vacío estalló en un deslumbrante despliegue de luz estelar y color mientras caían. Era como si se precipitaran a través de mundos infinitos.

Y entonces, de pronto, se vio rodeado de muros de piedra. La luz de las antorchas refulgió contra su armadura, cuidadosamente apilada en una esquina. Sus armas seguían apoyadas contra la pared.

Habían regresado.

Delante de ellos se encontraba la puerta que daba a la sala central, la misma que había desaparecido cuando entraron en la habitación. Estaba abierta.

Por un momento, Cedric y Elyria se quedaron inmóviles, como si no se acabaran de creer que todo hubiera terminado. Que habían sobrevivido a otra prueba. Que estaban un paso más cerca de la corona.

Cedric abrió la boca. La cerró. Sabía que debía decir algo. Quería decir algo.

Pero no tenía ni idea de qué decir.

Y su corazón, que seguía latiendo a saltos, no ayudaba; era un recordatorio traqueteante de todo lo que había visto y de lo que había sucedido después.

¿Debería darle las gracias a Elyria? Aquello le reconcomía; no se quitaba aquel pensamiento amargo de la cabeza. Se suponía que él era fuerte, que debía superar las pruebas por sus propios medios. Se había entrenado para ello. Estaba destinado a ello.

Sin embargo, era muy consciente de que, de no ser por Elyria, aún continuaría atrapado en su pesadilla.

No se sentía victorioso. Era como si hubiera hecho trampa, como si lo hubieran llevado a un lugar seguro mientras los demás se enfrentaban solos a sus demonios.

Si Elyria compartía sus preocupaciones, no lo demostró. Le soltó la mano, recogió sus armas y avanzó a zancadas firmes hacia la puerta.

Cedric flexionó los dedos, consciente de pronto de la ausencia de su contacto.

Se obligó a mover los pies, arrinconando en lo más profundo de su mente lo que había sucedido.

No supo dar nombre a las emociones que sentía mientras se ceñía la coraza y colgaba los guanteletes en el cinto, junto a la espada y la daga.

Aquella armadura, de alguna forma, le resultaba en ese momento más pesada y ligera a la vez.

Cuando pasó a la sala del Santuario, se le desorbitaron los ojos.

Había una mesa dorada que ocupaba casi toda la estancia, con un fastuoso despliegue de carnes asadas, frutas maduras, copas rebosantes de vino y jarras llenas de cerveza.

Sus compañeros adalides se acomodaban en grandes sillones de terciopelo a ambos lados.

Las velas parpadeantes proyectaban un resplandor dora­­do, pero el ambiente distaba mucho de ser festivo.

Kit, Zephyr y Thraigg ocupaban un rincón en el extremo más cercano.

Gael y Cyren se sentaban frente a ellos, conversando con aire tenso.

Tenebris Nox se encontraba, como era de esperar, sin compañía alguna, varios asientos más allá.

Cedric vio a Belien y Leona en el otro extremo de la mesa, murmurando en voz baja con expresión decepcionada.

Los adalides picoteaban sin ganas la comida de sus platos o daban largos tragos a sus copas. Todos salvo Thraigg, que parecía encantado de la vida mientras devoraba con entusias­­mo un muslo de pollo chorreante de grasa.

Elyria estaba de pie junto a Kit. Cedric había tardado unos minutos en ponerse la armadura y no había sido testigo del reencuentro, pero, a juzgar por la ternura de sus miradas y por la forma en que entrelazaban con afecto los meñiques, no era difícil adivinar lo que sentían: ambos rostros mostraban una mezcla de alivio, alegría y quizá una pizca de miedo, como si no acabaran de creerse que la otra estuviera allí. Que ambas hubieran pasado la prueba.

Cedric sintió un nudo en el pecho al ver que Elyria murmuraba algo a Kit, demasiado bajo como para que lo oyera él. Su amiga asintió enérgicamente antes de enjugarse una lágrima.

Apartó la mirada, incómodo, consciente de que era testigo de algo privado.

–¡Aquí estás! –exclamó Thraigg con la boca llena, haciéndole señas para que se acercara.

–Aquí estoy –asintió Cedric, dejándose caer agotado en el asiento contiguo al del enano.

–Habéis tardado una eternidad. Llevamos esperando mucho tiempo –farfulló, sosteniendo con los dientes el muslo de pollo mientras se estiraba sobre la mesa para alcanzar una jarra de cerveza. Balanceándose ligeramente, intentó servir a Cedric.

–Ya lo hago yo. –Cedric extendió el brazo justo cuando Thraigg hipaba con tal fuerza que pegó un respingo, derramando cerveza en las manos del caballero.

–Cáspita –murmuró el enano, y Cedric no pudo evitar sonreír ante el contraste que provocaba esa expresión en boca de alguien con aquel aspecto.

Se volvió hacia Elyria con curiosidad, por si había oído la palabrota del enano; le daba la sensación de que le parecería graciosísima. Pero la fae estaba mirando en otra dirección, sentada junto a Kit con una copa de vino en una mano y una hogaza entera en la otra.

Una carita verde se interpuso en su campo de visión, tapándole a Elyria, y Cedric no supo identificar si la emoción que le hizo sentir era gratitud o irritación.

Zephyr le tendió una servilleta.

–Ah, gracias –dijo Cedric, limpiándose–. Me alegro de que hayas sobrevivido.

Ella esbozó una sonrisa un poco forzada, y el caballero se preguntó qué horrores de su pasado se habría visto obligada a revivir durante la prueba.

–Yo también me alegro mucho de verte –musitó ella.

–Ya lo creo. Nos lo hemos pasado en grande luchando contra nuestros demonios, ¿verdad, Zeph?

–dijo Thraigg–. Pero admitamos que no fuiste una gran compañía ahí dentro; no parabas de pasear en círculos y retorcerte las manitas.

Yo creo que estaba más preocupada por ti que por la prueba que estábamos pasando.

Cedric hubiera jurado que las mejillas de la silvana se tornaban de un tono más oscuro de verde.

–No estaba preocupada –protestó–. No sabía dónde estabas, todo me pilló por sorpresa. –Echó un vistazo a las puertas de la pared del fondo–. Pensaba que íbamos al mismo sitio, eso es todo.

–Yo también lo creía –asintió Cedric, alcanzando la jarra de cerveza rebosante. El líquido ámbar onduló, a punto de volcarse, cuando dio un sorbito. Después dio otro con menos cuidado, y acto seguido un auténtico trago.

Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba algo así.

–Pero supongo que bien está lo que bien acaba –continuó, bajando la jarra casi vacía–. Aunque me tocara una compañía menos agradable de lo que esperaba...

Aunque había pronunciado aquella broma tonta en un tono inaudible para nadie que no estuviese a su lado, Elyria volvió la cabeza y entrecerró los ojos como si le hubiera oído perfectamente.

Un poco envalentonado por el alcohol, le hizo un gesto con la cabeza, sonriendo de medio lado. La respuesta de la fae fue apurar de un trago la jarra que tenía en la mano.

Cedric se volvió hacia Thraigg.

–¿Hemos sido los últimos en llegar?

–Sí. –El enano soltó otro hipo–. No, espera. Aún falta el humano escuchimizado, el santo.

–Alden. –Cedric revisó con la mirada a los demás adalides y confirmó que el santo no se encontraba entre ellos.

Thraigg parpadeó lentamente antes de asentir, como si el movimiento le costara esfuerzo.

–Y el fae ese, el del pelo tan blanco que hace daño a la vista.

–Su nombre es Paelin –dijo Gael con voz seca, desprovista de su ironía habitual.

–Seguro que llegará en cualquier momento –dijo Cyren, colocándose un mechón de pelo azul tras la oreja. Le dio una palmada animada en el hombro a Gael, pero Cedric captó incertidumbre en sus ojos.

Al otro lado de la mesa, Elyria asintió mientras rellenaba su copa.

–Lo mismo dijo el memo pelirrojo de la otra –murmuró Thraigg.

Gael se puso tensa y Elyria le lanzó una mirada de advertencia al enano borracho.

–¿Cuánto tiempo llevas esperando? –intervino Cedric, intentando desviar la atención.

Thraigg dio un largo trago a su bebida antes de encogerse de hombros.

–Ni idea. Un rato.

Cedric estaba demasiado agotado para contener el bufido.

–Utilísimo.

–Tardabais mucho. Pensamos... –Zephyr dejó la frase en el aire.

Cedric se reclinó en la silla, comprendiendo entonces el nerviosismo de Kit y cómo se había aferrado a Elyria. Tenía sentido: ya los habían dado por perdidos.

–Bueno, si nosotros logramos salir –dijo Elyria, con una alegría que Cedric encontró forzada–, estoy segura de que Paelin no tardará mucho. –Sus ojos verdes se encontraron con los de Cedric por un breve instante antes de regresar a Gael.

Durante un buen rato, nadie habló. Pese a los esfuerzos ocasionales de Cedric por disipar la tensión, el ambiente estaba tan cargado como si fuera a estallar una tormenta.

Gael tamborileaba con los dedos. Belien entrecerraba los ojos con suspicacia.

Los labios de Leona lucían una mueca perpetua de desprecio.

Aunque hubieran superado la prueba del Espíritu y todos hubieran afrontado sus verdades, los lazos de camaradería eran débiles, frágiles, a punto de romperse.

La voz aguda de Leona rompió el silencio:

–¿Cuánto tiempo se supone que tenemos que esperar?

–El que sea necesario, Blackwood –replicó Gael.

–Cuando la que faltaba era mi hermana no tuvisteis ningún problema en seguir adelante –gruñó Belien–. Pero ahora tenemos que esperar hasta el fin de los tiempos a tu amiguito fae, ¿no?

Cedric apretó con fuerza la jarra y Gael lo contempló con una serenidad fría, letal.

–El Crisol siguió adelante. ¿Es culpa mía que el Tribunal declarase que la prueba había terminado? Yo habría esperado todo el tiempo que hiciera falta. Espero que Paelin...

–Y Alden –apostilló Leona.

–Espero que Paelin y Alden –añadió, apretando la mandíbula– superen la prueba. Parece que aún está por determinar.

Belien, evidentemente incapaz de no echar leña al fuego, se inclinó hacia delante con una sonrisa burlona.

–Creo que es hora de que afrontes la verdad, Winters. Al fin y al cabo, de eso trataba la prueba, ¿no? Tu amigo está muerto.

La temperatura de la sala subió varios grados. Un olor ácido y avinagrado llenó el aire, acompañado de un sonido de... ¿burbujeo?