Capítulo 24 #2
Cedric hubiera querido sonreír, pero solo fue capaz de exhalar con agotamiento. Sin embargo, por primera vez en lo que parecían horas, días, meses o incluso años, sintió que se libraba de un peso.
Elyria y él estaban magullados y maltrechos, navegando por aguas muy peligrosas. Pero algo había cambiado.
No era confianza, no del todo. Pero sí una tregua, por más que fuese frágil y provisional.
Era un comienzo.
–No estás solo en esto, Cedric –dijo ella como si respondiera a sus pensamientos, con una voz clara que pareció ahuyentar los últimos jirones de confusión que enturbiaban su mente–.
Y, si sigues con ganas de liarte a puñetazos –continuó–, guárdatelas para lo que quiera que nos espere en la próxima prueba.
O para la cara del fanfarrón de Belien, como prefieras.
–Le dio un golpecito juguetón en el hombro y, de pronto, su rostro se crispó en una mueca de dolor.
–¿Qué...? ¿Qué te pasa? –preguntó Cedric. Las palabras brotaron atropelladamente, muy alejadas de lo que pretendía decir.
–No es nada –respondió ella, aunque el gesto involuntario con el que acercó la mano a su antebrazo delató su dolor.
–Estás herida.
–Estoy bien.
–Déjame ver –exigió él.
Con un gesto exageradamente teatral, Elyria accedió y extendió el brazo como una niña pequeña.
Cedric se fijó de inmediato en la zona en carne viva que había en la parte inferior de su antebrazo: una quemadura.
–¿Cómo te has hecho esto? –Le giró el brazo, comprobando si tenía más heridas.
–Ay, pues no sé. Imposible que fuera cuando intentaba sacar un peso muerto de noventa kilos de una casa en llamas, ¿no?
Cedric quiso replicar, pero la culpa le puso el estómago del revés.
–Lo... Lo siento.
Ella le quitó importancia con un gesto.
–He pasado por cosas peores. –Se llevó la otra mano a la pierna, como si fuera a frotarse el muslo, pero la detuvo en seco y carraspeó–. Si he de ser sincera, lo peor ha sido mi propia prueba.
Se levantó un borde de la blusa, revelando una franja de piel suave y pálida.
Cedric se maldijo a sí mismo al descubrir que se le aceleraba el pulso.
–¿Qué infiernos haces? –exclamó, soltándole el brazo como si de repente fuera venenoso.
–Tranquilo, sir Mojigato. Solo quería mostrarte la... –Se quedó callada–. Anda. Qué raro.
–¿El qué?
–Me hice un buen corte aquí mientras... –Se quedó pensativa–. Supongo que solo era parte de la ilusión, ¿no?
Una ilusión... Pero si la prueba de Elyria no había sido más que una ilusión –convincente, capaz de destrozarle la mente, pero ilusión, al fin y al cabo–, ¿por qué la prueba de Cedric le había dejado una quemadura que necesitaría curas?
Cedric ignoraba si Elyria estaría planteándose lo mismo que él. No parecía estarle prestando atención a su quemadura; recorría el cuerpo del caballero con la mirada, inspeccionándolo.
–¿Tienes heridas? ¿Dónde están tus quemaduras? –preguntó, con una ansiedad que intensificó la culpa que sentía Cedric.
Se miró a sí mismo, revisó sus brazos y sus piernas. Tenía la ropa chamuscada, quemada en algunos sitios. Había sentido cómo le lamían las llamas, pero no encontró ni una sola huella, ni la menor señal de que el fuego lo hubiera alcanzado.
No tenía sentido.
La frontera entre la realidad y lo que fuera aquello se difuminó aún más. Cedric no entendía esa prueba, ese examen. ¿Qué sentido tenía? ¿Para qué servía? ¿Cómo demostraba aquello que alguien era digno de la corona?
–Cuando lo averigüe, te lo diré –repuso Elyria.
Cedric apretó la mandíbula; no se había dado cuenta de que estaba hablando en voz alta. Con un gruñido de exasperación, se apartó un mechón rebelde de la frente.
Elyria se quedó mirándolo fijamente, con una expresión indescifrable en su rostro de porcelana.
Cedric se aclaró la garganta.
–¿Tú cómo has llegado aquí? ¿Cómo has salido de...?
–¿De mi pesadilla personal?
–Sí.
–No estoy muy segura. Siento decirlo, porque sé que esa es una información muy útil.
Él resopló a modo de asentimiento.
–Solo sé que... Estaba allí, rodeada de... No sé ni cómo describirlo. La nada, un...
–... vacío –completó Cedric a duras penas.
Elyria lo miró con curiosidad.
–Sí, exacto. Yo solo había... –Bajó la mirada y Cedric pensó, no por primera vez, que ella tampoco parecía demasiado dispuesta a confiar en nadie.
–¿Habías...? –la animó él.
Elyria alzó la vista. Cuando sus ojos como gemas se encontraron con los de él, Cedric tuvo que esforzarse por no apartar la mirada.
Estaban tan llenos de dolor y de vulnerabilidad...
En sus iris brillaban años de sufrimiento reprimido y de soledad.
Pero también había algo más, un pequeño destello de esperanza.
Una especie de paz, algo nuevo, algo que Cedric hubiera jurado que antes no estaba allí.
No supo qué pensar.
Al parecer, ella tampoco lo sabía, porque continuó hablando como si no hubiera pasado nada.
–Caí en la nada, o quizá fuera el vacío lo que me absorbió, no sé. Y entonces, de pronto, me encontré aquí. Pero no estoy segura de si debería estar en este lugar. Lo único que sé es que oí... –Se interrumpió de nuevo.
–Me oíste a mí –terminó Cedric, y ella asintió.
Lo había oído. Había acudido en su busca.
Cedric se esforzó por impedir que le afectara esa revelación.
–¿Y si pudieras volver a ese vacío? –preguntó con una despreocupación impostada–. ¿Y si yo supiera dónde hay uno por aquí? ¿Crees que nos sacaría de este lugar y nos llevaría de vuelta?
–Creo que es un plan tan ridículo y temerario como otro cualquiera –sentenció ella, sonriendo–. Así que vamos a intentarlo.
Tras echar una última mirada a los restos humeantes del hogar de su infancia –su ilusión, su realidad–, Cedric y Elyria se adentraron en el bosque.
Llegar al puente de madera no les llevó demasiado tiempo.
Reunir valor para saltar, sí.
Cada fibra de su ser le gritaba a Cedric que no lo hiciera. Que era lo más estúpido que podía hacer y que, por los cuatro infiernos, ¿de verdad se lo estaba pensando? ¿No recordaba que aquello era una competición? ¿No debería levantar sus sospechas que Elyria quisiera que se tirara por un puente?
El sudor perlaba su frente, y su corazón parecía un caballo desbocado mientras ambos, al filo del vacío, miraban fijamente la nada infinita.
Pero, cuando la mano de Elyria encontró la suya y la apretó, cuando sus ojos se encontraron con los de él, llenos de esperanza y, sí, de confianza, Cedric saltó.