Capítulo 24
A través del fuego
Cedric
F río.
Tenía mucho frío.
Y, sin embargo, el fuego lo invadía todo.
Cedric sentía las llamas lamiendo su piel mientras la cabaña ardía.
No sabía dónde había ido aquel hombre, el portador de sombra y sangre.
El que le había arrebatado la vida a su hermosa y bondadosa madre.
No había cuerpos: ni los de los intrusos mutilados y carbonizados ni el del padre de Cedric, tendido sobre un brutal charco de sangre.
Cedric ni siquiera estaba convencido de que su propio cuerpo se encontrara allí. De ser así, ya no era el cuerpo del niño de seis años en el que había estado atrapado, incapaz de expresar sus pensamientos o moverse por su propia voluntad mientras revivía la peor noche de su existencia.
Cedric estaba solo.
Frío y solo. Tan solo...
Entonces, de repente, dejó de estarlo.
Una voz –suave, musical– se abrió paso entre la bruma y se deslizó entre el crepitar de las llamas y las nubes de humo. Sonaba familiar, reconfortante. Por primera vez desde el comienzo de la pesadilla, Cedric sintió que la tensión que tenía sus nervios a flor de piel comenzaba a disiparse.
–Todo va bien –murmuró la voz–. Estás a salvo. Estoy contigo.
A Cedric le latía la cabeza. Cerró los ojos, pero tenía grabadas a fuego las imágenes de lo que acababa de ver, los recuerdos. Continuaba viéndolos detrás de sus párpados.
Una dulce melodía se abrió paso entre los gritos fantasmales de su cabeza. No conocía la canción, pero cuando notó una mano en su espalda que trazaba lentos círculos, su corazón palpitante se calmó ligeramente.
–Tenemos que movernos –dijo la voz–. ¿Puedes levantarte?
Hizo un esfuerzo para organizar sus pensamientos en algo remotamente coherente, pero cada vez que creía que podía formular una idea, se le escapaba.
La voz se volvió más severa, más estricta.
–Despierta –ordenó–. Puedes con esto.
Pero él no podía decir nada, ni siquiera podía levantar la cabeza hacia la voz. Le daba miedo que desapareciera si lo hacía. No quería que se fuera. Había algo en aquella voz que lo atraía, que tiraba de él como un hilo de oro sujeto al rincón más profundo de su pecho.
Y algo más tiraba de él, pero no del pecho, sino del brazo. De los dos. Alguien los aferraba para moverlo por la fuerza.
–Por las estrellas, ¡mueve el culo, Cedric!
Oh. La voz se había enfadado.
El corazón le martilleaba contra el pecho mientras se esforzaba por levantar lentamente la cabeza, parpadeando para librarse del escozor del humo.
Veía todo borroso. Una figura intentaba arrastrar su pesado cuerpo por el suelo humeante de la cabaña.
Unas manos pequeñas y fuertes le agarraban las muñecas.
Su mirada recorrió los finos brazos hasta recaer en unas ondas doradas que caían sobre sus hombros.
Por un momento, se atrevió a albergar esperanzas; a creer que, por imposible que pareciera, su madre había sobrevivido. Que estaba allí en ese momento, llamándolo, sacándolo de esa pesadilla.
Y entonces, un dulce aroma a almendras se abrió paso entre asfixiante olor a quemado, y Cedric dio un respingo.
Porque aquellas no eran las ondas trigueñas de la melena de su madre: era el reflejo del fuego en una melena que caía en cascada. Y lo que asomaba detrás de la figura eran alas.
Logró enfocar la vista y descubrió la cruda realidad. No era su madre. Por supuesto que no.
Era Elyria.
Notó una oleada de alivio que lo dejó aturdido y desorientado, tan repentina que no le dio tiempo ni siquiera a tomar aliento. Elyria estaba ahí. Se encontraba bien. Y, por un desconcertante segundo, eso fue lo único que le importó.
Se le escapó un sonido a mitad de camino entre un jadeo y una risa mientras se incorporaba con dificultad. Elyria le soltó las muñecas, sorprendida, y retrocedió para salir de la cabaña. Cedric la siguió con una mano extendida, como si necesitara confirmar que realmente estaba allí.
La Revivida estaba allí.
De pronto, una desconfianza brutal, primaria, se apoderó de él. ¿Por qué estaba allí? ¿Cómo lo había encontrado? ¿Era otro truco del Crisol, un elemento más de aquel infierno? ¿No lo había destrozado ya lo suficiente esa maldita prueba?
La mano que extendía hacia Elyria se cerró en un puño. Su pulso se aceleró. La cabeza le daba vueltas. Los qué, los cómo y los porqués se mezclaban en una maraña espinosa y confusa. Y en el centro de todo estaba ella.
Cedric la fulminó con la mirada
–Tú –siseó–. Has sido tú, ¿verdad? Tú has hecho esto.
Elyria desorbitó los ojos verdes, y Cedric creyó vislumbrar un atisbo de dolor en su rostro. Sin embargo, solo duró una fracción de segundo, y de inmediato adoptó su habitual máscara fría, a la defensiva.
–Por el cuadrante más profundo del infierno, ¿de qué narices hablas? –replicó con el ceño fruncido.
–Yo... –La voz de Cedric temblaba por la confusión. ¿Había visto a la Revivida? ¿Realmente era ella?–. Oí tu nombre.
–Eso ya me lo has dicho –zanjó ella con sequedad, pero miró a su alrededor como si intentara averiguar dónde estaban.
–No te hagas la inocente –gruñó él, acercándose.
Ella entrecerró los ojos y dio un paso atrás al tiempo que sus alas desaparecían con un destello de magia, como si no quisiera que Cedric se acercara demasiado a ellas.
–¿Crees que yo estoy involucrada en esto?
–Señaló con el brazo la cabaña en llamas detrás de Cedric–.
¿Que la pesadilla retorcida que acabas de vivir es culpa mía?
–Su voz era puro hielo–. Acabo de superar mi propia prueba.
Aunque tuviera energía o ganas de hacerlo, ¿cómo infiernos iba a interferir en la tuya?
Cedric no la escuchaba. Sus pensamientos daban vueltas en espiral, y los fragmentos de la pesadilla continuaban impregnando la realidad. Se tocó la cicatriz del labio con la mano y, cuando la retiró, vio que tenía los dedos manchados de sangre.
Todo le dolía: el labio, la mente, el corazón...
Todo era demasiado real, demasiado reciente, demasiado doloroso.
Y ella estaba allí. De pie, justo delante de él.
La última pieza de un rompecabezas que no entendía, pero que sabía que tenía que resolver.
Como si la propia prueba le estuviera diciendo que su presencia allí estaba mal.
Algo dentro de Cedric se rompió. La furia devoró su pecho ardiente, abrasadora, lista para estallar. Una mezcla abrumadora de alivio, confusión y traición explotó de súbito.
Muy en el fondo, quizá sabía que Elyria no era la responsable. No había estado allí. Pero sabía algo, tenía que saberlo. Y Cedric lo averiguaría de una forma u otra.
Se abalanzó sobre ella.
–¿Qué estás haciendo? –siseó Elyria, esquivándole–. No soy tu enemiga, idiota.
La frase despertó algo en su memoria, pero lo ignoró. Rodó por el suelo y volvió a lanzarse contra ella.
La respuesta de Elyria fue darle un fuerte codazo en el costado.
–¡Basta ya!
No le hizo daño, pero sí trastabilló. Se agarró al tronco de un árbol y se volvió para enfrentarse a ella, mostrando los dientes.
–¡Deja de mentirme!
–Has perdido la cabeza –replicó Elyria, con los ojos encendidos–. Yo no...
–¡Entonces, dime por qué! –bramó con voz rota, mientras lanzaba un puñetazo que Elyria esquivó con una pirueta–. ¿Por qué algo me dice que todo está relacionado contigo? ¿Lo orquestaste tú? ¿Los llevaste hasta nosotros?
Elyria contuvo una exclamación ahogada.
–Sigues pensando que estoy detrás de la muerte de tu familia. –No era una pregunta–. ¿Es eso lo que te ha mostrado este lugar? ¿Te ha hecho revivirlo? –Sus ojos brillaron con algo que parecía lástima.
Cedric odió esa lástima.
Sus manos se sacudían con violencia.
La voz de Elyria se hizo más suave.
–No era real, Cedric. Al menos, esta vez. No sé qué te habrá mostrado este lugar, pero solo pretende quebrarte. No se lo permitas.
Cedric tocó el talismán de maná que colgaba de su cuello y Elyria se tensó como si se preparara para otro ataque. Sin embargo, el deseo de pelear se desvaneció tan repentinamente como había surgido.
Pasó un dedo por la suave superficie de la piedra, siguiendo el recorrido de las vetas en forma de relámpago.
–Ya no estoy seguro de saber qué es real –murmuró con la voz entrecortada–. ¿Cómo puedo estar seguro de que eres real?
–No lo sé –admitió ella en voz baja–. A veces, ni siquiera yo sé si soy real. Pero, aunque tuviera una respuesta... –Soltó una suave risa–. No creo que haya nada que pueda decir para convencerte. Solo puedes confiar.
–¿Confiar en ti?
–En ti mismo. Y sí, a ser posible, ya de paso también en mí. –Mostró las palmas en un gesto conciliador–. Sé lo imposible que parece, créeme. Pero la confianza es una espada de doble filo: puede cortar, sí, pero también protege.
Cedric agachó la cabeza. Sus palabras habían abierto una brecha en el caos de su mente, pero no lo suficientemente grande como para aclararle las ideas.
–No sé cómo hacerlo –dijo.
Elyria cambió el peso de un pie a otro, como si quisiera acercarse a él y no se atreviese.
–Empecemos por algo pequeño. Una verdad sencilla. Sir Thorne, aunque ya no creáis en nada, podéis confiar ciegamente en lo que voy a decir.
Respiró hondo, como si estuviera a punto de confesar algo tremendo.
Cedric contuvo el aliento.
–Quiero. Largarme. De. Aquí. –Elyria fue marcando cada palabra con una palmada, con una expresión de niña pequeña a punto de sufrir una rabieta.
Cedric notó que se le escapaba una risa ahogada, y Elyria apretó los labios para contener la sonrisa.
–Vale –continuó ella–. Nos guste o no, nos gustemos o no... –Hizo una pausa, como si le desafiara a picar un anzuelo muy evidente.
Él se mordió la lengua.
Elyria soltó un leve suspiro y continuó hablando:
–... no creo que pueda salir de aquí sin ti. Después de todo, estoy en tu mundo, por así decirlo. Ni siquiera sabría por dónde empezar a buscar la salida. ¿Qué me dices?
–Está bien –murmuró Cedric, agradecido de que su voz ronca ocultara su diversión–. Pero si me...
Elyria lo interrumpió con un aspaviento.
–Ya, ya... «Si me traicionas, te arrepentirás». Algo así, ¿verdad?