Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

En la oscuridad

Elyria

E lyria no sabía cuánto tiempo llevaba luchando. No sabía cuántas vidas había arrebatado.

El mundo era una bruma de caos, llamas titilantes y regusto metálico a sangre.

Las sombras se arremolinaban a su alrededor, embriagadoras, enloquecedoras.

Sus pensamientos eran confusos, fragmentados como un caleidoscopio: rostros de cultistas que destrozaba al abrirse paso por el campo de batalla, gritos de moribundos, latidos del poder retorcido que vibraba en sus venas.

Blandió la espada forjada de sombras y rajó de un amplio revés a otro enemigo que, de pronto, se evaporó en la niebla. A Elyria se le cortó el aliento cuando los cadáveres y los soldados que continuaban luchando se disiparon como polvo en el viento.

Y entonces se quedó sola.

Completa, absolutamente sola.

La oscuridad descendió de nuevo: un vacío infinito que se enroscaba a su alrededor, cercándola, envolviéndola.

Esto es lo que eres , le susurró la oscuridad al oído.

«Esto no es real», intentó responder ella.

Es lo que siempre has sido. Un monstruo. Una criatura de venganza. Oscuridad infinita.

–¡Sal de mi cabeza! –gritó, no sabía si mentalmente o en voz alta. El pasado se desangraba, manchando el presente.

Cayó de rodillas y hundió la cara en las manos empapadas en sangre, mientras las sombras se enroscaban en su torso.

Las imágenes y los recuerdos se deformaron, fundiéndose en un continuo.

Doscientos años de vigilancia constante.

De hacer todo lo posible, cualquier cosa, para mantener la oscuridad bajo control, encadenada, enterrada.

Dos siglos de miedo a flaquear, a lo que podría pasar si permitía que volviera a liberarse.

Dos siglos llenos de arrepentimiento y dolor por las pocas veces en que eso había sucedido.

Casi nadie lo sabía, ni siquiera Kit. Circulaban rumores, por supuesto –historias de lo que había ocurrido en el campo de batalla junto al castillo de Lumin–, pero nada más.

Elyria había guardado la verdad bajo llave, enterrada tan profundamente en su interior que solo salía a la superficie en sus momentos más oscuros.

No, en sus momentos más débiles. Nadie lo sabía.

Excepto él.

Evander lo sabía. Estuvo presente la primera vez que Elyria perdió el control.

La primera vez, después de la batalla de Luminaria, en que las sombras se desgarraron desde su interior, ávidas de sangre y venganza.

No fue a propósito; eso lo sabía. Fue un acto reflejo, un medio de defensa.

Un grupo de cultistas de Malakar se había infiltrado durante la noche en el destacamento donde estaba apostada.

El caos era abrumador: los soldados caían como moscas a su alrededor, y las flechas de cristal carmesí rajaban alas y perforaban armaduras.

Elyria estaba herida, agotada por el esfuerzo de mantener a raya al enemigo para poder reforzar sus defensas.

No había sido capaz de expulsarlos a todos, y estaba tan ocupada peleando que no se había fijado en que un sanguinagi avanzaba hacia tres jóvenes soldados, poco más que reclutas, que luchaban por mantener la posición.

No tenían ninguna posibilidad, lo había visto en sus ojos. Pudo sentir su terror mientras el mago de sangre se acercaba a ellos y materializaba en sus manos una espada de cristal brillante. Percibió el miedo, la angustia, la desesperación absoluta. Y algo se rompió en su interior.

Notó cómo la oscuridad se iba abriendo paso hasta la superficie. Le susurraba promesas tan dulces... Podía salvarlos. Podía detener aquello. Detenerlo todo. Bastaba con que se dejara llevar.

Y lo hizo.

Cuando la oscuridad se retiró finalmente, cuando las sombras se deslizaron de nuevo a las profundidades de su alma, no quedaba nada.

Ni del sanguinagi al que pretendía detener ni de los jóvenes soldados a los que quería salvar.

Todos estaban muertos.

Evander la encontró después, acurrucada en un rincón del patio en ruinas. Temblando, desencajada, destrozada.

No se estremeció.

No retrocedió ante el monstruo en que se había convertido.

La abrazó con fuerza. Le dijo que no estaba sola. Que se quedaría con ella, que la ayudaría, que lo arreglaría todo.

Elyria sabía que no era cierto. Era consciente de que su problema no tenía solución. No había vuelta atrás, después de lo que había hecho.

Pero eso no impidió que Evander lo intentara.

Veinticinco años atrás, cuando declaró ante Elyria, Kit, su madre y todo el personal de Ravenswing que entraría en el Crisol Arcano para obtener la Corona de la Concordia por la gloria, por su país y por su pueblo, Elyria supo por qué lo hacía en realidad.

Por ella.

Contuvo un sollozo. Había sido culpa suya que Evander participara en el Crisol.

Culpa suya que se hubiera metido en esa misión demencial en busca de un premio imposible de obtener.

¿Acaso seguía existiendo la Corona de la Concordia?

A saber; Daephinia podría haberla hecho añicos.

El premio final de aquella espantosa prueba tal vez no fuera más que unas astillas destrozadas, restos del poder de antaño.

Algo por lo que no mereciera la pena jugarse la vida... y perderla.

Que era lo que había hecho Evander. Y ahora, estaba muerto.

Por su culpa.

El remordimiento abrumaba a Elyria. La aplastaba, la hundía contra el suelo. Las sombras se cerraron más, estrechándola como cadenas que se tensaban en torno a su cuerpo.

Mira tu poder. Sabes de lo que eres capaz , decía la oscuridad, casi con cariño.

Como si lo que era capaz de hacer fuera algo bueno, algo de lo que estar orgullosa.

Algo deseable . Acéptanos , le susurró. Déjanos convertirte en lo que estás destinada a ser desde siempre: nuestra arma oscura. Nuestra reina de las sombras.

Por un instante, Elyria vaciló. Una parte de ella, una parte mínima, aterrorizada, deseaba creer a la oscuridad, dejar de luchar, de resistirse. La oscuridad le daría fuerza. Le quitaría ese miedo, esa culpa. Sería un salvavidas en el mar de soledad que amenazaba constantemente con ahogarla.

Solo quedaría el poder.

No , pensó. No llegó a pronunciarlo en voz alta; fue apenas un susurro en su mente.

Tenía que salir de allí. Necesitaba libe rarse de aquello.

El suelo tembló bajo sus pies mientras su magia natural luchaba por atravesar la oscuridad.

Brotaron raíces que se sacudieron con violencia, pero las sombras seguían ciñéndose a su cuerpo, y chilló de dolor cuando se hundieron en su carne.

La oscuridad se rio. Llevas mucho tiempo escondida, agaza pada en la luz. Débil. Aterrada de lo que eres realmente.

Elyria se estremeció. Le temblaron las manos mientras las sombras se deslizaban entre sus dedos, gélidas, implacables. Se le entumecieron las extremidades y el frío caló hasta sus huesos. Era cierto: se sentía débil. Tenía miedo. Y estaba tan cansada de luchar...

Ven. Ríndete y abraza la oscuridad.

Las sombras reptaron por su cuerpo, sofocándola y protegiéndola a la vez. Le ofrecían poder. Amenazaban con consumirla.

Su sangre latía frenéticamente al compás errático de su corazón. Se le cortó el aliento. Estaba a punto de rendirse.

Entonces, rememoró una voz. Una voz llena de calidez, que evocaba un recuerdo de cabello negro y ojos dorados.

«Eres la persona más fuerte que conozco, Elle», había dicho Evander. «Te caes, te hieres, pero siempre te levantas. No huyas de ti misma. No tienes por qué esconderte».

Se le humedecieron los ojos. Evander había creído en ella. ¿Cómo iba a honrar su memoria y su sacrificio si se rendía?

No lo haría.

No podía hacerlo.

Pero no sabía si tenía fuerzas para continuar luchando. Llevaba años, siglos, peleando por controlar la oscuridad que llevaba dentro. La había rechazado. La había negado. La había ocultado.

¿Y qué había conseguido con eso? Seguía ahí. Seguía ahogándose en ella. Continuaba atormentándola.

Nunca desaparecería. Formaba parte de su ser.

En ese momento, algo cambió: una chispa de calor que se encendió en su sangre y fue extendiéndose lentamente por sus venas. La parálisis gélida que la devoraba desapareció, sustituida por un fuego distinto.

El yugo opresivo de las sombras se aflojó.

Y entonces lo entendió, con la clarividencia abriéndose paso en su interior como un brote entre las grietas de una piedra.

La oscuridad no era solo parte de ella: era ella.

Era suya.

Los latidos de su corazón se volvieron rítmicos. Exhaló un largo suspiro. Las raíces que la rodeaban se aquietaron. La negrura que se había adueñado de su visión se disipó.

–Eres mía –susurró–. Eres yo.

Las sombras se enroscaron a su alrededor como un humo espeso. Se posaron en sus hombros y se deslizaron por sus brazos. Observando. Esperando.

Notó el aguijonazo de la duda reconcomiendo el fondo de su mente. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si aquello la convertía en el monstruo que tanto temía llegar a ser?

Sacudió la cabeza, con las palabras de Evander resonando en sus oídos.

Había pasado toda su vida temiendo su oscuridad interior.

Le aterraba lo que podía obligarla a hacer, en qué la convertiría.

Pero esa no era la verdad, no era su verdad.

Era ella la que se estrangulaba a sí misma.

Nunca había intentado de verdad controlar la oscuridad.

Lo único que había hecho era apartarla, intentar contener su poder tras un dique que estaba condenado a romperse.

Las sombras no la definían.

Elyria las definía a ellas.

Dinos quién eres , exigió la oscuridad.

Las lágrimas le empañaron la vista. Su voz cobró fuerza.

–Soy Elyria Lightbreaker. Soy la Revivida. Y puede que esté destrozada, pero no soy tan fácil de romper.

Flexionó las manos y las sombras se detuvieron.

Después, fluyeron de regreso a su interior.

El caos se apaciguó y se fundió con la magia natural de su sangre.

Notó un hormigueo en las yemas de los dedos.

El calor luminoso de su magia se entrelazó con los fríos tentáculos de la sombra... y surgió algo nuevo.

Nuevo y, sin embargo, extrañamente familiar.

Algo equilibrado.

La oscuridad no había desaparecido: aún podía sentirla en el abismo de su interior. Pero ya no era un peso sofocante, una bestia salvaje dormida que temía despertar. Ya no la sentía como a una enemiga.

La sentía como a una parte de su poder. No dividido, sino completo.

Y aquel poder prendió en sus venas como un incendio desa­tado, indómito.

Era suyo. Podía blandirlo. Moldearlo. Dominarlo.

El campo de batalla tinto en sangre que la rodeaba parpadeó.

La ilusión empezó a desvanecerse. Elyria se irguió y desplegó las alas en un estallido iridiscente que competía con las luces de la aurora.

El paisaje de muerte, retorcido y humeante, se disolvió en la niebla.

Quedó de nuevo sola en el vacío, firme, completa.

Y en ese instante, lo sintió: una chispa de terror, un tirón distante.

Una voz gritaba a través de la nada infinita.

Elyria cayó. Se precipitó a través del vacío, de los recuerdos, de las ilusiones.

El humo acre le irritó la nariz. Oyó los chasquidos del fuego y la madera que crepitaba.

Se encontraba frente a una cabaña en llamas, con la fachada ya consumida.

En medio del fuego atisbó una mesita y muebles volcados.

Y allí, en el centro de la habitación, acurrucado en el suelo mientras las llamas danzaban a su alrededor, se encontraba Cedric Thorne.