Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Cuando cayó de rodillas, sonó un chapoteo: se había desplomado en el charco de sangre que manaba del cuerpo de su padre.

Su madre intentó tirar de él, y sintió sus manos que lo agarraban, que lo intentaban poner a salvo.

Pero no podía moverse. No podía apartar la mirada de la herida abierta en el pecho de su padre.

Un pecho que ya no se movía.

Tres figuras oscuras entraron por la puerta y la luz de la chimenea se reflejó en los medallones de lobo que llevaban colgando sobre el pecho.

Cedric no podía distinguir sus rostros; era como si el recuerdo, la pesadilla, oscureciera sus rasgos.

O tal vez ese era el aspecto que presentaban aquella noche, con la identidad velada, y Cedric simplemente lo había olvidado.

Igual que había olvidado lo que sucedió después.

El brazo de su madre le rodeó el pecho.

–No os lo llevaréis –dijo con voz fría como el hielo, apretando al niño contra su cuerpo con una mano y empuñando una daga con la otra–. Primero tendréis que matarme.

Una de las figuras soltó una risita amenazadora.

–Lo decís como si eso supusiera un problema para nosotros, milady –dijo, señalando con la cabeza el cuerpo del padre de Cedric–. Pero primero...

Hizo un gesto hacia sus compinches, que entraron en la cabaña y se pusieron a abrir cajones y volcar muebles.

Estaban buscando algo, Cedric no sabía qué.

No recordaba nada de eso. Lo único que llenaba su memoria eran los golpes y los portazos, mezclados con los latidos desesperados de su propio corazón.

Después de revolverlo todo, los que habían registrado la casa se acercaron al primer hombre y le susurraron algo al oído.

–¿Dónde está? –exigió saber él.

La madre de Cedric curvó los labios en una sonrisa despectiva, aunque las lágrimas continuaban rodando por sus mejillas.

–Nunca lo sabrás.

Unas cintas de un rojo negruzco salieron disparadas de las manos del hombre y se enrollaron alrededor del cuerpo, los brazos y las piernas de Cedric, atándolo.

Su madre gritó cuando los lazos lo arrancaron de su lado y el hombre lo atrajo hacia él.

Luego, moviéndose mucho más rápido de lo que Cedric la creía capaz, levantó su daga, apuntó...

... y se detuvo en seco.

Cedric sintió el frío acero de una daga contra su rostro.

Sí, eso lo recordaba.

El niño que era en aquel recuerdo empezó a llorar.

–Chist, pequeño lord –siseó el hombre–. Tienes que estar calladito o no podré oír lo que dice tu mamá.

–Déjalo marchar –suplicó ella, apretándose el pecho con una mano–. Suéltalo y te lo diré. Deja que se vaya. Llévame a mí en su lugar.

La angustia de su madre hizo que Cedric llorara más fuerte.

–¿Qué te acabo de decir, chico?

–¡Para! –El grito de su madre rasgó el aire mientras el cuchillo se hundía en el labio de Cedric, dejándole una cicatriz que portaría el resto de su vida.

Cedric sabía que aquello era el final. En ese momento terminaban siempre sus pesadillas: con gritos, con sangre. Su madre moriría y él no oiría ni sentiría nada más que el dulce alivio de la oscuridad al perder el conocimiento.

Pero eso no fue lo que sucedió.

Sus ataduras se soltaron y se desplomó en el suelo, tapándose la cara con las manos. Notaba la sangre caliente que corría por su barbilla y su cuello.

Demasiado caliente.

Ardiente.

Le ardía la cara, le ardía como si estuviera en llamas.

No. No era su cara. Era el suelo. El aire. La casa.

La cabaña estaba ardiendo.

Cedric miró a través de sus dedos. Seguía apretándose la cara, intentando detener la hemorragia.

Sí, la cabaña estaba en llamas.

Y también los intrusos.

Los tres aullaban, se retorcían y luchaban contra las llamas que devoraban su carne con implacable voracidad. Les quemaban la ropa y derretían los medallones que pendían sobre su pecho.

Un movimiento llamó la atención de Cedric.

A través de las llamas, vio a su madre de pie cerca del umbral, recortada contra el rugiente infierno.

El colgante que lle vaba al cuello brillaba a la luz del fuego.

Logró ver su rostro cuando se giró: la furia y la determinación libraban una batalla en sus brillantes ojos.

Y había algo más en ellos. Algo que parecía... ¿resignación?

Seguía empuñando la daga, cuya hoja reflejaba las llamas como si estuviera hecha de oro fundido. Apuntó al líder del trío, el que había herido a su hijo. Aunque estuviera doblado de dolor, ya no ardía.

Pero eso no fue lo que captó la atención de Cedric.

Fue la sombra que se enroscaba en los pies de su madre, los zarcillos de humo negro que subían por sus piernas y le estrechaban la cintura como el abrazo más oscuro. El aire ondulaba con un poder dolorosamente familiar: el fantasma de un sueño medio olvidado.

Tras el umbral de la casa se alzaba una figura envuelta en una capa, embozada, difusa, cubierta de sombras: el cuarto miembro de aquel grupo que había destruido la vida de Cedric en una sola noche.

Sin proponérselo, unas palabras brotaron de los labios infantiles de Cedric:

–La Revivida.

Había estado equivocado todo el tiempo. No había oído el nombre aquella noche: lo había dicho él.

Cedric había visto cómo el mal se acercaba a su madre, que se mantenía erguida, ajena a la amenaza que se cernía sobre ella, pendiente de la puerta y dispuesta a luchar.

De niño, había visto la oscuridad y su mente infantil le dijo que era la Revivida, el monstruo de sus pesadillas, la figura legendaria nacida de las sombras, la protagonista de los cuentos para no dormir.

Y en ese momento no podía hacer nada más que observar cómo las sombras trepaban por el cuerpo de su madre, acercándose cada vez más a su corazón.

Ella le lanzó la daga al hombre que tenía delante, que aulló cuando se le clavó en el muslo. Buscó a Cedric con la mirada y le dijo algo que no alcanzó a oír, que no pudo entender. Después, murmuró algo más.

Eso sí lo entendió.

Su madre le dedicó esa sonrisa cómplice que solo estaba destinada a él.

Entonces, la silueta que estaba tras ella apretó el puño... y las sombras la destrozaron.

–¡No! –gritó Cedric, pasado y presente, niño y adulto.

En ese momento, la oscuridad se apoderó de él y ya no sintió nada más.