Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Brasas y cenizas

Cedric

– B ienvenido a casa, Cedric.

Las palabras lo envolvieron como cadenas de hierro, inmovilizándolo frente a la cabaña.

Habían pasado más de dos décadas desde que Cedric había contemplado por última vez aquel tejado de brezo y el verde de la hiedra que enmarcaba una puerta azul polvorienta.

La casa estaba exactamente como la recordaba.

Y sí, la recordaba.

Por más que lo intentara, nunca podría olvidarla.

–Imposible... –susurró.

Una brisa le acarició la cara y meció las ramas del cerezo, arrancándoles algunos pétalos rosados que flotaron en el aire como una nieve fragante. Cayeron en su cabello y se le pegaron a las mejillas húmedas.

Se secó las lágrimas bruscamente con el dorso de la mano y dio un paso atrás, pero una mano firme le agarró el antebrazo.

Sus dedos nudosos se le clavaron en la carne.

Alouette era sorprendentemente fuerte para su edad, ahora lo recordaba...

y la recordaba a ella. Sintió vergüenza por no haberla reconocido al primer vistazo: la leal criada de su familia, la niñera que había ayudado a criarlo, que había estado con ellos hasta...

–Esto no es real –dijo, sacudiendo la cabeza–. No puede ser.

–¿Acaso no es real aquello que nos da forma? –preguntó ella, soltándole el brazo. Notó un hormigueo en la zona donde lo había agarrado–. Vamos, niño. Te están esperando.

–Nadie me está esperando –replicó con voz ronca.

Se quedó mirando la puerta, medio esperando que se abriera de golpe, que sus padres salieran corriendo, que el Crisol revelara alguna nueva y retorcida manipulación de su memoria.

En parte, deseando que así fuera.

Sintió que crecía en su interior algo demasiado parecido al pavor.

Pero no pasó nada. Nada se movió. La cabaña permaneció en silencio, serena. Igual que lo estaba aquella noche.

El aire pareció cargarse a su alrededor. De pronto, le costaba respirar. Sentía una opresión en el pecho. Demasiada. Su armadura le estaba demasiado estrecha...

Entonces recordó que no llevaba armadura.

Cerró los ojos con fuerza. Intentó calmar su acelerado corazón y sosegar la respiración entrecortada. No lo consiguió. Imposible. Latía tan fuerte que creyó que iba a estallarle en el pecho.

Le entraron ganas de reír. Al final, lo que acabaría con él no sería una bestia oscura, un dragón o una horda de gnarlings, sino su propio cuerpo traidor. El gran adalid de los humanos iba a morir de un ataque al corazón allí mismo, con un fantas­­ma como único testigo.

De pronto, una voz cálida llegó a sus oídos. Era melodiosa, suave, llena de vida... Cedric la reconoció de inmediato. Llenó cada rincón de su atormentada mente, de su alma.

Pensaba que nunca volvería a oírla.

Y, mientras esa hermosa voz tarareaba una canción dulce y apacible, su corazón finalmente se calmó. Sus hombros se relajaron y comenzó a respirar con normalidad.

Cuando volvió a abrir los ojos, la puerta se había abierto silenciosamente, sin que rechinaran las bisagras. Una luz dorada se derramaba en la noche. Oyó un leve eco de risas. En el interior, en alguna parte, la madre de Cedric seguía tarareando una dulce canción de cuna.

El pasado se le vino encima, oleada tras oleada de recuerdos desgarradores.

Podía verlo, olerlo, saborearlo. El pan recién horneado enfriándose en el alféizar.

La fuerte mano de su padre agarrándolo del hombro y revolviéndole el pelo.

El cabello trigueño de su madre rebotando contra su espalda mientras jugaban a perseguirse alrededor del cerezo.

–Adelante –lo animó Alouette, y su voz lo trajo de vuelta al presente. La ilusión era tan vívida y los recuerdos tan tentadores que estuvo a punto de decir que sí. Casi atravesó esa puerta.

Pero la verdad de lo que se ocultaba más allá estaba al borde de la superficie, como un cristal roto dispuesto a rajarlo. No podía entrar allí. No podía enfrentarse a lo que sabía que le esperaba dentro de esa casa.

El fin de su mundo.

–No puedo hacerlo –gruñó, alejándose a trompicones de Alouette. Sacó su talismán, murmuró un antiguo conjuro y extendió el brazo hacia la casa. La puerta se cerró de golpe y saltaron unas cuantas lascas de pintura azul.

Se volvió hacia los árboles, desesperado por encontrar el camino que lo había llevado hasta allí. Tenía que regresar. Seguramente habría algo al otro lado del espejo dorado, en algún lugar al final del puente. Prefería enfrentarse a un vacío infinito que a aquella locura.

Pero daba igual en qué dirección se girara ni cuántos pasos diera: hiciera lo que hiciera, volvía a encontrarse frente a la cabaña.

La puerta se abrió de nuevo, invitándolo a entrar. Llamándole.

–No puedes huir de esto, hijo mío –le dijo Alouette con una voz tan fría como la escarcha–. Enfréntate a lo que te destrozó. Enfréntate a tu verdad.

«Tu verdad». Esas dos palabras lograron atravesar el pavor de Cedric.

«Deshazte de tus defensas para que tu verdad emerja».

Aquello era una prueba. Seguía siéndolo. La prueba del Espíritu, la había llamado el Tribunal. Una prueba de la verdad, un desafío de la voluntad.

No había sobrevivido tanto tiempo –no había sobrevivido a aquella noche terrible– para fracasar ahora.

Su corazón latía como un tambor de guerra, atronando en sus oídos mientras se dirigía hacia la casa. Echó un vistazo por una ventana rodeada de hiedra y vio a un niño que lo miraba fijamente, asustado y lloroso. El miedo llenaba sus enormes ojos de color avellana y oro.

En ese momento, con una sacudida que le provocó náuseas, Cedric descubrió que no estaba mirando por la ventana desde fuera. Estaba mirando por la ventana... hacia fuera.

Un cálido resplandor inundaba la habitación. El fuego crepitaba en la chimenea, frente a la que había dos divanes tan mullidos como desgastados. El aroma de la carne asada y el pan recién horneado le inundó la nariz y su pequeño estómago rugió de hambre.

–¡Cedric! –le llamó su madre con voz alegre y musical. El sonido le cerró los pulmones, dejándolo sin aliento–. Ven, cariño, que ya vamos a cenar.

Se volvió y vio unos ojos radiantes del color del mar.

Un fino anillo dorado rodeaba los iris, idéntico al de Cedric.

Y, por un momento, no supo qué hacer. No supo si echar a correr para escapar de aquel recuerdo tan vívido, antes de que se convirtiera en una pesadilla... o si abrazarlo. Abrazarla a ella.

Los pasos de Cedric rechinaron sobre el suelo de madera cuando se lanzó a los brazos de su madre.

–¡Vaya! –exclamó ella, agarrándose a la mesa de la cocina para no perder el equilibrio–. ¿Qué te pasa, mi pequeño fénix?

Él murmuró algo ininteligible contra su estómago. Pasaron varios segundos antes de que se atreviera a levantar la cabeza. Al subir la vista se encontró con la sonrisa amable y comprensiva de su madre, la que parecía reservar solo para él.

Estaba exactamente como él la recordaba: el cabello trigueño suelto sobre los hombros, el colgante dorado que siempre llevaba al cuello, su leve aroma a lavanda, la forma en que se anudaba el delantal, cruzado sobre el vestido y atado con un lazo por delante...

Pero entonces descubrió detalles que no recordaba, o quizá cosas en las que no se había fijado de pequeño porque no las entendía. Como las ojeras del color del océano al atardecer. O la daga que llevaba en la cadera..., que siempre llevaba consigo, cayó de pronto en la cuenta.

Por aquel entonces, Cedric no sabía qué significaba todo eso.

Lo que sí sabía era que los brazos de su madre eran cálidos cuando estrechó su pequeño cuerpo. Ella era cálida. Estaba viva.

Y, claramente, le preocupaba que Cedric siguiera aferrándose a ella.

–¿Qué te pasa, cariño? –le preguntó mientras su sonrisa se desdibujaba.

Cedric quiso negar con la cabeza, no decir nada que pudiera arruinar ese momento, que hiciera que su madre se alejara o lo apartara. Quería quedarse entre sus brazos –en el pasado, en el presente, qué más daba– para siempre.

Pero asintió con la cabecita, con los ojos bañados en lágrimas, y se dio cuenta de que no tenía ningún control sobre su cuerpo.

–Tengo miedo –murmuró con voz aguda e infantil–. Me pareció ver a alguien fuera.

Todos los músculos de su madre se tensaron al oír eso. Sus ojos se fijaron en algún punto detrás de Cedric y su sonrisa desvaída se borró por completo. Sin embargo, se limitó a apartarle un mechón de cabello de la cara y sujetarle la barbilla entre el pulgar y el índice.

–Estoy segura de que no hay nadie ahí fuera. Y si lo hubiera, seguro que echó a correr en cuanto vio a un chico valiente vigilando desde la ventana.

Cedric oyó unos pasos fuertes detrás de él, y una mano grande y fuerte se posó en su hombro.

–Voy a echar un vistazo para que te quedes tranquilo. –Su padre le guiñó un ojo castaño, de un tono intenso y cálido. El mismo color de los ojos de Cedric.

La oleada de emoción que crecía en su pecho amenazaba con partirlo en dos. Quería gritar, chillar hasta desgañitarse: «¡No! ¡No salgas ahí fuera!».

Pero no pudo.

En cambio, el niño sollozó, asintió con la cabeza... y, una vez más, vio a su padre salir de casa por última vez.

La madre de Cedric carraspeó.

–Bueno, hay que cenar –dijo, separando suavemente los brazos de su hijo de su cintura–. Espero que tengas hambre; Alouette ha preparado tu plato favorito.

En ese momento, sonó un fuerte golpe en la puerta. Fue como si toda la calidez de la estancia se esfumara de golpe. Se oyeron gritos que venían de fuera, y la madre de Cedric se quedó paralizada a medio paso.

–¿Lysander? –gritó–. ¿Qué pasa?

–¡Vete, Lennie! –gritó la voz amortiguada de su padre–. ¡Coge al niño y...!

Las palabras se cortaron cuando la puerta se abrió con violencia. La madera crujió y se astilló al estrellarse contra la pared. Se oyeron chillidos –¿los de Cedric?– cuando su padre se precipitó en el interior de la casa. Golpeó contra uno de los sofás que había frente a la chimenea y lo volcó.

–¡Cedric, no! –gritó su madre. Pero Cedric no controlaba su cuerpo infantil y corrió hacia su padre.