Capítulo 21
Sangre y hierro
Elyria
E l mundo entero estaba sumido en la oscuridad.
No era la cómoda oscuridad de la noche iluminada por las estrellas.
No era la negrura cálida que inundaba la visión al cerrar los párpados.
Era un vacío infinito que se arrastraba por la piel de Elyria y a través de sus huesos, que impregnaba cada centímetro de su ser.
Su oscuridad.
Agudizó los sentidos e intentó percibir algo, cualquier cosa. Sintió suelo firme bajo los pies. Percibió un olor a hierro y a humo. Oyó el suave repiqueteo de la lluvia sobre la tierra.
¿Adónde la había enviado el Crisol?
¿Y dónde estaba él?
Apartó la inquietud con la misma rapidez con la que había surgido, negándose a concederle más espacio mental.
Probablemente Cedric continuara en la sala de piedra, regodeándose por haber estado en lo cierto al querer impedir que Elyria tocara el espejo.
O tal vez estuviera enfadado porque ella había descubierto cómo pasar a la siguiente fase de la prueba, aunque fuera por accidente.
Esa idea casi le arrancó una sonrisa.
Pero la sofocante oscuridad ahogaba incluso ese pequeño consuelo. Las sombras se cerraban cada vez más. La sujetaban, se aferraban a ella, la desgarraban. No podía moverse, no podía respirar, no podía...
La oscuridad se hizo añicos, y Elyria dejó de encontrarse en una prisión sin luz para descubrir un lugar demasiado familiar.
Se le retorció el estómago cuando el olor acre a humo, sudor y hierro le llenó las fosas nasales y le quemó los ojos.
No. Aquí no, por favor , pensó.
El castillo de Lumin se alzaba imponente tras ella, como un centinela que la vigilara.
Elyria se encontraba en el arco de entrada, bajo una lluvia torrencial que le pegaba a la cara los mechones violetas que se habían soltado de su trenza.
La lluvia le emborronó la mirada mientras la mantenía fija al frente, negándose a girarse, a mirar.
No quería ver lo que sabía que había a su espalda.
Los demás miembros de la guarnición del castillo –hombres y mujeres valientes, sus amigos, sus compañeros– yacían esparcidos por la tierra empapada de sangre alrededor de ella, rodeándola.
Otra vez no...
Algunos de los heridos gemían e intentaban incorporarse. Otros apretaban las flechas de cristal rojo sangre que sobresalían de su pecho o sus extremidades, tratando de detener la hemorragia de las armas sanguinagi. La mayoría permanecían inmóviles, con expresión vacía y los ojos vidriosos.
Esto no es real. Es un recuerdo , se dijo. Nada más que un recuerdo.
Un dolor agudo y punzante le atravesó el costado. Bajó la mirada y descubrió la punta roja de una flecha que sobresalía de su cadera. Sintió un calor húmedo que se extendía. Al apartar la mano de la herida, notó los dedos pegajosos.
La sensación parecía real.
Los recuerdos no sangran , pensó.
Aquello era algo más.
Cada nervio de su cuerpo le gritaba que corriera, que huyera, que se marchara de allí.
Pero no podía.
No había podido hacerlo en el pasado.
Tampoco podría en ese momento.
Como la primera vez, solo Elyria quedaba en pie. Ella sola, con las últimas brasas titilantes de su magia. Ella era lo único que se interponía entre el oscuro ejército de Malakar y el castillo que se alzaba a su espalda, entre ellos y la reina.
Los gritos rasgaban el aire. Se acercaban.
El suelo retumbó mientras ella apretaba los puños, invocando los restos de su poder.
Iba a perder. Lo sabía. Ya había perdido una vez.
Pero, al igual que la última vez, también sabía que lucharía con todas sus fuerzas para evitar que el enemigo tomara el castillo. Lucharía hasta su último aliento.
Corrió hacia delante para enfrentarse a los cultistas antes de que pudieran abalanzarse sobre la guarnición herida. Cruzó los brazos e invocó un escudo de enredaderas y raíces para cubrirse el flanco. Inmediatamente, una oleada de flechas de cristal cayó sobre ella.
Apretando los dientes, clavó los talones en el suelo, manteniéndose firme contra el ataque de la magia de sangre.
Agitó el brazo libre y una avalancha de rocas se alzó del suelo y salió despedida por los aires hasta estrellarse contra las cabezas, los bra zos y torsos de los cultistas.
Las enredaderas brotaron del suelo y rodearon piernas, rompieron tobillos y doblaron rodillas.
Pero eran demasiados.
Y su magia estaba... casi agotada. Notó una especie de frialdad corriendo por sus venas, que ahuyentaba la fiera luz de su poder. Había usado demasiado.
Elyria gritó cuando una espada roja le atravesó el hombro y vislumbró la oscura sonrisa de un cultista sanguinagi.
El emblema de Malakar que llevaba al pecho –una cabeza de lobo– brilló cuando el humano le hundió la espada hasta la empuñadura.
La hoja ardía... Le desgarraba las entrañas, y su propia sangre alimentaba la magia oscura del arma conjurada, fortaleciéndola.
Cayó de rodillas. El sanguinagi se rio entre dientes con una carcajada ronca y amenazadora. Giró la hoja y el frío se extendió por el pecho de Elyria.
Era incapaz de mantener la magia que ocultaba sus alas, que se materializaron de pronto justo cuando ella caía de espaldas. No pudo rodar para evitar aplastarlas.
Y aunque supiera que aquello ya había sucedido, que había terminado de esa forma, que estaba reviviendo una situación inevitable, Elyria Lightbreaker no quería morir.
Ese fue su último pensamiento antes de hacerlo.
Luz.
Una luz blanca y cegadora envolvió a Elyria, estallando en una marea de energía deslumbrante que barrió edificios, soldados y cultistas por igual.
Elyria reconoció esa luz, la recordó. Mientras flotaba sobre su propio cuerpo como un espectro, vio cómo se repetía la Fractura.
La reina Daephinia se había sacrificado en un último intento por librar al mundo de la perversidad de Malakar, destrozando la Corona de la Concordia y liberando su poder en Luminaria. Un poder tan puro, tan colosal, tan devastador que, por un momento, se asemejó mucho a la esperanza.
Pero no lo era.
Elyria había fracasado en su intento de proteger a su reina.
Y tan rápido como había aparecido la luz, se desvaneció absorbida por el castillo, como si nunca hubiera estado allí.
Pero Elyria la había tocado. Y durante el último latido de su corazón, tras exhalar su aliento postrero, esa luz había bañado sus alas, se había filtrado por sus heridas y se había deslizado por sus venas.
Había expulsado la magia venenosa de los sanguinagi y borrado su huella.
La había curado. Había ahuyentado a la misma muerte.
Durante un instante fugaz, Elyria había sido un fantasma: observaba, escuchaba, esperaba. Al siguiente, fue arrastrada de regreso a su cuerpo, a su carne y su sangre. Luchó por respirar, tragando bocanadas de aire cargado de ceniza.
Había dejado de llover.
Se puso en pie de un salto, con los ojos desorbitados.
Había olvidado cómo se sintió al regresar a su cuerpo.
Hasta ese momento, no recordaba el zumbido de energía que recorría sus dedos ni los latidos acelerados de su corazón.
Todo le resultaba extraño. Se había desvinculado de sí misma, aunque solo fuera por un momento, y en ese instante todo le parecía discordante. Ajeno. Nuevo.
Un grito de guerra se alzó a su espalda. Se giró y sus ojos se desorbitaron: los miembros de su guarnición se estaban poniendo en pie, mientras las flechas de cristal del enemigo se deshacían en fragmentos diminutos.
Contuvo una exclamación al darse cuenta de lo que estaba pasando. El poder de la corona había sanado todas las heridas del campo de batalla. Los soldados se habían curado.
Sin embargo, no todos se levantaron. Los que habían muerto no regresaban a la vida..., salvo Elyria, que sí lo había hecho. No sabía por qué ella era la excepción. ¿Por el momento en que había muerto? ¿Era simplemente afortunada?
O tal vez muy desafortunada...
Porque entonces la vio: la sombra, su oscuridad.
Una voluta sedosa y humeante brotaba del castillo, del mismo lugar donde había estallado la luz curativa.
La sombra se deslizó entre los arcanios y los cultistas que habían reanudado el combate, sin saber que la guerra ya había terminado.
Daephinia y Malakar habían desaparecido. Sus tropas luchaban por unos fantasmas.
–¡Basta! –intentó gritar Elyria, pero ni su voz ni su cuerpo le respondían.
En todo caso, no sabía muy bien a quién intentaba detener.
¿A los soldados, que volvían a despedazarse tras haber recibido una segunda oportunidad?
¿A la oscuridad, que seguía deslizándose entre los cuerpos sobre la tierra húmeda?
La sombra parecía tener un destino concreto, como si buscara algo... o a alguien.
A ella.
Elyria jadeó cuando la oscuridad se aferró a su cuerpo. Los tentáculos negros se enroscaron en sus piernas, sus brazos y su cuello y, finalmente, entraron por su boca. Sintió cómo la oscuridad bajaba por su garganta y la colmaba. Era como ahogarse en hielo, como asfixiarse en alquitrán.
Las sombras se vertieron en su interior, colmándola de un poder oscuro y embriagador.
Pero era un poder erróneo, perverso, algo nacido del mal.
La oscuridad que se filtraba en sus venas, susurrando promesas de fuerza y grandeza...
Mal. La forma en que carcomía su determinación, prometiendo venganza...
Mal. El profundo rincón de ella misma que, en parte, disfrutaba de aquella sensación... Mal.
Elyria –la del pasado y la del presente– gritaba sin emitir un sonido, impotente, mientras las sombras la asfixiaban y la sepultaban.
Observó con horror cómo sus miembros se movían por sí solos y la magia oscura se arremolinaba en sus palmas abiertas.
Se abrió paso entre grupos de soldados que luchaban, apartándolos con las sombras, hasta que lo encontró.
Al que la había matado.
Estaba luchando contra una guerrera de su guarnición. Elyria reconoció a la chica, una compañera fae con la que había compartido litera durante un breve periodo de tiempo. El sanguinagi esgrimía una nueva arma sangrienta que chocó con el escudo de la fae.
Elyria volvió a gritar por dentro, pero no sirvió de nada. Nada frenó a las sombras que salieron disparadas de sus manos. Nada evitó que envolvieran a la guerrera arcania y la arrojaran por los aires. Nada impidió el espantoso crujido del cuerpo de la fae contra las puertas fortificadas.
A la oscuridad no le importaba. Centró su atención en el cultista, cuyos ojos estaban desorbitados por la sorpresa, como si no supiera si debía agradecer la ayuda o huir tan lejos y rápido como pudiera de la criatura oscura que tenía delante.
Eligió mal.
El cultista se acercó a Elyria con expresión cautelosa, y ella sintió que las sombras que se arremolinaban alrededor de sus brazos se tensaban y condensaban, solidificándose en una espantosa espada negra.
El filo dentado desgarró la carne del cultista como si fuera mantequilla y el humano cayó sin vida, con el pecho atravesado por la hoja. Elyria le pisó el hombro con la bota y lo desensartó de una patada.
No fue suficiente. La oscuridad no estaba satisfecha.
Elyria era una pasajera en su propio cuerpo mientras cargaba, con las alas desplegadas, contra la batalla. Mientras rajaba, destrozaba, rugía.
Mientras mataba.
Un zarcillo de oscuridad se enroscó en torno al cuello de un sanguinagi que acosaba a un soldado. Elyria apretó el puño y tensó la sombra. El guerrero gritó horrorizado cuando la cabeza del cultista se separó de su cuerpo.
Con un aleteo, Elyria se elevó hacia el cielo. Las sombras tomaron la forma de lanzas con púas. Las lanzó al campo de batalla que se extendía debajo.
Como si la oscuridad supiera de qué bando estaba, se centró en los cultistas. Pero no fue cuidadosa. No fue precisa.
Y fue despiadada.
Elyria no pudo hacer nada más que observar cómo muchos soldados inocentes caían bajo su sed de sangre.
Oyó gritos, algunos de desafío, otros de rendición, pero a la oscuridad no le importó.
No podía detenerse.
No quería detenerse.
–¿Qué... eres...? –gimió un cultista. Su voz sonaba húmeda, gorgoteante, apenas audible entre la sangre que manaba de su boca.
La voz que respondió no era la suya.
–Soy la muerte y la venganza renacida. –Retorció la espada de sombra que atravesaba el pecho del hombre–. Soy la Revivida.