Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

La voz emitió un murmullo de aprobación y la piedra volvió a licuarse en oro ondulante. Cedric contuvo la respiración, esperando que el espejo lo envolviera igual que había hecho con Elyria.

No pasó nada.

Apretó la mandíbula. Golpeó el espejo con el puño y fue como si se enfrentara a un cristal.

–¿Qué es esto? –preguntó en voz alta.

–Si se alzan las defensas, no puede abrirse el camino. Deshazte de tus defensas para que tu verdad emerja –canturreó la voz en su cabeza.

–¿Qué significa eso? –Se miró en el espejo y observó la reluciente coraza que cubría su pecho y las pesadas hombreras–. Lo dices de forma literal, ¿verdad?

Cedric hubiera jurado que oía mentalmente el equivalente a un encogimiento de hombros.

Se mordió el interior de la mejilla. Elyria no había tenido que quitarse ninguna protección; la prueba había aceptado a la fae tal y como era.

Era cierto que el flexible corpiño de cuero y los pantalones que ceñían su esbelta figura –tampoco era que se hubiera fijado en ella, por supuesto– no la protegían igual que una armadura.

¿Pero de verdad tenía que creerse que la mujer más sarcástica y espinosa que había conocido en su vida no contaba con barreras?

El oro comenzó a agitarse, inquieto, impaciente.

Finalmente, Cedric se dispuso a quitarse la armadura.

Primero se libró de los guanteletes, flexionando los dedos.

La coraza resonó al caer al suelo con un ruido sordo y hueco que pareció resonar en el pecho del caballero.

Estaba acostumbrado al reconfortante peso del acero sobre su corazón.

Pieza a pieza, la armadura fue cayendo, y cuando se quitó la última pieza sintió una ligereza extraña. No era solo el alivio de liberar el cuerpo de un peso físico. Tampoco era una sensación de libertad.

Era la inquietud de encontrarse... sin ataduras.

Volvió a mirar su reflejo dorado en el espejo. Ya no era sir Cedric Thorne, adalid de Kingshelm, pupilo y vasallo de lord Leviathan Church. Era solo... Cedric.

La idea le asustó tanto que, por un momento, consideró dar media vuelta; retirarse a la seguridad de la versión de sí mis­mo que conocía y buscar otra forma, cualquier otra forma, de seguir adelante.

Dejar atrás su armadura significaba dejar atrás las partes de sí mismo que comprendía, seguir adelante sin defensas y sin armas.

Desnudo.

Vulnerable.

Le resultaba insoportable.

Pero la prueba exigía la verdad, y la verdad ya no podía esconderse tras el acero.

Vestido solo con su jubón, sus pantalones y botas, dejó la espada y la daga junto a las armas de Elyria y su armadura. Se guardó el talismán bajo el cuello del jubón, temiendo que también se lo arrebataran.

Intentó ignorar el murmullo de aprobación que oyó en su cabeza cuando se enfrentó a su reflejo en el espejo dorado.

– Ahora te vemos –susurró la voz, serpenteando por su mente como el humo–. Ahora estás listo.

El oro brillaba, llamándolo. Tomó aire lentamente y volvió a extender la mano hacia el muro. Entonces, el oro líquido fluyó por su palma y su muñeca y ascendió por su brazo.

Frío como el hielo. Ardiente, en llamas. Húmedo y goteante. Seco y áspero. La avalancha de sensaciones contradictorias le puso los nervios de punta. Después, se sumergió en un vacío desconcertante.

Todo estaba oscuro. Muy oscuro. Por un momento, Cedric temió quedarse atrapado en ese abismo eternamente, sin luz ni calor. Entonces, la oscuridad se disipó y dejó paso a una luz azul verdosa que se filtró lentamente, revelando el mundo que lo rodeaba.

Estaba en un puente: un estrecho puente de madera, sujeto con cuerdas y suspendido sobre... la nada. Sintió una oleada de terror y, por reflejo, apretó la mano contra el pecho, buscando el borde duro del talismán contra la piel. Encontrarlo apenas alivió su inquietud.

Por encima de su cabeza, la aurora resplandecía con delicadas hebras azules, verdes y púrpuras que atravesaban el cielo iluminado por el sol.

Pero debajo de él... Debajo solo había vacío, una oscuridad como la que acababa de atravesar.

Se encontraba encima de ella, balanceándose sobre un abismo sombrío donde se arremolinaba la nada, un infinito de inexistencia.

Aquello era mil veces peor que cruzar la Sima. Había sido un estúpido al sentir aprensión en aquel momento; ahora habría dado cualquier cosa por notar la firmeza de la piedra y la seguridad del carro, en lugar de unos tablones podridos unidos con cuerdas deshilachadas.

Y estaba solo.

La voz de su cabeza se había callado, había desaparecido. No veía a Elyria por ninguna parte. ¿Dónde estaba ella? ¿Dónde estaba él? ¿Qué era aquello?

El sudor perló su frente cuando se atrevió a dar un único y vacilante paso hacia delante que hizo crujir la madera. Aferró las cuerdas a ambos lados con tal fuerza que sus nudillos palidecieron, y las ásperas fibras se le clavaron en las palmas.

De pronto, oyó un sonido. Entrecerró los ojos y escudriñó lo que tenía delante: a unos quince o veinte metros había... algo. ¿Alguien? La figura agitaba los brazos con desesperación y daba saltos desde un saliente de roca y tierra que se materializó ante los ojos de Cedric.

–¡Ayuda! –gritó la silueta. Era una mujer, y la angustia de su voz era evidente. Estaba frenética–. ¡Ayúdanos, por favor!

Cedric tragó saliva y trató de calmar el ritmo de su respiración. Alguien estaba en peligro. Alguien necesitaba ayuda. Juzgara lo que juzgara aquella prueba –su capacidad para superar su miedo irracional a las alturas, al parecer–, sabía que tenía que actuar.

Así que, sin mirar hacia abajo ni a los lados, ni a ningún otro punto que no fuera la mujer solitaria que le hacía señas desde el saliente de roca, Cedric empezó a andar.

Le pareció que había pasado una eternidad antes de que sus pies tocaran tierra firme, pero finalmente lo hicieron.

–¡Gracias a Aurelia! –exclamó la mujer, con el rostro curtido visiblemente aliviado. Se metió un mechón de pelo gris suelto en el moño antes de hacer un gesto para que la siguiera–. ¡Ven rápido, por favor! No sé cuánto tiempo les queda.

–¿A quiénes? –preguntó él, siguiendo a la anciana sin dudarlo.

–Date prisa –exigió ella. Los árboles parecían ir brotando al borde del campo visual de Cedric mientras corría; lo que había tomado por un pequeño promontorio unido a aquel condenado puente era un paisaje rocoso que se extendía a lo largo de muchos kilómetros, tan real como el lugar donde se había desarrollado la primera prueba.

Real. ¿Era real? Parecía real. Parecía... importante. Como si se dirigiera hacia algo crucial.

–Me llamo Cedric, señora –le dijo a la mujer, jadeando. Llevaban ya un rato avanzando a la carrera.

Ella lo miró extrañada, pero no aminoró el paso.

–Alouette –respondió entre jadeos.

Un nombre bonito. A Cedric le sonaba, pero no fue capaz de situarlo.

Los árboles se iban haciendo más frondosos, la vegetación más densa.

Cedric empezó a sentirse preocupado. ¿Adónde lo llevaba Alouette?

No oía ni veía nada salvo el paisaje que lo rodeaba, que parecía volverse más detallado y exuberante a medida que avanzaban.

El camino por el que iban se bifurcó de repente.

–Por aquí –susurró Alouette con voz áspera–. Tenemos que guardar silencio. Ya casi hemos llegado.

Cedric notó que se le erizaba el vello de la nuca. Abrió la boca, dispuesto a preguntar, a exigir que Alouette le dijera qué estaba pasando.

Y entonces lo vio.

Techo de paja. Paredes blancas cubiertas de enredaderas. Puerta azul. Un único cerezo alto delante, con un columpio colgando de sus ramas.

Cedric contuvo una exclamación ahogada. Ese lugar... Conocía ese lugar.

Alouette se detuvo a su lado.

–Bienvenido a casa, Cedric.