Capítulo 20
La segunda prueba
Cedric
L a sala estaba inquietantemente silenciosa mientras Cedric y la Revivida se miraban boquiabiertos.
–Tú no eres Zephyr –constató Cedric.
Elyria parpadeó, y sus ojos verdes salpicados de chispas plateadas danzaron a la luz de las antorchas.
El anuncio del Tribunal había provocado el caos, ¿pero acaso Zephyr no se encontraba justo detrás de él?
Cedric había dado por supuesto que formarían equipo para afrontar la siguiente prueba –ella lo había llamado «compañero»–, pero quizá la silvana hubiera elegido otra puerta...
O tal vez aquello fuera una cruel trampa del Crisol, que pedía a los adalides que confiaran los unos en los otros y luego emparejaba a los menos dispuestos a hacerlo.
Pero aquello... ¿Por qué infiernos tenía que tocarle justamente con ella?
«Tú no eres Zephyr». A Cedric le entraron ganas de darse de bofetadas. Ojalá Elyria no se fijara en lo estúpido que había sonado eso.
Sí se fijó.
–¿Es ese tu poder? –Señaló con la cabeza el talismán que colgaba del cuello de Cedric–. ¿Tienes la magia de señalar lo evidente?
Él frunció el ceño.
–Deberías guardarte el ingenio para la prueba. Y, por cierto...
Elyria enarcó una ceja.
–Que vayamos al grano, ¿no? Nada de divertirse.
–Por favor, dime qué parte de la situación en la que estamos podría considerarse apta para divertirse. Ilumíname.
Cedric notó una punzada extraña en el pecho al ver que Elyria crispaba los labios como si luchara por contener una sonrisa.
Se aclaró la garganta.
–Cuanto antes terminemos con esta prueba, antes dejaremos de estar... juntos. Más vale que nos pongamos manos a la obra.
–¿Manos a la obra con qué? –preguntó ella, abarcando con un ademán la habitación vacía–. Aquí no hay nada.
Cedric miró por encima de la cabeza de Elyria; las enredaderas pintadas en la pared habían comenzado a brillar.
–Joder. ¿Otro arco, otra puerta? –murmuró ella–. ¿De verdad no se les ocurre nada más creativo?
Se acercó a la pared, y el brillo se extendió. Cedric contuvo un estremecimiento.
–No creo que sea el mismo tipo de puerta.
En vez de despedir la luz etérea y acogedora que Cedric había empezado a encontrar familiar, el muro parecía estarse transformando. Como por arte de alquimia, la piedra que había entre los bordes del marco pintado se fundió hasta convertirse en oro líquido.
–Bueno, esto es nuevo –valoró Elyria, contemplando su reflejo–: un espejo dorado.
La fae estudió el espejo, tarareando distraída. Se quitó el báculo de la espalda.
–Yo no... –comenzó Cedric, justo cuando el extremo del báculo tocaba el espejo– tocaría eso –suspiró–. ¿Pero a ti qué te pasa?
Elyria le lanzó una mirada indiferente.
–Se llama curiosidad. Sé que puede ser difícil de imaginar para ti, con ese palo metido por el culo, pero es perfectamente normal...
–Claaaaaaro –la interrumpió él, alargando la palabra–. Repito: ¿qué parte de esta situación te parece normal?
Ella se inclinó hacia el espejo e inspeccionó su reflejo deformado durante un momento antes de volverse hacia Cedric.
–Dímelo tú. Los demás adalides comentan que llevas preparándote para el Crisol desde que levantabas un palmo del suelo. Eres el ojito derecho de lord Leviathan Church, ¿no? –Sonrió, con un brillo en los ojos que hizo que el aire de la habitación pareciera repentinamente denso.
A Cedric no le gustó aquel brillo burlón.
No le gustó lo que le hacía sentir: calor y una especie de hormigueo.
Tampoco le gustó que el nombre de lord Church saliera de la boca de la fae, porque fue como si el mundo que existía fuera del Santuario se le viniera encima.
Le retorció el estómago pensar que, mientras él estaba ahí dentro, obligado a colaborar con ella, lord Church lo esperaba fuera.
Tardó unos instantes en darse cuenta de que Elyria estaba esperando una respuesta.
–Algo así –murmuró–. Pero eso no significa que todo esto me parezca normal.
–¿Por qué no?
–Ya sabes la respuesta.
Hubo un silencio pesado.
–Porque todo el que ha llegado hasta aquí está muerto –musitó Elyria. Se quedó callada y sus ojos se volvieron vidriosos. Sacudió bruscamente la cabeza, como si intentara librarse de un mal pensamiento.
Cedric frunció el ceño. ¿Habría perdido a alguien en un Crisol anterior? Recordó la discusión entre Elyria y Kit que había presenciado en el castillo de Lumin. Bueno, más que presenciarla, se había entrometido en ella.
«Actúo en nombre de vuestra familia restante», había dicho Elyria.
Sí, tenía sentido: la desesperación de Elyria por convencer a Kit de que no entrara en el Santuario, el profundo dolor que había intentado ocultar cuando Kit insinuó que ya no formaba parte de su familia...
–¿Has...?
–De todas formas –lo interrumpió ella–, deberías usar un poco la imaginación. ¿O eso está más allá de las capacidades del gran sir Cedric Thorne, adalid de Kingshelm?
–¿Imaginación?
La fae puso los ojos en blanco, y todo rastro de dolor desapareció de sus rasgos. Volvió a adoptar una expresión fría e indiferente.
–Sí, imaginación: la capacidad de ser creativo o ingenioso. ¿Te suena?
–Sé lo que significa la palabra –replicó él secamente–, pero me temo que no es mi fuerte.
–Quién lo iba a imaginar –le pinchó ella–. En fin, supongo que me tocará a mí ser creativa por los dos. –Volvió a golpear la superficie del espejo con su báculo, inspeccionando su reflejo.
–Deja de hacer eso –la reprendió él–. Creía que la Revivida era una guerrera legendaria, no una cría impulsiva.
Ella se tensó.
–Y yo creía que tú eras un caballero, no un gruñón amargado sin sentido del humor.
–¿Sin sentido del humor? –repitió Cedric, imitando el tono de ofensa fingida que Tristan solía usar con él–. Te informo de que muchos me consideran una persona absolutamente encantadora y graciosa.
La risa de Elyria resonó en la pequeña habitación como un tañido de campana. Era un sonido exasperantemente bello.
–¿En serio? –dijo, con los ojos brillantes y una amplia sonrisa.
Cedric se quedó mirando cualquier punto que no fuera ese rostro transfigurado, casi beatífico.
–Cuando no estoy atrapado con una fae imprudente que piensa que es buena idea toquetear un espejo mágico por curiosidad, lo soy.
–Y yo que pensaba que quedarte atrapado conmigo te habría alegrado el día. –Se volvió hacia el espejo con un encogimiento de hombros–. Admítelo, sir Gruñón: sin mí te morirías de aburrimiento.
Una risa incrédula se escapó de los labios de Cedric.
–Todo lo contrario, te lo aseguro. Estaría encantado de no tener que hacer de niñera de alguien que trata cada desafío como si fuera...
–¿Tú? ¿Hacerme de niñera a mí? –Soltó otra carcajada–. Eso es lo más gracioso que he oído en muchísimo tiempo. ¿Cuántos años tienes, humano? No puedes tener más de... veintinueve, ¿verdad? Treinta, como mucho.
Cedric murmuró una respuesta y ella se llevó la mano a la oreja.
–Lo siento, no te he oído.
–Veintiocho –dijo él.
–Mejor me lo pones.
–¿Y tú cuántos años tienes? –replicó Cedric, ceñudo.
Elyria soltó un gritito melodramático.
–¿Cómo te atreves? ¿No sabes lo grosero que es preguntarle eso a una dama?
–No estoy siendo grosero –protestó él. «Y no veo a ninguna dama por aquí», estuvo a punto de añadir, pero se mordió la lengua. Era demasiado fácil.
Elyria chasqueó la lengua.
–Tengo doscientos sesenta y un años, si tanto te interesa.
Cedric hizo un rápido cálculo mental, basándose en lo que sabía del ciclo de vida de los fae. Normalmente, vivían hasta los novecientos años o más.
–¿Y eso no significa que... básicamente tienes la misma edad que yo?
–Simplificando muchísimo, sí. Siempre y cuando ignores los siglos adicionales de experiencia vital.
Cedric se mordió el labio para evitar sonreír.
–Ojalá dedicaras aunque fuera una mínima parte de esa experiencia vital a averiguar qué se supone que debemos hacer aquí, en lugar de jugar conmigo.
Un destello de picardía danzó en sus ojos esmeralda.
–Vale. Te propongo un trato: yo te hago caso ahora, a cambio de que tú te relajes un poco cuando la ocasión lo requiera.
–Yo diría que los dos salimos perdiendo con eso.
–Al contrario –sentenció ella, guardando el báculo a su espalda y levantando un dedo pálido y delicado hacia el espejo–. Los dos ganamos, tenlo cla...
Apenas rozó el espejo con la yema, pero fue suficiente: la superficie se volvió líquida de nuevo, y las ondas doradas se extendieron desde el punto de contacto.
Cedric oyó demasiado tarde su jadeo ahogado.
El oro fundido se deslizó por la muñeca de Elyria, se enroscó alrededor de su brazo... y tiró.
Cedric se lanzó hacia Elyria con la mano extendida, tratando de agarrarla. Falló por un segundo, y apenas rozó un mechón malva mientras las profundidades doradas se tragaban a la fae. Lo único que quedó de ella fueron el báculo y las dagas, que golpearon el suelo con un tintineo.
El oro dejó de ondularse y se solidificó en una superficie rígida.
El pánico se apoderó de Cedric. ¿Dónde había ido Elyria? Eso no era lo que debía pasar.
¿O sí?
De pronto, se le ocurrió que quizá aquello no fuera lo peor que podía haber pasado. ¿Acaso no se estaba lamentando hacía un momento de que estuvieran atrapados juntos?
Entonces, ¿por qué tenía el pulso desbocado? ¿Por qué de repente su armadura parecía demasiado opresiva?
Golpeó la pared con el puño enfundado en el guantelete, una vez, dos, y la piedra tembló. Retrocedió un par de pasos.
–¿Esta es tu idea de unidad? –le gritó a la habitación vacía.
Como si le respondiera, la pared volvió a brillar con una luz dorada que danzaba entre los intrincados remolinos de pintura.
–Déjame entrar –exigió.
– ¿Estás seguro? –respondió una voz que resonó en su cabeza.
No era el coro siniestro del Tribunal. Sonaba aguda, joven. Extrañamente familiar.
Un escalofrío recorrió la espalda de Cedric, y se sacudió para librarse de la sensación.
–Sí –dijo, apoyando la palma de la mano en la piedra.
– ¿Incluso siendo consciente de la oscuridad a la que debes enfrentarte?
Tragó saliva.
–Afrontaré lo que la prueba me exija.