Capítulo 19 #2
–Por las estrellas, mujer. –Cedric sacudió la cabeza con un suspiro–. No serás capaz de comerte todo eso sola.
Elyria se tensó ante el desafío.
–Creí que ayer te había quedado claro que no tienes ni idea de lo que soy capaz de hacer –replicó. No pudo identificar la expresión que puso Cedric ante eso.
–A mí no me importaría verla intentarlo –comentó Cyren desde el otro lado de la mesa, con una actitud de lo menos constructiva. Gael le dio una colleja y el fae de pelo cobalto soltó una carcajada.
–¡Te estás poniendo como una cerda! Deja de acapararlo todo de una vez, maldita fae –tronó la voz nasal de Leona Blackwood.
Elyria se giró lentamente hacia ella.
–¡Ah, ya lo pillo! –exclamó–. ¡Comer cerdo como una cerda! ¡Qué ingenioso! –Se metió un pedazo de beicon chorreante de grasa en la boca y sorbió, conteniendo el impulso de gemir de placer.
Leona entrecerró sus ojos marrones antes de volverse hacia Cedric.
–Qué compañías tan interesantes frecuentáis, sir Thorne.
–Desde luego –gruñó Belien, acercándose–. De modo que estos son los aliados del gran adalid de Kingshelm...
–Ozomoz... –protestó Elyria con la boca llena.
–No somos aliados –concluyó Cedric por ella, y la fae gruñó en señal de confirmación.
–Ya. –Leona levantó la nariz y dirigió una mirada desdeñosa a Zephyr, que escogía uvas de un cuenco al otro extremo de la mesa.
Belien torció la boca en una mueca desagradable y cruzó una mirada con Leona, que asintió para animarlo.
–Es curioso, ¿no? El famoso sir Cedric Thorne, ojito derecho de lord Leviathan Church, codeándose con un montón de bichos raros. Si no es una polilla orejuda, es una rana hierbichera. Supongo que el gran caballero siente debilidad por los parias.
¿Una polilla orejuda? , pensó Elyria, enfadada.
¿Dónde estaba el terror que despertaba la Revivida cuando lo necesitaba?
Por desgracia, había oído cosas peores; de hecho, si ella hubiera sido el único blanco de las burlas de Belien y Leona, las habría ignorado.
Pero oyó la aguda exhalación de Zephyr, como si la silvana hubiera recibido una bofetada, y le costó un gran esfuerzo no partir la bandeja de beicon contra la cabeza pelirroja de Belien.
Cedric se enderezó a su lado.
–Qué boca tan sucia tienes, Larkin –dijo–. Yo pensaba que haber perdido a Belis te dulcificaría un poco el carácter.
Belien frunció los labios.
–No vuelvas a mencionar a mi hermana, Thorne. –Se echó hacia delante en actitud amenazante–. Si no, pronto descubrirás lo que les espera a los santurrones moralistas que se atreven a enfrentarse al Crisol.
Elyria dejó la bandeja de beicon en la mesa.
–Cuatro infiernos, qué mezquinos son los humanos. –Suspiró de forma teatral–. ¿Se te ha olvidado dónde estás? Tú también eres un adalid, y te esperan exactamente las mismas pruebas que a él.
–¡No somos iguales! –exclamaron Cedric y Belien al unísono.
Ella los ignoró a ambos.
–Me hace tanta gracia que actuéis como si fuéramos a salir vivos de esto...
–Nadie te ha pedido tu opinión, bruja –la cortó Belien con voz cargada de veneno.
Elyria vio por el rabillo del ojo que la mano de Cedric se crispaba sobre la empuñadura de su espada y, por un momento, se preguntó si el caballero atacaría.
Por un momento, casi deseó que lo hiciera.
–Basta –dijo en su lugar con voz gélida, interponiéndose entre los dos.
Belien contuvo una carcajada bravucona, pero dio un paso atrás, un poco vacilante.
–Tu hada madrina no siempre estará ahí para protegerte, Thorne –le advirtió.
–Ataca cuando quieras –respondió Cedric, con una voz grave e intimidante que despertó una sensación extraña en lo más profundo de Elyria. Se obligó a ignorarla.
En ese momento, Leona tiró del brazo de Belien y lo alejó, no sin antes lanzar una mirada desdeñosa a la fae.
–¡Menuda sorpresa! –exclamó Elyria, llevándose la mano a la frente como si su delicada sensibilidad se hubiera ofendido ante las palabras que acababan de intercambiar. Después, sonrió a Cedric antes de tomar otro trozo de beicon y pegarle un buen mordisco.
El caballero abrió la boca. La cerró. Después, agarró la bandeja de beicon con un bufido irritado y se marchó a zancadas en dirección a Zephyr.
Kit se acercó a Elyria con un cuenco de bayas en las manos.
–Es más fuerte que tú, ¿verdad?
–¿El qué? –Elyria le robó una frambuesa bien jugosa, se la metió en la boca y disfrutó de aquel dulzor ácido que disipó enseguida el regusto salado y grasiento del beicon.
–No puedes evitar salvarlo una y otra vez.
Elyria la fulminó con la mirada.
–No estoy de humor, Katerina.
Kit se encogió de hombros.
–Yo solo digo lo que veo.
Unas campanadas interrumpieron la réplica de Elyria, atrayendo su atención hacia la pared del fondo.
Una luz plateada palpitaba por los resquicios de las puertas, que habían pasado de ser doce a no ser más que seis.
¿El Santuario estaba presionándolos así a formar alianzas?
Una chispa de gratitud le atravesó el pecho por tener ya a Kit de su lado...
o, más bien, por estar ella del lado de Kit.
–Adalides que ya habéis luchado con acero y garras –retumbaron las voces múltiples del Tribunal–, os aguarda la prueba del Espíritu.
Kit le dio un codazo a Elyria: un molesto y silencioso «te lo dije».
–Detrás de cada puerta se esconde una prueba de la verdad. Detrás de cada puerta se esconde un desafío de la voluntad. Elegid vuestro camino.
La tensión se extendió entre los adalides, que observaron las puertas y luego se miraron entre sí con expresión calculadora.
–Confiad en vuestra fuerza. Confiad en vuestra determinación. Confiad los unos en los otros –concluyó el Tribunal antes de que su voz se disipara en la nada.
Elyria entrecerró los ojos. «Confiad los unos en los otros». Qué oportuno: otra llamada a la unidad cuando estaba claro que las alianzas allí eran tan frágiles como el cristal.
Sintió una oleada de expectación cuando las puertas comenzaron a brillar con más intensidad. La magia de lo que los aguardaba al otro lado centelleaba como un espejismo. Era evidente que la habitación en la que habían dormido ya no se encontraba detrás de ninguna de esas puertas.
Kit dio un paso adelante con cara de determinación y Elyria la siguió, convencida de que, fuera cual fuera el final de aquella amistad recuperada, al menos sería lo bastante fuerte como para superar el desafío que las aguardaba.
De pronto, las puertas se abrieron de par en par con una explosión de luz y se desató el caos.
La sala era un torbellino de movimiento, y todos los adalides se lanzaron hacia delante en estampida.
Elyria recibió un empujón y se volvió sin pensar.
Fue solo un segundo..., pero fue suficiente para perder de vista a Kit.
Mierda . Elyria se abrió paso a codazos, luchando contra el pánico mientras empujaba a Gael y a Tenebris Nox, que se dirigían hacia la misma puerta. De súbito, Nox pareció cambiar de opinión y se zambulló en otra lámina de luz plateada.
Mierda, mierda, mierda, mierda.
Los adalides desaparecieron uno tras otro, y a Elyria se le encogió el corazón al darse cuenta de que Kit ya había atravesado una puerta. ¿Pero cuál?
Se había quedado sola en la estancia. Miró fijamente los brillantes umbrales mientras se devanaba los sesos, rebuscando en sus recuerdos alguna pista de qué puerta podía haber escogido Kit, dónde debía entrar para seguirla.
Notó una palpitación en el pecho. Un estremecimiento. No era la misma sensación oscura y arremolinada que había llegado a identificar como el despertar de su sombra interior. Era más como... un tirón, sutil pero insistente.
Aquella fuerza la atrajo hacia uno de los umbrales resplandecientes, como si la llamara. Elyria solo pudo rogar para sus adentros que le estuviera indicando el mismo camino que había tomado Kit.
–Intuición, no me falles ahora –murmuró para sí antes de dar un paso decidido. El tirón fue haciéndose más y más fuerte... hasta que Elyria atravesó la luz plateada y volvió a experimentar la sensación de que el mundo se inclinaba.
Se encontró de pie en una sala cuadrada de techo bajo, sumida en la penumbra.
Solo se atisbaban los contornos de la estancia gracias al resplandor de unas antorchas alineadas a derecha e izquierda.
No había ventanas ni puertas, ni siquiera la que acababa de atravesar.
Solo había un arco pintado en la pared del fondo, con remolinos dorados y enredaderas que no enmarcaban nada.
A Elyria se le revolvió el estómago. ¿Qué era aquello?
Oyó un chirrido a su espalda y se giró, con el pulso acelerado.
De pronto, su pulso bajó hasta casi detenerse.
Y, cuando volvió a latir, Elyria sintió cómo retumbaba en sus oídos.
–Oh, por los cuatro infiernos –masculló.
Porque allí, con los brazos cruzados y los labios apretados en una línea dura, estaba sir Cedric Thorne.