Capítulo 19
Qué le vamos a hacer
Elyria
– B ueno, pues ya solo somos doce –comentó Elyria.
–Podríamos quedar once –replicó Kit con un resoplido, mirando de reojo a Elyria mientras se acomodaban en sus respectivos lechos.
La habitación era sencilla, lo bastante grande para albergar las dos camas que habían aparecido por arte de magia al cruzar la puerta. Aquello era todo un lujo, después de haber pasado noches en tiendas de campaña estrechas y en frías celdas; a Elyria le dolían los huesos solo de recordarlo.
–Qué le vamos a hacer –suspiró Elyria–. De haber sabido que estaba salvando a sir Estirado En El Culo Tengo Un Palo Clavado, habría dejado que el dragón siguiera con lo suyo tranquilamente.
–Lo que tú digas. –El tono burlón de Kit irritó a Elyria–.
Ahora que lo pienso, podríamos ser solo diez.
Si no hubieras entrado a rescatarme, el caballero habría terminado siendo almuerzo para dragones y tú no habrías ocupado el lugar de Cormac.
Estás empeñada en ponérmelo lo más difícil posible, ¿verdad? –la pinchó con ligereza.
Elyria le sacó la lengua.
–Ese caballero es un imprudente. Ya ha estado a punto de morir varias veces... Tus posibilidades de ganar van a aumentar rápidamente, ya lo verás.
Kit sonrió de medio lado y sus ojos desparejados brillaron.
–¿Y cómo te tomarías tú que le pasara algo?
Elyria se tensó.
–Me alegraría, evidentemente. Sería un adalid menos en tu camino.
–Ajá –murmuró Kit, con un tono que dejaba claro que no se lo tragaba.
Elyria optó por cambiar de tema.
–Me siento como si hubiera vuelto a nacer –declaró, trenzándose el pelo húmedo–.
Camisón limpio, cama mullida, baño caliente...
–Señaló la puerta que daba a un acogedor cuarto de baño y después la cómoda que había en la pared opuesta.
Habían encontrado un sinfín de prendas dentro, justo de su talla y de su estilo, como si las hubieran diseñado expresamente para ellas–. Ser adalid tiene sus ventajas.
Exhaló un suspiro de satisfacción mientras se tumbaba.
Aunque era consciente de que aquello solo era una tregua temporal, un breve consuelo antes de la tormenta de nuevas pruebas, se sentía bien.
Tenía el estómago lleno. Su cuerpo estaba curado.
Y, mientras echaba una mirada furtiva a Kit, que ahuecaba su almohada, pensó que algunas de sus heridas más antiguas, las invisibles, podrían estar empezando a sanar.
Kit no se dejó engañar por su intento de cambiar de tema.
–Cormac intentó salir en cuestión de minutos y Belis nunca llegó a la otra puerta. ¿Quién más cayó?
–No recuerdo su nombre... Era nocterrian.
–Ah, sí, Dissidua. Me alegro; no me inspiraba mucha confianza. Tampoco me fío de Tenebris Nox.
–¿Porque es nocterrian? Cuidado, Kitty Kat. Te empiezas a parecer a nuestros intolerantes amigos humanos; es un poco inquietante.
Kit frunció el ceño y le lanzó una almohada a la cabeza con precisión.
–No tengo nada en contra de la especie, boba –dijo, y Elyria sonrió mientras atrapaba la almohada–. Me refería a que... Sinceramente, no soy capaz de explicarlo. Noté algo raro. –Hizo una pausa–. Te estaba observando.
Elyria frunció el ceño.
–¿A mí?
–Me di cuenta en el castillo de Lumin. Se quedó atrás, entre las sombras. Yo estaba demasiado enfadada contigo en ese momento como para darle importancia, pero ahora que lo pienso..., estoy convencida de que te vigilaba.
–No era la primera vez que veía a Nox –admitió Elyria–. Estaba en la misma cárcel que yo.
Kit arqueó las cejas al oír que Elyria había estado presa, pero no dijo nada.
–Quizá solo sea curiosidad; querrá saber cuáles son mis motivos para participar –continuó Elyria–.
Sinceramente, a mí también me intrigan los suyos.
No creía que hubiera nocterrian con razones para enfrentarse al Crisol Arcano.
–Frunció el ceño, pensativa. Nocterrum ni siquiera formaba parte del país durante el reinado de Daephinia, de modo que la misteriosa isla y su pueblo nacido de las sombras apenas se habían visto afectados por la Fractura.
–El poder es el poder –observó Kit–. Atrae a todo el mundo.
–Excepto a ti. –Elyria le sonrió–. A diferencia del resto de los supuestos adalides, tú no estás aquí porque sueñes con la gloria o con el poder de la corona. Estás aquí por Evander, y yo estoy aquí por ti. Que el rey haga lo que le dé la gana con la corona cuando la obtengas.
–Cuando la obtengamos, ¿no? –Kit se mordió el labio inferior con ansiedad, y Elyria sintió deseos de tranquilizarla. No había entrado en el Crisol para angustiar a su amiga; lo último que quería era distraerla de su objetivo.
–Exacto. Y respecto a Nox, me andaré con cuidado –dijo, insuflando confianza en sus palabras, por más que supiera que estaban vacías. Era imposible andarse con cuidado en aquel lugar.
Kit asintió sin decir nada.
Al cabo de un momento de silencio incómodo, Elyria carraspeó.
–¿Alguna teoría sobre lo que nos espera mañana?
–¿La próxima prueba? No tengo ni idea –confesó Kit–. Solo sé que hemos pasado una; nos quedan tres.
–¿Cómo lo sabes?
–Ya oíste lo que dijo el Tribunal: fuerza y poder, determinación y «profundidad de espíritu», sea lo que sea eso. Acabamos de completar la prueba de fuerza, de modo que nos quedan tres más.
–Técnicamente, el Tribunal nunca dijo que esas fueran las pruebas. Solo que en las pruebas demostraríamos nuestra fuerza y nuestro poder, y que pondrían de manifiesto nuestra determinación y nuestro espíritu.
–Detalles sin importancia –Kit hizo un gesto con la mano y las velas de los candelabros se apagaron con un silbido húmedo, sumiendo la habitación en una tranquila oscuridad.
Elyria se puso tensa al recordar las palabras del Tribunal. Lo que le había dicho al final resonaba una y otra vez en su cabeza: «De rivales feroces a corazones rotos, dos sangres hallarán el camino. Con sacrificio y amistad traicionada será el día renacido».
Un montón de preguntas le rondaban por la mente. ¿Por qué el Tribunal había decidido recordarle aquellas líneas de la profecía? Además, no dejaba de pensar en dos palabras concretas: «amistad traicionada».
Se volvió hacia la cama de Kit y entrecerró los ojos como si pudiera ver a su amiga en la oscuridad.
Seguro que no era más que un galimatías que el Tribunal había soltado, sobresaltado por el choque de Elyria contra su cuerpo.
Quizá lo que había dicho ni siquiera estuviera relacionado con el Crisol; al fin y al cabo, ningún otro adalid había oído esas palabras.
Además, si circulaban múltiples versiones de la profecía, ¿quién podía decir cuál era la auténtica?
«Con coraje y promesa, con tiniebla y luz, como el día renacido», había dicho Cedric, y Elyria tenía que admitir que prefería con creces su versión; al fin y al cabo, no decía nada de traiciones.
Por desgracia, estaba bastante convencida de que, si había una versión correcta, sería la del misterioso ser que presidía el Crisol Arcano.
Decidida a quitarse aquellas ideas de la cabeza, se acurrucó en la cama. Notaba los párpados pesados. ¿De verdad habían estado en el castillo de Lumin esa misma mañana? Aquel, posiblemente, era el día más largo de la larga vida de Elyria.
–¿Ellie? –La voz de Kit rompió el silencio.
–¿Sí?
–¿Crees...? ¿Crees que Ev al menos llegó hasta aquí?
Elyria tragó saliva.
–No me cabe duda.
Kit se quedó callada.
–Ya sabes cómo era tu hermano –continuó Elyria, con un nudo en la garganta–. Estoy segura de que ese cabezota llegó hasta el mismísimo final antes de... Bueno, de lo que le pasara.
Un suspiro rasgo la penumbra.
–Sí. Quizá –respondió Kit.
Elyria hubiera querido añadir algo, hacer algo. Tranquilizar a Kit. Pero se le cerraron los ojos y, antes de que pudiera añadir una palabra más, se quedó dormida.
A la mañana siguiente, una campanada ensordecedora despertó a Elyria. Gimiendo, se protegió los ojos de la luz dorada que se filtraba por las rendijas abiertas en las paredes de piedra. Kit ya estaba despierta y estiraba los largos brazos por encima de la cabeza, con el ceño fruncido.
–Supongo que hay que levantarse –murmuró.
Antes de que Elyria pudiera responder, la puerta se abrió con un crujido. ¿La habitación las estaba expulsando?
–Por los cuatro malditos infiernos –murmuró Elyria sin dirigirse a nadie en particular–. Dejad que me despabile, ¿vale?
Se apresuraron a entrar en el cuarto de baño para cambiarse la ropa rota y ensangrentada del día anterior por prendas limpias.
Después de recoger sus armas, regresaron a la antesala del Santuario, y Kit dio un respingo cuando lo que había sido su dormitorio cerró de un portazo justo a su espalda. Qué grosero...
Se dirigieron con pesadez hacia el centro de la estancia, donde ya se encontraban casi todos los demás adalides.
Los cojines y bancos del día anterior habían desaparecido y en su lugar había una larga mesa cargada con cuencos de sopa humeante y bandejas con pan y fruta.
Elyria intercambió una sonrisa voraz con Kit antes de lanzarse a por su desayuno.
Un momento más tarde, un carraspeo ronco sonó detrás de Elyria, que alzó la vista con los carrillos repletos de comida para encontrarse con la mirada divertida de Cedric Thorne.
–¿Erezargo? –articuló con dificultad, mascando un montón de pan.
–Esto... ¿Qué? –respondió él, arqueando las cejas. El chirrido de su armadura al moverse le hirió los oídos a Elyria, que luchó por tragar todo lo que tenía en la boca con una mueca.
–Que si quieres algo.
–Ah –dijo el caballero, sin dejar de mirar el movimiento de la garganta de Elyria, que notó que se ruborizaba–. Bueno, sí, la verdad –dijo–. Estás tapando el beicon.
–¿Hay beicon? –chilló ella una octava más alto de lo normal, volviéndose hacia la mesa. Agarró la bandeja entera repleta de tajadas crujientes, y el apetitoso olor inundó su nariz y le hizo la boca agua.
Cedric volvió a toser como si estuviera disimulando una risa.
–¿Me permites? –preguntó, extendiendo la mano hacia una loncha.
Elyria aferró la bandeja con más fuerza y retrocedió.