Capítulo 18 #2
Sentía gratitud hacia Zephyr, no solo por la ayuda que le había prestado, sino también porque despedía un aura de tranquilidad.
Porque parecía haber superado sus reticencias para aliarse con él.
Quizá hubiera debido ser más cauteloso, pero aquella silvana le hacía sentirse cómodo.
No se le había pasado por la cabeza descartarla como aliada.
Pero no había pensado en las implicaciones que tendría unirse a ella. Su plan original era establecer alianzas con los otros adalides humanos, y ellos podrían estar en contra de que siguiera las instrucciones del Tribunal... o, más bien, podrían estar en contra de la propia existencia de Zephyr.
Elyria lo había llamado tonto, y, desde luego, así era como se sentía.
Había creído que podría mantenerse firme y concentrado en su objetivo, al margen de las interacciones entre humanos y arcanios.
El objetivo de Cedric era la corona, y estaba dispuesto a conseguirla por cualquier medio.
Pero, aunque solo habían atravesado una prueba, el Crisol ya estaba cambiando muchas cosas.
Lo estaba cambiando... a él.
Cedric respiró hondo, se dio la vuelta... y se encontró cara a cara con Thraigg. El enano, con los gruesos brazos cruzados sobre el pecho, estudiaba a Cedric con una mirada calculadora en sus ojos azules.
Cedric se tensó, sin saber muy bien cómo reaccionar. Supuso que debería darle las gracias, ya que le había ayudado no una, sino dos veces contra el dragón. Por otro lado, aún estaba en el aire la pregunta de por qué lo había hecho.
–Suéltalo, muchacho –gruñó Thraigg, con una voz tan áspera como la piedra que pisaban.
–¿Perdón?
–Está claro que tienes preguntas que hacer. Hazlas.
Cedric parpadeó. El enano era directo, eso había que reconocerlo. Perspicaz y directo.
–Es solo que... me sorprende lo que hiciste en la Prueba.
–Ajá –asintió Thraigg con aire suspicaz–. ¿Y por qué te extraña?
–Tenías el camino libre hacia la salida. No necesitabas luchar. No tenías por qué enfrentarte al dragón.
–¿Y...?
–Y... ¿por qué lo hiciste?
La barba de Thraigg tembló cuando sus labios se curvaron en una sonrisa cómplice, y las monedas y cuentas metálicas que salpicaban sus trenzas tintinearon alegremente.
–Pues mira, no me gustan los caballeros imprudentes, y mucho menos los humanos –le espetó–. Pero jamás me atrevería a cuestionar los designios de los Divinos.
–¿Los Divinos?
La barba de Thraigg volvió a cascabelear mientras su pecho subía y bajaba con una risa ahogada.
–¿Quién crees que dirige el tinglado, muchacho? Los celestiales dirán lo que quieran de no interferir en los asuntos de los mortales, pero su influencia está por todo el Crisol. Y si su portavoz dice que la unidad es la clave de este juego, yo obedezco: dame un abrazo de oso y llámame hermano.
Cedric no supo si reírse o fruncir el ceño ante la brusquedad del enano.
–¿Su portavoz? ¿Te refieres al Tribunal?
–Ajá. Así que, cuando os vi a ti y a tu amiguita la verde encogidos como margaritas bajo un vendaval...
–Yo no estaba encogido –protestó Cedric entre dientes.
–... las voces del Tribunal retumbaron en mi cabeza: «Unidad, unidad, unidad». Por eso me puse manos a la obra: me arremangué y unifiqué mi martillo con unas cuantas escamas de dragón –concluyó, riéndose de su propio chiste.
Cedric consideró sus palabras con el ceño fruncido.
–¿Y ya? ¿Me ayudaste porque te sentiste impulsado a hacerlo? Perdona que sea escéptico, pero es que no me pareces muy altruista.
–No es cuestión de altruismo, muchacho. Yo no tengo paciencia para esas bobadas.
Tengo mis propios objetivos y ninguno consiste en verte asado vivo.
Pero yo no juego a menos que piense ganar...
En fin, el caso es que hice lo que hice.
No hagas que me arrepienta. –Dicho eso, el enano se alejó tranquilamente, agarró una jarra de una mesa cercana y se dirigió hacia una de las puertas.
–Tomo nota –murmuró Cedric, incapaz de contener una sonrisa. Por alguna razón, el intercambio le había dejado una sensación reconfortante, como si estuviera empezando a pisar suelo más firme, o como si hubiera hallado un ancla en medio del océano de incertidumbre.
Todos los adalides estaban participando en el juego para ganar. Si el Tribunal exigía que se dieran la mano y fueran dando saltitos, lo harían... hasta que el Crisol les exigiera que se despedazaran los unos a los otros.
Observó a sus compañeros humanos, que elaboraban estrategias apiñados en un rincón de la sala, y puso mala cara. No todos parecían dispuestos a jugar en equipo.
Cuando volvió a mirar a Elyria, vio que era la viva imagen de la tensión.
La fae tiró de Kit para ponerla de pie y la condujo a una de las puertas del fondo.
Se le había suavizado el ceño, pero la ira continuaba centelleando en sus ojos y contraía los dedos como si estuviera deseosa de pelear.
Por un instante, Cedric esperó que Belien o Leona –o Alden, por los cuatro infiernos– le dijeran algo para ver cómo reaccionaba.
Pero Kit y ella desaparecieron sin incidentes tras una de las puertas.
Cedric se acercó a Zephyr, cuya cordialidad inicial había dado paso a una cautela vigilante. La mala conciencia hizo que se le revolviera el estómago.
–Zephyr –comenzó, haciendo todo lo posible por suavizar la voz–. Yo... siento que te debo una disculpa.
Ella abrió mucho los ojos, sorprendida.
–¿Y eso? ¿Por qué motivo?
–Por lo de antes. Te puse en una situación incómoda al intentar forjar una alianza con Alden; no sabía que él ya se había asociado con Belien.
Además..., debería haberlo hablado contigo primero.
Tendría que haber supuesto que no te apetecería unirte a los adalides más intolerantes que hay por aquí.
–Esbozó una sonrisa torcida, en un intento por aliviar la tensión.
–No hay nada de lo que disculparse –repuso ella, pero Cedric notó que relajaba un poco los hombros–.
Tampoco es que tú y yo hayamos cerrado una alianza formal...
Más bien fue el resultado de habernos encontrado en el lugar equivocado en el momento equivocado.
–Sonrió fugazmente–. Si prefieres que vayamos cada uno por su lado, lo entenderé perfectamente –añadió.
–Qué disparate –declaró Cedric–. Formamos una pareja formidable, ¿recuerdas?
A la silvana se le iluminó la cara.
–Cierto.
Cedric suspiró aliviado. Sintió que había dado un paso en la dirección correcta, pero no podía quitarse de la cabeza la sensación de que se le escapaba algo.
Las voces del Tribunal resonaron en su cabeza: «Sin unidad, fracasaréis».
¿Aquello era unidad? ¿Sería suficiente? Le vino a la cabeza una mirada de color esmeralda teñida de odio, y suspiró. No estaba nada convencido de que lo fuera.
La mirada se le fue hacia la puerta por la que acababa de marcharse Elyria, como si la arrastrara una fuerza ajena a su control.
–¿Vosotros dos... tenéis un pasado conflictivo, o algo así? –preguntó Zephyr, siguiendo su mirada. Su voz sonaba frágil, vacilante, como si intuyera que tocaba un tema delicado.
Cedric no supo qué contestar. ¿Podía considerarse un pasado conflictivo, cuando una de las partes ignoraba la existencia de la otra hasta ese momento? ¿Cuando todo lo que daba por sentado parecía desmoronarse de pronto?
Se limitó a encogerse de hombros, haciendo todo lo posible por mostrarse indiferente.
Zephyr apretó los labios como si intentara contener una sonrisa.
–Parece que todo el mundo se retira. ¿Nos vamos a descansar, compañero?
Cedric asintió. Al día siguiente, la segunda prueba traería consigo todo un nuevo repertorio de problemas. Así que esa noche... Esa noche, descansaría. Pensaría. E intentaría averiguar por qué estaba luchando, en realidad.