Capítulo 18
Suéltalo, muchacho
Cedric
C edric estaba haciendo todo lo posible por pasar inadvertido.
Se mantuvo al margen, observando las interacciones que se desarrollaban en la sala.
No tenía intención de involucrarse en las discusiones de los demás adalides, y mucho menos en lo que fuera que Elyria estuviera haciendo.
Después de que le hubiera salvado en una escena bochornosa, Cedric estaba deseando poner distancia entre la guerrera fae y él.
Pero, entonces, ¿por qué se le iban los ojos hacia el lugar donde estaba sentada con Kit? ¿Y por qué se le hizo un nudo en el estómago cuando vio a Zephyr aplicar su magia curativa en la profunda herida que atravesaba la espalda de la Revivida?
Tras verla luchar como si danzara con aquel dragón, tenía muy claro cómo se había ganado su apodo y también que se lo merecía.
Y eso, sin su magia... Cedric se estremeció al pensar en cómo sería enfrentarse a la Revivida en combate cuando contara con todo su poder.
Esperaba no tener que averiguarlo nunca.
Y, sin embargo, por una razón que no podía explicar..., también lo deseaba.
La idea de que la persona a la que consideraba responsable del asesinato de sus padres quizá no fuera el monstruo que había imaginado le estaba volviendo loco.
Había pasado la mayor parte de su vida alimentando un odio visceral hacia la Revivida, un nombre tan profundamente grabado en su memoria como el suyo propio.
Había albergado deseos de venganza contra los arcanios desde que tenía uso de razón, y se había convencido de que podría cobrarse justicia venciendo en el Crisol y asegurando la corona para su pueblo.
Odiaba a la Revivida. La odiaba con todas sus fuerzas.
Pero, cuando Elyria miraba a Kit, parecía una persona distinta, alguien que no encajaba con la imagen de la Revivida que tenía Cedric. ¿Realmente esa fae era la misma persona de la que había jurado vengarse?
«He hecho muchas cosas en todos los años que llevo en este mundo. No todas agradables, no todas correctas, pero puedo asegurarte que nunca he tenido el menor interés por masacrar a una insignificante familia humana».
Podía estar mintiendo.
Probablemente fuera así.
¿Pero y si no lo era?
Cedric se rozó la cicatriz del labio con los nudillos, luchando por mantener una expresión neutra mientras sus pensamientos giraban sobre sí mismos.
¿Y si decía la verdad? No, eso no cambiaba nada.
No cambiaba quién era él ni lo que era ella: una arcania, nada más.
Aquellas ideas no hacían más que confundirlo.
Sin embargo, no conseguía desecharlas de su mente. Antes de conocerla, la Revivida había sido una figura lejana a la que culpar de su dolor. Elyria, sin embargo, era completamente distinta de lo que esperaba, y eso le producía una honda inquietud.
A pesar de sus esfuerzos, su mirada volvió a dirigirse hacia Elyria, Kit y Zephyr.
La silvana había terminado de cerrarle la herida de la espalda a Elyria e incluso había curado los pequeños cortes que tenía Kit.
Pero, a juzgar por la tensión que irradiaban las tres de pronto, parecía que la curación acabara de comenzar.
Elyria levantó la cabeza bruscamente, y él no fue lo suficientemente rápido como para apartar la mirada y evitar que sus ojos se encontraran.
Ella frunció el ceño y se ajustó los pantalones, con un gesto que le hizo pensar a Cedric que estaba entrometiéndose en algo privado.
Si lo que centelleaba en los ojos de la fae –ira, desafío y algo más que Cedric no pudo identificar...
¿Dolor, tal vez?– no fuera confirmación suficiente de que había sido testigo de algo íntimo, el rubor que comenzó a teñir las pálidas mejillas de la fae bastó para dejarlo claro.
Cedric sintió una inesperada punzada de culpa. Desvió la mirada y se centró en una grieta en el muro de piedra como si fuera lo más fascinante que hubiera visto en su vida.
Sin embargo, no aguantó mucho tiempo. Un minuto después, se le fueron los ojos en dirección al trío.
La tensión pareció disminuir cuando Kit le murmuró algo a Elyria. Zephyr se unió a la conversación y les mostró a las dos una cajita metálica que había sacado de su cinturón de remedios mágicos. Elyria asintió y en su rostro apareció una sonrisa genuina que hizo que pareciera aún más bella.
El cambio fue tan inesperado que Cedric casi se atragantó con su propia respiración.
Frunció el ceño al notar la sensación cálida que se le extendía por el pecho. Orgullo. Sin duda, eso era lo que sentía. Orgullo por lo que hubiera hecho Zephyr para provocar esa sonrisa radiante en Elyria.
Desde luego, no estaba reaccionando a la sonrisa en sí.
Eso era lo único que tenía sentido. Detenerse a ayudar a la curandera silvana había sido una magnífica idea, una de las mejores decisiones que había tomado últimamente. Era realmente buena en lo suyo.
Sí: lo que sentía era orgullo. Eso explicaba la sensación ardiente que se extendía por sus costillas. Tenía todo el sentido del mundo que el orgullo por la maestría curativa de su nueva aliada dejara a Cedric aturdido.
Se negó a analizar la idea más a fondo.
Y tampoco hizo falta, porque, cuando buscó con la mirada la deslumbrante sonrisa de la fae, no la encontró por ninguna parte.
En su lugar, el rostro de Elyria mostraba una expresión tan gélida que la temperatura de la sala pareció descender.
¿Qué habrá pasado? , se preguntó Cedric.
Aunque no había captado el detonante de aquel cambio radical en su expresión –aquella mujer parecía decidida a dejarlo atónito–, advirtió la sonrisa fanfarrona de Belien Larkin y la risita taimada de Alden Ashford.
Y, desde luego, también se fijó en que Zephyr parecía haberse encogido.
Ya no quedaba ni rastro de la confianza serena que desprendía mientras curaba a Elyria y Kit.
Maldito Alden... Cedric se sintió incómodo.
Sospechaba que había cometido un error al sentarse al lado del santo con la esperanza de que prosperara la alianza que creía haber forjado en el campamento.
Si Alden continuaba haciendo buenas migas con Belien y Leona, era una causa perdida.
Cedric prefería afrontar el resto de las pruebas solo antes que terminar en ese miserable grupo.
Levantó la vista con un suspiro y descubrió que una tormenta de cabello violeta se acercaba a toda velocidad.
–Tú –gruñó Elyria, deteniéndose justo delante de él.
–¿Yo? –respondió Cedric, desconcertado. La furia de la fae parecía tan ardiente como el fuego del dragón, y no entendía qué había hecho para merecerla.
–¿Se puede saber qué infiernos te pasa? –le espetó ella.
Cedric frunció el ceño.
–¿Perdón?
–Sabes perfectamente a qué me refiero.
–Te juro que no lo sé –replicó él, conteniendo el deseo de poner los ojos en blanco.
–Entonces, eres aún más tonto de lo que pareces. Y mira que es difícil.
–Espera un...
–Los arcanios no somos herramientas de usar y tirar: somos personas. No puedes utilizar a Zephyr para que te proteja y te cure las heridas y deshacerte de ella cuando te convenga.
–Yo no he... Yo nunca...
–Y luego te dedicas a aliarte con otros humanos –escupió, rezumando desprecio–, sin tener en cuenta que su actitud afectará a los arcanios que podríamos haber considerado forjar una alianza contigo.
Esa es una mierda de decisión. Ergo eres tonto.
–Pareció reflexionar un instante–. Ah, y cuando digo «arcanios» me refiero a todos en general, por supuesto. No a mí específicamente.
–Eso lo daba por sentado –dijo Cedric, apretando tanto los dientes que empezó a notar el pulso latiéndole en la mandíbula. Quería rebatir sus palabras, decirle que se equivocaba. Pero lo que le estaba echando en cara solo confirmaba lo que él mismo estaba pensando.
Cualquier vestigio de calidez que pudiera haberle quedado en el pecho se evaporó como el agua en una sartén demasiado caliente.
–Zephyr puede valerse por sí misma –protestó, pero sonó débil incluso para sus propios oídos.
Elyria soltó un resoplido.
–¿Tú crees? Talento como sanadora no le falta, pero no es una guerrera como tú o como yo.
Tampoco tiene por qué serlo; solo Lunara sabe por qué está aquí.
Y tú te has aliado con personas que la odian y la desprecian.
No sé qué nos deparará el resto de este maldito Crisol, ¿pero qué pasará cuando tus amigos la ataquen? ¿Tú también la traicionarás?
Cedric intentó ignorar cómo se le aceleraba el pulso al oír que Elyria ponía al mismo nivel su talento como guerrero y el de ella misma. Pero no existían guerreros comparables a esa fae, de eso estaba seguro. Y tal y como había terminado la Prueba de Fuerza... ¿Estaba siendo sarcástica?
–Yo no me he aliado con nadie –dijo, cruzando los brazos–. No soy como...
Elyria lo interrumpió con un bufido de desdén.
–Te crees que eres diferente, ¿verdad? No lo eres.
–Lo taladró con la mirada de arriba abajo, deteniéndose un instante en el emblema de su coraza–.
Eres igual que los demás de tu especie: usas la tierra por su magia y utilizas a la gente como si no valiera nada.
¿Y sabes qué? Me importa un comino –le espetó y, antes de que él pudiera protestar, se dio media vuelta y se alejó a grandes zancadas.
Cedric contempló boquiabierto cómo se alejaba. Sus palabras le escocían como una quemadura. Y, a juzgar por la expresión soberbia de la fae, estaba convencida de que tenía razón.
Lo peor era que quizá la tuviera.
Recorrió la sala con la mirada, buscando a Zephyr.
La sanadora silvana se había escondido en un rincón y se entretenía manipulando las bolsitas y las hierbas de su cinto.
La mente de Cedric era un torbellino, una mezcla de emociones superpues tas.
Culpa, gratitud, irritación... Esa última, dirigida exclusivamente a Elyria, por supuesto.