Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Siguió la mirada de la silvana y vio que se le había roto el pantalón, dejando al descubierto una parte considerable de su muslo izquierdo.

Mierda .

–¿Qué narices es eso? –casi gritó Kit, mirando con los ojos como platos el grotesco mosaico de cicatrices que había quedado a la vista.

–No es nada. –Elyria se apresuró a coser el rasgón de los pantalones con un hilo de magia.

Kit le apartó la mano.

–Y una mierda nada, Elle. ¿Qué te ha pasado? ¿Tienes toda la pierna así?

–No quiero hablar de eso –replicó Elyria, con un tono más cortante de lo que pretendía.

Al girar la cabeza, se encontró con unos cálidos ojos marrones durante una fracción de segundo.

Apartó la vista rápidamente. ¿Cedric había estado mirando?

Un rubor de vergüenza se extendió por el cuello de Elyria; la sensación de que él hubiera visto el rastro de su momento más vulnerable le oprimía el pecho.

¿De cuánto se habría enterado? ¿Cuánto habría oído?

Estaba bastante lejos, al otro extremo de la sala, así que seguramente no habría visto demasiado, pero lo último que quería era que la mirara con lástima.

No quería que pensara que era débil y, desde luego, no necesitaba que supiera nada de su pasado, aparte de lo que creía saber.

Elyria prefería que su fama se moviera en el terreno de las mentiras.

–¿Ellie? –La voz de Kit la devolvió al presente, aunque continuaba sintiendo la mirada penetrante de Cedric.

–No es nada, de verdad. Una herida antigua –mintió–. De todos modos, Zephyr no puede curármela.

–Bueno, eso no es... –Zephyr vaciló–. A ver, esto... No quiero parecer presuntuosa –murmuró humildemente.

–No, no, adelante. ¿Qué ibas a decir? –insistió Elyria.

–Es solo que... tengo una cataplasma que creo que te ayudará con las cicatrices, si la quieres.

–¡Por las estrellas! –exclamó Elyria, con una sonrisa radiante–. Sí, sí, claro que la quiero. Me encantaría.

Kit frunció los labios al ver el entusiasmo exagerado de Ely­ria, pero Zephyr se echó a reír y sacó una latita de una de las muchas bolsas que pendían de su cinturón.

–Teniendo en cuenta dónde estamos y lo que estamos haciendo, tal vez no tenga mucho sentido..., pero toma, pruébalo. Aplícalo sobre las cicatrices más graves antes de irte a dormir cada noche. Te advierto que no huele muy bien...

Elyria destapó la cajita, olisqueó con cautela y se arrepintió de inmediato.

Zephyr captó su expresión y se apresuró a añadir:

–Pero el olor no dura mucho, te lo aseguro. Deberías notar una mejora notable tanto en el aspecto como en la textura en cuestión de días. ¿Te duele?

El ruido de una arcada teatral impidió que Elyria respondiera.

–¡Por los cuatro infiernos! ¡Cierra esa porquería, rana asquerosa! –exclamó Belien, que se encontraba en un cojín a pocos metros mientras Alden le vendaba el tobillo.

Aunque «rana» fuera un insulto típico contra los silvanos por su color de piel, quien entró en cólera fue Elyria.

–¿Te molesta el olor? –le espetó–. Con lo que has estado moqueando, lo deberías agradecer.

–¿Qué has dicho, escoria fae? –silabeó Belien.

Elyria suspiró ante la falta de creatividad del insulto.

–Digo que un ungüento apestoso te vendrá bien para destapar la nariz. Tienes los ojos como pelotas de tanto berrear.

Belien se puso de pie bruscamente con la clara intención de intimidarla, pero el efecto quedó deslucido cuando se tambaleó por el dolor del tobillo.

–Vigila esa lengua viperina, pixie, si no quieres que te la arranque.

Elyria puso los ojos en blanco. Menudo ejemplo de unidad...

–¿Es que no has aprendido la lección? ¿No viste lo que pasó cuando nos amenazaste en el castillo?

Belien entrecerró los ojos.

–Aquí dentro, la magia celestial no va a detenerme.

Elyria esbozó una sonrisa perezosa.

–¿Probamos a ver?

–No malgastes energía en él, preciosa –intervino Cyren desde el otro lado de la sala–. Aunque no puedo negar que yo disfrutaría del espectáculo... –Le guiñó el ojo a Elyria, que enarcó la ceja. Empezaba a sospechar que lo de guiñar el ojo era marca de la casa.

–Tiene razón –asintió Kit–. Que podamos matarnos entre nosotros no significa que debamos intentarlo. Sobre todo, porque el Crisol está encantado de ocuparse de ese tema...

Elyria estaba a punto de soltarle otro comentario mordaz a Belien cuando una manita verde le rozó el antebrazo.

–No pasa nada, Elyria –intervino Zephyr con tono suplicante–. Por favor, no te molestes. Estoy bien.

Belien soltó una carcajada triunfante, como si hubiera ganado una competición, y se sentó de nuevo con una sonrisa de satisfacción. Alden se rio entre dientes, y masculló algo que a Elyria le sonó como «hierbichera de mierda».

No estaba familiarizada con el término que había usado el santo, pero, a juzgar por cómo se le ensombreció la cara a Zephyr, estaba claro que era tan insultante como lo de «rana».

Zephyr tapó rápidamente la cajita y se la tendió.

–Cada noche antes de acostarte –le recordó con timidez.

La furia se avivó en el pecho de Elyria. Pero, en vista de que Zephyr le había pedido que no montara otra escena, en lugar de descargar su ira sobre los intolerantes que la merecían, buscó con la mirada otra víctima.