Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Elyria no podía estar más de acuerdo con la silvana.

Había sido desconcertante no sentir la magia bullendo en sus venas.

Y muy peligroso, francamente. Pero, para ser sincera, la sensación le había provocado cierta...

¿paz? La presencia siniestra que se agazapaba en lo más profundo de su ser se había aquietado, como no sucedía desde...

–Entonces, ¿qué se supone que debemos hacer ahora? –preguntó Paelin.

–Lo que ya estamos haciendo, imbécil –murmuró uno de los humanos que había montado tanto escándalo antes: el pelirrojo, Belien–.

Descansar. Curarnos. Esperar a los demás.

–Leona se sentó cerca de él, riéndose por lo bajo, y Elyria advirtió que la humana pelirroja, la hermana de Belien, no estaba por ninguna parte.

–Hablando de los demás, ¿dónde está tu otra mitad, príncipe zanahoria? –bromeó Gael, cojeando ligeramente mientras se dirigía a un banco cercano.

–Nos separamos en la prueba –murmuró él con tono sombrío.

–¿No la ha superado? Mi más sentido pésame –dijo Gael, sin que su voz reflejara el menor pesar.

La mirada asesina de Belien hizo que Elyria se pusiera en guardia, convencida de que, a pesar de su fracaso anterior, el humano volvería a atacar a Gael.

El Tribunal les había dicho que la norma que vetaba la violencia entre ellos ya no estaba en vigor, pero se encontraban todos heridos y agotados.

Elyria aspiraba a gozar de un pequeño respiro antes de que estallara otra pelea.

Sorprendentemente, los humanos parecían pensar lo mismo. Belien se derrumbó hacia atrás con un suspiro y se frotó la cara.

–Belis llegará en cualquier momento –intentó tranquilizarle Leona, apretándole la rodilla.

–Recemos para que así sea –declaró una voz tan solemne que resultaba irritante. Sonó detrás de Elyria, tan cerca que la sobresaltó.

Un perfume a sándalo quemado flotó junto a ella cuando pasó Cedric Thorne, con Zephyr pisándole los talones.

El caballero se acercó a los demás humanos y se sentó en medio, con Belien y Leona a un lado y Alden al otro.

Le estrechó la mano al santo antes de volverse para entablar conversación con los otros dos, gesticulando animadamente.

Elyria contuvo un bufido. Sí que había durado la chapucera alianza que habían forjado al final de la prueba... Si Cedric prefería juntarse con escoria humana que repartía insultos contra los arcanios como si fueran caramelos, allá él.

Pero, mientras Elyria cruzaba la sala para sentarse junto a Kit, sintió una punzada de lástima por Zephyr.

La silvana, que se había quedado detrás de Cedric, parecía incómoda.

No dejaba de cambiar el peso de un pie a otro mientras Leona, Belien y Alden alternaban miradas cómplices entre ellos con muecas de desprecio nada disimuladas hacia Zephyr.

Elyria no sabía si Cedric no se había dado cuenta de que sus compatriotas se estaban burlando abiertamente de la silvana o si no le importaba.

Tampoco entendía por qué Zephyr lo aguantaba.

Fueran cuales fuesen sus razones para aliarse con Cedric, no podía dar por sentado que Leona y Belien formarían parte del trato.

La irritación de Elyria fue en aumento hasta que se convirtió en una rabia que sabía que no era proporcional a la situación.

Después de todo, todavía no había pasado nada.

Pero ese «todavía» era la clave; a lo largo de los siglos había oído demasiadas historias sobre lo que hacían los humanos a los inocentes arcanios que encontraban en sus tierras.

¿Acaso el caballero no se daba cuenta del peligro al que podría estar sometiendo a Zephyr?

Estúpido inconsciente...

–¿Va todo bien, Ellie? –La voz de Kit atravesó la indignación de Elyria, y el apelativo cariñoso apaciguó la sombra que había comenzado a palpitar en su interior.

–Claro –respondió, apartando la mirada de Cedric mientras se arrellanaba–. Solo estoy un poco nerviosa por lo que pasará después.

Kit asintió.

–Como todos.

Al final, solo un adalid más atravesó la puerta, y no fue Belis.

El aullido desgarrador de Belien cuando Cyren Tenrider, ensangrentado y maltrecho, cruzó un arco que dejó de brillar de inmediato, fue sobrecogedor.

Y su llanto silencioso posterior, cuando la puerta desapareció disolviéndose en el muro de piedra, fue todavía peor.

Elyria podría haber sentido lástima por ese hombre si su hermana y él no hubieran dejado muy claro lo detestables que eran.

En el fondo, la muerte de un fanático intolerante era una mejora para todo Arcanis y sus habitantes.

Afortunadamente, no tuvo que oír los lamentos del humano durante demasiado tiempo, porque una voz atronadora resonó de pronto en la sala.

No una sola, sino muchas al unísono, de hecho.

–Enhorabuena, adalides –dijo el Tribunal–. Habéis superado la Prueba de Fuerza.

Elyria buscó el origen del sonido, pero no vio ni rastro de la figura envuelta en un manto blanco.

–Solo aquellos dispuestos a sangrar por la corona se atreven a soñar con poseerla –prosiguió la voz–.

Habéis luchado. Habéis sangrado. Habéis sufrido la pérdida.

–Las voces resonaron en la cabeza de Elyria, al tiempo que Belien contenía un sollozo ahogado–.

Habéis demostrado vuestra fuerza. Ahora, os tomaréis el tiempo necesario para sanar.

Un murmullo recorrió la sala.

–Bienvenidos al Santuario Celestial. Las puertas que tenéis ante vosotros conducen a habitaciones donde podréis descansar, bañaros y seguir curando vuestras heridas. Aprovechad este tiempo sabiamente. Mañana dará comienzo la segunda prueba.

La voz se desvaneció, y las miradas inseguras sustituyeron al asombro que teñía la mayoría de los rostros. Tal vez contaran con una noche de respiro, pero la tensión seguía siendo palpable.

Zephyr, fiel a su instinto de sanadora, pareció tomar las palabras del Tribunal como un decreto y se puso a trabajar de inmediato, pasando de un adalid a otro para ofrecerse a tratar sus heridas. Leona la despachó con una risa estridente – Idiota... –, pero Elyria aceptó su ayuda con gratitud.

–¿Cómo te has hecho esto? –murmuró la silvana en voz baja, palpando con cuidado la herida que Elyria tenía en la parte baja de la espalda y que no había logrado curar con su magia.

–Igual que todos los demás, supongo –respondió, con un suspiro de alivio al notar cómo se recomponía su piel–. Un monstruito me pilló desprevenida.

Kit puso en blanco sus ojos desparejados.

–Le pasó porque estaba demasiado ocupada protegiéndome para vigilar su espalda –explicó con una risa áspera–. Porque, al parecer, se le ha olvidado que soy una fae adulta perfectamente capaz de defenderme por mí misma.

–Es que no quiero que acapares toda la diversión –respondió Elyria, forzando un tono despreocupado.

La expresión de Kit se suavizó. Lo cierto era que no habían tenido ocasión de comentar la entrada de Elyria en el Crisol. Pero, de haber estado a solas, tal vez Kit hubiera admitido que estaba agradecida de que hubiera entrado allí por ella.

Kit endureció la mirada y Elyria se lo replanteó de inmediato.

–No necesitas protegerme, Ellie. Puedo valerme por mí misma.

–Eso ya lo sé –respondió, haciendo un esfuerzo para que no le temblara la voz–. Pero eso no significa que vaya a dejar de intentarlo.

Kit torció ligeramente las comisuras de los labios: una débil sonrisa.

–Eres imposible.

Elyria se encogió de hombros, fingiendo indiferencia, pero notó una calidez en el pecho: Kit se estaba ablandando.

Supuso que haber luchado juntas en una prueba letal era una forma tan buena como cualquier otra de resolver sus problemas.

Se quedó pensativa, preguntándose si debía añadir algo más o si Kit se enfadaría si la presionaba y volverían a pelearse.

A la mierda , resolvió por fin.

Al fin y al cabo, había muchas posibilidades de que muriera en ese maldito Crisol. Las reglas habían cambiado, y más le valía decir todo lo que sentía antes de que fuera tarde. Era el momento de decir la verdad.

–Sé que tengo mucho tiempo perdido que compensarte –musitó–. Ojalá esto te esté demostrando que me lo tomo muy en serio.

Hubo un destello en los ojos de Kit, pero no dijo nada.

Se limitó a asentir, como si lo aceptara, y Elyria sintió que se le quitaba un peso de encima.

Se quedaron las dos calladas, compartiendo un silencio agradable, mientras Zephyr terminaba de curarle la espalda a Elyria y pasaba a ocuparse de los numerosos cortes superficiales y rasguños de las extremidades de Kit.

–Espera. –Zephyr detuvo a Elyria cuando ya iba a levantarse–. ¿No quieres que te cure también...?