Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 17
27%

Capítulo 17

Hierbichera de mierda

Elyria

E lyria, con la respiración entrecortada, cruzó el arco y pisó el pavimento de piedra con alivio.

Todavía notaba el calor abrasador del aliento del dragón contra la piel, pero esa era solo una de las muchas cosas con las que tendría pesadillas.

La primera prueba había sido mucho peor de lo que esperaba.

No era de extrañar, la verdad, cuando ni siquiera había sabido qué esperar.

Tal vez la persecución implacable de aquellas bestias siniestras –garras de obsidiana, ojos como brasas– era el castigo que se merecía por haber cometido la estupidez de seguir a Kit a través del Portal.

Los monstruos eran despiadados, y Elyria se había abierto paso con una determinación inquebrantable.

Solo importaba una cosa, solo había un objetivo: llegar hasta Kit.

Así que había abatido una bestia tras otra con giros mortales de báculo, cortando carne, tendones y huesos con sus dagas. Había habido momentos –breves, pero aterradores– en los que no había estado segura de poder sobrevivir.

Si lograba salir con vida del Crisol, tendría unas palabritas con el Tribunal sobre esa mierda de prohibir el uso de la magia.

Luchando por controlar la respiración, recorrió con la mirada la oscura cámara de piedra.

Algunos adalides habían llegado antes que ella y estaban diseminados por la sala, recuperando el aliento y reponiéndose tras los brutales combates.

Lo esencial era que Kit estaba allí, sana y salva. Eso era lo único que importaba.

Elyria no podía quitarse de la cabeza la expresión que había visto en los ojos de su amiga cuando la alcanzó.

Mostraban demasiadas emociones a la vez: alivio y gratitud, obstinación y terquedad.

Kit era consciente de que Elyria había entrado allí por ella, y tal vez la amara por eso... y la odiara al mismo tiempo.

Porque Kit estaba allí para ganar, por Evander, por ella mis­­ma, y nadie se interpondría en su camino.

Elyria no sabía si sentirse orgullosa o aterrada. Probablemente, ambas cosas a la vez.

Aún no se le había pasado del todo el subidón de adrenalina cuando los otros adalides comenzaron a gritar. Dos más acababan de atravesar el arco.

Y uno era él.

Apretó los puños, tratando de librarse de la maraña de emociones que se retorcían en su pecho.

Había salvado a Cedric sin pensar, por puro reflejo, fruto de tantos años de combate; un instinto que no podía olvidar sin más.

Por el amor de Solaris, ni siquiera sabía en el momento a quién estaba salvando de morir achicharrado.

Pero la expresión del rostro del caballero –incredulidad, resentimiento– la había perturbado.

Había visto frustración en los ojos de Cedric cuando la reconoció; había apretado la mandíbula con un sentimiento que parecía...

¿vergüenza? Y otra cosa distinta, algo más. Algo que Elyria no lograba identificar.

¿Por qué le afectaba? ¿Qué más daba? En el mejor de los casos, no era más que un humano, un rival del otro lado de la Sima. En el peor, era un enemigo: otro adalid que se interponía entre Kit y el premio de aquel juego letal. Alguien que podía dificultarle sacar a su amiga con vida.

Por otro lado, estaba claro que era un estúpido. ¿Por qué se había lanzado al peligro de cabeza, sin trazar ninguna estrategia?

Y, sin embargo..., verlo allí inmovilizado, casi aplastado por las garras del dragón, había despertado algo en ella, un instinto protector que creía enterrado hacía mucho tiempo.

Además, no podía ignorar lo que había hecho Cedric en el segundo ataque del dragón.

Aunque estaba herido y no tenía motivos para arriesgarse, se había lanzado de cabeza a la refriega.

Cuando la criatura se preparó para lanzar un nuevo chorro de fuego, el caballero se había apartado del resto del grupo para desviar su atención y había rodado por el suelo para servir de cebo.

Para proteger a los demás. Para protegerla a ella.

Una estupidez admirable.

Si seguía actuando así, pronto acabaría muerto.

Lo cual, por supuesto, a Elyria no le importaba lo más mínimo. Le era indiferente que Cedric Thorne muriera.

Por desgracia, no era capaz de explicarse a sí misma por qué notaba un nudo en el estómago al pensarlo.

Desechó aquel pensamiento con esfuerzo. Tenía que concentrarse en su situación, en lo que fuera que viniera después.

La sala donde habían acabado era grande y cavernosa.

Las paredes eran de gruesos bloques de piedra con intrincados grabados, y estaban salpicadas de ventanucos alargados.

La parte alta de los muros se curvaba hasta unirse en un gran techo abovedado.

Había bancos de piedra anchos y grandes cojines desperdigados por todo el espacio, y también varias mesas con jarras de agua, cuencos de fruta, bandejas con quesos y carne seca.

Era un espacio para recuperarse, una recompensa por haber sobrevivido a las penurias de la primera prueba.

El arco por el que habían entrado se abría en uno de los muros, y en la pared opuesta había varias puertas alineadas. Elyria contempló cómo un par de adalides intentaban abrir las doce puertas, sin éxito.

El aire estaba impregnado de magia antigua. Ansiosa por comprobar si seguían vigentes las normas de la primera prueba, Elyria extrajo la magia que empleaba para ocultar sus alas y se estremeció de alivio al descubrir que podía esconderlas sin problemas.

Las conversaciones se fueron apagando a medida que llegaban los demás adalides supervivientes.

Muchos se derrumbaban en los bancos sin más, o se dejaban caer en los almohadones para recuperar energías.

Elyria intentó no quedarse mirando a Cedric, que estaba en la esquina con la mujer silvana, Zephyr.

Se había quitado los guanteletes y los brazales, que estaban amontonados en el banco a su lado, y la silvana se dedicaba a tratarle la cabeza con algún tipo de magia curativa.

Kit, no muy lejos de ellos, escudriñaba la estancia con atención. Elyria sintió una punzada de orgullo, seguida de una oleada de remordimiento al recordar su enfrentamiento anterior –sus enfrentamientos, más bien– y las duras palabras que habían intercambiado en el castillo de Lumin.

Pero aquel no era el momento adecuado para lamentarse, cuando pendía sobre su cabeza la siguiente prueba infernal que les hubiera preparado el Tribunal, o los celestiales, o quienquiera que hubiera diseñado aquel maldito juego.

La siguiente prueba, el siguiente peligro... Eso era lo único en lo que Elyria debía centrarse. Tenía que asegurarse de que, cuando todo acabara, Kit continuara en pie.

Aunque la propia Elyria ya no lo estuviera.

–Sigues viva –le dijo a Kit a modo de saludo, con una voz mucho más áspera de lo que pretendía.

–De momento –respondió ella.

–Bien. Intentemos que eso no cambie, ¿de acuerdo?

De pronto, una tensión extraña se extendió por la sala.

–Bueno... ¿Nadie piensa decir nada? –estalló Gael, hacien­do un amplio aspaviento, como si intentara llamar la atención de todos los adalides–. Pues vale, lo digo yo. ¿Qué mierda ha sido eso?

–¿A qué te refieres exactamente? –repuso Tenebris Nox, aún entre las sombras de la pared izquierda–. ¿A esas bestias llenas de colmillos y garras? ¿A la travesía por un terreno infernal solo para llegar hasta otra puerta?

–Para mí, lo peor ha sido el maldito dragón del final –intervino Thraigg con voz ronca.

–Y la falta de información –se quejó Alden, un humano con cara de rata y pelo del color de la arena.

Durante la primera prueba, hablando con Kit, Elyria se había enterado de que era un «santo»; habría estallado en carcajadas en ese mismo instante si no las hubiera interrumpido una criatura parecida a una cucaracha enorme y agresiva.

Hacía tiempo que pensaba que no tenían ningún sentido las denominaciones humanas de los artífices de magia.

Llamaban a los mentalistas «sabedores» y a los oráculos «videntes», al parecer, por distanciarse lo más posible de los términos arcanios, aunque significaran exactamente lo mismo.

–¡Exacto! ¿Nos lanzan a la boca del lobo y esperan que sepamos qué hacer y adónde ir? –protestó Leona Blackwood, con una voz a medias entre el sarcasmo y la estridencia que le dio dentera a Elyria.

En el fondo, estaba de acuerdo, aunque no le hacía la menor gracia. Leona no le caía nada bien.

–Todos sabíamos los riesgos que corríamos al venir aquí –apuntó Cedric, pero le temblaba ligeramente la voz.

–¡No teníamos magia! –chilló Leona.

Paelin frunció los labios.

–Sí, eso me sorprendió un poco, desde luego.

–No me digas –gruñó Leona–. Pues vi perfectamente que no afectaba a tus alas. Podrías haber sobrevolado tranquilamente toda la prueba. ¿Os parece justo?

–Ojalá –resopló Paelin–. Habría sido fantástico; lástima que los volacarnii me lo pusieran un pelín complicado.

Kit se tensó al oír la mención a aquellas criaturas. Elyria, que sabía lo que estaba pensando, se sintió profundamente agradecida de no haberse encontrado con aquellos feroces monstruos voladores. Eran unas bestias repugnantes.

–Apenas pude despegar antes de que se me echaran encima –continuó Paelin, pellizcando su túnica por la cintura y estirándola para mostrar un enorme desgarrón en la tela–. Uno de ellos estuvo a punto de alcanzarme.

–Qué lástima –replicó Leona con desdén.

Gael puso los ojos en blanco.

–En todo caso, nuestras alas no forman parte de nuestra magia, sino de nosotros mismos.

Quitárnoslas sería como cortarte un brazo a ti, humana.

¿Acaso tenemos la culpa de que el Crisol no nos haya impedido usar nuestras capacidades naturales durante la prueba?

La magia nos estaba vedada, igual que a vosotros.

Zephyr asintió desde su rincón.

–Yo sentía como si me faltara una parte de mí –afirmó con voz aguda.