Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Sigue con lo tuyo

Cedric

S in un instante de vacilación, Elyria saltó, girando el báculo en un relámpago de madera y metal. De un brinco, tan rápidamente que apenas era un borrón, alcanzó la altura del hocico y desenfundó la daga, mientras la criatura rugía de cólera y chascaba los colmillos chorreantes.

Los movimientos de la guerrera fae eran fluidos y elegantes, como si danzara esquivando el látigo de la cola y las garras afiladas.

Usaba las alas como timón, abriendo solo una para girar bruscamente y batiéndolas deprisa para alcanzar mayor altura en los saltos.

Sus golpes de báculo eran precisos, y el extremo metálico encontraba los puntos débiles en la armadura de escamas como si tuviera vista propia.

Era un espectáculo milagroso y aterrador.

Cedric apartó la vista del hermoso ataque y se arrastró para alcanzar su espada, aunque ya no era necesaria: para cuando logró empuñarla de nuevo, la lluvia de golpes de Elyria había obligado a retroceder a la bestia.

–¡Deja de presumir! –gritó una voz que le resultaba vagamente familiar.

Era Kit. Su cabello plateado brillaba a la luz de la aurora y sus alas doradas se agitaban con impaciencia.

Elyria puso los ojos en blanco, pero retrocedió. El dragón alzó el vuelo con una única batida de sus gigantescas alas, provocando una ráfaga de aire que hizo caer de rodillas a Cedric. Clavó la espada en la tierra para no caer de bruces.

–Solo cumplía con mi deber cívico –dijo Elyria con tono burlón. De pronto, posó los ojos en Cedric–. Ah, eres tú. –Frunció los labios y plegó las alas contra el cuerpo–. ¡Eh, dragón! –gritó, subiendo la vista–. ¡Regresa! ¡Sigue con lo tuyo!

–Muy graciosa –refunfuñó Cedric, poniéndose de pie.

No podía negar que la fae le había salvado de un destino muy... negro, pero ¿por qué ella? La idea de deberle la vida hacía que se le retorcieran las entrañas. Sentía un nudo de emociones conflictivas que hacían que la coraza le pareciera demasiado estrecha.

Hubiera querido espetarle algo, restarle importancia a su ayuda y demostrar que no era un pobre desvalido que necesitara que lo rescataran.

Pero, evidentemente, habría sido mentira.

Notó que se le encendían las mejillas al admitir para sus adentros que Elyria no solo lo había salvado, sino que había exhibido tal destreza y precisión que hacía que se sintiera... pequeño.

Y eso provocó que la odiara más todavía.

–¿Graciosa? Siempre lo soy –replicó Elyria con una sonrisa burlona–. Por cierto, consejo para la próxima vez: no es buena idea dejarse achicharrar por el fuego de un dragón.

Cedric apretó la mandíbula y se obligó a sostenerle la mirada de un verde intenso.

–¿Qué haces aquí? Creía que estabas por encima de estos jueguecitos –gruñó, sacando la espada de un tirón del suelo pedregoso.

Ella enarcó una ceja.

–Interesante forma de decir «gracias».

Cedric abrió la boca, a punto de pronunciar una palabra completamente distinta a esa, cuando la áspera voz de Thraigg lo interrumpió.

–Escuchadme –dijo el enano, jadeando un poco mientras ayudaba a Zephyr a ponerse en pie–. ¿No podéis discutir esto después? No sé vosotros, pero yo quiero largarme de aquí. –Apuntó con su martillo hacia el arco resplandeciente.

–De acuerdo –dijo Cedric, acercándose a la pareja–. ¿Estás bien, Zephyr?

La silvana asintió.

–¿Y tú?

Cedric se tocó con precaución la nuca e hizo una mueca.

–Nada que no puedas arreglar, estoy seguro.

Elyria soltó un bufido burlón al pasar junto a él, y de nuevo le alcanzó su aroma a almendras.

Le recordó al mazapán recién hecho: frutos secos azucarados, con un matiz ácido de cereza...

y un ligero toque floral. Pero también había algo peligroso en ese perfume.

Al fin y al cabo, las almendras amargas podían ser mortales en suficiente cantidad.

Con el corazón acelerado, volvió a centrarse en el resplandeciente arco que tenía delante. Elyria, Kit y Thraigg ya se dirigían hacia él; solo Zephyr se había quedado atrás y miraba a Cedric con expresión preocupada.

–Estoy bien, de verdad –insistió él, avanzando sin apartar la vista del trío. El enano hizo un comentario que hizo reír a las dos fae y Cedric sintió que la boca le sabía a hiel–. ¿Cómo pueden actuar como si no estuviéramos...?

–¿A punto de convertirnos en comida para dragones? –sugirió Zephyr.

–Exacto.

Ella se encogió de hombros.

–Quizás estén acostumbrados a estas cosas.

Cedric frunció el ceño. ¿Qué tipo de experiencias habría vivido aquella gente, para actuar con esa indiferencia después de un encuentro tan angustioso? Él había entrenado la mayor parte de su vida para entrar en el Crisol, pero jamás se había visto tan cerca de la muerte.

Se sorprendió deseando que lord Church le hubiera asignado más misiones fuera de Kingshelm, que le hubiera encomendado tareas más peligrosas. De repente, sintió que tenía muy poca experiencia.

Avanzó arrastrando los pies, seguido por Zephyr, que iba unos pasos por detrás.

Estaba tan absorto en sus pensamientos que no percibió el batir de alas ni el silbido del aire.

Sin embargo, sí oyó el chillido escalofriante del dragón que se abatía de nuevo sobre ellos, extendiendo unas alas membranosas tan grandes que casi ocultaban la aurora.

Cedric echó a correr, con el corazón retumbándole en los oídos.

–¡Corred! –gritó–. ¡Salid de una vez de aquí!

Elyria y Kit le hicieron caso, pero Thraigg se detuvo y se volvió hacia Cedric y Zephyr.

–¡Más rápido, idiotas! –gritó, agitando su martillo como un poseso.

Cedric trató de gritarle que no se detuviera, pero el enano parecía tener otros planes. Con un bramido desafiante, sacó un hacha de su cinturón y la lanzó. El arma voló, dando vueltas sobre sí misma, hasta clavarse en la articulación que unía una de las alas del dragón con el cuerpo.

El chillido de sorpresa y dolor de la bestia casi le destrozó los tímpanos a Cedric. El dragón osciló con violencia en el aire y descendió en picado, batiendo un ala inútilmente.

–¡Ya te advertí que no me ignoraras...! –El grito de victoria de Thraigg se vio interrumpido cuando la bestia, zarandeándose sin control, se precipitó justo hacia donde se encontraba el enano.

Sin pensarlo, Cedric echó a correr, agarró a Thraigg del brazo y lo apartó de un tirón justo cuando el dragón se estrellaba contra el suelo. Una avalancha de rocas y tierra salió despedida por los aires, y el enano se libró por muy poco de quedar aplastado bajo la gigantesca cola.

–¡Muévete! –chilló Cedric, empujándolo hacia el arco. Elyria y Kit casi habían cruzado, y Zephyr estaba a punto de hacerlo.

El rugido furioso del dragón encendió todas las alarmas de Cedric. Se giró y vio que el monstruo se acercaba cojeando, con los ojos fuera de las cuencas, enloquecido de rabia y dolor.

Entonces, echó la cabeza hacia atrás.

–¡No! –Cedric rodó por el suelo para apartarse de los demás adalides, intentando que no les alcanzaran las llamas que supo que irían dirigidas a él.

El aliento abrasador volvió a rozarle la carne, y tuvo una certeza nauseabunda: en esta ocasión, no tendría la suerte de escapar.

El dragón estaba demasiado cerca, era demasiado rápido...

Captó un destello borroso. En esa ocasión no fue una persona, sino un arma.

El enorme martillo de Thraigg surcó el aire con un silbido e impactó contra la mandíbula del dragón con un crujido horrísono, obligándole a cerrar la boca antes de regresar a la mano extendida del enano.

Cedric se incorporó rápidamente.

–¡Buen truco! –gritó, haciendo un gesto con la cabeza hacia el martillo mientras corría. Solo le quedaban seis zancadas. Cinco. Cuatro. Thraigg sonrió, mostrando los dientes, y le alcanzó a la carrera. Los dos aceleraron hacia el arco brillante.

Todo pareció inclinarse, y Cedric sintió de nuevo la sensación de estar siendo arrastrado por el espacio. Entonces, atravesaron la puerta y encontraron de nuevo suelo firme bajo sus pies.

–¡Lo han conseguido! –gritó alguien mientras Cedric tropezaba, a punto de caer. Thraigg pasó justo detrás de él.

Zephyr, muy pálida, fue la primera en acercarse a él.

–Lo has conseguido –susurró, mirando por el rabillo del ojo la puerta, como si no se acabara de creer lo que veía con sus propios ojos.

Cedric fue incapaz de articular palabra: tenía el corazón disparado.

Se limitó a asentir y observó su nuevo entorno entre jadeos.

Los adalides supervivientes se repartían por una gran sala de piedra.

La mayoría se encontraban en el mismo estado que Cedric, cubiertos de sangre y suciedad, pero no todos estaban del mismo humor.

Gael Winters le daba palmadas en el hombro a su amigo Paelin, entre carcajadas incrédulas.

Alden Ashford inclinaba la rubia cabeza, murmurando plegarias de agradecimiento a Aurelia.

La única criatura nocterrian que quedaba, Tenebris Nox, se apoyaba contra la pared como una estatua silenciosa e inmóvil.

Cedric consiguió recuperar lentamente el aliento.

Su pulso comenzó a latir con mayor regularidad hasta que, perplejo, sintió que el corazón le daba un vuelco al cruzar la mirada con Elyria.

Fue apenas un instante fugaz, y no acabó de identificar la emoción del rostro de la fae.

Pero estaba... ¿Estaba aliviada de ver que había sobrevivido?

Cedric volvió la vista hacia el arco y recordó cómo Elyria le había salvado. Había escapado a la muerte por un pelo. Se le cayó el alma a los pies cuando se dio cuenta de que aquello solo había sido el comienzo.

Y lo peor aún estaba por llegar.