Capítulo 15
Fuego de dragón
Cedric
U n rugido atronador hizo temblar el suelo bajo los pies de los dos adalides mientras corrían. Zephyr se detuvo en seco, levantando una nube de tierra a sus pies, y Cedric frenó bruscamente para no chocar con ella.
–¡Cuatro infiernos! ¡Ten cuidado! –Cedric sacudió la cabeza–. Puede que tu ungüento curativo haya hecho milagros con el corte de mi espalda, pero no servirá de mucho si me tuerzo un tobillo.
La silvana le lanzó una mirada avergonzada.
–Perdona, pero... lo has oído, ¿verdad? –preguntó con cautela.
–Sí –respondió Cedric–. Debemos estar en guardia.
Zephyr asintió con expresión solemne. Cedric tenía que admitir que había agradecido su compañía mientras avanzaban, esquivando a las bestias cuando podían y acabando con ellas cuando no podían.
La silvana tenía un gran sentido de la orientación y un oído finísimo.
De haber estado solo, le habría llevado al menos el doble de tiempo recorrer la misma distancia...
y probablemente habría atraído a muchas más bestias oscuras por el camino.
Quizá, después de todo, trabajar en equipo tuviera cierto sentido.
La salida se encontraba cerca. Cedric no podía verla en ese momento; avanzaban por una depresión y se encontraba oculta por un desnivel abrupto. Pero podía sentirla. Lo llamaba, lo atraía.
Le tendió la mano a Zephyr para ayudarla a subir a un peñasco que les permitió otear el panorama.
–Ahí –señaló ella, jadeando para recuperar el aliento. El arco se alzaba a menos de cincuenta metros y brillaba de forma tentadora.
Otro rugido sacudió la tierra con suficiente fuerza para hacerla trastabillar. Cedric miró al cielo, entrecerrando los ojos en busca del origen del ruido, y dio un respingo cuando divisó a una bestia gigantesca que sobrevolaba sus cabezas.
Se le salieron los ojos de las órbitas cuando la monstruosa criatura aterrizó frente a ellos, bloqueando el camino hacia la salida.
Las hileras de pulidas escamas negras reflejaban las luces de la aurora en matices violetas y verdes.
A un extremo del descomunal cuerpo destacaba un hocico largo y afilado.
Al otro, una cola mucho más larga, gruesa y pesada.
A Cedric se le cortó la respiración cuando la bestia batió sus colosales alas antes de plegarlas con un chasquido.
–Es un dragón –musitó Zephyr con un hilo de voz, reverente y aterrada a un tiempo.
En sus ojos, de un dorado surcado de vetas, se abrían sendas pupilas negras, finas como rendijas.
Cuando Cedric se enfrentó a su mirada, ardieron con un brillo primario, y supo que debía apartar la vista, hacer cualquier cosa excepto observar fijamente a aquella bestia increíble y pavorosa.
Si lo hacía, el dragón podía interpretarlo como una señal de desafío.
Pero Cedric era incapaz de apartar la mirada del humo que se enroscaba al salir de las fosas nasales oblicuas. Le dio la impresión de que los ojos del dragón penetraban en lo más profundo de su ser, mientras la bestia se erguía para soltar otro rugido ensordecedor que hizo temblar la tierra.
Zephyr dio un paso hacia Cedric, no supo si llevada por el miedo o por un torpe instinto de protegerle, mientras él se movía para proteger a la menuda silvana con su cuerpo. Entonces sonó una voz.
–¡Eh! ¡Vamos, bicharraco asqueroso! –El adalid enano, Thraigg, estaba al otro lado del dragón, blandiendo su desproporcionado martillo con un destello de desafío en sus penetrantes ojos azules–. ¡Ataca si te atreves! ¡Esta noche tengo ganas de brindar con sangre de dragón!
Cedric no entendía qué pretendía el enano al atraer la atención de la bestia, cuando tenía el camino libre hacia el arco, pero no pensaba quejarse.
La criatura torció la cabeza con un movimiento felino, como si estuviera calculando si merecía la pena abandonar el tentempié que tenía delante y decantarse por el más bajo y escandaloso que había a su espalda.
Desgraciadamente, no se decantó por la opción más favorable para Cedric y su compañera.
Apenas le dio tiempo de apartar a Zephyr antes de que el dragón abriera las colosales fauces.
Dio un salto hacia atrás y desenvainó justo a tiempo, deteniendo con la hoja de la espada los colmillos marfileños que medían más de un palmo.
El aliento de la criatura era abrasador, y estaba impregnado de un hedor a azufre y a tierra quemada.
–¡Corre hacia la salida, Zephyr! –gritó, clavando los talones en la tierra para aguantar el empuje del dragón–. ¡Vete!
–¡No puedo dejarte aquí! –chilló ella, pero el chirrido de acero contra los colmillos apenas le permitió oírla.
–¡Hazle caso, muchacha! –bramó Thraigg, corriendo hacia delante con el martillo enarbolado–. ¡Yo me encargaré de que tu caballero escape de este bicho repugnante!
El dragón echó la cabeza hacia atrás con un resoplido, como si le divirtiera la idea de que pudieran derrotarlo.
Sacudió la cola como un latigazo contra Cedric, levantando un vendaval al pasar por encima de Thraigg.
El caballero reaccionó un segundo demasiado tarde y, aunque logró esquivar la protuberancia que había en el extremo de la cola, fue incapaz de evitar un latigazo en el abdomen.
Salió despedido y se estrelló contra una roca con un ruido sordo, mientras su espada volaba por los aires.
Notó un dolor punzante en las costillas y se le nubló la vista. Algo tibio y húmedo le resbalaba por la nuca.
Antes de que pudiera averiguar si estaba sangrando, el dragón lo taladró con una mirada ardiente.
Tras la malvada bestia, Zephyr avanzaba con cautela, como si quisiera auxiliarlo.
Cedric desorbitó los ojos. ¿Qué pretendía hacer la silvana?
No era rival para ese monstruo, ninguno de ellos lo era.
De hecho, había sido un milagro que no lo aplastara del primer coletazo.
Lo que tenía que hacer Zephyr era aprovechar que el dragón estaba concentrado en Cedric para alcanzar la salida.
Thraigg eligió ese momento para lanzarse al ataque, enarbolando el martillo y gritando:
–¡A ver si ahora me ignoras, lagartija pestilente!
El dragón aulló cuando el enano descargó su arma sobre su pata trasera.
Se volvió, rugiendo, y Cedric aprovechó para apartarse.
Aunque tenía la visión borrosa, consiguió alcanzar su espada y aferró la empuñadura, justo cuando el dragón sacudía la cola y lanzaba a Thraigg contra Zephyr.
Los dos cayeron rodando en un revoltijo de miembros y armas.
El monstruo se encaró de nuevo con Cedric, resoplando de una manera que sonaba sospechosamente parecida a una risa.
Cedric afirmó la postura y levantó la espada. La bestia se lanzó con las garras por delante, pero Cedric logró esquivarlas y se protegió con un gesto que hizo que sus costillas protestaran. El acero impactó contra las escamas, soltando chispas que iluminaron la noche.
Gruñendo, el dragón se encabritó y estampó la zarpas contra el suelo con un golpe atronador. Cedric tomó impulso, se dejó caer con los pies por delante, resbaló bajo la bestia por el suelo terroso y aprovechó para clavarle la espada en el vientre.
La criatura soltó un bramido de dolor y, por un segundo, Cedric saboreó la victoria, convencido de que se retraería y huiría.
Pero no lo hizo. Atacó. Y, antes de que entendiera lo que estaba pasando, Cedric se encontró aplastado contra una roca, con una pesada garra sobre el pecho. La presión no le dejaba respirar. Los bordes de su campo de visión empezaron a oscurecerse, y la espada se le cayó de las manos.
Creyó oír gritos, y se preguntó si serían de Thraigg, de Zephyr o de ambos. Pero el sonido era lejano, apagado. Apenas era capaz de concentrarse en continuar respirando.
Una vaharada ardiente y acre le azotó el rostro cuando el dragón acercó la cabeza. Cedric distinguió su propio reflejo en las brillantes escamas negras: la sangre chorreaba por su cuello, empapando el jubón que llevaba bajo la armadura. Tenía los ojos hundidos y las mejillas demacradas.
Y eso, en la primera prueba. Ni siquiera había sido capaz de superarla... Menudo adalid estaba hecho.
El dragón echó la cabeza hacia atrás y Cedric oyó un chisporroteo que procedía de la garganta de la bestia.
Estuvo a punto de echarse a reír; de todos los finales posibles, morir achicharrado por el fuego de un dragón no era el peor.
Al menos, sería rápido. Mejor eso que ser devorado y ahogarse en las entrañas de la bestia, o ser despedazado lentamente por sus dientes y garras.
Tal vez Zephyr y Thraigg podrían llegar a la salida mientras el dragón estaba ocupado zampando caballero asado.
La idea no le proporcionó mucho consuelo.
Tras enviar una silenciosa plegaria a Aurelia, se armó de valor y miró fijamente al dragón.
No apartó la vista ni siquiera cuando vio el resplandor del fuego al fondo de su garganta.
Esperaba que lord Church comprendiera que, al menos, lo había intentado...
, y que haberse mantenido firme ante la faz de la muerte contara para algo en el más allá.
Pero, antes de que las llamas brotaran de la boca del dragón, un borrón pasó junto a su cabeza a toda velocidad.
Un báculo se clavó en la piedra a su lado, haciendo saltar fragmentos de roca que le dieron en la cara.
Una figura saltó desde atrás y una bota impactó contra la mandíbula del dragón, volviéndole la cabeza.
La bestia gruñó de dolor al tiempo que disparaba una ráfaga de fuego. Las llamas pasaron muy cerca de Cedric, tanto que su calor abrasador le chamuscó la punta de la oreja.
De repente, el dragón retrocedió, retorciéndose y chillando, con una daga clavada en el gigantesco hocico, que ya no echaba fuego. Cedric se derrumbó hacia delante justo cuando su misterioso salvador aterrizaba de cuclillas frente a él.
Se le cortó la respiración.
Unas alas deslumbrantes, que replicaban los colores de la aurora, se sacudieron una sola vez antes de plegarse. El cabello malva como la vincapervinca ondeaba al viento, y un tenue aroma a almendras se abrió paso en el aire impregnado de azufre.
Elyria.
Había llegado la Revivida.