Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

La última bestia aprovechó para atacar, mostrando los colmillos, con los cuatro ojos fijos en la garganta de Cedric. El tiempo pareció dilatarse durante una eternidad mientras el caballero consideraba qué hacer. El monstruo tomó impulso...

Y Cedric se puso en marcha.

Soltó la espalda, se agachó y giró en redondo mientras sacaba la daga del cinto y lanzaba una puñalada hacia arriba. En ese mismo instante, algo pasó silbando a su lado.

Zephyr acababa de lanzar su arma, que se hundió en la frente del monstruo al tiempo que Cedric le atravesaba las costillas. Ni siquiera le dio tiempo a aullar.

Durante unos angustiosos instantes, ni Cedric ni Zephyr movieron un músculo. Jadeando con dificultad, contemplaron la carnicería que los rodeaba. Cedric aún aferraba la empuñadura de su daga, hundida profundamente en el pecho de la bestia. La sangre negra y caliente le empapaba la mano.

Entonces, Zephyr se puso de pie con las piernas temblorosas y le tendió la mano.

–Gracias –dijo con voz entrecortada.

La silvana tenía una voz vibrante y aguda que la hacía parecer muy joven. Sin embargo, Cedric sabría que tanto podía ser una niña como tener la edad de sus bisabuelos: con los arcanios era imposible saber esas cosas.

–Pensé que era el fin –añadió ella.

Cedric extrajo la daga del cadáver con un silbido húmedo y recuperó el arma de Zephyr con la otra mano, menos manchada de sangre. Estaba clavada entre los ojos del monstruo.

–Yo podría decir lo mismo –respondió, devolviéndole la daga–. Por más que me cueste admitirlo, al final me vi un poco superado.

–No habría sido así si no me hubieras ayudado a luchar contra esos gnarlings –argumentó la silvana, haciendo un mohín.

Contra toda lógica, Cedric curvó la comisura de la boca en una sonrisa.

–¿Gnarlings?

Zephyr apuntó con la daga a la criatura caída antes de guardarla al cinto.

–Así los llamamos en Verdentia. Jamás había visto ninguna fuera de esos bosques, pero... –Se encogió de hombros.

–Gnarlings –repitió Cedric, familiarizándose con el sonido. Hizo un aspaviento, como quitándole importancia–. Bueno, he aprendido algo nuevo. Quedamos en paz.

La silvana esbozó una leve sonrisa.

–¿Crees que vendrán más?

Cedric escuchó con atención.

–No lo sé –admitió–. Pero no oigo más gruñidos.

–Escaparon dos –observó Zephyr, mirando el rastro de sangre negra que se alejaba del claro.

–Quizá hayan ido a advertir a los suyos del peligro.

Su sonrisa se hizo más ancha.

–Es comprensible. Formamos una pareja formidable.

Cedric asintió, divertido.

–Desde luego. En todo caso, prefiero no quedarme a averiguarlo... Deberíamos seguir adelante.

Zephyr pareció dubitativa.

–¿Quieres que sigamos adelante... juntos?

Cedric evaluó a la menuda adalid. Debía reconocer que, de haber podido elegir aliada, la silvana no habría sido su primera opción.

Era demasiado débil para plantar cara a los monstruos, especialmente si aquel lugar le impedía usar su magia.

Aun así, debía reconocer que era bastante rápida; había sido capaz de escapar de los gnarlings.

Le echó un vistazo a la bestia derribada y tuvo que admitir que tampoco tenía mala puntería.

Podría haber huido tranquilamente en cuanto Cedric atrajo la atención de la jauría y, en cambio, decidió quedarse a luchar, mostrando un coraje y una determinación que encontró... admirables.

Además, el tono vulnerable en que había formulado la pregunta le había llegado al corazón.

La voz de Tristan resonó en sus oídos: Eres demasiado blando . Su amigo siempre le reprochaba que fuera tan sensible.

Se aclaró la garganta.

–He de admitir que eres la primera silvana que conozco –­dijo–. Pero, dado que no has aprovechado la oportunidad para clavarme la daga por la espalda, creo que podemos llevarnos bien. ¿No es eso lo que nos pidió el Tribunal?

Zephyr asintió de forma dubitativa. Se mordió el labio inferior verde oscuro, insegura, y Cedric decidió darle un momento para que lo meditara. Se agachó y tiró de la espada atascada en las costillas del monstruo muerto, que parecía empeñado en no devolvérsela.

Hizo fuerza y notó un tirón en la herida de la espalda que le hizo sisear de dolor. Se le había olvidado por completo en el fragor de la batalla.

–¡Te han hecho daño! –exclamó Zephyr.

Cedric intentó encogerse de hombros, y el gesto hizo que le doliera más todavía.

–A ti también.

Zephyr negó con la cabeza.

–Ya no es nada.

–¿Cómo que «ya»?

La silvana se señaló la pierna: se había hecho un vendaje con una especie de emplasto vegetal.

–Sin ánimo de presumir, tengo bastante talento para curar lesiones leves y moderadas –declaró, encogiéndose de hombros.

Cedric se llevó la mano al talismán de forma inconsciente.

–Pero nuestra magia...

Zephyr le dio unos golpecitos al cinturón de cuero que llevaba y los frascos tintinearon contra sus caderas.

–Con mis poderes sería mucho más rápido, pero tampoco es que los necesite para esto. ¿Le echo un vistazo?

–De acuerdo, pero aquí no. Busquemos un lugar menos...

–¿Sanguinolento? –sugirió Zephyr.

Cedric soltó una breve risa.

–Sí. Esa es justo la palabra.