Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Un grito agudo rasgó el aire, y Cedric echó a correr hacia él por una loma terrosa, con la adrenalina bombeando por sus venas. Creía que no se encontraba demasiado lejos del arco de salida, pero no era capaz de ignorar aquella llamada de socorro.

Se abrió paso a través de un montón de zarzas y entró en un pequeño claro, en cuyo centro se alzaba una aguja rocosa. Alrededor de ella había una jauría de bestias salidas de una pesadilla.

Eran más pequeñas que los monstruos a los que ya se había enfrentado, pero su aspecto le revolvió el estómago.

Parecían el resultado fallido de una magia malévola: tenían cuatro ojos negros en la cara plana y aplastada, como si se la hubieran hundido a golpes, y un cuerpo achaparrado cubierto de escamas del que sobresalían seis patas escuálidas y unas alas diminutas, retorcidas y desgarradas, con las que dudaba que pudieran volar.

Era una ventaja, pensó Cedric, echando un vistazo a la columna de roca del centro, donde estaba encaramada la menuda mujer silvana.

Todo el mundo se había quedado atónito cuando Zephyr se adelantó para entrar en el Crisol.

Hasta donde sabía Cedric, los silvanos no se caracterizaban por su destreza en la lucha y no sentían inclinación por la violencia.

Eran famosos por su magia curativa y por su conocimiento de las plantas medici nales, lo cual los convertía en curanderos y boticarios, no en luchadores.

Como si quisiera confirmarlo, la silvana jadeaba, aferrada con desesperación a la aguja, sin quitarles los ojos de encima a las bestias que la cercaban. Cada pocos segundos, una de ellas saltaba para tratar de alcanzarla. Una incluso estaba subiéndose al lomo de otra.

Zephyr agarraba el pilar con un brazo, haciendo equilibrios sobre un pequeño saliente de la roca.

Con la otra mano se apretaba la pierna, intentando detener el flujo de sangre verde y viscosa que brotaba de una herida debajo de la rodilla.

Cedric vio un destello metálico en el suelo.

Una daga... La silvana estaba desarmada.

Podría dejarla ahí , pensó. No tenía ninguna obligación de socorrer a alguien que se había metido en una situación que claramente la superaba, cuando estaba a punto de fracasar.

Era una adalid, una rival, una competidora...

Además, era una arcania. Podía fingir que no la había visto, abandonarla a su destino y seguir adelante.

Era lo que lord Church esperaría que hiciera.

Nadie se enteraría jamás.

Nadie..., salvo él mismo.

¿Acaso Cedric no había estado a punto de morir bajo las garras de aquella bestia salida del inframundo? Si Dissidua no la hubiera matado... Y quizá aquello fuera una bendición de Aurelia, una oportunidad de asegurarse una aliada.

Zephyr gimoteó; sus dedos empezaban a aflojarse. Cedric soltó un largo suspiro y, sin más, echó a correr y clavó la espada en la criatura que tenía más cerca. El acero atravesó la piel escamosa de la bestia, cortando huesos y tendones. Murió al instante.

Las cinco restantes tardaron un momento en darse cuenta de que las estaban atacando. Cedric aprovechó su confusión y retrocedió varios pasos. Para cuando los monstruos se percataron de la muerte de su compañero, él ya había conseguido ganar algo de distancia.

Dos de las bestias se lanzaron en su persecución con sus inquietantes patas de araña. Una dio un salto y mostró los afilados colmillos.

Cedric esquivó al monstruo, que fue incapaz de frenar y terminó estrellándose contra un montón de zarzas.

–¡Ja! –Cedric soltó una risa triunfante al ver que se había quedado enredado entre las largas espinas.

Su alegría era prematura.

De pronto, sintió un dolor agudo en la espalda: algo le había atravesado la armadura por detrás.

Cada una de las patas de esas cosas estaba armada con una terrible garra curvada...

Cedric apretó los dientes, se dio la vuelta lanzando un tajo y le cortó limpiamente dos patas a la criatura más cercana, que lanzó un chillido pavoroso.

Mientras la bestia se alejaba a toda velocidad, dejando un rastro de sangre negra, otras tres se arrojaron sobre él, como si los aullidos de su compañera herida incrementaran sus ansias asesinas.

Cedric oyó a lo lejos un estruendo de alaridos y rugidos y contuvo un gemido.

Lo último que necesitaba era que vinieran más.

Pendiente de los monstruos que le rondaban y de la cacofonía salvaje que sonaba como fondo, no se dio cuenta de que una de las bestias se había alejado sigilosamente para atacarlo por detrás. No se percató de su presencia hasta que notó un aliento fétido y caliente en la nuca.

Se giró en redondo, justo a tiempo para defenderse de las garras del monstruo, que se había erguido sobre las cuatro patas traseras. Sin embargo, no había tomado suficiente impulso y no logró derribarlo. Lo único que consiguió fue bloquear sus mandíbulas con la hoja de su espada.

El sudor chorreaba por su frente. Tensó los músculos, al borde de su capacidad de resistencia...

La bestia se desplomó de pronto, doblando las patas hacia dentro, y tras su cuerpo asomó una coronilla de cabello de color verde bosque.

–¡Detrás de ti! –gritó Zephyr, arrancando su daga de las costillas de la bestia muerta.

Cedric se volvió en redondo y hundió la espada en el abdomen de otra criatura, que murió con un gemido lastimero. Intentó retirar el arma, pero se había quedado atascada.