Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

La primera prueba

Cedric

E l mundo se deformó alrededor de Cedric en un vórtice de luz y sombra. El suelo desapareció bajo sus pies y, por un momento, sintió que nunca dejaría de caer. Entonces, volvió a pisar tierra firme y respiró un aire cargado del embriagador perfume de la magia.

Tardó un segundo en orientarse. A su espalda estaba el Portal por donde había entrado, incrustado en un muro de piedras irregulares que se alzaba hacia un cielo estrellado en el que ya empezaba a asomar el amanecer.

La muralla se extendía a ambos lados y se curvaba, formando el perímetro de un gigantesco recinto circular.

Un olor a tierra húmeda invadió sus fosas nasales.

Pisaba una mezcla de arena apisonada y arcilla blanda y resbaladiza.

El resplandor de la aurora iluminaba montículos de tierra y formaciones rocosas diseminadas por el terreno.

Había árboles deshojados, matorrales espinosos y cavernas oscuras y profundas.

Cedric entrecerró los ojos. En el extremo más lejano del desolado paisaje distinguió a duras penas un arco resplande ciente.

No parecía muy diferente del Portal por el que acababa de pasar, pero supo que era distinto.

Intuyó, de alguna manera, que era importante; que, independientemente de lo que le deparara aquella prueba, tenía que llegar a esa nueva puerta.

Y, al parecer, lo haría solo. No veía a ninguno de sus compañeros adalides.

¿Habrían echado a correr de inmediato para desplegarse por el terreno, o el Portal los había depositado en lugares distintos?

En todo caso, no parecían haber asimilado la advertencia del Tribunal sobre la necesidad de cooperar.

Respirando hondo para tranquilizarse, Cedric avanzó unos pasos. No había dado ni veinte cuando un gruñido salvaje resonó en una caverna cercana. Volvió de inmediato la mirada hacia el sonido y se llevó la mano a la espada.

Un rasguido de garras arañando roca. Un jadeo entrecortado, como si estuviera conteniendo un rugido. El ruido sibilante de una cola que rasgaba la oscuridad.

Y entonces, a la luz de la brillante aurora, Cedric vio el rostro de la muerte.

Piel negra como el azabache, tirante sobre un cráneo esque­lético.

Ojos rojos como brasas que ardían con concentración depredadora.

Espalda surcada por dos rayas blancas. Avanzaba a cuatro patas, con garras afiladas como cuchillas.

Y allí, en la punta de su cola escamosa, una púa curvada más grande que la mano de Cedric.

De repente, le quedó muy claro cuál era el propósito de esta prueba: estaba en el escenario de un combate a muerte.

La bestia se acercó sigilosamente, con los belfos retraídos para mostrar unos colmillos que goteaban baba negra y viscosa.

Cedric aferró la espada y apretó su talismán con la otra mano.

No quería agotar su maná tan pronto, pero tampoco había esperado enfrentarse a una criatura del cuarto cuadrante del infier­­no durante los primeros cinco minutos del Crisol.

Quizá Elyria no hubiera estado del todo equivocada al intentar impedir que entrara Kit. Si Cedric hubiera amado a alguien y se hubiera comprometido a proteger a esa persona, como parecía ser el caso de aquellas dos fae, no habría querido bajo ningún concepto que se enfrentara a aquello.

Y, sobre todo, no habría querido que se enfrentara a aquello sin magia..., algo que acababa de descubrir que no tenía. Alarmado, echó un vistazo a su talismán. Estaba repleto de maná. La esmeralda engastada seguía brillando.

Simplemente, no podía usarlo. No podía alcanzarlo.

Cedric hubiera jurado que el monstruo resoplaba de diversión.

No podía usar la magia allí.

La bestia se convirtió en un borrón al abalanzarse sobre él, y Cedric lanzó un mandoble por instinto.

La bestia cayó de costado con un aullido de dolor, con la piel correosa rajada de un lado a otro del pecho.

Sin embargo, se puso en pie de inmediato, entrecerrando sus ojos como ascuas.

Cedric afirmó los pies en postura defensiva y apuntó a la vena palpitante del cuello de la bestia.

El monstruo tomó impulso y volvió a saltar.

Sus garras golpearon brutalmente la espada, arrancándosela de las manos, y Cedric salió despedido hacia atrás hasta caer de espaldas con un gruñido estrangulado.

Las pesadas zarpas de la bestia se apoyaron en su coraza hasta inmovilizarlo.

Las garras chirriaron contra la armadura, y un aliento rancio le golpeó la cara cuando el monstruo se inclinó sobre él, mostrando los colmillos.

Se quedó estupefacto, incrédulo. Se negaba a creer que fuera a terminar todo tan deprisa. Palpó su costado, en busca de la daga que llevaba a la cintura. Finalmente, rozó con las yemas el frío metal de la empuñadura. Sintió que se encendía una chispa de triunfo en su pecho...

... justo cuando la criatura se derrumbó inmóvil sobre él.

Con un gemido, Cedric se retorció bajo el peso aplastante del monstruo hasta que consiguió apartarlo.

Buscó la causa de lo que acababa de pasar y enarcó las cejas al ver una espada clavada en su lomo.

Algo más allá, divisó un par de botas negras gastadas.

Subió la vista y descubrió unas piernas de color carmesí, una coraza de cuero algo grande para la persona que la portaba y, por último, un par de cuernos cortos, medio ocultos bajo el cabello liso y negro.

Era Dissidua Pyr, adalid nocterrian.

Cedric recuperó su espada, aún jadeante. Se volvió hacia Dissidua y le tendió la mano.

–Te doy las gracias –dijo.

Dissidua se quedó mirando la mano extendida de Cedric mientras limpiaba la sangre negra que manchaba su arma en la piel del cadáver.

–Guárdatelas –respondió.

Cedric apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que la espada de Dissidua se abatiera sobre él. Alzó su arma justo a tiempo para bloquear el golpe.

–¿Qué estás haciendo?

–¿A ti qué te parece, humano?

Cedric apretó los dientes, mientras cargaba con todo su peso para obligar a retroceder a su contrincante. Pues sí que había durado mucho la unidad...

Dissidua soltó un gruñido de irritación mientras hacía un molinete para intentar alcanzar a Cedric, pero él estaba preparado y detuvo la estocada con facilidad.

–Aquí no soy tu enemigo.

–Eres mi enemigo en todas partes.

Otro tajo, otro entrechocar de espadas. Dissidua había sacado una daga larga que esgrimía con la otra mano; la cruzó con la espada, formando una equis, y se lanzó contra Cedric, que soltó una maldición al sentir que le temblaba una pierna.

Aquella bestia lo había aplastado hacía muy poco y todavía se estaba recuperando; si Dissidua conseguía ponerlo de rodillas, se acabaría todo.

Haciendo acopio de fuerzas, clavó el talón en la tierra y empujó hasta que su contrincante tuvo que retroceder un par de pasos.

Apenas fue un respiro, porque volvió a abalanzarse de inmediato sobre Cedric con la ferocidad y rapidez de un lobo atacando a su presa.

Cedric bloqueó un golpe implacable tras otro. Sus músculos ardían en protesta.

–¿Por qué me atacas? ¿Me has salvado solo para matarme? ¡Esto es una locura! –gritó.

Dissidua torció los labios rojos en una sonrisa desagradable.

–Lo has entendido mal –dijo–. Yo no te he salvado: te he arrebatado tu presa. Ahora puedo sumarte a la cuenta y eliminar a otro adalid que se interpone entre mi premio y yo.

¿Otro? , pensó Cedric, alzando la espada hacia la garganta de su contrincante.

–¡Esta vez, el Crisol es diferente!

–Ah, ¿sí? Que yo sepa, solo una persona saldrá de aquí con el poder de la corona. ¿De verdad esperas que nos agarremos de la mano y atravesemos el Crisol bailando y cantando? Noctis, llévame... Los humanos son aún más estúpidos de lo que pensaba.

–Yo no soy quien se enzarza en peleas absurdas con mis compañeros adalides. –Cedric apretó los dientes–. No quiero hacerte daño.

Dissidua dejó escapar una carcajada burlona y se tiró contra él, apuntando hacia el punto descubierto en el que su cuello se unía con el hombro. Torció el labio, a punto de dedicarle lo que Cedric estaba seguro de que sería una réplica mordaz.

No llegó a oírla.

La única advertencia fue un rugido salvaje. Un borrón salió disparado de entre las sombras: una segunda bestia, algo más pequeña que la primera, pero igual de feroz... y de letal. Se abalanzó sobre Dissidua, que gritó cuando las garras destrozaron su armadura de cuero como si fuera de papel.

Cedric apenas dudó un instante antes de enfrentarse al monstruo de piel coriácea, verde a la luz de la aurora. A pesar de todo, no podía abandonar a Dissidua a su suerte.

La bestia soltó un gañido espeluznante cuando la espada de Cedric alcanzó su pata trasera.

Sacudió la cola armada de púas y desorbitó los ojos, retorciéndose mientras buscaba la herida.

Dio un salto y aterrizó a la izquierda del caballero, que se preparó para asestarle otro tajo.

No tuvo ocasión de hacerlo, porque el monstruo huyó con un aullido.

Cedric tomó un aliento entrecortado. El aire estaba impregnado de olor a cobre.

Oyó un gorgoteo siniestro y, al volver la cabeza, vio a Dissidua Pyr aún en el suelo.

Se aferraba la garganta desgarrada, intentando contener un río de sangre oscura.

Sus ojos parecieron salirse de sus cuencas, rebosantes de dolor y miedo, mientras exhalaba un último aliento ahogado.

Cedric envainó la espada con las manos temblorosas. Su corazón latía a un ritmo atronador bajo su armadura.

Había sido tan absurdo... Si Dissidua no hubiera perdido el tiempo luchando contra él, la segunda criatura no habría podido sorprenderle.

Tampoco a él le hacía ninguna gracia el dictamen del Tribunal; no le gustaba la idea de trabajar hombro con hombro junto a los arcanios, pero no veía sentido a que se mataran entre ellos.

Al fin y al cabo, estaba claro que el Crisol se encargaría de hacerlo.