Capítulo 13 #3
Con una mueca de desprecio, empujó al ser envuelto en aquella túnica blanca, sin importarle qué castigo pudieran destinarle los celestiales por ese delito.
Fue como empujar el aire. Sin embargo, cuando una mano etérea y brillante emergió de la amplia manga y la agarró del brazo, la sintió tan sólida como el acero.
–Tu disputa no es conmigo –dijeron las múltiples voces del Tribunal, estrujándole la carne.
–No estoy de acuerdo –replicó Elyria.
El Tribunal se inclinó hacia atrás. Por un momento, Elyria pensó que podría vislumbrar el rostro oculto bajo la voluminosa capucha, pero la cara continuó velada por las sombras. Entonces, de súbito, el Tribunal empezó a sacudirse con un temblor cada vez más violento.
Elyria empezó a sentir dolor en el brazo mientras el Tribunal se convulsionaba. Sus voces superpuestas surgieron bajo la capucha, estridentes y siniestras:
–¡De rivales feroces a corazones rotos, dos sangres hallarán el camino! ¡Con sacrificio y amistad traicionada será el día renacido!
Tan rápido como había comenzado, terminó.
–¿Qué...? ¿Qué mierda es esta? –se enfureció Elyria, liberándose del agarre del Tribunal.
El ser se tambaleó, aturdido.
–¡La profecía! –gritó un espectador que se había quedado atrás, sobrecogido–. ¡Alabemos a Lunara!
–¡La Revivida ha sido bendecida por los celestiales! –gritó otro.
Elyria se giró, indecisa entre protestar violentamente contra quienes gritaban o exigir una explicación al Tribunal. ¿Por qué le soltaban estupideces proféticas precisamente a ella? ¿Y por qué parecían diferentes de la versión que Cedric había recitado hacía apenas unos minutos?
Un grito cortó el aire antes de que tuviera oportunidad de decir nada.
Elyria se giró con los ojos desorbitados.
Alguien acababa de emerger del Portal, agarrándose el hombro.
Era Brandon Cormac, uno de los adalides humanos.
Tenía el rostro desencajado por el terror, y la sangre brotaba de una herida profunda que le cruzaba el pecho.
Elyria creyó distinguir un destello blanco de hueso entre la carne desgarrada.
Se tambaleó hacia delante y cayó de rodillas frente a Elyria.
–La prueba –balbuceó, con la boca llena de sangre. Intentó hablar de nuevo, pero no pudo..., al menos, en voz alta.
Las bestias. Son salvajes. Están por todas partes. Ve al Portal. Las palabras resonaron dentro de la cabeza de Elyria, y tembló al darse cuenta de que Cormac era un sabedor. Tienes que llegar al Portal. Pero no puedes... No... No te lo permitirán...
El humano se estremeció, se llevó una mano ensangrentada a la frente y soltó un grito tan desgarrador que Elyria supo que estaría presente en sus pesadillas durante mucho tiempo.
La marca celestial de la frente de Cormac resplandeció cegadora mientras él se desplomaba. Elyria se agachó para evitar que cayera al suelo y lo giró, poniéndolo boca arriba. Pero ya no podía hacer nada por él.
Sus ojos, muy abiertos, estaban fijos y vidriosos.
Había muerto.
Un lamento agudo sonó desde el fondo de la sala. Un jadeo horrorizado. Un sollozo. Otras voces comenzaron a mezclarse, susurros sorprendidos y palabras de consuelo.
De pronto, una voz se elevó por encima del estruendo: una que contenía muchas, hablando al unísono.
–Estaba marcado. Estaba vinculado al Santuario. –El Tribunal inclinó la cabeza, aunque aún se tambaleaba–. Abandonó el Santuario.
El cuerpo de Brandon Cormac estalló en llamas azules.
Y, mientras ardía hasta que solo quedaron cenizas, Elyria solo pudo pensar en una cosa: Kit.
Sus ojos se encontraron con el vacío de sombra donde habría debido encontrarse el rostro del Tribunal. Percibió un asentimiento de la figura encapuchada, tan mínimo que era casi imperceptible.
Elyria se estremeció, sintiendo un frío mucho más intenso que cuando la magia de Kit había estado a punto de congelarla.
A esas alturas, Kit podría estar ya muerta, destrozada por las espantosas criaturas que habían aterrado tanto a Cormac como para retroceder a través del Portal, enfrentándose a la ira de los inmortales. Sintió que se le cortaba el aliento.
La cortina de luz del Portal se agitó con una brisa fantasmal, como si la invitara a entrar. ¿Querría que alguien sustituyera al adalid que acababa de perder el Santuario? ¿Pero acaso no era una locura plantearse siquiera la posibilidad?
–Debo de estar delirando –murmuró para sí, y el Tribunal respondió:
–Quizá.
Elyria se puso de pie.
–Si lo cruzas, has de saber que no hay vuelta atrás. No para ti, Elyria Lightbreaker.
Elyria apretó el puño hasta clavarse las uñas en la palma. No podía quedarse de brazos cruzados, ahora que era consciente de los horrores a los que Kit se estaba enfrentando en ese mismo instante. Desde luego, no podía marcharse sin más.
Además, ¿acaso tenía algo a lo que regresar?
Respiró hondo. Apretó las correas de las dagas que llevaba en los muslos y cometió el error de echar un vistazo hacia los pocos espectadores que la miraban atónitos.
«¡La Revivida ha sido bendecida por los celestiales!», habían gritado hacía unos instantes.
Elyria resopló. Entonces, recordando la profecía, respiró hondo y espiró lentamente.
–Así que el Crisol del destino forjará a los adalides, ¿verdad?
El Tribunal asintió.
–Bueno..., supongo que no tengo nada que perder.