Capítulo 13 #2
–Nos vemos al otro lado –dijo, sin dirigirse a nadie en particular antes de atravesar la cortina.
Uno tras otro, los adalides dieron un paso al frente. Uno tras otro, el Tribunal pronunció sus nombres y los marcó con el contrato mágico que los vinculaba al Santuario Celestial.
El enano, Thraigg Ironfist.
Cyren Tenrider, el fae del pelo cobalto, que le dedicó una sonrisa sugerente a Elyria antes de cruzar.
Leona Blackwood, la líder del trío humano, seguida por los desagradables hermanos pelirrojos, Belis y Belien Larkin.
Dos nocterrian: Tenebris Nox, la persona que había visto en la cárcel, y su compatriota de piel carmesí, Dissidua Pyr.
Elyria arqueó las cejas cuando se acercó una mujer silvana que había estado escondida contra la pared del fondo.
El Tribunal la llamó Zephyr, sin añadir ningún apellido.
Era muy menuda, e iba equipada tan solo con una pequeña daga enfundada en el muslo y un cinturón lleno de bolsitas, saquitos y frascos tintineantes.
No se oyeron vítores ni sollozos ahogados cuando avanzó hacia el Tribunal.
Había venido sola, y Elyria no pudo evitar preguntarse qué haría allí.
¿Tanto atractivo tenía la gloria que llegaba incluso a los bosques de los silvanos?
Zephyr se mordió el labio cuando el Tribunal le marcó la frente, pero ese fue el único signo de vacilación antes de cruzar, y Elyria no pudo evitar admirar su serenidad.
Una cualidad, por cierto, de la que carecían los dos adalides humanos que pasaron a continuación, que entraron en el Portal vociferando y jaleándose el uno al otro.
Entonces llegó el turno de aquel caballero santurrón tan odioso.
Le dijo algo inaudible a otro noble algo mayor que estaba a su lado, y que había observado con atención la disputa anterior, y este le dio una palmada en la espalda antes de inclinarse y susurrarle algo al oído.
El caballero asintió con la cabeza y, de pronto, su expresión mostró una vulnerabilidad que, contra toda lógica, le encogió el corazón a Elyria.
–Cedric Thorne –le nombró el Tribunal, y Elyria sintió que el peso que le oprimía el pecho se disipaba rápidamente. Contuvo un bufido; no entendía cómo un nombre tan simple podía sonar tan pretencioso. Supuso que le venía al pelo.
Rememoró lo que le había dicho hacía un rato –«Conveniente, ¿no? Qué fácil es usar un nombre para ocultar la verdad»– y sonrió para sus adentros al recordar lo que había respondido el caballero: «¿Qué verdad? ¿Que no eres la carnicera oscura que todos creen que eres?».
«Carnicera oscura»... Ese era un título que le parecía bien. Al cuerno con aquel absurdo apodo de Revivida, que, por algún motivo, parecía haber cobrado vida propia.
–Mucha suerte, Cedric Thorne –dijo con suavidad mientras el caballero se alejaba del Tribunal–. Intenta no morir ahí dentro.
Él la miró con una expresión extraña, que mezclaba la perplejidad con la cólera asesina, pero atravesó el Portal sin responder.
Elyria respiró temblorosamente. Ya solo quedaba Kit.
Elyria se dio cuenta de que se había quedado un poco rezagada. Sintió un nudo en la boca del estómago. ¿Habrían surtido efecto sus súplicas? ¿O acaso la había desconcertado el cambio que suponía la declaración –la advertencia– del Tribunal?
Los impresionantes ojos desparejados de Kit se encontraron con los de Elyria. Había dolor en ellos.
La esperanza que atenazaba el corazón de Elyria se convirtió en una tenaza de acero gélido.
Kit no había cambiado de opinión.
–Katerina Ravenswing –la llamó el Tribunal, y Kit avanzó en su dirección con gesto decidido.
Elyria corrió hasta ella.
–¡Kit, no! –suplicó, tirándole del brazo para alejarla–. ¡Por favor!
–Tengo que hacerlo, Ellie –respondió ella con suavidad, posando una mano sobre la de Elyria.
–¡No es cierto!
Kit la miró, con una mezcla de emociones en los ojos que Elyria no supo identificar.
–Creo que a Evander le haría feliz saber que intentaste disuadirme, ¿sabes?
Aunque finalmente no salga victoriosa, quizá le traiga algo de paz que te esforzaras tanto por tratar de salvarme –murmuró Kit, y a Elyria se le llenaron los ojos de lágrimas–.
Pero no te preocupes –añadió, arrugando la nariz–. Tengo intención de ganar.
Se liberó de un tirón y trazó un gesto con una mano.
Se oyeron exclamaciones de asombro: Kit había creado un muro de hielo tan repentinamente que a Elyria apenas le dio tiempo de hacerse a un lado.
La barrera helada creció más y más hasta extenderse desde el suelo hasta el techo por toda la estancia, separando a Elyria de Kit y del Tribunal.
Fue una demostración de magia extraordinaria, y Elyria se habría sentido orgullosa de Kit si no hubiera estado tan furiosa.
Golpeó el hielo, sin conseguir nada más que pinchazos de frío en las palmas desnudas. Distinguió una sombra al otro lado del muro prácticamente opaco, y creyó ver el contorno de una mano apoyada contra la suya.
–Lo siento, Ellie –dijo la voz de Kit, amortiguada y lejana–. Tiene que ser así.
–¡Kit! –chilló Elyria, golpeando la pared con más fuerza.
De pronto, un frío abrasador y repentino le ascendió por el brazo. Saltó hacia atrás, agarrándose la mano congelada, y atisbó con impotencia cómo se alejaba la silueta de su antigua amiga.
–Estoy lista –dijo Kit.
La respuesta del Tribunal sonó tan clara como el tañido de una campana:
–¿Te comprometes a buscar las verdades y desafíos que se esconden en el Crisol Arcano?
Elyria soltó un grito de frustración cuando Kit respondió afirmativamente.
–¿Aceptas ser marcada por los celestiales y vincularte al Santuario Celestial?
–Lo acepto.
–¿Y lo haces sabiendo que, una vez que cruces el Portal, no podrás regresar hasta que se complete el Crisol y se haya reclamado su premio?
Hubo un instante de silencio dubitativo y, a pesar de la barrera de hielo, Elyria sintió la mirada de Kit.
–Sí –respondió finalmente.
Elyria soltó un grito ahogado.
Y entonces, la silueta de su compañera de infancia desapareció.
La pared de hielo se derritió en el instante en que Kit cruzó el Portal, empapando las piernas de Elyria de agua helada y dejando un enorme charco. Elyria se quedó inmóvil, aturdida. Desamparada.
El público había ido menguando conforme los adalides entraban en el Santuario. Los pocos testigos que quedaban empezaron a dirigirse hacia la salida. El espectáculo había terminado. El Crisol acababa de empezar.
Catorce adalides se enfrentaban a vida o muerte en el Santuario Celestial.
Elyria recuperó la sensibilidad en la piel entumecida, y mil pinchazos dolorosos le taladraron el brazo de golpe. Reaccionó sin pensar, lanzándose hacia delante, y tropezó con el Tribunal.