Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

El portal

Elyria

– ¿ Q uién está dispuesto a comprometerse con el Santuario Celestial? ¿Quién se pondrá a prueba en el Crisol?

El rostro del Tribunal estaba oculto bajo las sombras de una brillante capucha blanca, pero Elyria creyó sentir la sonrisa del ser que se escondía bajo las ondulantes vestiduras.

Tenía el vago recuerdo de haber visto al Tribunal cuando acompañó a Evander hasta allí la vez anterior.

Se esforzó por desenterrar el recuerdo –lo que había ocurrido, las palabras que se habían pronunciado–, pero fue incapaz.

Lo único que permanecía en su memoria era el aspecto de Evander, tan seguro de sí mismo, tan hermoso.

Lo último que hizo antes de atravesar el Portal fue mirarla a ella.

–Me comprometo –sonó la voz de Paelin, interrumpiendo los pensamientos de Elyria. El fae dio un paso hacia el Tribunal y se arrodilló, llevándose el puño al corazón–. Deseo entrar en el Crisol y demostrar mi valía al reino.

–Así será –dijo el Tribunal con aquella voz múltiple–.

Pero, antes de que comiencen las pruebas en las que demostraréis vuestra fuerza y vuestro poder, tened presente esto: el Crisol Arcano pondrá de manifiesto vuestra determinación y la profundidad de vuestro espíritu, sí; pero, por encima de todo, juzgará vuestra capacidad para la armonía y la unidad.

Elyria se quedó pasmada. No recordaba que hubiera dicho nada parecido la última vez.

Buscó los ojos de Kit, intentando que confirmara si aquello era una revelación nueva o si simplemente había olvidado todo lo ocurrido en la ocasión anterior. Ella permanecía imperturbable, con los ojos fijos en el Tribunal y una expresión neutra.

–¿Unidad? –La voz que se alzó de entre las sombras le resultó extrañamente familiar: suave y dura, masculina y femenina a la vez.

En el otro extremo de la estancia, una figura salió de la penumbra y Elyria se quedó boquiabierta. Piel oscura. Cabello negro. Cuernos retorcidos. Era la misma criatura nocterrian que había visto en la cárcel.

Sus ojos de un carmesí negruzco se posaron en los de Elyria por un breve instante cuando pasó a su lado.

–¿Qué significa eso? –preguntó–. ¿Que un único adalid no puede obtener la corona? ¿Que tenemos que trabajar juntos?

–¿Y qué es eso de la armonía? ¿Entre quiénes? –se alzó la voz de Gael–. ¿Tenemos que elegir aliados dentro del Santuario? Es imposible que se espere que trabajemos todos juntos –masculló con un bufido burlón, echando un vistazo a los tres adalides humanos que continuaban aún en el suelo.

El Tribunal no respondió. Un murmullo inquieto recorrió la multitud. Varios adalides se carcajearon abiertamente.

–No puede ir en serio –dijo una humana que había junto a los mellizos, una mujer de pelo castaño apagado, nariz respingona y ojos color avellana demasiado separados.

Parecía la líder del grupo, y era la que acababa de proclamar que preten día hacer justo lo contrario de la armonía en cuanto comenzara el Crisol de forma oficial.

–No suelo hacer ascos a tener más de un...

compañero –dijo un fae, mientras avanzaba hasta situarse entre Gael y Paelin.

Llevaba media cabeza afeitada y una melena larga y lisa de color cobalto al otro lado.

Elyria creyó reconocerlo: si no recordaba mal, se llamaba Cyren–.

Pero esto es pedir demasiado; me supera incluso a mí –dijo, guiñando un ojo a Elyria.

Los murmullos de descontento se convirtieron en una sinfonía de quejas.

–Preferiría viajar al primer cuadrante del infierno antes que confiar en uno de esos seres –rugió la líder del trío humano.

–¿Y qué significa esto para la corona? –gritó otra persona.

–¡Exacto! ¿Para qué hemos estado entrenando si no es para llevar la corona a nuestra gente, para obtener la gloria? –protestó Paelin.

–Esto es absurdo –gruñó el adalid enano, posando brevemente la mirada en el caballero de cabello castaño y apretando la mandíbula al observar a los demás.

–¿Es que habéis olvidado la Gran Traición? ¿Queréis que trabajemos con los cretinos responsables de dividir el reino? –gritó Gael.

–No fue nuestra especie la que partió el continente en un arranque de ira –siseó la mujer humana pelirroja.

–Escoria fae –escupió su hermano.

Elyria puso los ojos en blanco. Desde luego que esa era una contribución muy útil.

–Tienes toda la razón: vuestra especie no es lo bastante poderosa como para hacer eso. Los vuestros se limitaron a cometer un acto tan atroz que desencadenó una guerra –replicó Cyren.

–La guerra que condujo a la Fractura –añadió Gael.

Los gritos de disconformidad se hicieron más fuertes.

–¡No nos hemos entrenado para esto! ¡No estamos preparados!

–¿Y por qué nunca habíamos oído hablar de algo así?

Exacto. ¿Por qué no? , se preguntó Elyria. Era una pregunta razonable. El Crisol siempre se había considerado una competición individual y los adalides participaban sabiendo que ganarían o morirían. ¿Aquello formaba parte de la extraña magia de ese lugar?

Frunció los labios y contempló los rostros furiosos y confundidos de los adalides y sus séquitos. Desde luego, incluso para una competición tan cruel como el Crisol era una injusticia ocultar a sus participantes la verdadera naturaleza de las pruebas.

A menos que no lo hubiera hecho...

Ollie había empezado a recitar la profecía en Coralith, y Elyria lamentó haberle interrumpido antes de que terminara.

Tal vez todo el mundo se supiera de memoria la profecía en Nyrundelle, pero ella llevaba veinticinco años evitando todos los temas relacionados con el Crisol, y sus recuerdos estaban bastante oxidados.

De la sombra y el fuego se forjarán adalides en el Crisol del destino , rememoró, esforzándose en recordar cada palabra. Esa parte era sencilla de entender. Bastante teatral, pero allí estaban: una sala llena de adalides a punto de enfrentarse al Crisol.

Se devanó los sesos. ¿Cómo seguía? Fuerza, espíritu y magia determinarán su sino , o algo así. ¿Pero no faltaba algo en aquel verso?

–«De rivales feroces a... De rivales feroces a...» –murmuró para refrescarse la memoria, mientras las quejas iban subiendo de tono a su alrededor.

De pronto, una voz grave rasgó el ruido de fondo con la suavidad de un cuchillo que cortara mantequilla:

–«... corazones rotos, dos sangres hallarán el camino».

Elyria levantó la vista y vio que el caballero de cabello castaño la observaba con diversión.

–¿Qué?

–«De rivales feroces a corazones rotos, dos sangres hallarán el camino» –repitió él–. La profecía, ¿no?

Elyria se frotó la mandíbula y apretó los dientes mientras se preguntaba cuánto tiempo llevaría mirándola. El humano no pareció molestarse por su reacción y continuó hablando:

–«De la sombra y el fuego se forjarán adalides en el Crisol del destino. Fuerza, espíritu, magia y concordia determinarán su sino. De rivales feroces a corazones rotos, la sangre encontrará el camino, con coraje y promesa, con tiniebla y luz, como el día renacido».

Elyria sintió cómo se le tensaba la piel alrededor de los ojos mientras escuchaba a aquel entrometido terminar de recitar, con gesto pomposo y mirada ufana.

Hubiera querido borrarle esa expresión satisfecha del rostro cincelado, pero reprimió el impulso.

Tampoco podía estar demasiado molesta con él; por molesta que le resultara su presencia, el caballero había sido...

útil. Era evidente que había olvidado más de lo que creía.

Aunque hubiera jurado que la profecía era mucho más larga... Y la última línea le había sonado extraña, como si fuera la primera vez que la oía.

En todo caso, no tenía ni idea de lo que significaba, pero sí había un atisbo oculto de lo que había declarado el Tribunal; al fin y al cabo, «concordia» era otra manera de decir «unidad». Sin embargo, la alusión era tan sutil que no podía culpar a los adalides por no haberla captado.

–Bobadas crípticas de los celestiales –murmuró, y la expresión complaciente del caballero se transformó en un ceño fruncido.

–¿Cómo te atreves a decir...?

–¡Esto debe de ser una prueba! –exclamó uno de los adalides, interrumpiendo lo que Elyria supuso que era una protesta por su blasfemo comentario–. Está pensada para desestabilizarnos y distraernos, para que nos preocupemos por forjar alianzas en lugar de centrarnos en los retos que nos esperan.

–Lo único que sé es que prefiero enfrentarme en solitario al Crisol y morir con honor que aliarme con uno de esos –dijo otra voz.

–Silencio –ordenó el Tribunal, sin elevar el tono un ápice. Aun así, sus cientos de voces reverberaron en lo más profundo del cuerpo de Elyria, como si se dirigieran a ella.

El gran salón quedó en silencio.

–Tendréis que tomar muchas decisiones dentro del Santuario –continuó el Tribunal–.

La magia del Crisol ya no os impedirá luchar entre vosotros.

La decisión de avanzar en solitario o unidos pertenecerá a cada uno.

–Hizo una pausa para que sus palabras calaran hondo–.

Pero habéis de conocer la sencilla realidad, adalides: sin unidad, fracasaréis.

–Yo voy a arriesgarme –dijo Paelin.

–Que así sea –respondió el Tribunal, pero a Elyria le pareció que el coro de voces sonaba decepcionado–. Paelin Saltwillow, ¿te comprometes a buscar las verdades y desafíos que se esconden en el Crisol Arcano?

–Me comprometo.

–¿Aceptas ser marcado por los celestiales y vincularte al Santuario Celestial?

–Lo acepto.

–¿Y lo haces sabiendo que, una vez que cruces el Portal, no podrás regresar hasta que se complete el Crisol y se haya reclamado su premio?

–Sí.

El Tribunal levantó una mano oculta bajo las amplias mangas de su túnica y tocó la frente de Paelin.

–Entonces, te coronamos como adalid del reino. Puedes entrar. Pasa a la primera prueba con la bendición de los celestiales.

Se alzaron vítores entre la muchedumbre. Paelin no volvió la vista atrás: avanzó hacia el Portal y lo atravesó. Hubo un resplandor, la cortina de luz se agitó con una brisa de otro mundo y el fae desapareció.

Gael fue la siguiente.