Capítulo 12
Gael Winters, ignimante
Cedric
E lyria se encogió de hombros.
–Así me llaman.
La visión de Cedric se tiñó de escarlata.
¡Asesina! , gritó su cerebro. ¡Carnicera!
Se rozó la cicatriz del labio con la lengua, y el talismán de maná ardió contra su pecho.
De pronto, comprendió cómo lord Church había sido capaz de romper el cuello de aquel bandido con tanta facilidad: el deseo de hacer lo mismo era tan intenso que le picaban las palmas de las manos.
Merecía la pena arriesgarse a provocar la ira de los celestiales...
La noche que murieron los padres de Cedric, él apenas contaba seis inviernos.
En su memoria, todo era un borrón confuso de caos y miedo.
Recordaba el olor acre del humo, el resplandor feroz del fuego.
El filo duro y frío del acero contra su boca –una amenaza para que dejara de llorar–.
El agudo pinchazo de la daga cortándole el labio cuando no fue capaz de obedecer.
Entre la bruma del terror y la rabia, tenía dos palabras grabadas a fuego en su mente, dos palabras que no había olvidado en los veintidós años que habían pasado desde entonces: «La Revivida».
–¿Cómo tienes el descaro de venir aquí? –rugió, trémulo de rabia. Apretó los puños para contener el impulso de echar mano a su espada o su talismán.
Elyria le observó impertérrita.
–No sabes de lo que hablas.
–Sé lo bastante –gruñó él, dando otro paso hacia delante.
Pensó que ella recularía para mantener la distancia, pero hizo justo lo contrario: avanzó, con la barbilla alzada en señal de desafío, y se enfrentó a la mirada de odio de Cedric.
–¿Qué crees que sabes?
Un perfume denso y dulzón a almendras amargas invadió la nariz de Cedric: azúcar y veneno.
–Mataste a mi familia –afirmó–. Entraste en nuestra casa y asesinaste a mis padres. Debería acabar contigo aquí mismo.
Elyria parpadeó. Frunció ligeramente el ceño, en una grieta tan infinitesimal en su máscara imperturbable que Cedric creyó haber imaginado el gesto.
Y entonces, para su estupefacción..., aquella bruja asesina se echó a reír.
Pero no era humor lo que brotaba de su boca. Era veneno.
–He matado a muchos humanos, desde luego. La mayoría serían padres o madres de alguien. Pero ¿irrumpir en una choza humana para asesinar a tus padres a sangre fría? –Se mordió el labio de forma burlona, fingiendo meditarlo–. No, no es nada propio de mí. Lo siento.
–Yo estaba allí, Revivida. Puede que solo fuera un niño, pero recuerdo la noche en que mataron a mis padres. Oí tu nombre.
Los rasgos de Elyria volvieron a transformarse en una máscara gélida.
–Oíste mi nombre –repitió con tono monocorde.
Cedric la miró fijamente.
–Conveniente, ¿no? –replicó ella–. Qué fácil es usar un nombre para ocultar la verdad.
Una chispa de confusión se abrió paso entre la ira de Cedric.
–¿Qué verdad? –preguntó–. ¿Que no eres la carnicera oscura que todos creen que eres?
Curvó los labios en una sonrisa cruelmente hermosa.
–¿Quién sabe? A lo mejor fui yo. Lo mismo se me ha olvidado.
–Te estás burlando de mí.
Una carcajada aguda rasgó el aire.
–Evidentemente. Me acusas de algo descabellado sin ningún fundamento.
¿Cómo quieres que reaccione? He hecho muchas cosas en todos los años que llevo en este mundo.
No todas agradables, no todas correctas –admitió, echando un vistazo hacia Kit–, pero puedo asegurarte que nunca he tenido el menor interés por masacrar a una insignificante familia humana.
En todo caso, no dejes que eso te detenga, caballero; tú sigue pensando que fui yo.
–Lo miró de arriba abajo, y Cedric sintió como si le traspasara la armadura–.
Si eso te ayuda a conciliar el sueño... –concluyó antes de darle la espalda con desdén.
Le ardían las palmas; el impulso de atacarla era abrumador. Vio por el rabillo del ojo que Hargrave y Thibault lo observaban. Sospechaba que lord Church estaba cerca de ellos, sin duda disgustado por su actitud.
Descubrió que no le importaba.
De pronto, oyó un rumor de disputa que lo distrajo: el clima caldeado de desprecio se había extendido a los demás adalides.
Se giró y vio que Leona Blackwood y los mellizos pelirrojos se enfrentaban a Gael y a sus compañeros.
Un fae de cabello blanco como la nieve insultó a los dos hermanos y Gael estalló en carcajadas.
–Te crees muy graciosa con tus ocurrencias, pero yo ya he tenido bastante –le espetó la pelirroja.
–Cierra el pico de una vez, bicho orejudo –la apoyó su hermano.
–«Bicho orejudo», ¿eh? Qué ingenioso. –Gael se rio entre dientes–. ¿Se te ha ocurrido a ti solito?
–¡He dicho que te calles!
Resonaron por toda la estancia gritos de sorpresa cuando un rayo de magia salió disparado de las manos del hermano. Gael lo esquivó con naturalidad, como si aquel ataque potencialmente letal no fuera más que una simple molestia.
Cedric contuvo la respiración, esperando las consecuencias que recaerían sobre aquel hombre por haber violado la regla que prohibía pelear.
Sin embargo, no pasó nada. ¿Habría sido tan solo un ataque de advertencia, sin intención de hacer daño?
–¡Guarda tu maná para el Crisol, idiota! –gritó Leona.
El pelirrojo puso mala cara ante la reprimenda, y Gael se dio la vuelta con un bufido desdeñoso.
Entonces, Cedric vio el destello del acero: el humano se disponía a atacar por la espalda a la fae.
Su cuerpo reaccionó más rápido que su mente; la ruindad de aquel ataque hizo que olvidara de pronto los escrúpulos que le producía salvar a una arcania... y no solo a una arcania, sino a una fae.
Se lanzó hacia Gael para detener la cobarde estocada de aquel hombre.
Pero no había ninguna necesidad.
Una descarga de poder brotó del Portal a la velocidad del rayo y golpeó al pelirrojo, que salió disparado y se estrelló contra la pared con un golpe seco. Su daga cayó al suelo con estrépito, y su hermana soltó un grito mientras corría hacia él.
Cedric, desencajado, contempló al hombre y luego dirigió la vista al Portal, que había regresado de inmediato a su estado anterior.
De no haberlo visto con sus propios ojos, probablemente no lo hubiera creído.
El Crisol había impuesto un castigo, desde luego.
Y, en vista de la intensidad y la velocidad de aquel latigazo mágico, entendía por qué todos se tomaban la regla tan en serio.
Absorto por lo sucedido, Cedric se dio cuenta demasiado tarde de que Elyria se estaba moviendo en la misma dirección que él.
Su sólido cuerpo chocó con el de ella, y descubrió que era un muro infranqueable.
Maldición, aquella fae era mucho más fuerte de lo que parecía...
El impacto fue como una descarga eléctrica, y Cedric trastabilló hacia atrás.
Extendió los brazos por reflejo para mantener el equilibrio y, antes de darse cuenta, había agarrado a Elyria de los antebrazos.
Sus miradas se cruzaron, atónitas: unos ojos verdes con motas plateadas, fijos en unos cálidos iris de un marrón dorado.
Cedric sintió cómo la confusión y la repugnancia se retorcían en sus entrañas.
Soltó a Elyria bruscamente, al tiempo que ella apartaba los brazos con violencia y se los llevaba al pecho, como si el contacto la hubiera quemado.
–¡Cuatro infiernos! ¿Qué pretendías? –rugió Cedric.
–¿Qué pretendías tú? –replicó Elyria con un sarcasmo desconcertado–. Anda, apártate, que te vas a hacer daño.
–¿Hacerme daño? Intentaba ayudar.
Ella resopló.
–Mira a tu alrededor, caballero. Nadie necesita tu ayuda.
Cedric levantó la vista. Gael estaba de pie junto a los mellizos pelirrojos, apuntándolos con gesto amenazante. Una única llama flotaba sobre su índice. La hermana protegía a su hermano, que continuaba postrado en el suelo.
–Estoy muy decepcionada. ¿No enseñan las normas de conducta en vuestro lado del continente? –se burló Gael.
–Son humanos, Winters –dijo su compañero, el fae de cabello blanco, pronunciando la palabra «humanos» con un desprecio que ofendió a Cedric–. ¿Qué esperabas?
–Cierto, Paelin –respondió Gael. Miró a los hermanos con aire pensativo y, un instante después, apagó la llama con un suspiro, con la misma naturalidad con la que se apaga una vela–. Bueno, esperemos que hayan aprendido la lección.
Leona Blackwood se acercó al grupo y se arrodilló para ayudar al hermano a incorporarse.
–Sin duda hemos aprendido algo –dijo con un tono que destilaba desprecio.
Gael sonrió con sorna.
–¿El qué?
Leona la miró con desafío.
–Lo primero que haremos en cuanto estemos al otro lado del Portal.
Un murmullo recorrió la sala. Por primera vez desde que comenzó la disputa, Cedric buscó los ojos de lord Church.
El noble le hizo un sutil gesto con la cabeza, confirmando lo que estaba pensando.
Si sus compañeros adalides querían saldar cuentas dentro del Crisol, perfecto.
Tanto mejor para él que estuvieran distraídos, luchando entre ellos, mientras él se enfrentaba a las pruebas en solitario.
Iba a ganar la corona costara lo que costara.
Cedric le echó un vistazo a Elyria, que seguía centrada en Gael.
–¿Winters? –preguntó ella, torciendo la cabeza como si hubiera caído de pronto en la cuenta de algo.
–Me apellido así –replicó Gael, frunciendo sus cejas rojas como el fuego–. ¿Algún problema?
Una chispa se encendió en los ojos esmeralda de Elyria.
–Es raro que una ignimante tenga un apellido tan fresquito –se burló.
Alguien soltó una risa ahogada. Otro se rio a carcajadas. A pesar de la rabia que continuaba bullendo en su interior, Cedric torció la comisura del labio.
–Sí, sí, desternillante –dijo Gael, con un tono humorístico fingido que contradecía su expresión de enfado.
Elyria sonrió ampliamente, como si se dispusiera a lanzar otra pulla, cuando una voz fría la interrumpió:
–¿No te ibas? –dijo Kit.
Elyria se estremeció, pero, antes de que pudiera responder, un gong resonó en la sala.
Todos los adalides se volvieron a un tiempo hacia el origen del sonido, envueltos en un silencio expectante. El Portal brilló y comenzó a temblar, como si la luz fuera sólida y tangible. Los vibrantes destellos parecieron fundirse en una masa aparentemente compacta: una cortina incandescente.
El Portal se había abierto.
Tras el telón de luz emergió una figura envuelta en una capa blanca.
–Adalides –dijo una voz que contenía muchas al tiempo: sonaba a la vez atronadora y tranquila, áspera y suave–. Soy el Tribunal.
Se elevó una oleada de murmullos entre los espectadores. Los adalides no abrieron la boca, concentrados en el Tribunal.
–Decidme –dijo aquella voz coral–: ¿quién desea entrar en el Crisol Arcano?