Capítulo 11
Un asunto familiar
Cedric
C edric imaginaba que el gran salón del castillo de Lumin debía de haber sido impresionante en su época de esplendor.
En ese momento, la cavernosa sala donde se reunían adalides y espectadores parecía simplemente...
triste. Lucía una gruesa capa de polvo y mugre, y los frescos que decoraban las paredes estaban desconchados.
El Portal –un arco con una puerta doble de metal finamente labrado– se alzaba en el centro de la sala.
Aunque estaba abierto, no había nada fuera de lo normal al otro lado.
Era bello, pero no parecía fuera de lo común.
Lo cual era una ilusión engañosa, desde luego, que se hizo aún más evidente cuando sus bordes comenzaron a resplandecer con un brillo difuso.
Amigos, familiares y espectadores se apiñaron junto a las paredes mientras los adalides se acercaban al Portal.
Cedric fue tomando nota de cada uno de los rostros que contemplaban absortos su inminente destino.
Reconoció a algunos, y saludó con la mano a Alden Ashford.
Se había asegurado de hablar con el santo en el campamento.
Lord Church tenía razón: no era mala idea aliarse con un santo, al menos en las primeras fases de las pruebas.
Alden le devolvió el saludo con una sonrisa entusiasta. Bien.
Cedric cruzó una mirada con Brandon Cormac, el sabedor que había mencionado lord Church, y le hizo un gesto con la cabeza.
Brandon le devolvió el saludo, y un mechón de su largo cabello rubio cayó sobre sus ojos con el movimiento.
Cedric consideró que era buena señal; era consciente de que un contrincante capaz de leer mentes podría ser el mejor aliado o el peor enemigo posible.
Había tres adalides humanos apiñados al lado del Portal, echando miradas despectivas a los arcanios.
Cedric reconoció a la hechicera Leona Blackwood; se habían presentado brevemente y poco más.
No conocía a los otros dos, un hombre y una mujer con idéntico cabello pelirrojo y unos penetrantes ojos de un gris azulado.
Parecían hermanos, tal vez incluso mellizos.
Tuvo la intuición de que debía andarse con ojo con aquellos tres.
Al otro lado del salón había varios arcanios dispersos.
Un robusto enano, cuya larga barba estaba trenzada con esmero, escrutaba la sala con los brazos cruzados.
Cedric contempló con aprobación el martillo imponente que tenía apoyado contra la pared y, cuando los ojos azules del enano se cruzaron con los suyos, le hizo un gesto de apreciación con la cabeza.
A Cedric le pareció distinguir una media sonrisa burlona en su cara, pero desapareció tan rápido como había aparecido.
A diferencia de las otras especies arcanias, los enanos eran tolerados en gran parte de Havensreach, incluso respetados como maestros armeros y artesanos, y los humanos mantenían relaciones comerciales con los pocos que atravesaban su reino.
Sin embargo, ese sentimiento no se aplicaba a las otras especies de la antigua Arcanis como, por ejemplo, las dos personas nocterrian que estaban más alejadas.
Una hablaba animadamente, gesticulando con sus manos carmesí hacia el Portal.
La otra, una figura alta e imponente con la piel de color índigo y dos bastones cruzados a la espalda, ignoraba de forma ostentosa su conversación.
Su brillante cabello negro estaba recogido en un moño entre sus dos cuernos curvados.
Cedric intentó reprimir el creciente malestar de su estómago al mirar en su dirección.
Finalmente, acabó fijándose en tres fae que charlaban enfrascados. Cedric estaba evaluando su complexión y sus armas, intentando calibrar el peligro que podrían suponer, cuando oyó la voz de Thibault.
–¿Estás bien, Ric? –preguntó mientras se acercaba a Cedric–. Te habíamos perdido de vista.
Cedric enarcó una ceja.
–Por supuesto. ¿Por qué no iba a estarlo?
Hargrave, con el pelo oscuro recogido en la nuca, se acercó a Cedric por el otro lado.
–Empezaba a pensar que alguna bruja fae te había echado el guante y te había convencido de que entraras en su... santuario. –Le guiñó un ojo lascivamente a Cedric, mientras Thibault emitía un sonido de arcada.
Cedric resopló y contuvo el impulso de abofetearlo.
–No cuentes con ello.
Aunque sabía que el guardia lo había dicho en broma, la sola sugerencia era insultante.
Tal vez a otros hombres más débiles les pudiera seducir la idea de añadir un par de arcanias a su lista de conquistas.
Cedric, de hecho, entendía la tentación; las circunstancias únicas del Crisol ofrecían una oportunidad de confraternización que muy pocos humanos volverían a tener en su vida.
Sin embargo, él nunca caería en eso. Haría falta mucho más que una cara bonita, unos ojos verdes brillantes y una cabellera morada para que se apartara de su misión... y de sus principios morales.
Frunció el ceño al darse cuenta de lo específica que era la imagen que le había venido a la cabeza. Desde luego, no tenía en mente a ninguna fae en particular.
Hargrave le dio una palmada en la espalda y continuó charlando con Thibault. De pronto, como si hubiera bastado con pensar en ella para haberla convocado, Cedric la vio.
Estaba de pie en el extremo opuesto de la sala, iluminada por el brillo difuso del Portal. La suave luz pintaba de plata los mechones malvas que enmarcaban su rostro. Su mano derecha agarraba el báculo, en el que parecía apoyar el peso de su cuerpo.
A Cedric casi se le salieron los ojos de las órbitas cuando se dio cuenta de que, a pesar de su pose despreocupada, estaba discutiendo con otra fae que tenía al lado.
Sus gritos resonaban en la sala, interrumpiendo las conversaciones en voz baja de los demás.
Todo el mundo debía de estar oyendo lo que decían.
Sin embargo, a la arpía de pelo morado no parecía importarle.
–¿Y ya está? ¿Ni siquiera me vas a dejas terminar lo que tengo que decir, Kit? –chilló.
La tal Kit puso los ojos en blanco. Incluso desde lejos se veía que mostraban un contraste fascinante: mientras uno era del azul del océano, el otro era verde como un brote de hierba.
Era de estatura media y complexión fuerte, con la piel morena y el pelo blanco plateado cortado a la altura de la barbilla.
Llevaba dos espadas cortas enfundadas en la cadera, y sus alas de plata y oro estaban plegadas a su espalda.
Ella no las ocultaba, observó Cedric con interés.
–Ya has dicho más que suficiente –le espetó a su interlocutora de cabello malva.
–Ni siquiera he empezado...
–Abre los ojos, Elyria. Esto ya está en marcha; no lo vas a parar. No te molestes.
Elyria.
El nombre era más suave y melódico de lo que Cedric esperaba. No estaba seguro de que encajara con la fiera que hervía de rabia frente a su... ¿amiga? ¿Rival? Estaba claro que se conocían, aunque era incapaz de deducir cuál era su relación ni el motivo de su disputa.
Un suspiro contrariado sonó a su espalda, y Cedric reconoció de inmediato a lord Church.
–Como ya te dije, muchacho, esos seres no tienen ninguna disciplina ni autocontrol.
–En efecto, mi señor –asintió Cedric, pero no apartó la mirada de la pareja.
Hasta ese momento, no había caído en la cuenta de que Elyria y Kit eran las mismas fae que estaban manteniendo una...
riña familiar cuando llegaron al campamento.
¿Habrían estado peleándose desde entonces por el motivo que fuera?
Suspiró. Si continuaban así, sería imposible soportarlas cuando entrasen en el Crisol.
–¿Que no me moleste? –tronó Elyria apretando los dientes–. ¡Si no me dejas ni hablar! ¡Llevas dos días evitándome!
–Por qué será... –murmuró Kit.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Cedric; había recordado el chorro de agua que había derribado a Elyria sobre su trasero. Kit era una aquamante, estaba claro.
Si Elyria había oído el sarcasmo de Kit, no lo demostró.
–Querías tiempo para ponerte de morros; te lo di. Querías distraerte y te dejé, y conste que acabé siendo yo la perjudicada. Pero ya está: se ha acabado el tiempo. Me vas a escuchar.
–Estás montando una escena –dijo Kit, dilatando las fosas nasales e intentando mirar a cualquier parte menos a los testigos que las observaban. Empezó a recular para alejarse.
Elyria la siguió.
–¡Me da lo mismo!
–Nos ha quedado claro –murmuró otra fae, una mujer con una cabellera de color rojo vino que caía en una suave cascada entre sus alas naranjas.
Se oyó un coro de carcajadas burlonas.
–No te metas en lo que no te importa, Gael –le espetó Elyria con expresión siniestra, y las risas se cortaron abruptamente.
–Ya te lo advertí –dijo Kit sin dejar de caminar; se encontraba tan solo a unos pasos de Cedric–.
Te lo dije cuando llegaste: no ibas a conseguir que cambiara de opinión.
Y no lo has logrado. Voy a cruzar el Portal.
Voy a entrar en el Santuario. Voy a enfrentarme al Crisol. –Entrecerró los ojos–. Y voy a ganarlo.
Cedric abrió la boca, estupefacto.
–¿Quieres impedir que entre en el Santuario? –preguntó en voz alta y clara, estupefacto.
–Cedric. –El susurro de lord Church tenía un tono de advertencia.
El caballero apenas lo oyó.
–No me digas que te sientes tan amenazada por una de los tuyos que quieres impedir que defienda tu reino –bufó, intentando disimular su desdén. A juzgar por cómo entrecerró los ojos Elyria, no tuvo demasiado éxito.
No es que a Cedric le afectara, en vista de que tenía intención de ganar él.
Sin embargo, le molestaba la idea de que aquella fae intentara impedir que participara otra contrincante.
Los adalides se entrenaban durante muchos años –probablemente décadas, en el caso de los arcanios– para enfrentarse al Crisol.
Para todos los aspirantes de aquella sala, ese momento era la culminación de sus sueños y esperanzas.
Y aunque él mismo hubiera tenido momentos de aprensión, ese día era el más importante de su vida.
Y maldito fuera aquel que intentara impedir que los sueños de un adalid se cumplieran, incluso aunque fuera un adalid fae.
Elyria se giró y le fulminó con la mirada, entrecerrando los ojos.
–¿Acaso esto es asunto tuyo?
Cedric levantó la barbilla.
–Con lo mucho que estás gritando, ha pasado a ser asunto de todos los presentes.
–¡Bravo! –aplaudió Gael, pero Elyria la ignoró.
–Esto es un asunto familiar, humano. No-te-me-tas –tronó, marcando cada sílaba con un golpe del báculo contra el suelo.
–Tiene toda la razón –dijo Kit–. Es un asunto familiar. –Se volvió hacia Elyria–. Así que dime –añadió con voz gélida–: ¿qué pintas tú aquí?
El destello de conmoción que cruzó el rostro de Elyria fue tan rápido como un relámpago, pero Cedric lo notó.
Vio el fogonazo de dolor: aquellas palabras la habían herido profundamente.
Al momento siguiente, su expresión se transformó.
Enmascaró todo el dolor y reprimió la ira que le brotaba por todos los poros.
Cedric sintió un escalofrío al ver cómo se encogía de hombros, torcía la cabeza y esbozaba una sonrisa cáustica.
–Os pido disculpas, mi señora –le espetó, exudando sarcasmo–. Me he expresado mal. Me refería a que vuestra madre me envió aquí y, por tanto, actúo en nombre de vuestra familia restante.
Kit se estremeció.
Cedric hubiera sido incapaz de reprimir el impulso que lo impelía a acercarse a las dos fae. Era como si algo lo arrastrara. Había dado un paso adelante cuando una mano le agarró del brazo y lo detuvo.
–Controla tus emociones –le susurró lord Church al oído–. No te metas en este enredo. No sería un comportamiento digno de un adalid.
«Esas dos son adalides y mira cómo se comportan», hubiera querido replicar Cedric. Pero, en lugar de hacerlo, guardó silencio y retrocedió hasta colocarse junto al noble.
Elyria seguía hablando con ironía:
–Ahora entiendo que todos mis esfuerzos han sido en vano. Permitid que me retire, mi señora. –Kit evitó su mirada mientras Elyria le dedicaba una reverencia exagerada, se guardaba el báculo a la espalda y se volvía hacia la salida.
Cedric enarcó las cejas. ¿De verdad se iba a marchar? El impulso irracional de intervenir lo asaltó con más fuerza que nunca, por más que lord Church continuara apretándole el brazo y que él mismo fuera consciente de que estaba haciendo justo lo contrario de controlar sus emociones.
Pero no pudo evitarlo.
–Entonces, ¿tú no eres una adalid? –exclamó, librándose del agarre de su mentor e ignorando la aguda inhalación del noble.
Elyria giró en redondo.
–Desde luego que no –le espetó con un resoplido burlón.
–Entonces, ¿por qué...?
–Mucha suerte en el jueguecito, caballero.
Aquello lo enfureció como si una hoguera lo devorase por dentro.
–Esto no es ningún juego.
–Es la definición exacta de un juego. La única diferencia es que no somos nosotros los que marcamos las reglas.
–Alzó la vista al techo, como si estuviera desafiando a los mismísimos celestiales, y curvó las comisuras cuando sus ojos verdes volvieron a encontrarse con los de Cedric–.
Espero que os lo paséis bien jugando juntos.
–¿Cómo puedes tomártelo a broma? Hay gente que muere en el Crisol.
Su sonrisa se desvaneció, sustituida por una mirada dura acerada que dirigió a Kit.
–Me lo tomo muy en serio, te lo aseguro. Ahora, ¿por qué no le rezas un ratito a tu divinidad desterrada? Vas a necesitar toda la ayuda que puedas obtener.
–¿Por qué no te largas de una puñetera vez, Elle? –gimió Kit con tono de agotamiento.
Cedric curvó los labios, intentando reprimir una carcajada.
No lo consiguió.
Elyria entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos rendijas de color esmeralda.
–¿Tienes algo más que decir?
–Supongo que me sorprende que no vayas a entrar en el Santuario, después de tanto fanfarronear. –Se encogió de hombros; si había llegado hasta allí, no iba a contenerse–. Y, además, tal vez esté un poco decepcionado por no tener la oportunidad de derrotarte.
–¡Pues yo ni pizca! –exclamó la fae llamada Gael, con cara de diversión. Uno de sus acompañantes soltó una carcajada–. Tú tampoco deberías estar decepcionado, caballero..., y menos, después de haber enfadado a la Revivida.
Cedric contuvo el aliento. Hasta ese momento, había estado seguro de que había oído mal a las dos muchachas de fuera. Era imposible que aquella arpía colérica fuera...
La incredulidad le hizo dar un paso hacia delante, acortando la distancia entre Elyria y él.
–¿Tú eres... la Revivida?