Capítulo 10
Típico de los humanos
Elyria
D os días.
Dos condenados días en ese campamento maldito por las estrellas, esquivando rumores y cotilleos.
Los más osados se acercaban a pedirle consejos de entrenamiento y le suplicaban que hiciera una demostración de su magia.
Elyria estaba acostumbrada a llamar la atención, pero echaba de menos el suministro interminable de alcohol que le ayudaba a sobrellevarlo.
Lo peor de todo era que apenas había podido hablar con Kit.
Cada vez que lo intentaba, alguien las interrumpía, y Kit se había dedicado a satisfacer alegremente todas las peticiones que Elyria rechazaba.
Todo era: «¡Yo entrenaré contigo!» y «No soy selvimante, pero te puedo enseñar cómo hago un látigo con agua», con algún ocasional «¿Que si conozco alguna historia de la Revivida?
No lo sabes tú bien». En conclusión, el pasado de Elyria seguiría atormentándola y se le agotaban las esperanzas de persuadir a Kit para que no participara en el Crisol.
La incesante, irritante y totalmente innecesaria amabilidad de Kit la estaba asfixiando lentamente.
En otras circunstancias, le habría impresionado la destreza con la que Kit manejaba sus habilidades sociales para evitar hablar con ella.
Pero se le estaba acabando el tiempo.
Cuando la aurora desapareció sobre sus cabezas, se le disparó el corazón de forma tan errática que pensó que el pecho le iba a estallar. Tomó conciencia de golpe de la gravedad de la situación y se puso a perseguir a Kit.
Estaba ahí mismo; Elyria la acababa de ver. Se apresuró a alcanzarla, pero la perdió igual de rápido.
–Maldición –murmuró.
De pronto, sintió un hormigueo: el peso de una mirada crítica clavada en su nuca. Escudriñó la multitud de viajeros que se dirigían hacia el castillo, en parte buscando a Kit y en parte tratando de determinar el origen de las dagas invisibles que sentía clavadas en su espalda.
Giró ligeramente la cabeza y posó la mirada en un humano musculoso que se encontraba unos pasos detrás de ella.
Le echó varias miradas rápidas, intentando que no se diera cuenta.
Cabello castaño, piel bronceada, mandíbula cuadrada.
Armadura reluciente: un caballero. Y sí, su rostro mostraba una expresión de absoluto desprecio.
Elyria suspiró y lanzó una maldición silenciosa al celestial que hubiera decidido atormentarla para entretenerse. Momentos como aquel le hacían deplorar el compromiso de que los inmortales se mantuvieran al margen de los asuntos mortales.
–Disculpa –dijo el caballero, y Elyria notó un perfume a sándalo y a algo ahumado, como brasas candentes, cuando pasó a su lado.
Más bien la empujó, como si ella le hubiera hecho algo.
¿Pensaría que no se había dado cuenta de que la estaba fulminando con la mirada, de la censura que destilaban sus ojos, aunque no hubieran cruzado ni una sola palabra?
Notó que le ardía el rostro. Todo le estaba saliendo mal... ¿y ese hombre tenía el descaro de arrollarla como si fuera ella la que se interpusiera en su camino?
Elyria no tenía mucha experiencia con su especie, al menos desde la guerra. Pero sospechaba que ese era un comportamiento típico de los humanos.
Miró a los ojos del caballero: eran de un marrón cálido, con el iris bordeado por un fino anillo dorado.
–Disculpado –dijo con frialdad, sonriendo para sus adentros al ver cómo el humano se tensaba. Era imposible que se pusiera más rígido.
¿Quién era ese tipo para juzgarla, en todo caso? No era más que un humano. No se merecía ni que le dedicara la rabia que notaba corriendo por sus venas.
Supuso que debía de ser alguien famoso, dada la reacción de los espectadores al verlo pasar. Un adalid, y uno importante, a juzgar por el blasón que llevaba soldado a su impecable armadura y la ornamentada empuñadura de la espada que colgaba de su cadera.
A lo que se le sumaba su enorme musculatura: humano o no, sería un rival temible al otro lado del Portal.
Razón de más para asegurarse de que Kit no lo cruzaba.
En ese momento, los celestiales debieron de compadecerse de Elyria, porque, antes de que el encuentro con el caballero degenerara en algo peor, vio por el rabillo del ojo un destello de cabello plateado como la luna. Le dedicó un último vistazo al humano y salió a la carrera.
–¡Katerina Ravenswing! –gritó sobre el mar de gorros y capuchas que avanzaban lentamente hacia el castillo de Lumin. Varias cabezas se giraron y Elyria creyó oír un chillido de alarma antes de que Kit subiera corriendo los escalones del castillo y desapareciera de su vista.
Frustrada, se abrió paso a empujones, ignorando los nuevos murmullos y cuchicheos que se extendían a su alrededor. Sacudió la cabeza, intentando librarse de la sensación de que el tiempo se le escurría entre los dedos.
Kit no volvería a esquivarla. Iba a encontrarla y a hacerla entrar en razón. No pensaba quedarse de brazos cruzados mientras su antigua amiga caminaba hacia una muerte segura.
La obligaría a escucharla.
Si es que Kit no la mataba antes.