Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Típico de los fae

Cedric

D os días después, la aurora desapareció.

Durante un momento glorioso, el cielo pareció estallar en llamas. Los vivos colores de la aurora ardieron con más y más intensidad hasta fundirse en cintas de luz cegadoramente blanca.

Luego, desaparecieron.

Y se abrieron las puertas de la Ciudad Perdida.

La tensión era palpable mientras la gente desmontaba las tiendas y cargaba los carros, preparándose para dirigirse al castillo de Lumin. Los miembros de los dos campamentos se encontraron en el camino hacia la ciudad y avanzaron manteniendo las distancias.

Había tanta gente caminando en la misma dirección que la marcha era lenta.

Cedric, al lado de Hargrave, captaba conversaciones a su alrededor, tanto entusiastas como recelosas.

La expectación flotaba en el aire, pero también la inquietud.

La mezcla le ponía la piel de gallina. Era como si hasta el cielo contuviera el aliento, a la espera de un estallido de magia.

Los humanos parecían deseosos de avanzar.

Resultaba iróni­­co, pensó Cedric, teniendo en cuenta su fragilidad física y su magia dependiente del maná, por no hablar de su corta expectativa de vida.

Él, de hecho, se torturaba a diario con las desventajas que suponía su condición –tanto la suya propia como la de los demás adalides humanos– respecto a las pruebas que los esperaban.

Pero tal vez fueran precisamente esos límites los que permitían a los humanos emocionarse con la gloria del Crisol, animándolos a superarse para luchar por un propósito mayor que ellos mismos.

Aquella era su oportunidad de impedir que los arcanios obtuvieran la corona.

Podrían arrebatarles el poder, un poder que no merecían tener.

Cedric apretó la mandíbula. Esta vez, será distinto , se dijo. Quizá no para las decenas de espectadores arcanios que pasarían un Crisol más esperando en vano a que salieran sus adalides. Pero Cedric se aseguraría de que aquella fuera la última vez que lo hicieran.

Porque iba a ganar.

En esos días, solo había tenido la oportunidad de hablar con algunos de sus compañeros adalides.

Lord Church se había asegurado de difundir su destreza y habilidades entre los espectadores del campamento y, como resultado, había acabado siendo bastante popular.

Había recibido atenciones sumamente incómodas y, por más que fueran parte inherente del título de adalid, no se sentía preparado para afrontarlas.

Así que, en lugar de imponerse ante sus rivales y tender la mano a posibles aliados, Cedric había charlado con el público, aceptado favores con amabilidad y escuchado educadamente consejos no solicitados que, por bienintencionados y razonables que fueran, resultaban completamente inútiles.

Nadie podía recomendar nada sobre el Crisol, porque nadie había salido vivo de allí jamás.

Cedric avanzó hacia el castillo, con la cabeza alta y los hombros erguidos. Devolvió los saludos con un cabeceo e incluso saludó a los que se limitaban a señalarle y cuchichear, a pesar de que su descortesía le irritaba profundamente.

Estaba a punto de soltar cuatro frescas a un par de cotillas que lo miraban con los ojos muy abiertos cuando un movimiento repentino llamó su atención. Apenas le dio tiempo de reaccionar antes de chocar con algo..., no, con alguien. Retrocedió y se llevó la mano a la espada de forma instintiva.

Una mancha púrpura pasó junto a él, tan rápido que no la habría visto si no se hubiera detenido.

Pero lo hizo: se paró en seco unos pasos por delante de él.

Su cabello, tan violeta como la vincapervinca, caía en cascada por su espalda en una trenza elaborada, y Cedric notó cómo crecía su inquietud según subía la vista de su trenza a las puntas afiladas de sus orejas.

Estaba escudriñando la multitud de espectadores que tenían delante, poniéndose de puntillas para ver mejor.

No tenía alas, observó Cedric al mirarle la espalda, pero distinguió dos rendijas finas en el corpiño de cuero que ceñía una blusa vaporosa de color hueso, dejando al descubierto la cremosa piel de sus hombros.

Volvió a fijarse en sus orejas. Era una fae, sin duda.

Entonces, ¿dónde estaban sus...? ¿Estaba ocultando sus alas con magia?

No sabía que pudieran hacer eso.

Se preguntó si alguno de los viajeros que lo rodeaban también sería fae. Los había considerado humanos a todos, pero, con los sombreros y capas que cubrían su cabello y orejas, y sabiendo que podían hacer desaparecer sus alas, era imposible saberlo.

¿Y si no solo podían disimular las alas? Cedric había oído historias de cambiaformas de la antigua Arcanis, criaturas capaces de transformarse en bestias grandes y pequeñas. ¿Serían fae, o una especie distinta?

Había muchas cosas de la magia arcania que ignoraban incluso los sabedores y los hechiceros más experimentados.

A pesar de las largas horas que había pasado estudiando con lord Church, y de haber contado con los mejores tutores de la academia de Paideus, la educación mágica que había recibido de pronto le pareció insuficiente.

Reprimió un estremecimiento. Se había confiado y había empezado a bajar la guardia, y el Crisol ni siquiera había comenzado.

Le hubiera gustado tener tiempo para discutir aquello con lord Church y averiguar cómo podría afectarlo durante las pruebas.

Tendría que estar muy atento. ¿Quién sabía de lo que sería capaz un fae astuto y motivado al otro lado del Portal?

Detestaba tener tan poca experiencia con los arcanios: sus conocimientos se basaban en el estudio y las lecciones de lord Church.

Sus encuentros personales se reducían a haber tratado con algún que otro comerciante enano de las Tierras Medias, y apenas se había topado con ningún otro mientras cumplía con sus tareas.

Había sido testigo de lo que sucedía cuando los arcanios se alejaban demasiado de Nyrundelle, y de lo que les ocurría a los desgraciados humanos a los que seducían: se convertían en simpatizantes del enemigo y traidores a su propio pueblo, convencidos de que los humanos dañaban el planeta al canalizar maná con los talismanes.

Pero Cedric sabía bien que lo único que hacían era intentar obtener una pizca del poder y la magia que todos los arcanios poseían en abundancia desde que nacían.

Estúpidos idealistas...

Como si Varyth Malchior y el Culto de Malakar no fueran ya suficiente problema.

Cedric había llevado a la horca a más de un pobre desgraciado por confraternizar con arcanios.

Una vez, incluso pilló a un fae sembrando la semilla de la discordia...

de forma literal. El bastardo había dejado embarazada a una mujer humana: la había mancillado con un hijo mestizo.

O tal vez ella se lo hubiera buscado al estar dispuesta a acostarse con el enemigo...

Tragó saliva con dificultad, recordando cómo había llorado y gritado aquella mujer cuando los caballeros se llevaron preso al fae.

A Cedric no le gustaba pensar en lo que le habría pasado al bebé; en lo que les pasaba, de hecho, a todos los niños mestizos cuando los descubrían.

Pero el padre... Ver cómo lo conducían hasta el castillo, con su magia anulada y las alas cortadas...

Bueno, había sido bastante satisfactorio.

Le estaba bien emplea­­do; se lo tenía merecido por haberse infiltrado en Havensreach con sus tretas mágicas.

Sin embargo, la fae que tenía delante no parecía interesada en pasar desapercibida. De hecho, soltó un gruñido de frustración, a medio camino entre un bufido y un gemido, que hizo que se fijara de nuevo en ella.

–Maldita sea –murmuró, y la imprecación sonó tan melodiosa en su boca que Cedric sintió como si le atravesara la carne.

¿Qué hacía allí? ¿Era una adalid? Llevaba dagas ceñidas a ambos muslos y un largo báculo tallado a la espalda. No parecía inútil en un combate, desde luego.

No era demasiado musculosa, y, aunque fuera más alta que la media, Cedric la sobrepasaba por mucho.

Sin embargo, sabía que no era buena idea juzgar a un fae por su esbelta complexión natural.

Al fin y al cabo, contaban con magia. Y, aun cuando aquella mujer quizá no fuera capaz de distinguir el pomo de una espada de su punta, Cedric tuvo la intuición súbita de que subestimarla sería una insensatez monumental.

Había algo en ella. Algo... más. Algo oscuro, inquietante.

La fae movía la cabeza de un lado a otro, buscando algo con una expresión irritada en el rostro.

Le pareció más dulce y delicado de lo que hubiera esperado en una fae.

Tenía los pómulos altos y anchos y la mandíbula afilada, pero el mentón era suave.

¿Esos serían sus auténticos rasgos, o se habría dulcificado las facciones?

¿Se habría embellecido con magia para que la subes­timaran como rival?

Solo de pensarlo, ardió de furia.

–Disculpa –le espetó tan bruscamente que se sorprendió a sí mismo, empujándola para pasar.

Ella había estado a punto de arrollarlo mientras buscaba... lo que fuera que estuviera buscando, pero claramente no se arrepentía de su falta de educación. Apenas pareció reparar en su presencia.

Típico de los fae.

Unos ojos almendrados brillantes como las esmeraldas se encontraron con los de Cedric durante una fracción de segundo. La fae torció la cabeza y lo miró de arriba abajo.

–Disculpado.

De pronto, le centellearon los ojos y se quedó mirando algo que Cedric tenía detrás.

Cedric notó una oleada de cólera, pero, antes de que pudiera articular una réplica, la fae gritó algo ininteligible y salió disparada entre la multitud, persiguiendo un destello plateado como la luna que se alejaba por los escalones del castillo.

Después de que desapareciera, Cedric se dio cuenta de que las dos chicas que había pensado que estaban murmurando sobre él seguían a la fae con la mirada. Frunció el ceño, esforzándose por captar lo que estaban cuchicheando. Solo pudo distinguir una palabra:

«Revivida».