Capítulo 8 #2
Omitió el detalle de que hubiera preferido no haberlo visto nunca e imaginó la voz burlona de Tristan: «Venga, arriba esos ánimos, Ric. Eres un adalid del reino. No seas gallina». Contuvo las ganas de fruncir el ceño. Menudo adalid estaba hecho... El campeón de Havensreach, mareado por el vértigo.
–Es realmente impresionante –asintió lord Church.
Su tono mostraba cierta reverencia que llamó la atención de Cedric–.
Al igual que este puente: una hazaña mágica verdaderamente espectacular.
El número de hechiceros y sortimantes necesarios para construirlo da testimonio de la fortaleza de nuestros antepasados.
Y, aunque los arcanios presuman de que ellos son capaces de hacer lo mismo con un puñado de selvimantes –añadió, arrugando la nariz como si oliera algo desagradable–, la comparación ofende.
Sus lamentables puentes se agrietan y se vienen abajo, mientras que este se ha mantenido firme durante siglos.
–Es nuestro vínculo con el resto del continente –dijo Hargrave.
–Nuestro vínculo con el maná –concretó Thibault.
–El maná es un vínculo con la vida, en sí mismo.
–Lord Church rozó su talismán–. Por eso, a pesar de lo complicado que es mantener la ocupación y lo difícil que nos lo ponen los arcanios, necesitamos las Tierras Medias.
Sin ellas, gran parte del reino se quedaría sin magia.
El único manantial de maná que hay cerca de Kingshelm no es suficiente para abastecer a todo Havensreach.
–Ojalá esas malditas polillas nos dejaran en paz –masculló Thibault.
A Cedric se le erizó el pelo de la nuca al oír el término despectivo. Aunque no sentía el menor aprecio por los fae, le pareció inadecuado que Thibault usara un insulto tan grave con tanta ligereza.
–Como si no fuera ya lo bastante difícil cruzar la Sima con nuestra gente... –continuó Thibault en voz baja.
–¿Y para qué necesitan puentes? –refunfuñó Hargrave–. ¿Acaso los arcanios no pueden volar sobre su Sima cuando les apetece? Bueno, supongo que no todos esos monstruos pueden volar.
Solo los peores , pensó Cedric. Un segundo después, se dio cuenta de las implicaciones de lo que había soltado Hargrave.
–¿Conoces la Sima arcania? –preguntó con interés.
–Sí –respondió Thibault–. Tiene más o menos un tercio del ancho de esta...
–... y menos de la mitad de profundidad –concluyó Hargrave.
Aquellos hombres habían viajado mucho, pensó Cedric, y sintió una punzada de envidia.
–Y lo peor –continuó Hargrave– es que ni siquiera necesitan las malditas Tierras Medias. Su magia no depende del maná. La tienen, sin más.
–Por eso, precisamente, debemos llevar a nuestro adalid hasta Luminaria –añadió Thibault–. En cuanto sir Thorne supere el Crisol, se acabaron las preocupaciones.
–¡Eso, eso! –exclamó Hargrave, dándole a Cedric una palmada en la espalda.
Él asintió, distraído.
–Ya volvemos a estar en tierra firme –afirmó lord Church, en voz demasiado baja para que los demás lo oyeran–.
Estate tranquilo, chico. –Le dio una palmadita en la mano a Cedric, que bajó la vista y vio que tenía los nudillos blancos.
No se había dado cuenta de lo fuerte que estaba apretando la madera del banco.
Una oleada de alivio lo recorrió al comprobar que lord Church tenía razón. El crujido de las ruedas contra la piedra se convirtió en un traqueteo sobre el camino de tierra: habían pasado el puente.
–Gracias, mi señor.
–Cuando yo tenía tu edad –dijo lord Church–, también me impresionó este cruce.
Cedric había olvidado que el lord había viajado a Luminaria al menos una vez, para presenciar el Crisol anterior. Nunca se había atrevido a preguntarle a lord Church por qué lo había hecho, y si tenía alguna relación con un adalid anterior.
¿Sería doloroso para él repetir el viaje, sabiendo que nadie había regresado del Portal la última vez?, se preguntó. De hecho, nadie había regresado jamás...
Una nube amenazadora pareció cernerse sobre él. Sacudió la cabeza; no servía de nada pensar esas cosas. Hizo un esfuerzo por concentrarse en lord Church, que seguía hablando. Parecía haber recorrido mucho más mundo del que Cedric había imaginado.
–Cuando yo era niño, mi padre me contaba historias sobre monstruos que vivían en el fondo de la Sima, espectros que susurraban a los que sentían miedo e intentaban atraerlos al abismo.
Se reservaba las peores historias para contármelas justo antes de acostarme, como si quisiera escribir el guion de mis pesadillas.
–Pues vuestro padre era un auténtico bastardo –murmuró Cedric, antes de recordar con quién estaba hablando–. Quiero decir que... Lo siento, yo...
Lord Church se rio entre dientes.
–Vamos, vamos, muchacho. Nos conocemos desde hace muchos años. Creo que me he ganado el privilegio de escuchar tu reacción sincera.
Cedric sintió que enrojecía de nuevo. Hacía muchos años que lord Church no se dirigía a él de forma tan familiar.
–Gracias, mi señor. Entonces..., ¿esas historias hacían el trayecto más fácil o más difícil?
–He de admitir que no lo sé. Creo que lo hacían más interesante, en realidad. Me empeñaba en contener la respiración desde el momento en que pisábamos el puente hasta que llegábamos al otro lado.
Cedric abrió mucho los ojos.
–Eso parece...
–¿Imposible? Sí, lo es. –Lord Church soltó una breve carcajada–. Pero era una buena distracción. No estaría de más tenerlo presente para el viaje de regreso.
Cedric sonrió, pero sus ojos no mostraron alegría.
–Habrá un viaje de regreso –le aseguró lord Church–. Has entrenado muy duro. Has aprendido todo lo que necesitabas. No tengo ninguna duda de que darás mil vueltas a cualquier arcanio insensato que se atreva a plantarte cara.
Cedric sintió que se le quitaba un peso de encima. La confianza del noble resultaba reconfortante.
–Gracias, mi señor –murmuró en voz baja.
La expresión de lord Church se suavizó aún más.
–Tu corazón es fuerte, Cedric, más de lo que crees. Puedes hacerlo. Creo con cada fibra de mi ser que eres el único capaz de lograrlo.
El carro crujía y se balanceaba mientras avanzaban por la sinuosa calzada hacia la Ciudad Perdida.
El paisaje comenzó a cambiar; tras los árboles, cada vez más escasos, aparecieron colinas onduladas y ruinas de pueblos que habían quedado arrasados cuando las Simas desgarraron la tierra.
La aurora se hacía más brillante a medida que el sol se ocultaba en el cielo.
–¡Ahí! –gritó Thibault, señalando hacia delante.
Cedric atisbó las fogatas parpadeantes y las murallas cubiertas de hiedra de Luminaria. Las agujas rotas del castillo de Lumin sobresalían entre la niebla.
Lord Church exhaló un suspiro trémulo.
Había dos campamentos separados en las afueras de la ciudad, y Thibault guio a los caballos hacia el de la derecha. Algo captó la atención de Cedric, que volvió la vista en dirección opuesta. Un escalofrío le recorrió la espalda. Magia...
Un viento fantasmal trajo unas voces que no deberían haber sido audibles a esa distancia.
Procedían del campamento de la izquierda: el arcanio, dedujo Cedric.
No distinguía las palabras, pero el sentimiento estaba muy claro: ira, rabia, dolor...
Cedric entrecerró los ojos y reconoció las orejas puntiagudas y las alas luminosas de dos mujeres fae.
Una de ellas invocó una ráfaga de agua contra su oponente.
Cedric hizo una mueca cuando la otra cayó sentada en el suelo.
–¿Es que son incapaces de dejar de pavonearse y lucir su magia por una sola noche? –se quejó Thibault.
–Es una falta de educación –asintió Cedric, pero se preguntó cuál sería el motivo del conflicto. De pronto, cayó en la cuenta de un detalle–: ¿Cómo es posible que estén peleando? –preguntó.
–Me temo que entender las intrincadas sutilezas de la magia del Crisol está fuera de mi alcance –respondió lord Church con tono aburrido–, pero supongo que será porque sus intenciones no son maliciosas.
Aunque la violencia esté prohibida durante este tiempo, tal vez simplemente estemos presenciando una especie de... riña familiar.
Hargrave soltó un gruñido.
–Están haciendo alarde de su magia para intimidarnos, sabiendo que Cedric y los demás adalides humanos deben conservar su maná para las pruebas.
–Ojalá pudiéramos masacrarlos a todos –dijo Thibault, frunciendo los labios mientras miraba al cielo–. La tregua mágica de la aurora es una auténtica mierda.
–Me temo que justo por eso existe –apuntó Cedric–. Supongo que los celestiales prefieren que todos los adalides lleguen vivos al Santuario, y que no nos matemos entre nosotros.
–Los arcanios son unos salvajes; no hay que prestarles atención –remachó lord Church, agitando su báculo con desdén–. Cedric tendrá la oportunidad de ocuparse de ellos en el Santuario muy pronto.
Thibault asintió mientras frenaba el carro y se apartaba a un lado del camino. Empezó a descargar las provisiones, con los ojos aún fijos en la pelea y cara de estar conteniendo las náuseas.
A Cedric también le costaba apartar la mirada.
Se fijó en la segunda mujer, la que había sido derribada.
No alcanzaba a divisar gran cosa: solo un destello de cabello malva, y el brillo de unas alas resplandecientes que combinaban casi a la perfección con el color de la aurora que florecía sobre sus cabezas.
Entonces no le hizo falta seguir mirando, porque lo sintió: notó la oleada de poder cuando el suelo retumbó bajo sus pies. Lord Church se agarró al costado del carro para mantener el equilibrio y Cedric corrió a ayudarlo, apartando por fin la vista de la pelea.
–¿Qué ha sido eso? –murmuró Hargrave mientras ayudaba a lord Church a levantarse.
Un escalofrío corrió por la espalda de Cedric. Sospechaba que muy pronto lo descubriría.