Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 8
12%

Capítulo 8

Falta de educación

Cedric

L a espada de Cedric cortó el aire con un silbido agudo antes de chocar con la tosca hoja del bandido. El ladrón se desplomó, protegiéndose la cabeza con las manos.

–¡Lo siento! Por favor, no me matéis. Solo...

–¿Solo qué? –preguntó lord Church con una mueca, saliendo de detrás del carro–. ¿Solo creíais que encontraríais presas fáciles en el camino a Luminaria?

Hargrave y Thibault, los otros guardias del grupo, apuntaban con la espada a los otros tres bandidos que habían atacado la caravana. El cuarto yacía en un charco de sangre, con los ojos abiertos y carentes de vida.

–De rodillas, canalla –dijo Cedric, sin apartar la espada del primer hombre.

Lord Church se acercó.

–Pretendíais robar a los viajeros que van a presenciar el comienzo del Crisol... y cometisteis el tremendo error de atacarnos a nosotros. Deberíais pagarlo con la vida.

El hombre gimió y le echó un vistazo a su compañero caído.

–Lo siento, mi señor –susurró, con la cabeza gacha. Su voz sonaba resignada; era consciente del destino que le esperaba.

Pero lord Leviathan Church tenía por costumbre mantener en vilo a la gente. Un destello de sorpresa cruzó el rostro de Cedric cuando su superior dijo:

–Sin embargo, te permitiré conservar la vida.

–La expresión del bandido mostró el mismo desconcierto–.

A condición, eso sí, de que la uses para transmitir un mensaje.

Advertirás a todos tus... socios –pronunció, arrugando la nariz– de que no voy a permitir que mancillen de esta forma el camino a Luminaria.

El hombre se puso en pie rápidamente.

–Sí, mi señor –barbotó atropelladamente–.

Por supuesto. Sois muy generoso, demasiado.

Me encargaré de ello. Nadie más se atreverá a atacar a los viajeros en esta carretera, no después de que yo hable con ellos.

Y no creáis que no valoro vuestra magnanimidad.

Este es el comienzo de una nueva vida para mí, lo juro. Vos no...

El montón de banalidades se vio truncado bruscamente por un sonido ahogado.

Cedric miró a lord Church; sus dedos aferraban el talismán de maná que llevaba al cuello.

El ladrón se apretó el pecho y se sujetó la garganta, arañando a un atacante invisible.

Se derrumbó, retorciéndose. Su cara se puso roja. Luego, morada.

–¿Mi señor...? –dijo Cedric en voz baja.

Lord Church soltó el talismán. El hombre paró de revolverse y tomó aire con fuerza.

–¡Largo! –rugió lord Church.

El bandido echó a correr.

–¿Mi señor? –preguntó Thibault, apartándose un mechón de pelo rubio ceniza de la frente–. ¿Qué hacemos con los demás?

Hargrave se encogió de hombros, como si quisiera remarcar la pregunta.

Se presionaba el costado con la mano izquierda, mientras empuñaba la espada con la otra para amenazar a los otros tres bandidos.

Estos, por su parte, parecían paralizados por la sorpresa; no debían de haber visto nunca a nadie manejar la magia con la facilidad y la fuerza de lord Church.

Cedric frunció el ceño al ver la expresión de dolor en el rostro de Hargrave, disimulada por la sombra de la barba. Uno de aquellos bastardos le había alcanzado.

–¿Cuántos hombres se necesitan para transmitir un mensaje? –preguntó lord Church con desinterés.

Thibault sonrió.

–Solo uno, mi señor.

–Exacto.

Los forajidos parecieron comprender al mismo tiempo lo que implicaba la respuesta de lord Church, porque los tres saltaron a la vez.

La espada de Hargrave alcanzó a uno antes de que le diera tiempo a incorporarse.

Otro pudo dar unos pasos antes de que la espada de Thibault lo atravesara. El tercero, sin embargo...

Cedric estaba al otro lado del carro cuando se dio cuenta de que los bandidos intentaban huir. Se lanzó sobre el tercero, pero el hombre era rápido. Para cuando lo tuvo a la vista, el bandido ya casi había llegado a los árboles.

Cedric maldijo y se preparó para la persecución.

Se oyó un crujido espantoso y el hombre se derrumbó a la mitad de la carrera, con el cuello roto.

–Te centras en tus habilidades físicas y confías demasiado en tu espada –dijo lord Church, soltando su talismán–. Olvidas que dispones de un gran poder en tus manos para cuando no baste con la espada y el arco. Que esto os sirva de lección, sir Thorne.

Cedric notó que se le subían los colores. Habría querido protestar, defenderse, objetar que tenía que conservar su maná para el Crisol. Pero no dijo nada. Solo asintió.

Si era sincero, ni siquiera se le había ocurrido usar su magia para detener al bandido. Y, de haberlo hecho, no estaba seguro de que hubiera podido romperle el cuello con solo pensarlo. Esa magia requería un control inmenso, y habría consumido gran parte de la energía de su talismán.

Aunque, en realidad, los límites de su talismán no eran el único motivo que le impedía hacer una cosa semejante.

–Os noto disgustado, sir Thorne –comentó lord Church, con una emoción en la voz que Cedric no fue capaz de identificar.

–No, mi señor –respondió de inmediato, maldiciéndose por haber mostrado sus emociones tan claramente.

–Vos habrías actuado de otra forma. –No era una pregunta.

–Yo... –Cedric no supo cómo responder.

Lord Church frunció los labios.

–Estos hombres nos habrían degollado a todos para quedarse con las pocas pertenencias que llevamos. Pensad en todos aquellos que han sufrido esa suerte porque no contaban con una escolta de guerreros experimentados. ¿Qué esperabais que hiciera?

–Sí, mi señor. Solo pensé que, quizá, una muestra de misericordia...

–La misericordia es un lujo de los débiles –replicó lord Church con tono tranquilo, como si describiera un hecho elemental–.

El poder reside en tomar decisiones difíciles, ganarse el respeto de los demás con una voluntad fuerte y estar dispuesto a impartir justicia con rapidez.

Haríais bien en recordar esto para las pruebas que os esperan.

–Sí, mi señor. –Con el rostro enrojecido, Cedric enfundó su espada y se volvió hacia Hargrave, que limpiaba su hoja en la camisa del bandido muerto–. ¿Es grave tu herida? –le preguntó.

–Las he sufrido peores –respondió Hargrave, con un amago de sonrisa que se asemejó a una mueca de dolor.

Cedric frunció el ceño.

–Déjame verla. –Le apartó suavemente la mano y descubrió un profundo corte que atravesaba su jubón. La sangre manaba en abundancia.

Cedric miró a Hargrave con incredulidad.

–Esto hay que curarlo.

–Bah, solo es un rasguño. Estaré bien, sir Thorne.

–Sí, sí, eres muy fuerte y valiente –dijo Cedric poniendo los ojos en blanco–. Thibault, trae el botiquín del carro.

Con una risita, Thibault salió corriendo.

–Sigamos –dijo el lord–. Ya nos hemos retrasado demasiado.

Cedric asintió.

–Sí, mi señor.

Se pusieron en marcha en cuanto Hargrave estuvo vendado, tras apartar del camino los cuerpos de los bandidos. Lord Church, Cedric y Hargrave se sentaron dentro del carro y Thibault en el pescante, sujetando las riendas.

Aunque Cedric vigilaba constantemente el entorno, fijándose en cada rumor de las hojas y cada trino lejano, el viaje transcurrió sin incidentes. Atravesaron una sucesión de bosques y campos de cultivo hasta que, por fin, llegaron a la Sima.

Fue entonces cuando el corazón de Cedric comenzó a latir desbocado. Tragó saliva y se quedó mirando aquella franja de piedra, tan ancha como cuatro hombres tumbados uno detrás de otro. Aquel era el puente que los llevaría al otro lado del insondable abismo.

Thibault comentó algo –quizá una broma, a juzgar por la carcajada de Hargrave–, pero Cedric no lo oyó.

No podía apartar la vista del precipicio.

El sol proyectaba sombras alargadas sobre las rocas.

El viento susurraba una melodía inquietante que parecía provenir de las profundidades del gran cañón.

De repente, Cedric se sintió sofocado, como si la coraza le estuviera pequeña. Le faltaba la respiración.

–¿Es la primera vez que cruzáis? –preguntó Hargrave con un evidente tono burlón, rascándose los ásperos pelos que le cubrían la mandíbula.

Cedric se miró las botas.

–¿Es tan evidente?

Thibault se rio entre dientes.

–No temáis por vuestro distinguido pellejo, adalid. –Cedric le lanzó una mirada cortante, pero Thibault tenía los ojos fijos en la carretera–. Este puente es más resistente de lo que parece.

Lord Leviathan Church asintió con un gesto tranquilizador, pero a Cedric le dio la impresión de que también se burlaba de él.

No entendía por qué. Sin duda, cualquiera que echara un vistazo a aquellos abruptos peñascos y al abismo infinito que se extendía a sus pies sentiría la misma aprensión... , ¿verdad?

Tragó saliva con dificultad mientras el carro crujía al rodar sobre el antiguo puente.

El abismo se abría a ambos lados, y sus profundidades quedaban ocultas en la sombra.

A pesar de la confianza del resto de su grupo, Cedric no podía quitarse de la cabeza la sensación de que un solo paso en falso bastaría para que se precipitaran en el vacío.

Se frotó las palmas sudorosas y trató de distraerse.

Fijó la mirada en los árboles lejanos, que ya iban clareando, y en la mezcla de colores de la aurora en el cielo.

Intentó rememorar los recuerdos felices de su última noche en Kingshelm, ahíto de alcohol y enterrado entre unos muslos cálidos.

Trató de concentrarse en cualquier cosa que no fuera el chirrido de las ruedas al cruzar el puente ni el eco de los cascos de los caballos al golpear la piedra.

–Dime, Cedric –dijo lord Church, rompiendo el silencio–, ahora que la tienes ante tus ojos por primera vez, ¿qué opinas de la Sima?

Los esfuerzos de Cedric por evadirse se hicieron añicos.

–¿Cumple con tus expectativas? –insistió lord Church.

A Cedric se le fueron los ojos hacia el borde del puente, donde la piedra parecía desvanecerse en la nada.

–Es... imponente, sin duda –logró decir con voz estrangulada–. Las descripciones y los mapas no le hacen justicia. Nunca había visto nada igual.