Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Elyria supo todo lo que no estaba diciendo: «El mejor amigo que tenía en el mundo...

aparte de ti». Se le rompió el corazón. A pesar de todo el tiempo que había pasado ensayando lo que le diría e imaginando la conversación desde todos los ángulos, no supo cómo reaccionar.

Ni siquiera estaba segura de que pudiera haberse preparado para aquello, para la forma en que se iba a sentir.

Así que se quedó callada.

Su silencio pareció enfurecer aún más a Kit.

–Y estoy aquí precisamente por mi gente.

Con el talento que tienes para aislarte del mundo, quizá no te hayas dado cuenta, pero yo sí.

Veo cómo mi pueblo lucha contra la Sima; el coste que supone mantener los puentes y lo que cuesta cruzarla, incluso a los que pueden volar.

–Señaló sus propias alas y luego las de Elyria, que seguían plegadas a su espalda–.

Sin las Tierras Medias, somos medio reino.

Mi hermano creía en el poder de la corona, en la magia que posee para sanar esta tierra.

Y si los humanos nos la arrebatan... –Su expresión se volvió sombría–.

No puedo permitirlo. Y no voy a desperdiciar mi única oportunidad de salvarlo...

Una inmensa tristeza oprimió el pecho de Elyria. ¿Salvarlo?

–Kit –musitó dulcemente–. Hace mucho tiempo que Evander se perdió.

Los ojos de Kit se volvieron vidriosos.

–Yo lo sigo viendo, ¿sabes? En mis sueños, en mis pesadillas. Me llama. Llama a nuestra madre. Te llama a ti. A cualquiera que pueda ayudarlo. Lo veo con los ojos negros, sangrando. Las alas destrozadas.

El corazón de Elyria dio un vuelco.

–¿Has...? ¿Has tenido visiones de eso?

La expresión de Kit se suavizó cuando volvió a enfocar la mirada en Elyria, pero fue solo un instante. De inmediato volvió a endurecerse.

–No estoy loca.

–Yo no he dicho eso.

–Y no soy idiota.

–Kit, yo...

–Sé que no está vivo, Ellie. –El nudo que tenía Elyria en el pecho se aflojó ligeramente al oír aquel apelativo cariñoso que solo Kit empleaba–.

Pero Evander tampoco descansa en paz. Es como si su espíritu estuviera...

atrapado. Está sufriendo tormentos en el más allá, y es incapaz de seguir adelante porque su tarea no ha concluido.

Sé que seguirá ahí hasta que se complete el Crisol y alguien obtenga la corona; entonces, quizá la magia antigua se digne a devolvernos su cuerpo y pueda finalmente descansar.

–Kit...

–¿Cómo puedes pedirme que ignore la oportunidad de darle paz a mi hermano?

–¿A costa de tu propia vida? Eso no es lo que querría Evander.

Kit se giró, con los ojos chisporroteando de cólera.

–¿Y tú quién eres para decirme lo que él querría? No tienes ningún derecho. No tienes derecho ni a pronunciar su nombre.

Las palabras fueron como un atizador al rojo vivo hundido en sus entrañas. Le escocían los ojos, pero se obligó a seguir hablando.

–Él no querría que te arriesgaras. Si estuviera aquí...

–Pero es que no está aquí –repuso Kit, temblando de rabia–. Y tú tampoco estabas. Desapareciste.

–Por favor... –musitó Elyria con los ojos húmedos–. No permitas que su recuerdo te lleve a la muerte.

–¡No tienes ni la menor idea de mis motivos! –Como si actuara por reflejo, Kit levantó la mano y una tromba de agua golpeó a Elyria.

Lo que había brotado de las manos de Kit fueron veinticinco años de ira y resentimiento reprimidos. El ataque fue inesperado; aturdida, Elyria perdió el equilibrio y cayó de culo en la hierba de forma muy poco digna. Se oyeron gritos mientras los viajeros cercanos se dispersaban.

Elyria no sabía qué hacer. Esperaba que Kit estuviera enfadada, furiosa, incluso fuera de sí, pero no que la atacara físicamente.

Y en todo caso, ¿no debería haberlo impedido la magia del Crisol?

¿No se suponía que evitaba los enfrentamientos abiertos antes de que los adalides entraran en el Santuario?

Otro chorro de agua le dio en plena cara. Escupió y se apartó la trenza malva empapada. Quizá el contrato mágico solo se aplicara a las peleas entre humanos y arcanios... Tal vez a los celestiales les divirtieran las luchas entre seres del mismo bando.

O quizá, simplemente, disfrutaran torturando a Elyria.

Se incorporó a toda prisa, abriendo las alas empapadas para mantener el equilibrio.

–Para en este mismo instante, Katerina.

Kit soltó una carcajada hueca.

–¿Has venido hasta aquí después de décadas de silencio solo para regañarme como si fuera una niña pequeña?

–Cuando dejes de comportarte como una niña, dejaré de tratarte como tal.

Kit contuvo un bufido y avanzó hacia Elyria con pasos lentos y amenazantes, tejiendo intrincados patrones en el aire con los dedos para invocar más magia. Elyria esquivó por poco un surtidor que brotó del suelo con tal fuerza que la habría lanzado despedida de haberla alcanzado.

–No quiero luchar contra ti –dijo, mientras sentía cómo su magia se acumulaba en sus manos. La naturaleza florecía allí. La hierba que pisaba, los árboles que rodeaban el campamento... Elyria lo sentía todo.

–Quieres que vuelva por donde he venido porque piensas lo mismo que mi madre: que no soy lo suficientemente fuerte para superar el Crisol –gruñó Kit–. Permíteme que te demuestre lo equivocada que estás.

No le dio la oportunidad de protestar: extendió las manos y un torrente de agua salió disparado contra Elyria, que levantó los brazos para cubrirse. Las raíces brotaron del suelo y se entrelazaron rápidamente, formando un escudo que absorbió la mayor parte del impacto.

Kit soltó un chillido de frustración cuando una enredadera se enroscó en su pierna izquierda y otra le envolvió la muñeca hasta inmovilizarla.

Sin embargo, estaba claro que se había entrenado a fondo para el Crisol.

Uno a uno, cerró los dedos de la mano libre hasta apretarlos en un puño, y un orbe de agua descomunal apareció en el aire y avanzó como un ciclón en dirección a Elyria.

Sabía que Kit no quería hacerle daño de verdad. Pero también sabía que, si esa esfera enorme se la tragaba, probablemente la ahogaría.

La oscuridad se revolvió en su interior, como si aquella idea le disgustara. Elyria la reprimió, obligándola a replegarse.

–¡Kit, por favor! –gritó Elyria a pleno pulmón entre el rugido del agua. El suelo comenzó a retumbar; su magia estaba reaccionando sin querer ante la amenaza–. ¡Yo también lo quería!

–¡Y yo te quería a ti! –aulló Kit, con la voz quebrada–. ¡Te necesitaba! ¡Y no estuviste a mi lado!

En ese instante, Elyria perdió las ganas de luchar. Bajó los brazos. Las enredaderas que aprisionaban a Kit se retiraron. La tierra se calmó. La esfera estalló y el agua se extendió por la hierba en una marea que lamió las botas de Elyria.

Se miraron fijamente, con los ojos encendidos de ira y dolor, de furia y culpa.

Elyria captó los susurros de los espectadores, el trote de los caballos en el camino y los gritos emocionados que resonaban en el campamento humano.

Lo bloqueó todo mientras abría la boca para hablar...

y luego la cerraba. ¿Qué podía decirle a Kit?

Veinticinco años atrás, había abandonado en medio de su duelo a la hermana del hombre que amaba, una muchacha que era como su propia hermana.

La había dejado llorar sola, había permitido que intentara recomponer su vida destrozada sin ayudarla en absoluto.

Y todo para buscar consuelo en el fondo de una botella y entre los brazos de desconocidos que no significaban nada, noche tras noche.

No, Kit no era idiota. Laeliana sí lo era, por haberle pedido ayuda a Elyria.

Y Elyria también lo era, por haber pensado que podía hacerlo.

Volvió a abrir la boca.

–Lo siento.

–No finjas que te importo –le espetó Kit. Después, sin dedicarle una sola mirada, se alejó a zancadas.

Elyria agachó la cabeza. Estaba empapada y agotada, con la espalda dolorida por el viaje y el esfuerzo de la inesperada pelea. Un peso tremendo le oprimía el corazón.

Había llegado hasta allí. Había fracasado.

Pero no podía abandonar.

Si Evander estuviera vivo, jamás le perdonaría que permitiera a su hermana cruzar el Portal, sabiendo lo que inevitablemente ocurriría después.

Se acercó a una hoguera, ignorando las miradas recelosas de los viajeros que la rodeaban.

Utilizó un destello de magia para secarse las alas antes de ocultarlas y se sentó en cuclillas junto al fuego.

La mujer que estaba a su lado se tensó, con una botella en la mano, y evitó deliberadamente el contacto visual.

–¿Vas a terminarte eso? –preguntó Elyria.

Ella la miró un instante a los ojos antes de entregarle la botella y alejarse corriendo, arrastrando consigo a un niño boquiabierto.

Elyria contempló la botella con cierto recelo, se encogió de hombros y dio un trago. El líquido le quemó la garganta y su sabor amargo le provocó un estremecimiento, pero la ayudó a ahuyentar el frío que se le había filtrado hasta la médula. Aquello era más eficaz que la hoguera.

Suspiró y miró al cielo, donde los vivos colores de la aurora se mezclaban con los tonos anaranjados de la puesta de sol. Se le acababa el tiempo. Pronto, la aurora desaparecería en un estallido de luz y se abriría el Portal del Santuario Celestial.

Lentamente, las conversaciones se reanudaron a su alrededor.

Muchas de las personas que la rodeaban eran amigos, familiares y seguidores de los adalides que entrarían en el Crisol; otras habían viajado hasta la Ciudad Perdida para jactarse de haber presenciado aquel acontecimiento, en caso de que ese intento acabara siendo histórico.

Elyria se preguntó quiénes estarían allí para apoyar a Kit, si es que había alguno.

La duquesa no había ido; era incapaz de ver cómo su hija cruzaba el Portal y desaparecía para siempre.

Elyria no estaba segura de poder soportarlo.

Pero, hasta que llegara ese momento, haría todo lo que pudiera. Le daría algo de espacio a Kit para que se calmara.

Y luego volvería a intentarlo.