Capítulo 7
Si a la primera no va la vencida
Elyria
C uando Elyria sobrevoló la Sima, le dolían las alas.
El viento gélido le azotaba la piel expuesta de la cara y los brazos.
Debería haber contratado un grifo en la capital en cuanto se enteró de que Kit ya había partido hacia la Ciudad Perdida.
El vuelo de Coralith a Aerithia la había dejado exhausta: ya no estaba acostumbrada a volar largas distancias.
Tantas horas en el cielo le habían minado las fuerzas y sentía las alas pesadas como el plomo, pero no podía esperar: Kit viajaría rápidamente, ya fuera en caravana o sola.
Elyria no sabía cuánto tiempo quedaba antes de que desapareciera la aurora, señal de que habría comenzado el Crisol.
Solo sabía que tenía que encontrar a Kit antes de que llegara a Luminaria.
Así que voló. Batió las alas sin parar. Notó un pinchazo agudo en la espalda, respiró hondo, trazó un gesto en el aire con un dedo y envolvió sus hombros con un zarcillo de magia como refuerzo. Serviría de momento.
Se le revolvió el estómago cuando miró hacia abajo, al abismo aparentemente sin fondo de la Sima.
La cicatriz irregular que separaba Nyrundelle de las Tierras Medias era más estrecha que la que atravesaba el lado humano del continente, pero, aun así, resultaba imponente.
La niebla se arremolinaba a lo largo de los acantilados y se vertía por el desfiladero como una cascada vaporosa.
Las nubes permanecían inmóviles, como si ni siquiera ellas se atrevieran a cruzar el imponente cañón.
Por encima de su cabeza, los vibrantes colores de la aurora se arremolinaban en el cielo.
Por debajo, reinaba una oscuridad insondable.
Elyria apenas recordaba cómo era la vida antes de la Fractura.
Antes de que los dos abismos mellizos dividieran el continente, desde el mar de la Serenidad hasta las montañas Ironpeak.
Antes de que el mundo se dividiera en tres.
Al oeste se encontraba Nyrundelle, su hogar.
Al este, el reino humano de Havensreach.
Y entre ambos, las Tierras Medias, salvajes e indómitas.
Justo al sur del bosque de Valandor, la Ciudad Perdida de Luminaria era el único bastión destacable que quedaba en las Tierras Medias.
Sí, había pequeños territorios delimitados por campamentos y huellas de batallas fallidas.
Aunque la Sima mantuviera a la gran mayoría de los humanos confinados en su tercio de Arcanis, se infiltraban constantemente en las Tierras Medias en dirección a las zonas donde habían brotado manantiales de maná.
Elyria pensó en lo que le había dicho Ollie: que las batallas se estaban recrudeciendo y que los humanos habían empezado a luchar sucio.
Lo esperable era que, a esas alturas, el rey Lachlandris hubiera perfeccionado la técnica de rechazar a los mortales ávidos de magia cuando se volvían demasiado ambiciosos, pero tal vez hubieran llegado a tal punto de desesperación que sentían que no tenían nada que perder.
Recordó la ocasión en que un comerciante enano, cliente habitual de El Verraco Achicharrado, estuvo una noche entera contándole historias de Havensreach.
Le describió las abarrotadas calles de la capital, Kingshelm, como emocionantes, pero un poco dignas de lástima.
El relato de cómo se había abierto paso entre una marabunta de niños hambrientos le dejó mal sabor de boca a Elyria.
Aquello era triste, tenía que admitirlo.
Cualquier niño, incluso uno humano, merecía tener la tripa llena y un lecho mullido donde dormir de noche.
Aun así, a Elyria no le parecía razón suficiente para invadir un territorio que era arcanio por derecho.
Los humanos podían reproducirse con tanta facilidad y rapidez...
No como los fae. Tal vez, si asumieran esa bendición con más responsabilidad, labrarían un futuro diferente para su descendencia.
El pensamiento le dejó aún peor sabor de boca.
Entonces atisbó a lo lejos las ruinas del castillo de Lumin, y el corazón le dio un vuelco.
Toda la compasión que pudiera albergar por la situación humana en Havensreach se disipó de golpe.
La última vez que había volado por esta ruta, Evander iba a su lado, sus ojos dorados llenos de determinación.
Ahora, sintió su ausencia como un latido doloroso que resonaba con cada batir de alas.
Volvió a dolerle la espalda y se sintió abrumada por la responsabilidad. No podía permitir que Kit repitiera el mismo error.
Divisó la primera columna de humo de una hoguera elevándose hacia el cielo: un campamento de viajeros que se habían instalado en las afueras de la ciudad. Según se acercaba, la recibió el olor a leña y carne asada.
Observó con diversión la delimitación clara que había entre los campamentos arcanios y los humanos.
No solo estaban alejados, con el campamento humano en el lado opuesto a las puertas de la ciudad, sino que no podían ser más distintos: mientras que las tiendas humanas eran sencillas y prácticas, dispuestas en filas ordenadas, las tiendas arcanias estaban dispersas en un mosaico de colores abigarrados.
Típico , pensó. Los humanos siempre lo volvían todo gris.
Aunque la magia ancestral impidiera la violencia en las Tierras Medias mientras floreciera la aurora, estaba claro que ninguno de los bandos tenía el menor deseo de confraternizar.
Comprensible: buscaban lo mismo, pero no estaban en el mismo equipo.
Cada bando quería la corona. Ansiaba esgrimir su poder en su propio beneficio.
Elyria tenía ganas de gritarles a todos que aquello era una estupidez. Ninguno de los dos bandos la obtendría. Después de cien años y de innumerables adalides muertos en el Santuario, estaba claro que nadie lo lograría jamás.
Con el corazón desbocado, descendió hacia el campamento arcanio. Un silencio incómodo flotaba en el aire, solo roto por el crepitar de las hogueras y el rumor de las conversaciones en voz baja. Sus ojos se posaron rápidamente en los grupos de viajeros, buscando algún rastro de...
Ahí estaba. Cabello corto del color de la luna. Alas doradas y plateadas que centelleaban a la luz del fuego. Agua tejida con destreza en el aire, como si la guiara un director de orquesta. La figura irradiaba una vitalidad que solo podía pertenecer a...
–Kit.
Elyria aterrizó con un ruido suave y plegó las alas cuidadosamente a su espalda antes de dar unos pasos vacilantes.
Kit se tensó. La magia acuática con la que jugaba se disipó en una neblina mientras se volvía con una lentitud exasperante. Sus ojos feroces, uno azul y otro verde, se encontraron con los de Elyria.
–¿Qué haces aquí? –Su voz sonó distante, desinteresada, como si Elyria fuera una extraña.
Una oleada de vergüenza la invadió.
–Yo...
Había ensayado su discurso una y otra vez mientras volaba.
Sabía exactamente lo que iba a decirle a Kit para que entrara en razón: hablaría del amor y la lealtad que Kit sentía por su madre, y del ducado que estaba destinada a gobernar.
Si no funcionaba, le diría cualquier cosa, lo que fuera necesario, para convencerla de que renunciara.
Le recordaría que el Crisol se había celebrado tres veces; los paladines más fuertes del reino habían entrado en el Santuario Celestial tres veces, y las tres habían fracasado.
El Crisol se había tragado a Evander y ni siquiera se había molestado en escupir su cuerpo para que pudieran darle un reposo digno.
Pero, en el momento en que tuvo delante a Kit, Elyria fue incapaz de recordar ni una sola palabra de su discurso. Lo que salió de su boca fue:
–Te has cortado el pelo.
Kit la contempló con ojos escrutadores. Observó la blusa arrugada, metida por dentro de unos pantalones de cuero gastados, y las manchas de sudor y suciedad de sus brazos. Entrecerró los ojos cuando la miró a la cara: labios agrietados, mejillas rojas por el viento.
–Y tú acabas de salir del primero de los cuatro infiernos, a juzgar por tu aspecto.
Elyria intentó esbozar una sonrisa.
–No es que tuviera tiempo de acicalarme mientras te perseguía por todo el continente.
–¿Y por qué lo has hecho? –replicó Kit con frialdad.
Elyria deseó tener algún licor fuerte a mano.
–Creo que sabes la respuesta.
–Mi madre debe de estar desesperada. Sinceramente, no creía que fuera capaz de rebajarse tanto.
Elyria tragó saliva; por más que se mereciera el reproche, le escocía.
–Muy bien. Adelante. Dispara, Revivida. –Kit esgrimió el apodo como si fuera un arma, poniendo los brazos en jarras–. Di lo que tengas que decir y luego vuelve a esconder la cabeza bajo tierra. No vas a conseguir que cambie de opinión.
Elyria tomó aire para serenarse y preguntó:
–¿Por qué lo haces?
–¿Por qué haces preguntas tontas?
Apretó la mandíbula. Había olvidado lo rápido que Kit podía sacarla de quicio.
–Es imposible ganar el Crisol Arcano –sentenció–. Vas a tirar tu vida por la borda, ¿y para qué? No lo hagas, por favor. –Dudó, buscando en el rostro de Kit algún atisbo de que se estuviera ablandando. Si acaso, su expresión solo se endureció más.
Otra táctica, entonces.
–Piensa en tu madre, en tu gente. No puedes abandonar sin más a...
–Ya, bueno. Tú sabes mucho de abandonos, ¿no? –la interrumpió Kit.
Elyria se tragó el nudo de vergüenza que crecía en su garganta. No era el momento de ponerse a la defensiva. Apretó los puños y se clavó las uñas en las palmas para evitar estallar.
–Sí, lo sé. Hui. Hui de mi dolor. Hui de mi pena. Y no te voy a mentir: seguiría huyendo, si pudiera. Pero estoy aquí porque...
–¿Crees que yo no sentí dolor? ¿Que no sufrí? Era mi hermano, el mejor amigo que tenía en el mundo. –Sus ojos despa rejados se encontraron con los de Elyria por un breve instante antes de perderse en la lejanía.