Capítulo 6
Fantasmas
Elyria
– ¡ Q ue las estrellas te maldigan, Elyria Lightbreaker! –tronó el tabernero–. ¡Eres una desgracia para mi establecimiento!
–Artemicion, por favor, menos gritos –Elyria se llevó las manos a la sienes–. Al menos, hasta que los tambores que tengo retumbando dentro de la cabeza dejen de sonar, ¿vale?
–¡No volverás a cantar aquí nunca más, que lo sepas! –replicó Artie a todo volumen, sin la menor consideración por la jaqueca de Elyria. Qué grosero... , pensó
–Si mal no recuerdo, no es la primera vez que dices eso –repuso, con una sonrisa burlona que le provocó un dolor agudo en la cabeza.
Había regresado a su habitación en El Verraco Achicharrado después de dejar a la duquesa, había entrado directamente por la ventana y se había atrincherado allí.
Aunque era incapaz de dormir, no tenía ganas de enfrentarse al hosco enano.
Por desgracia, el hambre acabó imponiéndose a su deseo de evitar las reprimendas, así que allí estaba.
Elyria dio un respingo cuando una de las camareras abrió de un tirón los postigos. El sol del mediodía inundó la estancia, revelando una escena que dejó a Elyria sin palabras por un instante.
El Verraco Achicharrado era un caos. Los cristales rotos estaban barridos en montones irregulares.
Unas silvanas fregaban los charcos pegajosos de cerveza y sangre que salpicaban el suelo.
Un fornido fae recogía las patas astilladas de los taburetes y las mesas que no habían sobrevivido a la pelea.
Elyria no reconocía a ninguno. ¿Artie habría contratado más personal de limpieza?
Tomó aire, con una nauseabunda sensación de culpabilidad.
–Pero esos hombres no habrían estado aquí, bebiendo tu cerveza y llenándote los bolsillos de oro, si yo no hubiera actuado.
–Un oro que saldrá directamente de mis bolsillos para reparar este desastre –refunfuñó Artie, aunque Elyria notó que se le estaba pasando el enfado–. ¿Sabes de qué tengo ganas? De echarte de tu habitación y no volver a verte en la vida.
–¿No te alegra ni un poquito ver que estoy viva y de una pieza después de lo que pasó?
–Si tengo una certeza en este mundo es que siempre saldrás airosa de un pequeño percance como ese. –Hizo un aspaviento indiferente, como si no fuera nada, pero Elyria percibió la emoción latente tras sus palabras y notó una sensación de calor en el pecho.
Con un gruñido, uno de los trabajadores dejó caer un cuenco humeante de potaje con tres tiras de pescado en salazón delante de ella.
Ni siquiera se había dado cuenta de que Artie lo había pedido.
Se llevó una cucharada a la boca y soltó una maldición al quemarse la lengua.
El enano soltó una carcajada y ella sonrió tras la cuchara.
–¿Me vas a contar lo que quiere Tartanis de ti? –preguntó el tabernero.
Elyria dudó un momento antes de encogerse de hombros.
–Lo mismo que todos. En realidad, no es a mí a quien buscan. Buscan a la Revivida.
–¿Por qué?
Soltó un gruñido.
–¿Por qué hacen las cosas los hombres? Porque necesitan demostrar algo, o porque tienen a alguien a quien demostrárselo, o porque quieren, o porque pueden...
Han tratado de capturarme personajes más poderosos que el maestro Tartanis, ya fuera por mi fama o por mi poder.
No sé. –Trazó un ocho en el cuenco con la cuchara–.
Lo único que sé es que todos los niños arcanios nacidos desde la guerra han crecido escuchando historias de la Revivida.
Solo era cuestión de tiempo que alguien me siguiera hasta Coralith.
–Por los cuatro infiernos, Elle... –maldijo Artie.
Elyria tomó otro sorbo del guiso hirviente, deseando que le borrara el recuerdo de otro tipo de quemadura.
Una mezcla asfixiante de rabia y vergüenza le recorrió la espalda al pensar en la noche anterior.
No estaba segura de cuánto tiempo tardaría en olvidar la sensación del contacto ígneo de Raefe, pero sospechaba que bastante.
Las marcas físicas que lucía no serían las únicas cicatrices que le dejara aquel encuentro.
Cómo le habría gustado matarlo...
Su sombra interior se revolvió como si estuviera de acuerdo.
Quizá Artie se diera cuenta de lo que estaba pensando, o tal vez notara el oscurecimiento súbito de su ánimo. Fuera como fuera, la despreocupación de su siguiente comentario sonó forzada:
–Bueno, ¿qué opinas de los rumores?
–¿Qué rumores? –preguntó ella con la boca llena.
–Lo del Crisol, eso de que la aurora brilla más que nunca. Está asomando: el sol resplandece más que el fuego de dragón, pero no ciega. Dicen que es una señal de Solaris o alguna mierda celestial de esas.
Elyria se quedó paralizada, con la cuchara suspendida encima del cuenco. Se recordó a sí misma que Artie no sabía nada de su conversación con la duquesa. Tampoco sabía nada de Evander; al menos, no más que cualquier otra persona. Solo estaba dándole conversación.
–Algo he oído –fue todo lo que logró responder. Ollie había comentado que era una señal de Lunara, Vigilante del Tiempo, no de la Diosa de la Luz, Solaris, pero lo mismo daba una cosa que otra.
–Antes del follón de anoche no se hablaba de otra cosa –continuó Artie, distraído–.
Hay muchas especulaciones sobre los participantes de este año; la gente empieza a hacer apuestas.
La favorita es una adalid de Aerithia, la hija de una noble.
Una con un apellido rimbombante y un nombre curioso.
¿Cómo era? –Tamborileó en la barra con sus gruesos dedos–. ¿Kat? ¿Ket? Algo así.
Elyria apretó la cuchara en el puño. Si hubiera prestado atención a las conversaciones de la barra, en vez de intentar ahogarse en el fondo de un vaso, se habría enterado de aquello y tal vez no le hubiera afectado tanto la aparición de Laeliana.
Kit .
Solo pensar en su nombre le provocó un escalofrío de remordimiento.
Artie no dejaba de hablar, los trabajadores continuaban limpiando, la taberna bullía de actividad...
Pero todo se desvaneció cuando Elyria se vio arrastrada a una época en la que su vida estaba llena de risas, en lugar de arrepentimiento.
La luz dorada del sol se reflejaba en el cabello del color de la luna de Kit mientras Elyria la observaba. Tenía las manos unidas y el ceño fruncido por la concentración.
–Vamos, gatita. Concéntrate –dijo Evander. Extendió la mano y una bola de agua giró en su palma.
–¡Ya me estoy concentrando! Es más difícil de lo que parece, ¿sabes? –Kit separó las manos y una esfera se materializó entre ellas, pero un segundo después el agua explotó y se le escurrió entre los dedos.
Gimió de frustración, y sus ojos desparejados –uno azul y otro verde– dirigieron una mirada de desamparo a Elyria.
–Por los cuatro infiernos... No voy a dominar esto en la vida.
–Venga, ánimo, cariño. –Elyria se acercó y le ajustó suavemente la posición de las manos–.
Se necesita práctica, y tu hermano te lleva un siglo de ventaja.
Recuerda lo que te ha dicho: tienes que sentir la magia.
Siente la humedad del aire, el agua de tu sangre.
–Señaló un arroyo que gorgoteaba al otro lado del prado–.
Siéntela ahí. Después, tómala. Abrázala.
Deja que fluya a través de ti. Pero no luches contra ella. No intentes atraparla.
Evander se rio entre dientes; su tono grave era un murmullo reconfortante. Rodeó los hombros de Elyria y le dio un beso en la sien.
Kit suspiró, estiró el cuello haciendo que crujiera y volvió a unir las manos.
–Tu magia es un río. Tienes que dejarla fluir –le recordó Elyria.
Kit exhaló lentamente y luego separó las palmas. Una esfera de agua se formó entre ellas. Giraba en un torbellino, arremolin ándose igual que la de Evander: un océano en miniatura en sus manos.
Se le iluminaron los ojos y el azul de sus iris refulgió, ondulándose como si también estuviera hecho de agua.
–¡Lo he conseguido! –exclamó.
–Así es –asintió Elyria, orgullosa.
–Algún día seré tan fuerte como tú, Ellie.
Elyria entreabrió los labios con sorpresa. Sintió una presión en el pecho. Se volvió hacia Evander y captó la expresión triste y comprensiva de sus ojos.
Evander se aclaró la garganta.
–No está mal, gatita. Ahora solo tienes que repetirlo cientos de veces. Es fácil.
Elyria se agachó cuando la esfera salió disparada contra Evander y explotó en su cara. El agua fría la salpicó de refilón.
–¡Katerina! –la regañó él, escupiendo y apartándose el cabello negro pegado a la frente. Kit le sacó la lengua, y la presión en el pecho de Elyria desapareció mientras se doblaba de risa.
Elyria regresó al presente con un sobresalto.
–Mierda –murmuró, mientras alcanzaba el vaso de agua que le habían puesto delante con una mano temblorosa.
–¿Va todo bien, Elle? –preguntó Artie con tono preocupado.
–Sí, sí –mintió–. Solo son recuerdos. –Cerró los ojos, sin poder decidir si deseaba borrar esas imágenes de su cabeza o conservarlas para siempre–. Recuerdos... y fantasmas.
El enano no insistió, pero Elyria notó la pregunta en sus ojos. Apartó el cuenco y se levantó, agradeciendo para sus adentros haber comido algo. Teniendo en cuenta lo que debía hacer a continuación, sospechaba que iba a perder el apetito durante bastante tiempo.
–¿Te marchas?
–Tengo que hacer una cosa. –Vaciló antes de seguir hablando–. No sé cuándo volveré.
El tabernero asintió, con una expresión indescifrable.
Elyria habría querido expresarle cuánto agradecía su hospitalidad, lo mucho que significaba para ella que la hubiera aguantado durante los últimos meses.
Pero estaba tan alterada que no sabía cómo hacerlo sin montar una escena lacrimógena, y era consciente de que el pobre enano saldría corriendo avergonzado y no pararía hasta alcanzar el primer cuadrante del infierno. Así que se limitó a decir:
–Hasta la próxima, viejo.
Cuando por fin echó a andar por las bulliciosas calles de Coralith, respiró hondo.
Con el estómago lleno y la sed saciada, le dolía menos la cabeza, y le dedicó una breve plegaria de agradecimiento a cualquier celestial al que debiera ese pequeño favor, ya fuera Solaris, Lunara o la Madre Tierra Gaia.
De hecho, habría estado dispuesta a darle las gracias incluso a Noctis, Centinela de las Sombras, por lo bien que se sentía.
En realidad, cualquiera le valía, salvo la divinidad estelar desterrada, Aurelia.
Hasta Elyria sabía que era mejor no invocar ese nombre maldito.
Miró al cielo con los ojos entrecerrados y descubrió que, efectivamente, las nubes estaban iluminadas con tenues rayos púrpuras y verdes. Aún tenía tiempo.
Debía encontrar a Kit. Tenía que hablar con ella. Tenía que intentarlo.
Se lo debía.
Eso y muchísimo más.