Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

El caballero

Cedric

E l sudor resbalaba por la frente de Cedric Thorne mientras se desplazaba por el patio de entrenamiento.

Dio un paso atrás cuando la espada de Tristan silbó en el aire y pasó a un dedo de su pecho.

Desde luego, aquel día estaba poniendo a prueba todo su temple.

No esperaba menos cuando eligió a Tristan Hale como compañero de entrenamiento.

El estrépito de las espadas contra los escudos llenaba el patio, mientras los caballeros se movían en círculos. Tristan se lanzó contra él, y Cedric giró sobre sí mismo y contraatacó.

–Hoy estás lento, Ric –bromeó Tristan, ladeando la hoja con destreza para detener la estocada de Cedric con un chirrido estridente–. Tener el ceño eternamente fruncido debe de ser agotador.

–En absoluto –resopló Cedric, rechazando el siguiente golpe de Tristan–. Y lo que para ti es «tener el ceño fruncido», para mí es «estar concentrado». No todos estamos capacitados para luchar con una sonrisa en la boca.

–No puedo negarlo. Es cierto: estoy capacitado. –Tristan se rio, y la cicatriz de su mejilla izquierda se arrugó con el gesto. Hizo una finta repentina–. Enormemente capacitado, según dicen mis amantes.

Cedric se apartó de la frente un mechón de cabello castaño empapado de sudor y esbozó una sonrisa burlona.

–¿Qué amantes? Por favor, dime su nombre; está claro que él o ella necesitan urgentemente un santo que los cure de semejantes delirios.

Tristan soltó un jadeo exagerado, fingiendo ofensa, y lanzó un tajo que Cedric esquivó con facilidad.

–¿Qué diría lord Church si oyera tus flagrantes mentiras?

–Ay, cómo desearía estar mintiendo... Se te olvida el número de veces que he tenido la desgracia de verte desnudo, caballero.

Tristán resopló.

–Puedes pincharme la carne y hacerme sangrar, pero jamás herirás mi orgullo.

–Tus deseos son órdenes. –Cedric soltó una carcajada y cargó con todo su peso hacia delante, arremetiendo con fuerza.

Tristán bloqueó el mandoble con su escudo, pero se le doblaron las rodillas.

Cedric le asestó un golpe tras otro, haciendo que el filo romo de su espada de entrenamiento tronase contra la madera.

Si hubieran estado usando armas reales, habría partido el escudo en dos.

–¡Que Aurelia te maldiga! –Tristan dio con una rodilla en tierra, y un mechón rubio cayó sobre sus ojos–. Me rindo.

Cedric sonrió al arrojar la espada a un lado. Se quitó los guanteletes y le tendió una mano a su amigo.

–Tal vez deberías probar lo de fruncir el ceño; al fin y al cabo, no soy yo quien ha acabado de rodillas en el suelo.

Tristan resopló mientras Cedric lo levantaba, pero cuando se puso en pie ya estaba sonriendo.

–Pues me alegro; espero que seas tú el que quede en pie cuando te enfrentes a una espada fae.

–No son sus espadas lo que le debe preocuparos –retumbó una voz grave en el patio.

Cedric se tensó y se volvió para encontrarse con la mirada escrutadora de lord Leviathan Church. El noble estaba de pie junto al armero, con su túnica ondeando al viento y el cabello castaño oscuro, salpicado de canas, peinado hacia atrás.

–Cierto, mi señor. –Cedric se inclinó respetuosamente.

–¿Cuál es la mayor amenaza que representan los fae, entonces? –El báculo del lord dejó marcas en la tierra mientras avanzaba hacia la pareja.

–Su magia –respondió Cedric.

–¿Y eso por qué?

Tristan enarcó una ceja.

–¿Lo preguntáis en serio, mi señor?

Lord Church lo fulminó con una mirada gélida.

–Los fae... Todos los arcanios, de hecho, manejan la magia con la misma facilidad con la que respiran. La llevan en las venas. No necesitan ayuda, como nosotros.

Sacó su talismán de maná de debajo de su túnica: un amuleto circular del tamaño de una moneda grande, colgado de una cadena que le rodeaba el cuello.

El metal oscuro, casi negro, parecía absorber la luz a su alrededor, y la única gema carmesí engastada en su centro brillaba con intensidad. Rebosaba maná.

Debe de haberlo recargado hace poco , pensó Cedric.

–Quiero tener la garantía de que sir Thorne entiende a la perfección a qué se enfrentará en el Crisol –continuó lord Church.

Tristan carraspeó.

–Sí, mi señor... Yo solo decía que hasta un niño sabe lo peligrosos que son los fae y demás especies de la antigua Arcanis. Cedric no...

–Retiraos, sir Hale –ordenó lord Church, interrumpiéndole.

Los ojos azules de Tristan se abrieron de forma casi imperceptible, pero inclinó la cabeza.

–No te vayas sin despedirte, Ric –dijo antes de alejarse a zancadas.

Cedric se enderezó, intentando ignorar la sensación de incomodidad que le había provocado aquel intercambio.

–¿Qué noticias hay, mi señor?

–La aurora florece. Es el momento.

Cedric alzó la vista al cielo. El sol brillaba con intensidad, pero al entrecerrar los ojos distinguió el centelleo irisado que asomaba tras las nubes. Iría cobrando intensidad según se acercara la noche.

Se le aceleró el corazón.

–Estoy preparado.

Una sonrisa se dibujó en los labios de lord Church.

–Sé que lo estás. Has entrenado para esto.

–Su expresión se volvió severa y sus ojos ambarinos se oscurecieron–.

Pero recuerda que el Crisol Arcano es más que un desafío de destreza física.

Es una prueba de mente y espíritu: lo que se mide es la determinación, y los arcanios que encontrarás en el Santuario la tendrán en abundancia. Quieren la corona.

Al pensarlo, Cedric sintió que le ardía el pecho.

–Y, si consiguen reclamarla... –Lord Church dejó la frase en el aire, con la mirada perdida–.

Aquí, en Havensreach, ya nos falta espacio.

Nuestro maná es limitado. Con el poder de la corona, Nyrundelle podría conquistar las Tierras Medias.

–Frunció el ceño–. Peor aún: si lo desean, podrían ampliar la Sima hasta que Havensreach se hundiera en el mar.

Cedric apretó los labios con fuerza. Las especies de la antigua Arcanis –silvanos, enanos, nocterrian y fae– aún albergaban una profunda hostilidad contra los humanos.

Los fae, según lord Church, más que los demás.

Habían pasado casi dos siglos desde la Gran Traición, pero su deseo de venganza era intenso; al parecer, habían decidido que todos los humanos debían pagar por los actos de un solo hombre malvado.

Sin embargo, aquello no era nada comparado con la sed de venganza de Cedric.

Se llevó un dedo a la boca con un gesto que parecía casi casual y rozó la cicatriz que le atravesaba el labio superior.

–La corona nunca caerá en manos arcanias. Lo juro.

–Entonces, muéstrame cómo piensas ganar.

Cedric sacó su propio talismán de maná de debajo de la coraza y sintió que le invadía una sensación de calma al rodearlo con los dedos.

Abrió la palma, revelando una piedra azul oscura como el cielo de medianoche, surcada de vetas de plata brillante que parecían relámpagos helados.

La esmeralda engastada en el centro parpadeó. Tendría que recargarla antes de partir.

–Muéstramelo –insistió lord Church con tono desafiante.

Un familiar zumbido de energía recorrió las venas de Cedric cuando extrajo el maná de su talismán.

Recitó mentalmente la arcaica fórmula que le permitiría esgrimir su poder y, apretando el talismán con una mano, extendió la otra y la dobló contra su pecho.

Su espada de entrenamiento se elevó en el aire y, al instante siguiente, se encontraba contra el cuello de lord Leviathan Church.

–Bien –asintió lord Church con aprobación, mientras interponía el báculo para apartar la hoja. Si Cedric hubiera empleado su espada auténtica, le habría dejado un corte sangrante.

Cedric aflojó su control mental y el arma cayó al suelo.

Un instante después, estaba tirado en el suelo de espaldas.

–¿Acaso me había rendido? –preguntó lord Church, apretando su talismán con una mano. Con la otra seguía sosteniendo su báculo, con un solo dedo extendido. Apenas se había mo vido, pero el dolor que Cedric notaba en el pecho era la prueba del tremendo golpe mágico que le había asestado.

–No, mi señor –jadeó Cedric.

–Nunca bajes la guardia. Nunca vaciles.

Cedric se puso en pie a toda prisa.

–Sí, mi señor.

–Muéstrame tu control.

Cedric apretó el puño, y su espada volvió a alzarse en el aire.

Se le unieron una docena que hacía un instante colgaban en la panoplia.

Cedric gruñó con esfuerzo mientras las armas se desplegaban en abanico alrededor del lord, cada una dirigida a un punto vulnerable diferente: una arteria, un tendón. No todas eran de entrenamiento.

Lord Church dio un respingo cuando la punta afilada de un estilete le rozó el punto carnoso entre las clavículas.

–Me rindo.

Cedric devolvió las armas a su lugar original con una sonrisa de satisfacción.

–Impresionante –dijo lord Church, pero su tono era mesurado–. Aunque me temo que esta magia menor no bastará para derrotar a los otros adalides.

–¿Magia menor? –repitió Cedric, conteniendo un bufido irónico.

Se mordió la lengua para evitar decir algo de lo que se arrepentiría más tarde. Sabía que el lord no pretendía insultarlo.

–No intento menospreciar tus habilidades –puntualizó lord Church, como si le hubiera leído los pensamientos–, pero habrá más de una docena de adalides en el Crisol, y hasta el más insignificante de ellos será un sortimante tan capaz como tú.

Cedric se apoyó en un poste de entrenamiento con expresión neutra, aunque por dentro estuviera rabiando.

«Sortimante»... Que el lord comparase lo que era capaz de hacer él con los que usaban sus talismanes para encender velas y purificar el agua de los pozos hacía que le ardieran los puños de cólera.

Tal vez no hubiera conseguido todavía el título oficial de hechicero, y su escaso dominio de la magia curativa impedía que llegara a ser un santo; pero Cedric sabía que su poder sobrepasaba con mucho el de un simple sortimante, aunque no supiera muy bien de dónde procedía aquella certeza.

Aun así, no dijo nada. Si lord Church percibió su descontento, tampoco lo demostró.

–Dejemos a un lado la magia elemental de los arcanios que competirán contra ti –prosiguió el lord–. Mis fuentes me han informado de que Cormac y Blackwood formarán parte de los representantes de nuestro reino al otro lado del Portal.

Cedric frunció los labios. Leona Blackwood era una poderosa hechicera, cuyas habilidades mágicas, según se decía, rivalizaban incluso con las del rey Callum.

Y Cedric sería un estúpido si subestimara a Brandon Cormac; al fin y al cabo, era un sabedor, como se llamaba en Havensreach a aquellos capaces de leer la mente.

Eso le facilitaría descubrir los planes y movimientos de los demás adalides.

Tanto si utilizaba sus habilidades telepáticas para sabotear a los demás o tan solo para ir varios pasos por delante de ellos, Cedric tendría que permanecer alerta y mantener sus barreras mentales.

–¿Hay alguien más que deba tener en cuenta?

Lord Church ladeó la cabeza.

–Alden Ashford podría ser una buena opción para formar una alianza. Sus habilidades curativas, sin duda, podrían ser útiles.

Cedric tomó nota mental; no perdería de vista al santo.

–No tengo noticias de que haya otros humanos dignos de mención decididos a participar, al margen de esos. Respecto a los del otro lado de la Sima... –Lord Church frunció los la bios–, no tengo mucha información. Pero... –Algo cercano al disgusto se reflejó en su expresión.

Cedric subió las cejas. No estaba seguro de haber visto nunca esa emoción en el rostro del noble. Apoyó una mano en el poste de entrenamiento y se inclinó hacia él.

–¿Pero qué?

Lord Church suspiró.

–El rumor ha cruzado ambas Simas: una gran guerrera arcania, una guerrera fae, va a enfrentarse al Crisol. Se dice incluso que se está gestando una revuelta. Cada vez se alzan más voces que piden a los arcanios que actúen en las Tierras Medias, con la corona o sin ella.

Cedric lo vio todo rojo de pronto. Las manos le ardían. Una serie de imágenes violentas cruzaron por su mente: fuego abrasador, una risa maniaca, el filo de una hoja contra su boca... Y sangre. Sangre por todas partes.

Parpadeó para ahuyentar las visiones.

–Os referís a la Revivida.

Si ese demonio fae entraba en el Santuario Celestial, Cedric tendría que estar en guardia constantemente.

A pesar de su inquietud, en el pecho de Cedric prendió una chispa de expectación al pensar en enfrentarse con ella.

Era como una brasa anhelante: la necesidad profunda de ser él quien acabara con el monstruo.

–Solo Aurelia sabe si son simples habladurías o si hay algo de verdad –concluyó lord Church, y Cedric regresó al presente–. Noto que tus emociones hierven bajo la superficie. No permitas que te controlen. En el Santuario no habrá lugar para distracciones.

Cedric se mordió la lengua para no replicar bruscamente.

–Sí, mi señor.

–Nuestra comitiva partirá hacia la Ciudad Perdida por la mañana. Estate preparado.

Cedric asintió con expresión severa.

–Lo estaré.

Tras dedicarle una mirada escrutadora que hizo que Cedric se sintiera despojado de su armadura, lord Church abandonó el patio de entrenamiento.

Cedric respiró hondo. Su mente era un torbellino.

Debía empacar sus pertenencias antes de partir hacia Luminaria.

Necesitaba visitar la forja de maná para que el herrero mágico recargara su talismán antes del día siguiente.

También quería despedirse de Tristan y, si le quedaba tiempo, visitar la taberna cercana y encontrar una dama con la que pasar sus últimas horas.

Se decía que la aurora las ponía de buen humor.

Apartó la mano del poste y, de pronto, la maraña de sus pensamientos se concentró en una sola emoción: desconcierto. La madera estaba carbonizada en el punto donde se habían apoyado sus dedos. Jamás se había dado cuenta de ese detalle.

Algo lo incomodaba, una sensación indefinible que rondaba en un rincón de su mente. Frunció el ceño y lo descartó. Tenía mucho que hacer y muy poco tiempo. Se giró en redondo y se alejó. El olor a madera quemada quedó flotando en el aire.