Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Mensajera de nadie

Elyria

E lyria sonrió a Olyndor Oleander cuando le ofreció una jarra de agua y un pedazo de pan. Se lo arrebató de las manos, sintiendo una repentina oleada de hambre y sed. No se había parado a pensarlo, pero estaba famélica.

Un gemido ahogado en la celda contigua la hizo observar de reojo a la chica silvana que estaba sentada contra la pared, abrazándose las verdes rodillas. Clavaba la mirada en el mendrugo que Elyria tenía en las manos, con una intensidad salvaje.

Con un suspiro, Elyria se lo lanzó a través de los barrotes. La chica chilló sorprendida cuando aterrizó en sus manos.

–Yo también me alegro de verte, Ollie –dijo Elyria.

Era cierto. Aunque estuviera encerrada, le gustaba hablar con ese guardia. Se habían hecho amigos durante una de sus primeras visitas a la cárcel, después de mudarse a Coralith. Le tenía mucho cariño, en gran parte debido a su nombre, que le parecía enormemente divertido.

–Iba a traer después la comida para los demás –dijo Olyndor un poco a la defensiva, mirando a la chica silvana que devoraba el trozo de pan.

Elyria dio un buen trago de agua y se quedó mirando el cabello turquesa de Olyndor, sus cálidos ojos marrones, su piel bronceada y la abultada musculatura que asomaba bajo su uniforme.

Él enarcó una ceja ante su descaro y ella sonrió.

Era consciente de que el guardia prefería la compañía masculina, pero eso no significaba que no pudiera disfrutar del paisaje.

Además, agradecía el recordatorio visual de que había por ahí hombres atractivos que además eran buenas personas, no como Raefe.

–¿Después de qué? –inquirió ella.

Para su sorpresa, Olyndor se hizo a un lado, manteniendo abierta la puerta de la celda. Le hizo un gesto para que saliera.

–¿Qué pasa? –preguntó Elyria, realmente desconcertada. Se llevaba bien con el guardia, pero había pasado por ese proceso demasiadas veces como para saber que no la iban a soltar tan pronto. Zaric ni siquiera la había interrogado.

Ollie se encogió de hombros.

–Puedes irte. A menos que prefieras quedarte aquí, claro. No es que no disfrute de tu compañía, pero creo que ambos sabemos que tienes mejores sitios donde estar.

Elyria frunció el ceño.

–¿Por qué me liberas?

Él se rio entre dientes.

–Me encantaría atribuirme el mérito, pero no es cosa mía. Han solicitado tu puesta en libertad.

–¿Quién?

Él se encogió de hombros.

–Corre el rumor de que pronto se abrirá el Portal. Quizá alguien quiera persuadirte para que entres en el Crisol.

Ella soltó un bufido.

–Menuda pérdida de tiempo –gruñó, estirando los brazos mientras cruzaba la puerta abierta.

Ollie meneó la cabeza, se alejó de las celdas y la condujo hasta una escalera de caracol. Elyria se percató de que los demás prisioneros habían empezado a murmurar sobre ella en cuanto se alejó de su vista.

Subieron los peldaños y recorrieron la mitad de un largo corredor antes de que Ollie volviera a abrir la boca.

–No sería tan malo que entraras, ¿sabes? Estaría bien que te convirtieras en adalid de Nyrundelle.

–Hay un montón de arcanios que quieren entrar en el Santuario en nombre del reino.

–Ninguno como tú.

Elyria se revolvió, sintiendo una punzada de incomodidad en el estómago. No le apetecía hablar de eso.

–¿Tantas ganas tienes de deshacerte de mí? –bromeó, intentando reconducir la conversación.

Él no picó.

–Si hay alguien que pueda superar las pruebas, esa eres tú, Elle.

La gente está nerviosa. Quieren que se cierre la Sima.

Las batallas por las Tierras Medias no dejan de empeorar, y los humanos cada vez luchan más sucio.

Asegurar la corona para el rey Lachlandris podría poner fin a todo.

–La taladró con sus ojos ambarinos–. Darías esperanza a mucha gente.

–Ya basta, Ollie.

–Acaba de aparecer la estrella de la mañana.

Brillaba tanto que el pobre granjero que la avistó pensaba que había surgido un segundo sol.

Nunca había sido así –continuó, sin darse cuenta de que Elyria agarrotaba los hombros...

o dándose cuenta y optando por ignorarlo–.

Pronto surtirá efecto la magia del Crisol.

Tendrán que detenerse todos los combates en las Tierras Medias, y docenas de personas emprenderán el viaje hacia la Ciudad Perdida.

–Olyndor...

Él pareció no escucharla y continuó divagando. Como tantos otros, claramente le fascinaba el Crisol, como si fuera algo distinto a una muerte segura para todo el que intentara formar parte.

–Y, según los rumores, se espera que la aurora brille más que nunca. Algunos dicen que es una señal de Lunara, que significa que ha llegado el momento. Conoces la profecía, ¿verdad?

Elyria apretó los puños. Le dolía de nuevo la cabeza.

–«De la sombra y el fuego se forjarán adalides en el Crisol del destino» –recitó Ollie, llevándose la mano al corazón mientras pronunciaba las antiguas palabras–. «Fuerza, espíritu, magia y concordia determinarán su sino. De rivales feroces...».

–Ya basta –le cortó Elyria. La ira corría por sus venas y la impulsaba a actuar. Antes de darse cuenta de lo que hacía, tenía al guardia contra la pared y aprisionaba su garganta con el brazo. Jadeó, retrocediendo casi tan rápido como había atacado.

–Lo siento, Ollie. No quería...

–Tch, tch. –Un familiar y decepcionado chasquido sonó a su espalda–. Siempre tan dispuesta a recurrir a la violencia... Veo que hay cosas que nunca cambian.

Elyria se dio la vuelta para encontrarse cara a cara con la duquesa Laeliana Ravenswing.

Estaba idéntica a como la recordaba. Escultural, la gracia encarnada en forma fae. Largo cabello blanco ondeándose sobre su piel caoba. Ojos dorados y profundos: los mismos ojos de su hijo.

Elyria apenas podía soportar mirarlos.

–¿Qué haces aquí? –le espetó.

–Por Lunara... Creo que la pregunta adecuada, querida, sería qué haces tú aquí. Sinceramente, Elle, me temo que esto se está convirtiendo en una costumbre.

Ollie soltó una risita nerviosa.

–Lo mismo le dije yo, excelencia.

Laeliana parpadeó, como si hubiera olvidado que él estaba presente.

–Esto... Yo... quería decir... –balbuceó el guardia.

–Retírate –ordenó Laeliana.

–Por supuesto. Que tengáis un buen día, excelencia –farfulló Ollie antes de marcharse a toda velocidad, dejando a Elyria a solas con la duquesa.

–¿Por qué lo has ahuyentado así? Es mi amigo –protestó Elyria.

Laeliana arqueó una ceja.

–¿Tu amigo? Es tu carcelero.

–Viene a ser lo mismo –replicó ella con tono frívolo, aunque sintiera una punzada en el corazón.

Por un instante, los recuerdos la abrumaron, como si pudiera sentir el calor del sol veraniego y oler las rosas de los jardines de la finca Ravenswing.

Oía la risa de Kit mientras perseguía a su hermano entre las fuentes, y el grito indignado de Evander cuando su hermana se zambullía en una para alcanzarlo.

Veía a Laeliana observando al trío inseparable desde el balcón, con una taza de té en la mano.

Elyria palideció. Ansiosa por borrar de su mente aquellas imágenes, siguió hablando.

–Supongo que debo agradecerte mi rápida liberación.

Laeliana asintió, observando atentamente el rostro de Elyria.

–Pues muchas gracias, aunque, sinceramente, no entiendo qué haces aquí. Esto queda muy lejos de Aerithia, excelencia.

La duquesa ladeó la cabeza.

–Acompáñame.

–Oh. Eh... No estoy... correctamente... –Señaló el estado de su vestimenta y Laeliana la miró con expresión divertida–. No sabía que hoy estaría en compañía de la nobleza –se jus­tificó.

–Sé muy bien que tampoco habrías cambiado de atuendo de haberlo sabido, querida.

–La duquesa chasqueó los dedos y una larga capa púrpura, del color de las orquídeas, se elevó con una ráfaga controlada.

Aterrizó sobre los hombros de Elyria y la cubrió hasta las piernas, ocultando la parte de los pantalones que estaba en peor estado.

–Qué práctico –murmuró Elyria, incapaz de ocultar la admiración por la elegante forma en que la duquesa manejaba su magia de viento.

Salieron de la cárcel y caminaron en silencio.

Acababa de amanecer, y las nubes formaban un caleidoscopio de suaves tonos grises, rosas y azules.

Los pájaros cantaban en los árboles envueltos en la bruma.

Elyria saboreo ese instante de paz..., pero solo duró un segundo, porque, al mirar el cielo, distinguió la estrella de la mañana.

Era exactamente como la había descrito Ollie: tenía un brillo rabioso. Pronto se abriría el Portal.

Hasta que atravesaron la plaza para desembocar en los jardines de la ciudad, Laeliana no abrió la boca.

–No voy a preguntarte por qué has acabado en la cárcel una vez más –dijo la duquesa, y Elyria notó que se le encendían las mejillas–. Pero he de admitir que me alegré cuando me enteré de tus andanzas. Volé hasta aquí tan rápido como me lo permitieron mis alas.

–¿Puedo preguntar por qué?

Laeliana respiró hondo.

–El Crisol Arcano se cierne de nuevo sobre nosotros. Te supongo enterada: he visto cómo mirabas la estrella de la mañana. Además, el oráculo personal del rey Lachlandris y los mejores adivinos coinciden en que la aurora florecerá cualquier día de estos.

Elyria tragó saliva.

–No pretendo ofender a nadie, excelencia, pero ¿qué tiene eso que ver conmigo? Conocéis mejor que nadie lo que pienso del Crisol. Que florezca la aurora y que se abra el Portal. Me es indiferente.

La expresión de Laeliana se endureció, y su reacción hizo que Elyria sintiera como si la hubiera golpeado.

–Lo siento, no quería...

–Katerina... Kit... ha decidido entrar en el Crisol.

Las palabras de disculpa que Elyria estaba a punto de pronunciar murieron en sus labios.

–No. ¿Qué...? No. Imposible. –Laeliana guardó silencio mientras Elyria se atropellaba, batallando furiosamente con las palabras–. Kit nunca... No. No después de... No puede. No puedes permitirlo. Debes detenerla. –Las sombras le inundaron la vista. Estaba perdiendo el control.

La asaltó un recuerdo de pronto, intenso, feroz.

Vio el orgullo en el rostro de Evander y los colores que bailaban contra su piel cuando la luz del sol se filtró a través de las vidrieras rotas.

Sonrió al avanzar hacia el Portal y se detuvo justo antes de llegar.

Se giró y la buscó con la mirada. Elyria se encontraba de pie al frente de la multitud de espectadores, abrazada a la hermana de Evander, apretándole la mano con fuerza.

Recordaba haberle asentido, animándolo a avanzar.

Creía de veras que él sería el elegido, que podría vencer.

Evander le guiñó un ojo dorado en el que ardía la determinación. Después, cruzó el Portal.

Nunca volvió a verlo.

La visión que había tenido en la celda de la cárcel aguijoneaba su mente: las horribles venas negras que se extendían por su hermoso rostro, su grito lleno de sufrimiento. ¿Habría muerto así? ¿Habría tenido un final doloroso, horrible y solitario?

–Ya conoces a mi hija. –La voz de Laeliana devolvió a Elyria al presente. Le escocían los ojos–. Sabes perfectamente que la detendría si pudiera. Sabes que lo he intentado.

–Esfuérzate más. Enciérrala si hace falta.

Encadénala a la cama. No debes permitir que entre en el Santuario.

–Supo que sus palabras carecían de sentido mientras brotaban de sus labios.

Kit siempre había sido voluble. Era un espíritu libre, incluso más que Elyria.

Solo obedecía los designios de su propio corazón, iba adonde se le antojaba y hacía lo que quería. Impedírselo sería como apagar su luz.

Aun así, intentar seguir los pasos de su hermano, atravesar el Portal... Era una locura hasta para su caprichosa antigua amiga.

–He venido a pedirte... a suplicarte que hables con ella.

Por favor, haz que cambie de opinión. He hecho todo lo que he podido, le he dicho todo lo que podía decirle.

Sé que vosotras dos tenéis asuntos pendientes, y ojalá no me viera obligada a pedírtelo.

Pero ya te lo he dicho: la aurora está al caer.

Se me acaba el tiempo. –La duquesa respiró hondo, como si esperara sentir un dolor físico al pronunciar las siguientes palabras–.

No puedo perder a otro hijo tras el Portal.

Elyria exhaló, apretando los dientes.

–No puedes pedirme esto. Kit y yo ni siquiera nos hemos visto desde que E...

Evander –tartamudeó, como si se le atragantara su nombre– se marchó para no volver.

No hemos hablado desde... –La culpa le roía la nuca.

Desde que había dejado de responder las cartas de Kit.

Desde que había rechazado su último intento de visitarla, decidida a ahogar sus penas en distracciones frívolas y en la bruma del alcohol–. No puedo.

El rostro de Laeliana se ensombreció.

–Soy consciente de lo que te estoy pidiendo, niña. Te pido que reabras viejas heridas. Sé que no es justo, y no es algo que me tome a la ligera. Pero eres mi última esperanza, Elle –suplicó.

–Si Kit quiere tirar su vida por la borda igual que su hermano, adelante. Es su elección. No soy tu mensajera. –Elyria se alejó a grandes zancadas, batallando con el broche de la capa para quitársela de los hombros–. No soy la mensajera de nadie.

Con un estremecimiento, liberó la magia que velaba sus alas. Brotaron de su espalda en una explosión iridiscente de púrpura y verde.

Elyria las batió una, dos veces, disfrutando de la sensación indómita de liberarlas y desplegarlas en toda su plenitud. Brillaban a la luz del sol naciente en una cascada de colores danzantes, como si llevara una aurora en miniatura a la espalda. Sus pies se separaron de la hierba.

–¡Elyria! Elle, por favor. ¡Por favor! –la llamó la duquesa, pero Elyria ya surcaba el cielo.

No miró atrás.