Capítulo 3
Una mala costumbre
Elyria
U nos ojos dorados flotaban al borde de la conciencia de Elyria, centelleando como estrellas a través de la niebla. La llamaban, familiares y distantes. Intentó aferrarse al sueño con todas sus fueras, pero se le escapaba entre los dedos como si intentara atrapar un puñado de agua.
Evander.
Elyria abrió los ojos de golpe.
Le palpitaba la cabeza con fuerza, un latido constante y contundente que resonaba por todo su cuerpo y reverberaba en sus huesos. No sabía si se debía a su reciente golpe en la cabeza, a haber gastado demasiada magia o a la ingente cantidad de sidra que había bebido antes de que estallara la pelea.
Lo más probable era que fuera una combinación de las tres cosas.
El martilleo se hizo más fuerte, y cada latido borraba las imágenes que persistían en su mente. Su cráneo palpitaba al ritmo de un estruendo cercano. Alguien estaba golpeando los barrotes de su celda.
Alguien que claramente ansiaba una muerte rápida.
Elyria gimió mientras rodaba boca arriba.
Le dolía el cuerpo por el roce contra el áspero suelo.
No era la primera vez que estaba en una celda.
Infiernos, probablemente tampoco fuera la primera vez que estaba en esa celda concreta.
Por eso sabía que no era buena idea pensar en lo que podría haber en el pavimento de piedra, en quién podría haber estado allí antes y en lo que había hecho.
No debía pensar en cuánto tiempo había tenido la cara pegada a esa superficie pegajosa y viscosa a la vez.
No debía pensar en ese olor, fuera lo que fuera.
Volvió a cerrar los ojos. Quería regresar al sueño, a las visiones de Evander que ya había tenido por segunda vez. Quería contemplar esos ojos luminosos, sentir su piel bronceada bajo sus dedos, ver brillar sus alas negras y doradas mientras su poderoso cuerpo se movía sobre ella.
¿Cuántas noches había buscado consuelo en el fondo de una botella, esperando precisamente eso? ¿Cuántas veces había rezado, completamente borracha, por poder verlo de nuevo, aunque solo fuera como un fantasma?
¿Por qué se le concedía el deseo a esas alturas?
Como si alguien le respondiera, una avalancha de imágenes inundó su mente, pero no eran los cálidos recuerdos del pasado.
En su lugar, solo veía agonía. Evander retorciéndose de dolor, con los ojos dorados invadidos por una red de venas oscuras.
Sus hermosas alas destrozadas, un charco de sangre negra extendiéndose por el suelo.
Elyria abrió los ojos de golpe y parpadeó rápidamente para contener las lágrimas.
Por los cuatro infiernos, ¿qué había sido eso?
–¡Eh! ¡Lightbreaker se ha despertado! –informó una voz ronca desde una celda vecina–. ¿Qué tal la cabeza, Revivida?
Las palabras rebotaron ruidosamente contra su cráneo. Hizo una mueca de dolor, pero no respondió.
–¿Le pasa algo? –preguntó otra voz. Más fina, más baja. Curiosa.
–Ni idea. No tenía buen aspecto cuando la encerraron.
Elyria se concentró en el techo y mantuvo la mirada fija en una grieta de la piedra hasta que le empezaron a arder los ojos y se vio obligada a cerrarlos.
Afortunadamente, se encontró con la oscuridad del interior de sus párpados y no con otra pesadilla sobre su antiguo amor.
Mantuvo los ojos cerrados e intentó bloquear el mundo exterior.
–Quizá esté enferma –dijo la vocecita.
–Imposible, en vista de cómo se resistió –dijo un tercer interlocutor–. ¿Visteis a esa guardia? Le sangraba la nariz como un grifo y tenía un ojo morado.
Elyria sintió una oleada de orgullo al descubrir lo que un único puñetazo había hecho en la cara de Taryn.
–¿Os parece buena idea esto? –preguntó la voz fina, apenas en un susurro–. Hablar de ella cuando está presente...
–Está dormida como un tronco, ¿no? –dijo la primera voz–. No impone mucho, sinceramente.
–¡Que Noctis te maldiga! Cuida esa lengua, que estás hablando de la guerrera que derrotó a dos docenas de humanos en la batalla de Luminaria ella sola.
–Fueron tres docenas como mínimo –dijo la voz débil–. Y no eran solo humanos. Eran cultistas de Malakar.
Alguien contuvo una exclamación ahogada.
–Los humanos ya son bastante malos de por sí, pero ¿los cultistas? Esa es otra clase de oscuridad.
–Sanguinagi. –La palabra procedía de una nueva voz que solo podía pertenecer a un miembro de la especie nocterrian: suave y dura, masculina y femenina al mismo tiempo–. Magos de sangre.
–Las estrellas saben que aún son un maldito estorbo, con ese condenado Varyth Malchior al mando.
–He oído que la semana pasada eliminaron a algunos miembros del Culto de Malakar a las afueras de Crystalfell.
–Cuatro infiernos... ¿Han llegado hasta ahí?
Hubo unos momentos de tenso silencio. Elyria se erizó al percatarse de que varias miradas estaban clavadas en ella.
–Mi tío estaba en el campo de batalla el día de la Fractura –continuó una de las voces–.
Decía que todo estaba perdido: Malakar ya había tomado el castillo, sus cultistas los estaban destrozando, las fuerzas de la reina Daephinia estaban a punto de rendirse...
Y entonces apareció ella. No llegó a verla luchar, pero fue testigo de lo que dejó a su paso...
Elyria dejó de intentar seguir las voces y adivinar quién hablaba. Qué importaba. Quería que todos cerraran el pico de una vez. Solo deseaba silencio.
Podría hacer que se callaran , pensó distraídamente. Esperando que no se repitieran las visiones desconcertantes y perturbadoras, volvió a abrir los ojos. Clavó la mirada en el techo cubierto de mugre y luego descendió hasta enfocar los barrotes del calabozo.
Una chica silvana, vestida con andrajos que mostraban sus brazos y piernas verdes, la contemplaba con los ojos desorbitados desde la celda de la izquierda.
Dos hombres fae compartían una prisión más grande a su lado.
Los tres estaban absortos en su discusión sobre las antiguas hazañas de la Revivida.
Frente a ellos, una criatura nocterrian con la piel del color de la medianoche se sentaba sin compañía alguna, con las piernas cruzadas.
Sus ojos estaban fijos en Elyria, pero sus pupilas parecían ausentes, perdidas en sus pensamientos mientras aca riciaba distraídamente uno de los majestuosos cuernos retorcidos que sobresalían de su cabello negro azabache.
Elyria sintió que la oscuridad de su interior se agitaba ligeramente. La obligó a retirarse de nuevo.
Había un cartel colgado en la pared junto a la celda, justo enfrente de Elyria. Decía: «PROHIBIDO HACER MAGIA» en grandes letras rojas. Bajo las palabras había un garabato tosco de un monigote alcanzado por un rayo.
Por desgracia, recibir un contrahechizo no mejoraría su dolor de cabeza. Con un suspiro, Elyria se incorporó y disfrutó de los chillidos de pavor que soltaron los chismosos de sus vecinos al darse cuenta de que estaba despierta. Tal vez la aterradora leyenda de la Revivida tuviera alguna ventaja...
Lamentablemente, no bastó para evitar que sus compañeros de prisión reanudaran la conversación al cabo de unos minutos, aunque fuera en susurros ásperos. Elyria dejó de prestar atención. Tenía preocupaciones más urgentes.
¿Dónde estarían Raefe y sus secuaces? ¿Ya los habrían interrogado?
¿Los habrían liberado? La sola idea hacía que echara humo por las orejas, pero tampoco la sorprendería.
Tartanis tenía mucha influencia en Coralith, y no solo allí.
Un oportuno soborno, o una amenaza aún más oportuna, y sus hombres saldrían a la calle para continuar aterrorizando a quien quisieran.
Elyria se frotó las sienes y valoró el estado en el que se encontraba. Frustrada, descubrió que continuaba llevando el pantalón hecho jirones: estaba casi desnuda.
No era de extrañar que todo el mundo la mirara.
Arrancó algunos pedazos de cuero chamuscado y evaluó el desastre de sus piernas.
Las largas ronchas arrugadas de los lados ya se estaban curando, y le dio la impresión de que terminarían por desaparecer casi por completo con el paso del tiempo, pero el mosaico de cicatrices de sus muslos hizo que tomara aire entre dientes.
Las ampollas burbujeantes habían ocultado la mayor parte del daño cuando se miró en la taberna, y no se había dado cuenta del estado de las quemaduras.
Pero estaba claro que Raefe se había empeñado a fondo.
Cuando Elyria lanzó el débil hechizo curativo sobre sus piernas para aliviar el dolor, había fijado las marcas sin querer.
Al desaparecer las ampollas y empezar a curarse las heridas, las cicatrices habían pasado a formar parte de su carne. Para deshacerse de ellas, tendría que despellejarse las piernas y pedirle a un santo que regenerase la piel desde cero.
Elyria lamentó haberse limitado a meterle una enredadera por la garganta a Raefe.
Poco a poco, las voces aumentaron de volumen a su alrededor, aunque sus compañeros tuvieron la prudencia de dejar de hablar de ella en cuanto la vieron en pie.
Empezó a pasear en círculos, preguntándose cuánto tiempo tendría que pasar allí esa vez.
Le parecía raro que no hubiera ido nadie a hablar con ella ni a comprobar cómo se encontraba.
Por un lado, había atacado a un miembro de la guardia de la ciudad.
Por otro, la guardia en cuestión era Taryn.
Esa mujer era horrible. Elyria se había dado cuenta de las miradas que cruzaba el resto del escuadrón mientras Taryn le gritaba.
Desaprobación. Crítica. Irritación. No estaba segura de si iban dirigidas a ella o a Taryn, quien, según había admitido el propio capitán, no se comportaba como debía hacerlo un miembro honorable de la guardia de la ciudad.
Una oleada de lástima invadió a Elyria al pensar en el resto de los guardias, que tendrían que aguantar los irritantes sermones de esa mujer día tras día. Luego, se preguntó qué pensa rían si supieran de qué los había salvado Elyria al picar el anzuelo y reaccionar ante las provocaciones de Taryn.
Tarareando en voz baja, recorrió su celda, y terminó canturreando la cuenta de sus pasos. Finalmente, justo cuando llegó a ciento setenta y tres, se acercó un guardia.
–Ya era hora –dijo Elyria con un tono cantarín, continuando la melodía.
El guardia se rio entre dientes mientras abría la cerradura.
–Va siendo hora de que busques un nuevo pasatiempo, Elle. Esto se está convirtiendo en una mala costumbre.