Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

Cafres, bestias y alimañas

Elyria

R aefe deslizó el dedo que le rodeaba el tobillo por el exterior de su pierna y fue siguiendo la costura de sus pantalones.

Elyria contuvo el aliento cuando llegó a su muslo; el corazón le martilleaba violentamente contra las costillas.

La mano del hombre avanzó sobre el cuero de sus pantalones como si moviera una ficha por un tablero de damas –adelante, atrás, arriba, abajo–, casi como si intentara memorizar su silueta.

Una oleada de repugnancia bombeó por las venas de Elyria, ardiente y feroz.

Se negó a permitir que se le notara en la cara, aunque no pudo evitar retorcerse cuando Raefe se acercó al interior de su muslo.

Se estaba preparando para el inevitable contacto cuando la mano se detuvo.

Con una sonrisa perversa, Raefe rodeó la mesa y repitió el mismo recorrido en la otra pierna.

Elyria tardó un momento en calmar el atronador ritmo de sus latidos y darse cuenta de que algo no iba bien. Que el rastro que el fae estaba trazando por su cuerpo escocía, quemaba. Notaba la piel ardiendo; el cuero de sus pantalones le abrasaba.

Lo primero que pensó fue que el contacto era simplemente repulsivo, pero de inmediato le quedó muy claro que no se estaba imaginando la sensación.

Su piel ardía.

Raefe era un ignimante, y la estaba marcando al rojo vivo a través de la ropa.

El coro espantoso de las carcajadas de los hombres que la sujetaban le hirió los oídos, y el dolor terminó reflejándose en su rostro. El sudor perlaba su frente, y creyó que iba a romperse algún diente de lo fuerte que apretaba la mandíbula. Pero no gritó, por más que se retorciera contra la mesa.

Una ligera brisa le acarició las piernas y le dio un leve respiro a su carne quemada.

Pero el fugaz alivio se vio eclipsado rápidamente por la oscura comprensión de lo que estaba haciendo Raefe: su contacto ardiente había atravesado los pantalones y los estaba carbonizando hasta convertirlos en jirones.

La estaba desnudando centímetro a centímetro, de la forma más dolorosa posible.

Si haber estado a punto de asfixiarse no había logrado que recuperara la sobriedad, el camino de carne abrasada que estaba trazando Raefe la despejó de golpe.

El hedor a cuero carbonizado y carne quemada inundó sus fosas nasales y estuvo a punto de hacerla vomitar. Maldijo su cuerpo traicionero cuando se le cayeron dos hilos de lágrimas que resbalaron hasta sus oídos. Aun así, se negó a darles la satisfacción de oír un solo gemido.

Podía soportarlo.

Había sobrevivido a cosas peores.

Pero dolía. El dolor era abrumador. Y, aunque Elyria no dudaba de que podría sobrevivir al tormento, también sentía... aquello. Algo que se retorcía, que despertaba en lo más pro fundo de su ser: esa oscuridad interior que le costaba tanta energía y esfuerzo reprimir.

Tenía que reconocer que, justo en aquel momento, no le repelía la idea de que Raefe probara esa oscuridad. Al fin y al cabo, había ido a buscarla precisamente por eso. «¿Este es todo el poder de la Revivida?», se había burlado. Si supiera lo que estaba pidiendo...

Pero Elyria sabía que, por satisfactorio que fuera permitir que la oscuridad se encargara de Raefe y sus hombres..., el precio no valdría la pena.

Aquello tenía que acabar. En ese mismo instante.

Giró el cuello con desesperación, mirando a su alrededor por si en la taberna quedaba alguien, algo, que pudiera ayudarla. Cualquier aliado potencial. Cualquier posible distracción.

La taberna estaba vacía.

Vacía, salvo...

Por el rabillo del ojo, vio que Artie se asomaba detrás de la barra. Elyria negó ligeramente con la cabeza. Una advertencia mínima.

El tabernero le devolvió la mirada con intención y dejó sobre la barra una plantita diminuta. No medía más que la palma de su mano. El enano volvió a ocultarse tras la barra antes de que ninguno de los hombres se diera cuenta.

Una sensación de calma invadió a Elyria. Su conciencia se extendió hacia la plantita, sintiendo su energía y la magia que vibraba en sus células. Llena de potencial, llena de energía.

Llena de posibilidades.

Hizo todo lo posible por mantener el cuerpo quieto, por dejar de retorcerse, a pesar de sentir cómo se hinchaban las ampollas en sus piernas.

El dedo de Raefe se detuvo. La miró a los ojos, y su expresión cambió. Desconcierto. Recelo.

–¿Qué pasa ahora? –murmuró, como si hablara solo.

Elyria cerró los ojos. Exhaló.

–Que siento muchísimo haberte decepcionado. Permíteme subsanarlo.

Abrió los ojos de golpe. Brillaban con una furia fría y plateada. El poder vibró por su piel, y la energía salió en volutas de su cuerpo como si fuera humo. Los hombres que le sujetaban las muñecas y los tobillos tomaron aire bruscamente y aflojaron un poco el agarre.

Raefe miró a su alrededor, intentando averiguar qué había cambiado, buscando la causa de la alteración súbita del rostro de Elyria. Hubo una sombra en el rostro del fae cuando volvió a mirarla a los ojos.

Entonces, Elyria lo distinguió claramente en sus pupilas.

Miedo.

Le provocó una sonrisa.

Flexionó las manos, abriendo las palmas a pesar de que los confundidos esbirros de Raefe continuaban inmovilizándole las muñecas, y la planta estalló en una nube de ramas serpenteantes que destrozaron la pequeña maceta de terracota.

Salieron disparadas, se dividieron, se extendieron y se multiplicaron, hasta que los cuatro hombres quedaron suspendidos por los pies, envueltos por gruesos tallos desde el cuello hasta los tobillos.

–¡Es una selvimante! –gritó uno de los hombres.

–¡Hija de...! –bramó otro, pero una liana se enroscó alrededor de su boca y le impidió terminar la frase.

Elyria contuvo la risa. Se estaban quedando muy cortos.

Los ojos grises de Raefe se abrieron como platos cuando las enredaderas se enroscaron por su cuerpo, pero no dijo nada.

No emitió ningún sonido aparte de jadear mientras le ceñían el pecho, estrangulándolo.

Sonó un ruido ahogado y repugnante cuando se le metió un tallo en la boca, mientras Elyria temblaba por el esfuerzo que suponía ser tan lenta y meticulosa con Raefe como él lo había sido con ella.

Ignorando los gritos ahogados a su alrededor, Elyria se incorporó con un gemido y se arrancó los jirones de cuero que habían sido sus pantalones. Frunció el ceño e hizo una mueca de dolor al rozar una zona especialmente lacerada de su muslo derecho.

Artie asomó la cabeza desde detrás de la barra y valoró con indiferencia la escena: media docena de hombres colgados boca abajo, envueltos en enredaderas.

–¿Todo bien, muchacha? –le preguntó a Elyria, y tal vez fueran imaginaciones suyas, pero le pareció ver un destello de alivio en el rostro del enano. Su voz sonaba un poco más ronca de lo habitual.

–Sobreviviré –gruñó ella cuando el dolor le nubló la mente al mover una pierna.

Su magia estaba casi agotada por mantener sujetos a sus atacantes, pero extrajo la poca que le quedaba y envolvió las ampollas y quemaduras con zarcillos de magia curativa.

El alivio fue inmediato. Todavía le dolían los muslos, y palpitaban como si cada pierna tuviera su propio latido, pero era soportable.

Con eso bastaría hasta que pudiera acudir a un santo.

–¿Estás segura?

La puerta se abrió de golpe y un batallón de guardias de la ciudad irrumpió en la taberna, interrumpiendo a Artie. Llevaban presas a las dos mujeres de la banda de Raefe, maniatadas y amordazadas.

–Ah, oficiales, justo a tiempo, como siempre –comentó Elyria con mordacidad. Los gritos ahogados de las mujeres y los hombres colgados dejaban claro que no apreciaban el sarcasmo.

–¿Y esto, Lightbreaker? –preguntó con agotamiento el guardia que iba al frente del grupo, con un emblema de capitán en el lado izquierdo del pecho. Elyria creía recordar que se llamaba Zaric, aunque, tenía que reconocerlo, no había estado precisamente sobria en sus encuentros anteriores.

Se enderezó y alzó las manos en señal de rendición teatral.

–Esta vez la culpa no es mía, señor. Lo juro.

Zaric resopló.

–Da lo mismo. Debo insistir en que liberes a esos hombres.

–No son hombres, capitán. ¿Cobardes? Sí. ¿Cafres? Por supuesto. ¿Bestias? Sin duda. ¿Alimañas? Desde lue...

–Nos ha quedado claro –la interrumpió Zaric.

–En todo caso –continuó Elyria, haciendo hincapié en cada palabra–, considero que necesitan un poco más de tiempo para reflexionar sobre las consecuencias de sus actos.

Me atacaron sin provocación alguna. Han destruido la taberna.

Han destrozado mis pantalones favoritos.

–Se señaló las piernas prácticamente desnudas y varios guardias clavaron la vista en el techo, con la cara roja.

Una de las guardias que se encontraba junto al capitán pareció tomárselo como una afrenta personal–.

No estoy convencida de que hayan aprendido la lección.

Artie resopló en señal de acuerdo.

–Qué historia tan convincente. –La guardia dio un paso al frente, apartándose con un soplido un mechón de pelo corto cobrizo. Elyria se preguntó si la conocía–. ¿Cuánto has bebido esta noche?

–Taryn... –avisó el capitán Zaric.

–Porque esta no es la primera vez que nos llaman a causa de una pelea en una taberna..., en esta taberna, en concreto, y que te encontramos aquí metida en vicios de todo tipo –le espetó Taryn, sin prestar atención a la advertencia de su capitán.

La mirada de Elyria se volvió fría mientras examinaba a la guardia.

–¿Nos conocemos?

Taryn apretó la mandíbula, pero continuó hablando sin responder.

–Además, aunque estuvieras diciendo la verdad, por absurda que sea la posibilidad, no te corresponde a ti castigar a estos hombres. La decisión está en manos de lord Corlyn.

–Ya basta, Taryn. –Zaric le lanzó una mirada fulminante y la mujer retrocedió hasta la fila de sus compañeros.

–La muchacha dice la verdad –intervino Artie, y Elyria enarcó las cejas ante su inesperada ayuda. Al parecer, el enano también estaba sorprendido, ya que se apresuró a añadir–: Por una vez.

Zaric suspiró.

–Libéralos, Lightbreaker. No pienso repetirlo.

Elyria miró con el ceño fruncido al capitán mientras cerraba los dedos y apretaba los puños. Las enredaderas se retrajeron y los cuatro hombres cayeron al suelo con un estruendo de lo más satisfactorio.

–Levantadlos. Los llevaremos a todos a la cárcel para interrogarlos –ordenó Zaric a sus guardias.

La voz de Raefe resonó en el aire, ronca y entrecortada. Elyria mantuvo los puños apretados para evitar partirle la boca de un zarpazo.

–Ca... Capitán, gra... gracias por in... intervenir –comenzó, pero le interrumpió un ataque de tos y se dobló, con las manos en las rodillas. Le vino una arcada tan fuerte que hasta sus esbirros se apartaron.

–Los demás no están así. ¿Qué le pasa? –preguntó Taryn, con la mirada fija en Elyria.

–Ni idea –replicó ella encogiéndose de hombros, aunque sonrió para sus adentros–. ¿Algo más? Tengo mucho que coser.

–Lo siento, Lightbreaker –dijo Zaric–. Tú también tendrás que acompañarnos.

–Seguro que eso no es nece... –objetó Artie, pero Elyria levantó una mano para silenciarlo.

–No pasa nada. Tampoco es tan mal trago –dijo, guiñándole un ojo a Raefe, que palideció varios tonos y volvió a sufrir una arcada–. Os acompaño, siempre que tengáis unos pantalones de repuesto para mí en la cárcel.

–Algo encontraremos –respondió Zaric mientras Taryn murmuraba algo entre dientes.

Elyria se giró bruscamente hacia ella.

–Perdona, ¿qué has dicho?

–Taryn –la regañó Zaric con voz grave.

–No, no. Si tiene algo que decir, quiero oírlo.

–Elyria se irguió al máximo y se volvió hacia la guardia.

Tenían la misma estatura, pero Elyria no era tan musculosa como Taryn.

Sin embargo, ella era la Revivida. Además, que ella supiera, no había hecho nada que justificara la ira de esa mujer.

Como mínimo, su reputación merecía un mínimo de respeto.

Taryn no parecía estar conforme.

–He dicho –escupió, taladrando los ojos esmeraldas de Elyria con los suyos de color verde hierba– que, si dedicaras más tiempo a cantar tus cancioncitas y menos a abrirte de piernas para todos los hombres, mujeres y nocterrian de Coralith, tendrías oro suficiente para comprarte unos puñeteros pantalones, por todas las estrellas.

El aire de la taberna se volvió denso e irrespirable de repente.

–Joder –murmuró Artie, escabulléndose con disimulo hasta meterse detrás de la barra.

–Por los cuatro infiernos, Taryn, ese no es un comportamiento digno de una guardia de la ciudad –reprendió Zaric.

Elyria apenas lo oyó. Los latidos de su corazón retumbaban en sus oídos.

–Ah, ¿es eso lo que pasa? –Entrecerró los ojos al ver la cara de satisfacción de Taryn–. ¿Te he dado calabazas? No... Algo me dice que no soy tu tipo. ¿Te he arrebatado una conquista? ¿Pasé la noche con alguien que te hacía tilín?

La sonrisa pomposa de Taryn se convirtió en una fea mueca de desprecio. Fue como si espoleara a Elyria: notó de nuevo cómo se agitaba la oscuridad en su pecho.

–¿O tal vez era tu amante?

Taryn crispó el labio.

Elyria avanzó hasta casi pegarse a ella.

–¿Te había hecho promesas? ¿Te dijo que era tuyo y de nadie más? –continuó–. De ser así, comprenderás que la culpa no es mía... Aunque me cuesta entender por qué te traicionó. –La sonrisa de Elyria fue felina, letal–. Eres encantadora.

–Ni siquiera lo recuerdas... –masculló Taryn en voz baja.

–Llevo doscientos sesenta y un años caminando por la tierra. Mi lista de amantes satisfechos es más larga que la profundidad de la Sima. No puedes esperar que recuerde el nombre, el rostro y... –la miró de arriba abajo– los conocidos de cada uno de ellos.

Le satisfizo muchísimo el gruñido de respuesta de la guardia.

–Suficiente –murmuró Zaric, sin hacer amago de intervenir.

Aun así, bastó con eso, porque Taryn apartó la vista y bajó los ojos al suelo. Elyria se volvió hacia la puerta de la taberna.

–Puta –dijo la guardia.

El insulto no debería haberle afectado, pero estaba cansada. Acababa de soportar la sensación de que su propia piel se derri tiera bajo el repugnante contacto de Raefe. Su magia se había agotado. Su paciencia era inexistente.

Aun así, Elyria intentó mantenerse impertérrita. Cuando se repitió el insulto, cuando la palabra le atravesó los oídos, afilada como un cuchillo, inspiró hondo una vez para calmarse.

Luego, dos.

Fue en vano.

Porque ahí estaba.

La oscuridad. La sombra en su interior.

Viva.

La tortura de Raefe la había despertado, y en ese momento se retorcía. Anhelaba, suplicaba que la liberase.

Y Elyria no sabía cómo detenerla.

Así que hizo lo que hubiera hecho cualquier persona sensata.

Tomó impulso y le propinó un puñetazo en plena cara a Taryn, un miembro jurado de la guardia de la ciudad.

El resto del escuadrón del capitán Zaric se abalanzó sobre ella, tal y como sabía que sucedería. La tiraron al suelo, tal y co­mo esperaba.

Y, cuando uno le golpeó la nuca con la porra, no una ni dos, sino tres veces, antes de perder el conocimiento, Elyria sonrió.