Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Se aferró a la imagen como si pudiera grabarla en su mente, como si no fuera el retrato de un fantasma.

Un anhelo doloroso le atravesó el pecho, agudo y ardiente.

Casi podía sentir el cálido aliento de Evander contra su piel.

Casi oía su voz susurrante en su oído. El recuerdo fue tan intenso que atravesó la neblina que le había provocado el alcohol.

El portazo de la taberna la devolvió al presente, y soltó una maldición. En los pocos segundos en que se había quedado absorta en la visión, muchos de los parroquianos habían huido.

Pero no todos.

Raefe y tres de sus matones –los hombres– seguían allí.

Elyria sintió una punzada de incomodidad y se preguntó adón­­de habrían ido las mujeres.

Supuso que estarían vigilando fuera; tal vez las había herido tan gravemente que habían escapado.

Mientras observaba a los cuatro sujetos apiñados junto a la puerta, se temió lo peor.

Los aros de oro de sus orejas puntiagudas brillaban a la luz del fuego mientras cuchicheaban, nerviosos.

Elyria frunció el ceño. Era evidente que estaban elaborando una estrategia para derrotarla.

Diez minutos antes, habría aceptado el reto, contenta de alargar el momento, de darles un buen espectáculo y divertirse un poco.

Pero aquella visión había sido... inesperada.

Y Elyria ya no estaba de humor para pelear.

Cruzó una mirada con Artie antes de fijarse con toda intención en la puerta trasera. Por irritantes que fueran sus reprimendas constantes, le tenía cariño al viejo enano. Tenía que marcharse de allí; no quería que saliera herido cuando hiciera lo que tenía que hacer.

Artie puso los ojos en blanco, pero se parapetó detrás de la barra.

Suficiente , pensó Elyria.

El poder zumbó en sus oídos cuando levantó una mano, invocando su magia natural para poner fin a aquello rápidamente.

El suelo tembló. La madera crujió. El polvo se desprendió de las vigas.

Y nada más.

Elyria se miró la mano y suspiró. Tal vez sí que hubiera bebido demasiado, después de todo, porque la tierra bajo el suelo de la taberna se negaba a responder a su llamada.

Una carcajada cortó el rumor.

–¿Este es todo el poder de la Revivida? –se mofó Raefe–. ¿De verdad alguien se traga que esta caricatura de una fae acabara con tres docenas de cultistas durante la batalla de Luminaria?

–La zorra habrá perdido facultades con el paso de las décadas –comentó uno de los hombres, chascándose los nudillos mientras miraba de forma libidinosa a Elyria, que se mordió el labio para contener un resoplido burlón. Ese tipo no era ni la mitad de intimidante de lo que creía.

Raefe, sin embargo, era una amenaza andante. Soltó una risa desdeñosa, mostrando los dientes manchados de sangre, que le goteaba de la nariz por el puñetazo de antes.

A Elyria le consoló un poco haber cumplido su promesa.

Pero a él no parecía importarle demasiado.

–Cuando llegó a oídos del maestro Tartanis que la poderosa Revivida había sido vista de nuevo en Coralith, no podía creer su suerte.

Yo tampoco me creía la mía cuando me envió a buscarte.

Imagina mi decepción al encontrar a una desharrapada que no hace más que entonar tonadillas y emborracharse hasta casi caer redonda en una taberna de mala muerte.

Elyria reprimió la creciente incomodidad en su estómago y esbozó una sonrisa forzada.

–Da gracias a las estrellas por lo dulce que estaba la sidra esta noche, o esto habría acabado antes de empezar.

Saltó de la mesa y plantó los pies en el suelo, preparándose para la avalancha de adversarios que se le vendría encima.

Pero eso no ocurrió.

En cambio, sintió que el aire a su alrededor se enrarecía.

De pronto era incapaz de respirar lo suficientemente rápido.

Notó que se le nublaba la vista. Extendió una mano para agarrarse a algo y mantener el equilibro, y retrocedió cuando sus dedos no encontraron nada más que el brazo sudoroso de uno de sus atacantes.

A pesar de ver borroso, distinguió a dos de los hombres con las manos extendidas: Raefe había traído consigo a todo un ejército de malditos aeromantes.

–Tra... tramposo... –balbuceó mientras la taberna daba vueltas a su alrededor.

Entonces, sin previo aviso, el aire volvió a entrar en sus pulmones: los hombres habían cortado su magia.

Aspiró con ansiedad, incapaz de hacer otra cosa antes de que el tipo que tenía más cerca le agarrara las muñecas.

Gritó cuando otro le rodeó los tobillos con unas manos rollizas.

El tercero enderezó la mesa volcada y la estamparon contra ella. La madera crujió contra su espalda.

–Qué decepción –repitió Raefe, cerniéndose sobre Elyria–.

No solo has destrozado nuestro sueño de contemplar a la legendaria Revivida en todo su supuesto esplendor, sino que la pelea ni siquiera ha durado lo bastante como para considerarse entretenida.

–Se volvió a secar la sangre que le goteaba de la nariz y esbozó una mueca–.

Vamos, canta ahora para nosotros. Puede que tu poder deje bastante que desear, pero reconozco que disfruté bastante con tu pequeña actuación. Tienes una voz preciosa.

Su tono de voz hizo que a Elyria se le quitaran las ganas de cantar durante el resto de su vida.

–Quizá en otra ocasión –logró articular–. Por esta noche ha sido más que suficiente. –Recorrió con la mirada los rostros de los hombres que la sujetaban, grabándolos en su memoria–. Y no creo que a tu jefe le haga gracia que dañes su botín –añadió.

La forma en que Raefe curvó los labios al mencionar a Tartanis le dejó claro que aquello sería inútil.

–Que nos enseñe las alas, Raefe –gruñó con voz ronca el hombre que le estaba sujetando las muñecas. Elyria reprimió un escalofrío y se retorció para liberarse, pero él la apretó más fuerte.

Raefe trazó un círculo lento y deliberado con el dedo alrededor de su tobillo.

–Ah, sí. ¿No quieres sacar las alitas para que juguemos un poco? Si nos ofreces un buen espectáculo, tal vez te dejaremos ir.

Elyria no picó, por más que sus ojos lascivos la estuvieran recorriendo de arriba abajo.

Habían dejado claro que estaban allí por ella.

No se marcharían sin ella. Pero, aunque estuviera diciendo la verdad, ni loca iba a enseñar sus alas.

Ni de broma expondría la parte más vulnerable de su cuerpo ante esos canallas.

–Enséñame las tuyas y yo te enseño las mías –le espetó.

–Por mí, encantado –respondió Raefe, y Elyria tuvo que tragar saliva para impedir que toda la sidra que había bebido subiera violentamente por su garganta.

Se le aceleró el pulso y de nuevo sintió una sensación de incomodidad, de advertencia, en la boca del estómago.

–Vale –dijo rápidamente–. Cantaré para ti encantada. –Raefe arqueó las cejas y ella sonrió dulcemente–. Cantaré a pleno pulmón cuando estés frío y enterrado y baile sobre tu tumba. De hecho, daré un concierto entero a la mayor gloria de los celestiales, especie de bastardo sarnoso.

Raefe chasqueó la lengua y ensanchó la sonrisa. Elyria sintió que se le helaba la sangre en las venas.

–Ah... Creo que, mucho antes de eso, tú y yo juntos entonaremos una música muy dulce.