Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

La Revivida

Elyria

E l cristal se hizo añicos contra la pared que Elyria tenía detrás y un líquido pegajoso de color ámbar le salpicó el cuello.

–No tiréis la sidra, idiotas. –Bajó los pies del taburete y dio un largo trago a su jarra. Balanceándose un poco, torció la cabeza para examinar los pedazos de la botella que habían caído en la barra junto a ella.

No hay que desperdiciar nada , pensó, recogiendo el culo del casco y acercándoselo a la boca con precaución. Unas cuantas gotas de sidra dulce y ácida le cayeron en la lengua.

La taberna era una cacofonía de gritos y cuerpos que chocaban unos contra otros: nada novedoso en El Verraco Achicharrado.

Caían vasos y se rompían, salpicando cerveza por el suelo y las mesas cercanas.

Elyria se agachó, evitando por los pelos un pichel plateado que pasó silbando junto a su oreja.

El recipiente se estampó con estruendo contra la madera oscura de la pared, y la sidra bañó el suelo de piedra.

Elyria estaba negando con la cabeza – Qué desperdicio – cuando se fijó en Artie.

El enano, armado con una escoba, se desgañi taba gritando cosas ininteligibles mientras intentaba separar a un par de parroquianos que habían llegado a las manos.

Por diminuto que fuera, Artemicion Quijada era el típico tabernero cascarrabias.

Y fulminaba a Elyria como si todo fuera culpa suya.

A ella se le puso la carne de gallina y le devolvió la mirada.

Sí, normalmente se caldeaba el ambiente cuando cantaba las últimas canciones de la noche, pero tampoco era como si hubiera estado entonando himnos de guerra.

En todo caso, la culpa era de Artie. Sin duda, sus clientes se emborracharían mucho menos si esa taberna no sirviera la mejor sidra de Coralith y la tercera mejor cerveza.

Y no se le podía echar la culpa a Elyria de que un grupo de seis gañanes hubiera irrumpido en El Verraco Achicharrado durante su bis y prácticamente hubieran arrollado a toda la concurrencia.

Así que no, no le parecía justo que Artie actuara como si fuera culpa suya que hubieran empezado a volar los puñetazos. Al menos esa vez.

Un nuevo estrépito de cristales rotos retumbó en sus oídos, poniéndola de los nervios.

Sin duda, le tocaría pagarlo la mañana siguiente.

Con el codo apoyado en la barra, dejó caer la cabeza en la palma de la mano cuando alguien lanzó un taburete que reventó contra las losas del suelo.

Posó la mirada de nuevo en Artie, que tenía la mandíbula desencajada bajo su barba trenzada y el ceño fruncido de indignación. Él mismo había tallado ese taburete.

Elyria hizo una mueca. Sí, le tocaría pagarlo. Y de varias formas.

–Vaya, vaya, si es la Revivida –dijo una voz masculina grave y resonante por encima del tumulto–. Nos ha costado mucho encontrarte.

Elyria dirigió sus pesados párpados hacia el hombre, no sin esfuerzo.

Barbilla fuerte con un hoyuelo. Ojos grises.

Cabello rubio por los hombros. Lo encontró relativamente atractivo, pero los llamativos aros dorados que llevaba en las orejas puntiagudas hicieron que perdiera el interés de inmediato.

De cada pendiente colgaba una cuenta rojo rubí: era uno de los hombres de Tartanis.

–¿Todo esto es por mí? –se burló Elyria, llevándose una mano al corazón–. Me siento halagada.

El hombre puso los ojos en blanco.

–No es culpa nuestra que hayas enfurecido al público con tu numerito. –Hizo un gesto a sus esbirros, tres hombres y dos mujeres, y después al escenario del rincón–. Vas a venir con nosotros.

–¿En serio? –Elyria suspiró y dejó la jarra sobre la barra con un golpe seco–. Y yo que pensaba pasar una velada tranquila...

Él tuvo el descaro de sonreír con suficiencia.

–Eso depende de ti.

–¿En qué sentido?

El elfo entrecerró los ojos.

–Puedes acompañarnos sin oponer resistencia, o podemos arrastrarte... y no precisamente por las buenas.

Uno de los malencarados secuaces del hombre soltó un cloqueo entre dientes.

–Bien dicho, Raefe.

–Raefe, ¿eh? –Elyria se tambaleó al levantarse. No estaba precisamente en el mejor estado de sobriedad, tenía que admitirlo. No importaba.

El tipo arqueó las cejas.

–Así es, Revivida.

Elyria puso los ojos en blanco. La mitad de las personas que la llamaban por su apodo lo escupían como si fuera un insulto. La otra mitad, como una plegaria. Ninguna de las dos cosas le hacía la menor gracia.

–Bueno, Raefe, te sangra la nariz –comentó con total naturalidad.

Él abrió los ojos de par en par. Se pasó el dorso de la mano por la nariz, se la miró y puso mala cara.

–Qué va.

Ella se apretó los nudillos hasta hacerlos crujir y le lanzó una mirada elocuente.

–Dale tiempo.

Raefe bufó una carcajada desdeñosa y les hizo una señal a sus hombres.

–Como quieras...

Dos borrachos enzarzados rodaron cerca de ellos en ese momento, y Elyria se apartó de la barra mientras Raefe atacaba con un golpe brutal dirigido a su cabeza y otro a su estómago.

Ella los esquivó girando sobre sí misma con una elegancia tambaleante. Se le escapó una risilla orgullosa; aunque corriera mucha más sidra que sangre por sus venas, continuaba sien­­do una luchadora formidable. Cualquier otro ya estaría en el suelo.

Sin embargo, la confianza que le daba el alcohol no la ayudó cuando se enfrentó a su segundo oponente, que aguardaba a su derecha.

La mujer tenía el cabello verde iridiscente recogido en trenzas apretadas, y sus prendas de cuero estaban recortadas para mostrar sus alas brillantes y la piel nacarada de sus hombros y brazos. Flexionó la mano y una ráfaga de aire concentrado derribó a Elyria.

Una aeromante. Fantástico.

Elyria cayó al suelo. A pesar del golpe, no pudo evitar fijarse en los rasgos afilados de aquella mujer: su mandíbula angulosa, la regia curvatura de su nariz, los huesos salientes de sus pómulos. Clásica belleza fae, tan distinta de Elyria.

Si no fuera por las orejas puntiagudas y la melena malva como la vincapervinca que la saludaban a diario al mirarse en el espejo, habría dudado que fuera realmente fae. No pudo evitar comparar su propio rostro, de mejillas suaves y nariz respingona, con la belleza severa de aquella mujer.

Los rasgos de la fae parecían aún más duros por la mueca de desprecio con que la miraba. No era la primera vez que Elyria se alegraba de mantener ocultas sus alas, y de que la magia que las cubría también las protegiera. Sabía bien lo mucho que dolía que le espachurraran un ala a un fae.

Se puso en pie de inmediato y se mantuvo relativamente firme, aunque la taberna parecía dar vueltas a su alrededor.

Sin más, lanzó un puñetazo al pecho de su atacante, quizá con más fuerza de la que pretendía. Con una tos ahogada, ella se derrumbó, jadeando como si le hubieran arrebatado todo el aire de los pulmones. Elyria supuso que tal vez fuera así.

Justicia poética , pensó, que una aeromante pierda el aliento.

Elyria Lightbreaker no era conocida como «la Revivida» porque sí. Se había ganado su apodo en tiempos de guerra, le gustara o no. Y se alegraba de estar como una cuba, porque hacía mucho que no se divertía tanto. De haberse encontrado sobria, aquello habría terminado en unos instantes.

Raefe volvió a lanzarse contra ella, y lo recibió con un puñetazo en la nariz que provocó un crujido de lo más satisfactorio. Él trastabilló, reculando, chocó con un grupo de hombres que daban tumbos y los derribó como si fueran bolos.

Por desgracia, Elyria no tuvo tiempo de recrearse con el espectáculo.

Alguien se acercaba y extendía las manos como si intentara agarrarla. Era una criatura nocterrian, y parecía joven. Elyria se apartó rápidamente, frunciendo el ceño, porque ni siquiera formaba parte de la banda de Raefe; simplemente había terminado en medio de la pelea sin querer.

Elyria agarró uno de sus gruesos cuernos y empezó a dar vueltas para hacer que girara como un trompo, sin hacer caso alguno a sus gritos de indignación.

Tras recibir una patada en el trasero, la criatura acabó estrellándose contra la puerta de la taberna.

Fue dando tumbos hasta que recuperó el equilibrio y se quedó mirando a Elyria con los ojos muy abiertos.

–¡Bu! –dijo ella, y su víctima huyó en la noche.

De repente, notó un golpe gélido en la nuca. Se volvió en redondo. Otro de los esbirros de Raefe –la otra mujer fae– estaba de pie en medio de la taberna, con los ojos entrecerrados.

–¿En serio acabas de...? ¿Me has tirado una bola de nieve? –Elyria se tocó la nuca. Efectivamente, así era. Se estremeció cuando el grumo gélido empezó a deslizarse por la espalda de su chaleco y a derretirse por su columna. El frío hizo que se despabilara bastante.

–Enhorabuena por la creatividad, aquamante.

–Enganchó la bota en el reposapiés de un taburete cercano–.

¡Una bola de nieve en pleno verano! Debo admitir que eso no me lo esperaba –reconoció, mientras levantaba la pierna bruscamente para lanzarle la banqueta a la cara.

El choque de madera y hue­­so sonó inquietantemente parecido al crujido del hielo al romperse.

–Ponlo en mi cuenta, Artie –dijo Elyria, y un gruñido malhumorado respondió desde el otro lado de la barra.

A su derecha, una mesa se volcó con estrépito y quedó tumbada en el suelo. Elyria pegó un brinco que la hizo aterrizar en el borde del tablón, con la gracia de una bailarina.

–Venga, vamos –los pinchó con voz alegre, mientras avanzaba haciendo equilibrios–. ¿Quién es el siguiente?

Otra jarra voló por los aires, dirigida a su cráneo. La atrapó en el aire con una carcajada y le dio un trago antes de tirarla a un lado. La cerveza estaba un poco pasada, e hizo una mueca cuando se deslizó por su garganta.

Se le cortó la risa de pronto; empezó a ver borroso y, por un segundo, vio claramente unos luminosos ojos dorados, un rizo de cabello oscuro en un rostro de líneas marcadas, unas alas de un negro intenso y un dorado centelleante.