Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Prólogo
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Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1)

Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1)

Por Gretchen Powell Fox

© inepub.com

Prólogo

E l final de la vida de la reina Daephinia fue luminoso.

De entrada, no lo parecía.

Todo era caos y confusión, entrechocar de aceros, conjuros rugientes.

Oscuridad.

Los ojos de la reina ardían de furia y determinación mientras fulminaba con la mirada al hechicero oscuro que se enfrentaba a ella sobre la torre.

La lluvia los azotaba a ambos; Daephinia tenía el cabello dorado pegado a la frente, y el repiqueteo de las gotas contra su corona resonaba en sus oídos como una campana de advertencia.

–Has traído la ruina al reino, Malakar –dijo Daephinia, jadeante. Le ardía el pecho y le temblaban los músculos; la lucha había durado demasiado–. Tu reinado del terror termina aquí y ahora.

Malakar inclinó la cabeza. Su capa sombría ondeó como una marejada en el océano oscuro. Desvió la vista hacia la corona dorada que ceñía la frente de su adversaria.

–Mostráis una convicción admirable..., majestad –pronunció con sorna–. ¿Dónde estaba esa honorable determinación cuando erais vos quien dividía el continente?

Aquellas palabras se le clavaron como una daga afilada. Sintió que se desangraba de culpa por dentro.

–Yo... Tengo mucho de lo que arrepentirme.

Malakar hizo una pausa y evaluó a la reina, enarcando las cejas con frialdad.

–¿Te arrepientes, Daephinia? ¿De veras? Qué emoción tan... humana. –La palabra quedó suspendida entre ambos–. Confieso que me sorprende.

–No pretendo negar que he fallado –repuso ella, armándose de valor–. Pero tú no deberías fingir que las Simas no son el fruto de todo el dolor que has causado.

–Quizá, Daephinia. Quizá. Pero mira lo que ha provocado tu propio dolor...

Contempla el caos que se ha nutrido de tu pesar.

–Hizo un aspaviento de desdén, casi perezoso, en dirección a la batalla que se libraba más allá de los muros del castillo: las legiones de cultistas a su servicio, los humanos rebeldes que se enfrentaban a las debilitadas fuerzas arcanias de Daephinia.

La reina se mordió el labio al ver que un contingente de soldados de Malakar cargaba contra una de sus guarniciones.

Estaban perdiendo la batalla.

Una lenta sonrisa se dibujó en el rostro del hechicero al percibir cómo flaqueaba la voluntad de la reina.

–Tu marido me suplicó al final, ¿sabes? –susurró, con una voz aterciopelada que resbaló como una serpiente sobre la piel de Daephinia–.

Cayó de rodillas. Las lágrimas corrían por su rostro avejentado...

Me rogó que te perdonara, que perdonara a tu hija.

Incluso mientras me maldecía por mi traición, seguía suplicando.

Juno, al final, no era más que un débil y patético humano.

Oír el nombre de su esposo le atravesó el corazón. Oírlo de boca de Malakar hizo que le ardiera la sangre.

–¡Tú eres humano!

–Ambos sabemos que ahora soy mucho más que eso.

La reina cerró los puños y la luz parpadeó débilmente en las yemas de sus dedos.

–Sí, y mira lo que ha provocado tu ambición.

Ya es suficiente, Malakar. Esto acaba aquí y ahora.

Voy a poner fin a tu maldad; restauraré la paz que yo misma ayudé a destruir.

–Su ira parecía un ser vivo que se retorcía en su interior.

Le rogaba que atacara, que usara su magia para destruir a aquel hombre perverso.

Pero apenas le quedaba fuerza. Sus palmas ardieron un instante y su poder se extinguió.

–¿Paz? –La risa grave de Malakar sonó como un toque de difuntos–.

Nuestros pueblos nunca han estado en paz, y jamás lo estarán mientras los tuyos sigan acaparando la magia y alardeando de sus habilidades mientras mi gente tiene que batallar con uñas y dientes para conseguir una mísera cantidad de maná.

–Eso no es...

–Mi pueblo no lucha por la conquista, sino por obtener el poder que merece, el que se le debe. La paz es una ilusión. El mundo nació en el caos y en el caos terminará.

La magia oscura brotó de su pecho, y Daephinia tardó demasiado en cubrirse alzando las manos.

El impacto hizo que chocara con las almenas y se golpeara la nuca contra la dura piedra.

Una ráfaga de centellas danzó en su campo de visión.

Dejó caer la barbilla y contuvo un grito ahogado cuando la corona dorada resbaló de su cabeza y rodó hasta detenerse a los pies del hechicero.

–La Corona de la Concordia –dijo Malakar con voz reverente mientras se inclinaba para recogerla, con los ojos brillantes de triunfo–. Tanto poder contenido en una cosa tan pequeña...

–¡No la toques! –chilló Daephinia, poniéndose en pie con dificultad–. ¡Sabes perfectamente quién estaba destinada a portarla!

Malakar puso los ojos en blanco.

–¿Y de qué le hubiera servido a una criatura mestiza el objeto más poderoso de la creación? Es mucho más clemente que su miserable existencia haya tenido un final rápido. Deberías darme las gracias.

De pronto, Daephinia lo vio todo rojo.

–Juro que te despellejaré por todo lo que me has arrebatado.

Malakar soltó una carcajada siniestra.

–Lo dudo. –Levantó la corona, con un brillo malicioso en los ojos–. Ahora, nada podrá detenerme.

Fue como si el tiempo se detuviera. Daephinia cerró los ojos, se sumergió en lo más profundo de su ser y extrajo los restos de su magia.

Con el último vestigio, invocó una luz dorada que envolvió sus manos, sus brazos, todo su cuerpo.

Sus latidos apresurados se volvieron erráticos.

No le importó. Su luz estaba dentro y fuera de ella mientras la forjaba, la moldeaba, le daba cuerpo.

La curva creciente de un arco, el hilo luminoso de su cuerda.

La concentró hasta crear la punta afilada de una flecha dorada.

Con una plegaria a Solaris en los labios, tensó la cuerda y la soltó lanzando un grito de desafío, justo cuando Malakar se ceñía la corona en la frente. La flecha luminosa dio en el blanco y se clavó justo en el centro de la corona.

–¡No! –El rugido del hechicero fue engullido por una explosión de luz blanca. La Corona de la Concordia se rompió, irradiando un brillo deslumbrante que creció en una marea luminosa. Envolvió al hechicero, a la reina y a la ciudad entera.

Malakar no era más que un jirón desgarrado de sombra cuando la corona, partida en dos, tintineó contra la piedra.

Durante un instante, no hubo nada más que luz pura, incandescente, cegadora.

Entonces, la luz regresó a Daephinia con un ataque devastador que la desgarró por dentro.

El final de su vida fue luminoso.