Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—Esto no puede ser bueno.

—No. Definitivamente no… —dijo ella.

Timothy llegó primero y se plantó delante de Atlas con el pecho inflado de orgullo.

—¡Les dije que volverían enamorados!

La cabra baló como si confirmara la noticia.

Edmund cruzó lentamente los brazos, miró a su nieta, después a Sebastian, y luego volvió a mirar a Charity, hablando con una tranquilidad sospechosa.

—¿Debo preguntar por qué mi nieta desapareció toda la tarde montada en el caballo del conde?

Charity abrió la boca, pero Sebastian habló antes.

—La culpa fue mía.

—¡Por supuesto que fue suya! —respondieron lady Margaret y Charity exactamente al mismo tiempo.

Las dos mujeres se miraron y estallaron en una carcajada.

Sebastian cerró los ojos resignado, porque aquello acababa de empezar.

Edmund descendió lentamente los escalones y se detuvo justo delante del caballo.

—Lord Weymouth.

—Lord Ashbourne.

—¿Secuestró usted a mi nieta? —por primera vez en su vida, Edmund trataba de usted a Sebastian y eso hizo que el conde comprendiera lo furioso que debía estar el anciano.

Sebastian respiró hondo y afirmó.

—Sí.

—¿Se arrepiente?

Él volvió la cabeza hacia Charity que le dedicó una sonrisa apenas perceptible, y después volvió a mirar al anciano.

—No.

Edmund permaneció completamente serio, hasta que finalmente negó con la cabeza.

—Al menos tienes la decencia de ser sincero.

Lord Caspian soltó una carcajada, Nathaniel también y lady Margaret fue directamente hacia Charity. La abrazó con tanta fuerza que casi la hizo perder el equilibrio al bajar de Atlas, y le tomó el rostro entre las manos.

—¿Eres feliz?

Charity ni siquiera necesitó pensarlo. Miró a Sebastian, sonrió y respondió simplemente:

—Muchísimo.

Margaret cerró los ojos emocionada.

—Entonces ya está.

Edmund carraspeó.

—No tan deprisa.

Todos lo miraron. El anciano caminó hasta quedar frente a Sebastian, lo suficientemente cerca para intimidar a cualquiera.

—Tengo una sola pregunta.

Sebastian tragó saliva.

—La que usted quiera.

Edmund señaló a Charity.

—¿Quién decidió casarse?

Sebastian sonrió, lleno de orgullo y volvió la cabeza hacia la mujer que amaba.

—Ella.

Edmund observó a su nieta, y ella sostuvo su mirada con firmeza, sin esconderse.

—Sí, abuelo; quiero casarme con él porque yo lo elegí.

Los ojos del anciano comenzaron a humedecerse y se volvió hacia Margaret.

Ella ya estaba llorando.

Caspian carraspeó discretamente para ocultar la emoción, y Nathaniel sonreía como quien acababa de asistir al final de una historia que siempre supo cómo terminaría.

Y entonces, como no podía ser de otra manera, Timothy rompió el momento, levantó los brazos con toda la solemnidad que un niño de nueve años podía reunir y anunció a voz en cuello:

—¡ENTONCES HAbrÁ BODA!

El jardinero dejó caer una pala, la cocinera dio un gritito de alegría y Mary empezó a llorar. Sin embargo, como si el destino hubiera estado esperando aquella frase, las campanas de la iglesia comenzaron a sonar a lo lejos, anunciando la misa vespertina y Timothy abrió muchísimo los ojos.

—¿Lo ven? ¡Hasta la iglesia ya lo sabe!

Las palabras de Timothy parecieron tener un efecto mágico, porque después, como si el pueblo entero hubiese estado esperando únicamente aquella confirmación, el jardín de Ashbourne House se convirtió en un caos perfectamente organizado.

La cocinera comenzó a llorar sin el menor pudor, Mary abrazó a Charity por segunda vez en menos de cinco minutos y el jardinero estrechó la mano de Sebastian con tanta fuerza que casi le hizo perder el equilibrio.

Hasta el viejo mayordomo Collins, que llevaba veinte años sin modificar el gesto solemne de su rostro, permitió que una pequeña sonrisa apareciera bajo su impecable bigote.

—Lo felicito, milord.

Sebastian todavía parecía incapaz de asimilar lo que estaba ocurriendo y seguía mirando a Charity como si necesitara comprobar cada pocos segundos que continuaba allí, y que no volvería a desaparecer.

Edmund carraspeó con teatralidad.

—Bien. Ya que todo el condado parece haber decidido organizar la boda antes que nosotros... ¿sería mucho pedir que entráramos en la casa?

—¡Esperen! —gritó Timothy. Todos volvieron la cabeza y el niño levantó una mano con absoluta solemnidad—. Todavía falta una cosa.

Edmund suspiró.

—¿Y qué falta ahora?

Timothy señaló directamente a Sebastian.

—Que le pida perdón a lady Charity por secuestrarla.

Margaret llevó un pañuelo a la boca para ocultar una sonrisa y Nathaniel giró discretamente la cabeza.

Caspian comenzó a reír antes incluso de que Sebastian pudiera responder.

El conde respiró profundamente. Después caminó hasta quedar frente a Charity, si sin importar que todos los observaran, tomó ambas manos entre las suyas y con una seriedad absoluta dijo:

—Lady Charity Bellerose...

Ella ya estaba sonriendo.

—¿Sí?

—Lamento profundamente haberla secuestrado delante de media ciudad.

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Profundamente?

—Muchísimo.

—¿Arrepentido?

Sebastian la miró unos segundos. Toda la familia aguardaba la respuesta y Timothy contenía incluso la respiración.

El conde terminó sonriendo.

—De las formas... sí, pero del resultado jamás.

Las carcajadas estallaron alrededor de ambos, hasta Edmund terminó riéndose.

Charity negó lentamente con la cabeza.

—Imposible.

—¿Qué cosa?

—Que consiga permanecer serio más de dos minutos.

—Eso empezó a ocurrirme desde que apareciste tú.

Margaret observó aquella escena con los ojos llenos de lágrimas, se acercó lentamente a Edmund y le tomó del brazo.

—¿Recuerdas el día que decidimos comprometerlos?

El anciano sonrió.

—Perfectamente.

—Yo estaba convencida de que terminarían odiándonos.

Edmund soltó una risa baja.

—Durante un tiempo creo que sí lo hicieron.

—Y míralos ahora.

Los dos ancianos permanecieron unos segundos contemplando a su nieta, a quien ya no veían como la muchacha impulsiva que había llegado huyendo de Londres.

Veían a una mujer segura, feliz y libre.

Edmund respiró profundamente antes de acercarse a Sebastian y el joven dejó inmediatamente de sonreír.

Aún conservaba cierto respeto —o quizá miedo— por el abuelo de Charity.

El anciano permaneció frente a él unos segundos, después levantó lentamente la mano y sintió una fuerte palmada sobre el hombro.

—Bien hecho.

El conde abrió mucho los ojos.

—¿Perdón?

—Aunque si vuelves a dejar en evidencia a mi nieta delante de medio Bath, te romperé la nariz… —advirtió y todo el jardín volvió a estallar en risas.

—Lo tendré presente, milord.

—Más te vale.

Nathaniel dio un paso adelante, esperó pacientemente a que todos terminaran de hablar y después se dirigió hacia Charity.

Ella lo recibió con una sonrisa llena de gratitud.

—Gracias.

Él negó con suavidad.

—No me des las gracias. Solo hice que dejaras de mentirte.

Charity sintió un nudo en la garganta cuando él extendió la mano hacia Sebastian.

El conde la observó apenas un instante antes de estrecharla con firmeza y Nathaniel sostuvo su mirada.

—Cuídela.

Sebastian respondió sin vacilar.

—Con mi vida.

Nathaniel sonrió y Timothy, que había observado la escena con creciente impaciencia, terminó explotando.

—¡Muy bonito todo! —Todos volvieron la cabeza hacia el niño que cruzó los brazos—. Pero ¿cuándo vamos a comer pastel?

Edmund soltó una carcajada.

—Todavía no hay boda.

Timothy puso cara de absoluta incredulidad.

—¿Cómo que no? —Miró a Charity, después a Sebastian y luego a todos los presentes—. ¡Si ya están enamorados!

Aquella lógica infantil resultó tan irrefutable que nadie encontró una respuesta, ni siquiera Sebastian.

Charity caminó hasta el pequeño vendedor de cabras, se agachó frente a él y le revolvió el cabello.