CAPÍTULO 16
La cabaña permanecía envuelta en un silencio de dos corazones que, después de tantas palabras pronunciadas a destiempo, finalmente habían encontrado la paz.
El crepitar del fuego que había encendido Sebastian, era el único sonido que rompía la quietud de la pequeña estancia. Afuera, el bosque comenzaba a oscurecer lentamente y el viento hacía balancearse las ramas de los robles contra las ventanas, pero allí dentro todo parecía suspendido en el tiempo.
Ellos, sin embargo, estaban recostados frente al fuego, sobre unas mantas, abrazados después de dejarse llevar por la pasión que fue contenida gracias a la experiencia de Sebastian, que seguía observando a Charity con aquella expresión incrédula de quien teme despertar y descubrir que todo ha sido un sueño.
Ella sonrió apenas, con el pelo revuelto, las mejillas ruborizadas y los labios inflamados. Se había despojado del su vestido y en ese instante vestía solo sus interiores, aunque sus pechos… habían sido liberados del corsé, para que él los degustara con la boca y la lengua hace unos momentos.
Era extraño, porque hacía unas horas estaba convencida de que, si volvía a verlo, lo primero que haría sería reprocharle todas las lágrimas que le había hecho derramar.
Sin embargo, ahora solo tenía ganas de mirarlo, de grabar su rostro, aquella silueta fuerte y ardiente, desprovista de la camisa, en su memoria, y aquello resultaba incluso más peligroso.
No habían llegado a hacer el amor según él, pero Charity estaba segura de que, todo lo que le había hecho Sebastian, no estaba muy lejos de alcanzar aquello que había escuchado hablar a las cridas de su casa.
El ardor, las ansias, el deseo insoportable que le hacía sentir un anhelo inexplicable y le quemaba las entrañas. Suspiró, tragando grueso, cuando Sebastian respiró profundamente antes de romper el silencio.
—¿Puedo confesarte algo más?
Ella arqueó una ceja con una sonrisa, mientras colocaba su barbilla sobre su fuerte pecho y observaba con embeleso a su futuro esposo, con el brazo flexionado y debajo de la cabeza.
—Empiezo a sospechar que llevas dos meses acumulando confesiones.
Él dejó escapar una risa baja.
—Probablemente… —suspiró—. No recuerdo casi nada del camino hasta la posada.
Charity frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo que no recuerdas?
—Recuerdo salir del establo, montar a Atlas y después...
nada. Solo imágenes de ti, el carruaje a Pembroke…
—rodo los ojos con fastidio, mientras ella reía por aquel gesto—.
Y la sensación de que llegaba demasiado tarde…
—tragó con fuerza y arrugó el ceño, mientras su otra mano jugaba con un tirabuzón del pelo de Charity—.
Jamás había perdido el control de esa manera, ni siquiera cuando murió mi padre y heredé el condado, sabiendo que desde ese momento tendría que tomar decisiones por cientos de personas…
—colocó el mechón detrás de la oreja—. Nada consiguió hacerme olvidar quién era, hasta hoy, cuando te vi a punto de subir a ese carruaje...
—suspiró—. No pensé como un conde, ni como un caballero.
Solo pensé como un hombre que iba a perder a la única mujer que ha amado en toda su vida.
Charity sintió que el corazón se contraía dulcemente porque no esperaba semejante confesión.
Sebastian sonrió con una mezcla de vergüenza y resignación.
—Creo que te debo unas cuantas disculpas más; quizás, toda una vida de disculpas.
—Eso suena bastante bien... —dijo ella y él soltó una carcajada que llenó la cabaña de una calidez inesperada.
—Sabía que te encantaría la idea.
—Bueno, ya que hablamos de confesiones, ¿sabes cuál fue el momento en que comprendí que estaba enamorada de ti?
Sebastian abrió mucho los ojos.
—¿Puedo adivinar?
—Puedes intentarlo.
Él fingió pensarlo.
—¿Cuando inventé que te salvé de caer al estanque?
Ella puso los ojos en blanco.
—¡Solo a ti se te ocurre inventar algo tan ridículo! —lo molestó.
—Bueno, no podía decirles a tus abuelos que me besaste sin mi consentimiento, y antes de siquiera presentarnos… —replicó él.
—Eres insoportablemente dramático…
Él sonrió.
—Entonces... ¿el beso en el carruaje?
Charity negó.
—Tampoco.
Aquello sí consiguió sorprenderlo.
—¿No fue mi beso el que te encantó?
—Fue después, cuando dejaste de intentar tener la razón siempre y empezaste a escucharme, cuando dejaste de tratarme como una niña caprichosa y me permitiste enfadarme contigo sin marcharte —alargó su mano hasta la mejilla de Sebastian, y él coloco la suya encima—.
Cuando me hacías reír, aunque estuviera decidida a odiarte y, sobre todo, cuando comprendí que jamás intentaste cambiar quién soy.
Solo querías que dejara de huir de todo.
Sebastian sintió un nudo en la garganta.
—Nunca quise cambiarte.
—Y yo tampoco quiero cambiarte a ti. Ni siquiera cuando eres un secuestrador completamente insensato.
Él movió la cabeza riéndose.
—Voy a escuchar eso durante muchos años, ¿verdad?
—Toda la vida.
—Lo merezco.
—Muchísimo.
Charity bajó la mano del rostro hasta el pecho de Sebastian y sintió el latido tranquilo de su corazón, que sonaba diferente.
Ya no galopaba desesperado, simplemente latía.
Sebastian dejó escapar el aire muy despacio y contempló a la mujer que descansaba sobre su pecho. Después, con una delicadeza infinita, rodeó su espalda con los brazos y la colocó bajo su cuerpo, subiendo parcialmente sobre ella.
No pensaba precipitar lo que debía ocurrir en su noche de bodas, aunque había adelantado bastante algunas demostraciones de pasión. Solo quería contemplarla y abrazarla con fuerza, para convencerse de que todo aquello no era un sueño.
Charity cerró los ojos y se dedicó a sentirlo porque nunca nadie la había abrazado así.
—¿En qué piensas? —preguntó él casi en un susurro.
Ella tardó un momento en responder.
—En que llevo toda la vida creyendo que la libertad consistía en marcharme.
Él apoyó la frente sobre la suya.
—¿Y ahora?
Una sonrisa pequeña apareció en los labios de Charity.
—Ahora creo que la libertad consiste en poder quedarme porque quiero.
Sebastian cerró los ojos, porque aquellas palabras valían más que cualquier promesa y más que cualquier juramento.
Sebastian tomó aire lentamente.
—Charity...
—¿Sí?
—Hay una pregunta que llevo dos meses atorada en la garganta...
Ella levantó el rostro para mirarlo, y él sonrió con esa mezcla de nerviosismo y ternura que tan pocas personas tenían el privilegio de conocer.
—Esta vez sin acuerdos, sin promesas antiguas, ni decisiones de nuestros abuelos. Solo tú y yo… —Le acarició despacio una mejilla y preguntó—: ¿Querrías casarte conmigo? No como lady Charity Bellerose, sino como la mujer que decidió volver porque me ama.
Los ojos de Charity volvieron a llenarse de lágrimas por la emoción tranquila de quien, por primera vez en su vida, escuchaba exactamente la pregunta que siempre había querido responder.
Ella tomó una de sus manos y él apreso con suavidad su tacto al lado de su rostro, entrelazando sus dedos.
—Sí —contestó ella—. Sí, porque eres Sebastian y porque, si alguna vez vuelvo a huir, quiero que sea contigo.
Sebastian soltó una risa emocionada y la besó con la certeza de que ya no había nada que temer.
—Además, ha comprometido mi honor, milord, y no crea que dejaré pasar semejante agravio sin un castigo… —bromeó ella.
Sebastian la miró con avidez, recorriendo con la mirada sus labios hinchados y tragó con fuerza.
—Entonces, deje que la comprometa hasta al punto de que ninguna excusa sea capaz de que se retracte de aceptar ser mi esposa, lady Charity.
Ella afirmó con la cabeza, entreabrió los labios y el besó con voracidad, olvidando todo, a todos y solo disfrutando aquel momento.
***
El regreso fue mucho más lento que la huida, porque ninguno de los dos parecía tener demasiada prisa por volver a enfrentarse al mundo.
Sebastian sujetaba las riendas con una sola mano y la otra permanecía entrelazada con la de Charity, sin decir demasiado.
Después de tantas semanas de discusiones, silencios y malentendidos, habían descubierto que la paz también podía compartirse.
El camino descendía lentamente entre los robles mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de las colinas que rodeaban Bath.
Charity contempló el paisaje con una sonrisa.
—¿Sabes una cosa?
Sebastian volvió apenas la cabeza.
—¿Qué ocurre?
—Creo que dentro de unos minutos mi abuelo intentará matarte.
Él sonrió.
—Solo uno de ellos.
—¿Solo uno?
—Lady Margaret seguramente quiera felicitarme.
Ella soltó una carcajada.
—Eso es exactamente lo que hará.
—¿Lo ves?
—Mi abuelo, en cambio...
—Me golpeará primero.
—Después te abrazará… —añadió ella y Sebastian rió.
—¿En ese orden?
—Sin ninguna duda.
Charity observó sus manos unidas y las movió ligeramente hasta entrelazar mejor sus dedos con los de él.
—Gracias.
Sebastian frunció el ceño.
—¿Por secuestrarte?
Ella levantó la vista.
—Por venir a buscarme.
Él negó despacio.
—Gracias a ti por volver.
Aquellas palabras bastaron para llenar nuevamente el silencio de una calidez tranquila.
Cuando la verja de Ashbourne House apareció finalmente entre los árboles, Charity respiró hondo.
Las ventanas estaban demasiado iluminadas y Sebastian también lo advirtió.
—¿Esperaban visitas?
Charity observó el frente de la casa, donde había carruajes; muchos más de los habituales.
Uno pertenecía a lord Caspian, otro a Nathaniel y un tercero... ¡al médico del pueblo!
Sebastian frunció el ceño y aminoró el paso de Atlas.
—¿Qué demonios...? —masculló, cuando en ese mismo instante la puerta principal se abrió de golpe.
Timothy salió disparado escaleras abajo con la cabra detrás, y apenas los vio comenzó a saltar agitando los brazos.
—¡VOLVIERON!
Aquello fue suficiente para alertar a todos, como si alguien hubiera dado una señal.
La puerta terminó de abrirse completamente y salieron lord Edmund, lady Margaret, lord Caspian, Nathaniel, el médico, Mary, dos criadas, el mayordomo y hasta la cocinera apareció, limpiándose las manos con el delantal.
Todos salieron al jardín al mismo tiempo.
Sebastian murmuró entre dientes: