CAPÍTULO ESPECIAL
Londres
Día de la partida de Charity
La residencia de los Bellerose nunca había parecido tan silenciosa, con el mutismo propio de una casa que acababa de despedir a alguien importante.
Lady Cinthia permanecía sentada junto al ventanal del salón azul con un bordado olvidado sobre el regazo.
Hacía varios minutos que la aguja no avanzaba y sus ojos estaban perdidos entre los jardines delanteros, siguiendo distraídamente el camino por el que el carruaje de su hija había desaparecido aquella misma mañana.
Robert entró con dos tazas de té recién servidas.
No dijo nada al principio. Simplemente dejó una frente a su esposa y tomó asiento delante de ella.
Durante unos instantes ambos permanecieron callados, pensando exactamente en lo mismo, y fue Cinthia quien rompió el silencio.
—¿Crees que hemos hecho bien?
Robert levantó lentamente la vista, y no necesitó preguntar a qué se refería.
—No lo sé.
Ella dejó escapar un largo suspiro.
—La hemos dejado marcharse otra vez.
—Sí.
—Sola.
Él negó despacio.
—No del todo. Nathaniel la acompaña.
—No me refería a eso.
Robert comprendió enseguida que no hablaba del viaje, sino de permitirle resolver sola el mayor conflicto de su vida.
Cinthia bajó la vista hacia la taza de porcelana.
—La primera vez la dejamos marcharse porque creíamos saber qué era lo mejor para ella. Ahora la dejamos marcharse porque... ya no queremos decidir por ella.
Robert sonrió con tristeza.
—Parece que por fin hemos aprendido la lección.
Su esposa levantó la vista, con una mezcla de orgullo y melancolía en sus ojos.
—¿Y si llega demasiado tarde?
Robert tardó varios segundos en responder.
—Si llega demasiado tarde, al menos será por una decisión suya y no por una nuestra.
Cinthia se levantó, abrió lentamente un pequeño secreter de nogal situado junto a la chimenea y extrajo una carta cuidadosamente doblada.
El sello de cera ya estaba roto y Robert sonrió al verla.
—La has leído otra vez.
—Tres veces esta mañana. —Se sentó nuevamente junto a él, y desdobló el papel con infinito cuidado—. Margaret escribe precioso.
—Siempre lo ha hecho.
Cinthia recorrió las líneas con la mirada antes de comenzar a leer en voz alta.
Queridos Robert y Cinthia
No os preocupéis demasiado por vuestra hija, aunque imagino que eso será pedir un imposible a unos padres.
Bath ha conseguido algo que ninguno de nosotros esperaba.
Nuestra Charity continúa siendo impulsiva, testaruda y maravillosamente incapaz de quedarse quieta, pero también he descubierto una faceta suya que jamás había visto…
La voz de Cinthia se suavizó antes de continuar.
Está enamorada…
Ambos permanecieron en silencio unos segundos. Aquellas palabras seguían emocionándolos incluso después de haberlas leído varias veces. Cinthia continuó.
No hace falta que lo diga en voz alta. Se nota cuando él entra en una habitación. Se nota cuando cree que nadie la observa. Se nota incluso cuando discuten, porque jamás había visto a dos personas discutir con semejante necesidad de seguir hablando…
Robert dejó escapar una pequeña risa.
—Eso suena exactamente a Charity.
—Y a Sebastian.
Ella continuó leyendo.
Sé que durante años imaginamos este compromiso como una obligación. Os confieso que yo misma temía haber cometido un terrible error. Pero hace unos días vi algo que me hizo cambiar de opinión.
No vi a una joven resignada. Vi a una mujer que empezaba a elegir por sí misma.
Cinthia sintió un nudo en la garganta y pasó lentamente a la última parte de la carta, la que más veces había releído.
También quiero hablaros de Sebastian, porque quizás sea el único que todavía no comprende cuánto ama a vuestra hija.
Hace días que apenas sonríe, ya no viene todas las tardes a jugar ajedrez con Edmund como hacía antes.
Ahora es Edmund quien debe visitarlo en Longleat House, pues sospecho que el muchacho evita esta casa para cumplir la promesa que le hizo a Charity de darle espacio…
Robert apoyó lentamente los codos sobre las rodillas, escuchando con una atención absoluta y Cinthia continuó.
Edmund volvió ayer profundamente preocupado.
Dice que jamás había visto a un hombre tan triste, intentando parecer tan sereno.
Sebastian continúa ocupándose de sus tierras, de sus arrendatarios y de sus obligaciones como si nada hubiera ocurrido, pero quienes lo conocemos sabemos que simplemente está sobreviviendo.
Ha adelgazado, habla poco, y apenas juega al ajedrez.
Incluso Caspian comienza a perder la paciencia viéndolo sufrir sin hacer nada…
La voz de Cinthia terminó por quebrarse.
No sé cómo acabará esta historia. Tal vez se perdonen. Tal vez no. Pero sí sé una cosa: nunca he visto a dos personas tan enamoradas y tan empeñadas en sufrir por orgullo.
El salón volvió a quedar en silencio. Robert tomó lentamente la carta entre sus manos, la observó unos segundos y después sonrió con una ternura que hacía años no mostraba.
—¿Sabes qué creo?
—¿Qué?
—Que esta vez no necesitaban padres, abuelos, ni acuerdos. Solo tiempo.
Cinthia apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Ojalá ese tiempo no haya sido demasiado…
Robert besó suavemente el cabello de su esposa y miró nuevamente hacia la ventana, hacia el camino por el que el carruaje de Charity había desaparecido aquella mañana, y por primera vez desde que su hija huyó de Londres sintió una paz extraña, porque comprendió que, pasara lo que pasara en Bath, el desenlace ya no les pertenecía a ellos.
Les pertenecía únicamente a dos jóvenes que, después de tantos errores, estaban aprendiendo a amarse sin que nadie eligiera por ellos y, por alguna razón, Robert tuvo el presentimiento de que cuando Charity volviera a cruzar aquella puerta, ya no regresaría como la muchacha que había huido de un compromiso.
Regresaría como una mujer que había elegido, por fin, su propio destino.