CAPÍTULO 15
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
«He vuelto por ti».
Sebastian no respondió porque simplemente no pudo.
Durante dos meses había imaginado aquel instante cientos de veces y en ninguna de esas versiones Charity pronunciaba aquellas cuatro palabras.
Sintió que el aire desaparecía de sus pulmones, que el bosque entero se quedaba en silencio, que el tiempo dejaba de avanzar.
Ella había vuelto, y no lo hizo por el acuerdo entre sus abuelos ni por obligación con ese compromiso; volvió por él.
Sus labios se entreabrieron, intentando decir algo, cualquier cosa, pero no salió nada.
Charity observó aquella expresión con una mezcla de ternura y diversión.
Era la primera vez que veía a Sebastian completamente desarmado, y el hombre que siempre tenía una respuesta, que siempre encontraba las palabras correctas, que nunca parecía perder el control, ahora parecía incapaz incluso de respirar.
—¿Vas a quedarte así mucho tiempo? —preguntó ella.
Él tragó saliva.
—Creo... —volvió a callarse y sacudió ligeramente la cabeza—. Creo que mi inteligencia acaba de abandonarme.
Ella no pudo evitar reír y su risa… ¡Dios! Su risa era exactamente la que llevaba un mes y medio echando de menos.
Cerró los ojos y suspiró.
—No vuelvas a hacer eso.
Ella arqueó una ceja.
—¿Qué cosa?
—Desaparecer.
La sonrisa de Charity se apagó lentamente.
—No desaparecí —aclaró—. Me fui; hay una diferencia.
Él asintió despacio.
—Lo sé y ahora entiendo por qué, pero prométeme una cosa… —prácticamente suplicó.
—Depende —respondió Charity para provocarlo y él sonrió apenas.
—Si alguna vez vuelves a sentir miedo... Si alguna vez vuelves a enfadarte conmigo y vuelvo a comportarme como el imbécil que fui, prométeme que esta vez hablarás conmigo antes de hacer las maletas.
Charity sintió cómo el pecho comenzaba a llenarse de algo cálido.
—Solo si tú prometes otra cosa.
—La que quieras.
—No volver a decidir por mí nunca, ni siquiera creyendo que me proteges o que es lo mejor, porque quiero equivocarme, acertar y elegir siempre por mi cuenta.
Sebastian la miró durante varios segundos, tomó su mano, la llevó lentamente hasta sus labios y besó sus nudillos con una delicadeza infinita, como si aquella mujer acabara de concederle el mayor privilegio de su vida.
—Te lo prometo —juró, olvidando su papel de conde, haciendo a un lado su orgullo y siendo simplemente Sebastian; el hombre que estaba enamorado de Charity.
Ella lo miró satisfecha, guardando en lo profundo de su alma aquellas palabras.
«Te lo prometo».
No hubo viento, ruido, ni siquiera el crepitar de la leña pareció atreverse a romper aquel instante.
Sebastian continuaba sosteniendo la mano de Charity entre las suyas, con una delicadeza casi reverencial, como si todavía le costara creer que ella seguía allí y que no era uno de los cientos de sueños con los que había intentado sobrevivir durante aquellas interminables ochos semanas.
Charity contempló sus dedos entrelazados, después levantó lentamente la vista.
Él seguía observándola exactamente igual, con aquella expresión de alivio que jamás le había visto y eso terminó de romper la última barrera que todavía conservaba.
Durante dos meses había intentado convencerse de que marcharse era lo correcto, que la distancia pondría orden en sus sentimientos y que volvería a ser la misma joven impulsiva que había llegado a Bath huyendo de un desconocido.
¡Qué equivocada había estado!
Ya no era aquella muchacha, había cambiado porque el amor no la había hecho más débil; la había hecho más libre.
Sebastian seguía completamente inmóvil. Temía moverse, hablar demasiado y que cualquier gesto rompiera el delicado equilibrio que acababan de recuperar.
Fue Charity quien sonrió primero y habló.
—Hay una cosa que sigue molestándome.
Sebastian sintió que el corazón volvía a detenerse.
—¿Qué ocurre?
Ella inclinó ligeramente la cabeza y lo observó unos segundos, disfrutando, quizás por primera vez, de verlo completamente desorientado.
—Todavía no me has pedido permiso.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Permiso?
—Sí.
Sebastian repasó mentalmente todo lo ocurrido desde que había irrumpido en la posada.
El secuestro, Atlas, la cabaña, las disculpas y las confesiones.
¡Dios Santo! Por supuesto...
Una sonrisa avergonzada apareció lentamente en sus labios.
—Tienes razón.
Ella cruzó los brazos y él respiró profundamente, muy despacio, deseando hacer bien aquella última cosa porque esta vez no pensaba equivocarse.
Sus ojos permanecieron fijos en los de Charity, sin prisa, ni miedo.
—Lady Charity Bellerose... —inició él.
Ella sintió un leve cosquilleo recorrerle la espalda, porque hacía mucho tiempo que nadie pronunciaba su nombre con aquella ternura.
—¿Sí, lord Weymouth?
Él sonrió y negó despacio con la cabeza.
—No —pronunció, sorprendiéndola.
Ella arqueó una ceja.
—¿No?
—Creo que ya no quiero seguir siendo lord Weymouth contigo.
El corazón de Charity dio un pequeño vuelco.
—¿Ah, no?
—No; quiero seguir siendo únicamente Sebastian, solo Sebastian para ti.
Los ojos de Charity comenzaron a humedecerse otra vez.
¡Maldito hombre!
¿Por qué tenía que encontrar siempre las palabras adecuadas cuando ella estaba intentando no llorar?
Sebastian levantó muy despacio una mano, sin llegar a tocarla, dejándola suspendida a unos centímetros de su rostro, esperando y decidido a preguntar antes de actuar como había prometido hacer a partir de aquel día.
—¿Puedo besarte?
Aquella sencilla pregunta hizo que el pecho de Charity se llenara de una emoción tan intensa que durante unos segundos fue incapaz de responder, porque nadie, absolutamente nadie le había preguntado jamás qué quería.
Toda su vida otros habían decidido.
Sus padres, la sociedad, un acuerdo firmado cuando era apenas una niña e incluso Sebastian hasta que comprendió su error. Y ahora, el hombre al que amaba estaba esperándola sin tocarla, sin exigir, ni asumir, aguardando una respuesta que solo ella podía dar.
Los labios de Charity comenzaron a curvarse lentamente en una sonrisa traviesa y con esa chispa que Sebastian había echado tanto de menos.
—Todavía no.
Él parpadeó y toda la seguridad que acababa de recuperar, desapareció otra vez.
—¿No?
Ella negó despacio, disfrutando apenas un instante de aquella adorable confusión.
—Porque sigues olvidando una cosa.
Sebastian la miró completamente perdido.
—¿Cuál?
—Que ahora soy yo quien decide… —antes de que él pudiera comprender completamente el significado de aquellas palabras, fue ella quien apoyó lentamente una mano sobre su mejilla, recorriendo con los dedos la ligera sombra de barba que había aparecido durante aquellas semanas de desvelo, hasta que su boca chocó con la suya, siendo ella quien lo besó primero, muy despacio, como si quisiera borrar con aquel gesto todas las lágrimas, todas las discusiones, todos los malentendidos y todos los kilómetros que los habían separado.
Sebastian permaneció completamente inmóvil, demasiado sorprendido.
Ella había vuelto, lo había elegido, y ahora, era ella quien lo besaba.
Cuando finalmente reaccionó, afianzó con infinita delicadeza sus manos a la cintura de Charity, mientras el beso se volvió más profundo, impregnado de confianza.
Cuando finalmente sus labios se separaron, ninguno de los dos abrió los ojos inmediatamente. En cambio, permanecieron con las frentes apoyadas una contra la otra, respirando el mismo aire y sonriendo como dos completos insensatos.
Fue Sebastian quien rompió el silencio con una voz ronca, casi incrédula.
—¿Sabes una cosa?
—¿Cuál?
—Creo que Timothy va a pensar que secuestrar mujeres funciona.
Charity soltó una carcajada tan espontánea que terminó apoyando la frente contra su pecho.
—No le des ideas.
—Demasiado tarde.
Ella levantó nuevamente la cabeza y lo miró con esa ternura que solo nace después de haber perdonado de verdad.
—Sebastian...
—¿Sí?
—Creo que ya no volveré a huir.
Él le acarició suavemente una mejilla y sonrió como solo sonríe un hombre que acaba de recuperar el mundo entero.
—Yo tampoco volveré a darte motivos para hacerlo. Lo prometo —aseguró él, mientras el sol terminaba de ocultarse detrás de los bosques de Bath—. Esta vez, ¿puedo besarte yo? —preguntó divertido.
Ella afirmó con la cabeza, mientras él buscaba sus labios y degustaba esa boca a placer.