CAPÍTULO 14
Atlas parecía comprender mucho mejor que sus jinetes la urgencia del momento.
Sus cascos golpeaban la tierra con fuerza mientras abandonaban el camino principal y se internaban entre los robles que rodeaban Longleat House.
La tarde comenzaba a teñirse de tonos dorados y el viento agitaba el cabello de Charity, que todavía permanecía rígida entre los brazos de Sebastian.
No había vuelto a decir una palabra, y él tampoco.
El silencio era casi ensordecedor; solo existía el galope del caballo, la respiración agitada de ambos y el corazón de Sebastian, que seguía latiendo con la misma violencia que cuando Timothy irrumpió en el establo.
Charity respiró profundamente, intentando ordenar las ideas y tratando de recordar que estaba enfadada porque lo estaba muchísimo, pero resultaba extraordinariamente difícil mantener la indignación cuando podía sentir el corazón de Sebastian golpeando contra su espalda.
No era una impresión, porque lo sentía de verdad, tan rápido, tan desesperado, como si él mismo estuviera asustado de lo que acababa de hacer.
Fue ella quien rompió finalmente el silencio.
—¿Eres consciente de que acabas de secuestrarme?
Sebastian tragó saliva.
—Sí.
—¿Y eso te parece una buena idea?
—No especialmente.
—¿Entonces?
Él tardó unos segundos en responder.
—Era la única que me quedaba.
Aquella respuesta la hizo cerrar los ojos porque sonaba demasiado sincera.
—Sebastian...
—Pensé que te marchabas con él —soltó de golpe.
Ella volvió ligeramente la cabeza, lo suficiente para verlo de perfil. Tenía la mandíbula completamente tensa, la mirada fija en el camino y una expresión de sufrimiento tan evidente que, por un instante, sintió deseos de tocarle el rostro, pero no lo hizo.
—¿Con Nathaniel?
Él soltó una risa sin alegría.
—No conozco muchos otros hombres rubios dispuestos a ayudarte a subir a un carruaje.
Aquello estuvo a punto de hacerla sonreír, pero consiguió contenerse.
—No sabes escuchar.
—Lo sé.
—Y tampoco sabes esperar.
—Lo sé.
—Y acabas de protagonizar el mayor escándalo que Bath recordará en veinte años… —añadió ella.
—También lo sé.
Ella resopló.
—Qué bien. Al menos eres consciente…
El caballo siguió avanzando por un sendero más estrecho. Las ramas comenzaban a cerrar el paso sobre sus cabezas y el murmullo del pueblo quedó atrás hasta desaparecer por completo.
Solo entonces Charity volvió a hablar.
—¿Adónde me llevas?
—A una cabaña de caza.
—¿La misma donde refugiaste a los cazadores durante la tormenta del invierno pasado?
Sebastian giró apenas la cabeza, sorprendido.
—¿Mi abuelo te habló de ella?
—Tu abuelo habla muchísimo.
Él no pudo evitar sonreír.
Fue una sonrisa pequeñísima, la primera auténtica en semanas.
Charity la vio y esa sonrisa volvió a desarmarla un poco más.
¡Maldito hombre!
¿Por qué tenía que sonreír precisamente ahora?
¿Por qué seguía pareciéndole tan hermoso incluso después de haber perdido completamente el juicio?
Sacudió ligeramente la cabeza.
No. No iba a ablandarse tan deprisa. Todavía no, porque aún tenía muchas preguntas y demasiadas cuentas pendientes.
Atlas aminoró el paso al cruzar un pequeño arroyo. El agua corría limpia entre las piedras mientras el bosque se hacía cada vez más espeso.
Sebastian conocía aquellos caminos desde niño, sabía exactamente dónde ir y precisamente por eso Charity comprendió que aquello no había sido improvisado.
Era el único lugar donde nadie los interrumpiría; ningún criado, ningún abuelo y ningún Timothy; ni siquiera Laila.
Aquello le arrancó una sonrisa involuntaria y Sebastian la sintió. No podía verla completamente, pero notó el leve movimiento de sus hombros.
—¿Te estás riendo de mí?
Ella intentó recuperar la compostura.
—No.
—Mientes muy mal.
—Estoy imaginando la cara de mi abuelo cuando descubra que me has raptado —dijo al final.
—Yo estoy imaginando la de tu padre… —resopló fuerte.
—Mi padre intentará matarte.
—Lo sé.
—Mi madre se desmayará —añadió ella, divertida con la imagen que se formó en su cabeza.
—También lo sé.
—Mi abuela dirá que esto era exactamente lo que esperaba de nosotros.
Sebastian soltó una carcajada auténtica y profunda, y Charity sintió que algo dentro de ella se estremecía.
Había echado de menos el sonido de sus risas.
—Perdóname… —dijo él, después de un tiempo prudencial—.
Sé que esto ha sido una locura, lo sé, y probablemente mañana me avergonzaré toda la vida de haber aparecido así en mitad de la posada, pero cuando te vi...
—Hizo una pausa y respiró profundamente—.
Cuando te vi con un pie sobre el estribo y a Pembroke sujetándote la mano...
sentí exactamente lo mismo que el día que abrí la puerta del despacho de tu abuelo y te vi escuchándolo todo —confesó con sinceridad—. Sentí que llegaba demasiado tarde.
Charity cerró lentamente los ojos, porque ahora lo entendía.
—Creí que lo habías elegido… —siguió él.
La frase salió rota, como si pronunciarla todavía le doliera—.
Y pensé... ¡Dios! Pensé que había respetado tu decisión durante dos meses para terminar viéndote marcharte con otro hombre delante de mis ojos y no pude soportarlo.
—Negó con la cabeza aunque ella no podía verlo—. Simplemente, no pude.
Ella permaneció inmóvil, escuchándolo como la mujer que todavía seguía enamorada de él, y cuanto más hablaba Sebastian, más comprendía que aquel hombre llevaba semanas sufriendo exactamente igual que ella, aunque ninguno de los dos había sido lo bastante valiente para acercarse primero.
El sendero terminó desembocando en un pequeño claro y allí, entre los árboles, apareció la vieja cabaña de piedra con el tejado cubierto de musgo, una chimenea de ladrillo y una galería de madera desde la que se divisaban las colinas de Bath a lo lejos.
Sebastian detuvo a Atlas y durante un instante ninguno se movió, porque ambos sabían que el verdadero viaje no había sido desde la posada hasta la cabaña, sino que estaba a punto de empezar, y ninguno de los dos volvería a salir siendo la misma persona.
Descendió de su montura y durante un momento permaneció inmóvil junto a Atlas, respirando profundamente, intentando recuperar el control que había perdido desde el mismo instante en que Timothy irrumpió en el establo.
No lo consiguió porque jamás en su vida había sentido tanto miedo.
Se volvió hacia Charity que seguía sentada sobre el caballo.
No había intentado escapar, tampoco bajar. Simplemente lo observaba con aquella mezcla imposible de indignación, confusión y ternura que únicamente ella parecía capaz de reunir en una sola mirada.
Sebastian levantó lentamente los brazos para ayudarla a bajar.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó antes de tomarla por la cintura.
Ella arqueó una ceja y preguntó:
—¿Ahora recuerdas los buenos modales?
Aquello le arrancó una sonrisa cansada.
—Creo que los perdí hace unos kilómetros… —dijo él, intentando disculparse.
Charity permaneció unos segundos más donde estaba, hasta que suspiró y aceptó la ayuda que él le ofrecía.
—No pienso romperme el cuello por orgullo.
Él extendió ambas manos, ella apoyó las suyas sobre sus hombros para descender y durante un instante sus cuerpos volvieron a quedar demasiado cerca.
Sebastian sintió el perfume de lavanda que tantas noches había recordado, y Charity volvió a percibir aquel aroma limpio a cuero, madera y aire frío que siempre lo acompañaba.
Los dos reaccionaron exactamente igual y se apartaron demasiado deprisa, como si la cercanía siguiera siendo peligrosa.
Atlas resopló con evidente desaprobación.
—Hasta el caballo piensa que somos ridículos —murmuró Charity.
—Atlas siempre ha tenido muy buen criterio.
Ella dejó escapar una risa pequeña que, cuando Sebastian la escuchó, sintió que dentro de él volvió a respirar después de muchas semanas.
Entró primero en la cabaña.
El interior estaba exactamente igual que lo recordaba. Una gran chimenea de piedra, dos sillones de cuero envejecido, una mesa de madera maciza y un viejo sofá junto a la ventana. El lugar olía a leña seca y a bosque.
Cerró la puerta despacio, porque sabía que ninguno de los dos estaba preparado para que el mundo volviera a interrumpirlos.
Cuando giró nuevamente, Charity seguía de pie junto a la entrada. No parecía enfadada, sino muy cansada como él.
—He pensado esta conversación tantas veces... —Sebastián habló primero.
Ella levantó despacio la mirada.
—¿Sí?
Él dejó escapar una risa sin humor.
—Miles y nunca salió así.
—¿Cómo salía?
—En todas mis versiones tú llegabas sonriendo.
—Qué optimista. —Ella negó lentamente.
—Lo era hasta hace un rato… —respondió él, pasándose una mano por su rostro—. Cuando Timothy llegó a Longleat... pensé que por fin habías encontrado a alguien mejor.
Charity frunció ligeramente el ceño.
—Sebastian... —quiso explicarle, pero el no la dejó hablar.
—Déjame terminar, por favor —comenzó a caminar lentamente por la habitación.
No podía quedarse quieto—. Llevaba dos meses intentando convencerme de que había hecho lo correcto, de que respetar tu decisión era la única manera de demostrarte que había aprendido.
—Se detuvo y la miró a los ojos—. Todos los días quería ir a Londres.
Todos —enfatizó y suspiró—. Mi abuelo puede dar fe de ello, y lord Edmund también.
Cada mañana ensillaba a Atlas con la absurda idea de cabalgar hasta tu casa, y cada mañana terminaba quitándole otra vez la silla porque recordaba lo que me habías pedido.
Charity sintió que el pecho comenzaba a dolerle.
Él continuó.
—No sabes cuántas cartas escribí.
Ella levantó la cabeza.
—¿Cartas?
Sebastian sonrió con tristeza.
—Ninguna salió de Longleat. Las quemé todas porque pensé que también serían una manera de presionarte.
Así que esperé, creyendo que, si me amabas tanto como yo te amaba a ti, volverías, y si no volvías…
tendría que aprender a vivir con ello. —La voz comenzó a quebrarse muy despacio, como si incluso las palabras estuvieran cansadas—.
Después apareció Timothy, diciendo que habías vuelto y durante cinco malditos segundos fui el hombre más feliz de Inglaterra.
—Negó con la cabeza—. Cinco segundos, solo cinco porque inmediatamente añadió que estabas con Pembroke, que llegasteis juntos, que teníais equipaje, que estabais en una posada y... —Se quedó callado. No podía seguir.
Charity dio un paso hacia él involuntariamente, con el corazón a punto de salirse por la boca.
Él tragó grueso, mientras un brillo extraño se asomaba en sus ojos, como si estuviera a punto de llorar
—No pensé… —prosiguió él—. Simplemente vi toda mi vida marchándose delante de mí y por primera vez no fui lord Weymouth, no fui el conde correcto, ni el hombre razonable. Solo fui un idiota completamente enamorado que creyó que llegaba demasiado tarde…
El pecho de Sebastian subía y bajaba por su respiración errática. Estaba tenso, desesperado. Sin embargo, fue Charity quien comenzó a caminar despacio, acortando la distancia entre sus cuerpos hasta detenerse justo frente a él.
—Sí que eres un idiota… —dijo con una sonrisa temblorosa, mientras su mano subía hasta el rostro de Sebastian, acunando su mejilla.
Sebastian soltó un suspiro, cerró los ojos y dejó de respirar.
—No tenías derecho a secuestrarme… —susurró ella, acomodando con su otra mano un mechón de pelo oscuro que caía sobre la frente de él—. No tenías derecho a decidir por mí otra vez.
—Lo sé… —dijo él, abriendo lo ojos, con esperanza.
—Vas a pedirme perdón por eso durante muchísimo tiempo.
Él asintió inmediatamente y se atrevió a acercarse más, rodeando su talle con sus manos.
—Toda la vida si hace falta.
Charity sintió que el corazón comenzaba a rendirse, porque aquel hombre orgulloso, reservado y correcto, estaba dispuesto a suplicar solo por ella.
—Hay algo que todavía no entiendes… —Sebastian la miró con atención—. Nathaniel no me estaba ayudando a marcharme.
Él frunció el ceño.
—¿No?
—No.
—¿Entonces...?
Ella dejó escapar un largo suspiro y aquellas palabras, que llevaba preparándose para decir desde Hyde Park, salieron finalmente de sus labios.
—Me estaba trayendo de vuelta.
Sebastian no comprendía lo que ella estaba diciendo, hasta que reanudó su discurso.
—No me marchaba de Bath, sino que volvía a Bath.
Los ojos de Sebastian comenzaron a abrirse lentamente, como si cada palabra tardara unos segundos en encontrar sentido.
—¿Qué...?
—Nathaniel me convenció de regresar, fue él quien me dijo que dejara de huir, que dejara de castigarte y que dejara de castigarme a mí también.
Sebastian seguía sin reaccionar. Simplemente la miraba como un hombre incapaz de creer lo que estaba escuchando, y entonces Charity sonrió con esa mezcla de ternura y exasperación que solo él conseguía despertar.
Negó lentamente con la cabeza y dijo las palabras que llevaban dos meses esperando salir de su corazón.
—Sebastian... He vuelto por ti.