CAPÍTULO 13 #3
No hubo saludo, sonrisa o palabras. Solo dos personas mirándose como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
El corazón de Charity dejó de latir durante un instante.
Había imaginado aquel reencuentro demasiadas veces, pero ninguna de aquellas veces Sebastian había parecido tan... deshecho.
Estaba más delgado, tenía el rostro ligeramente demacrado. La barba, apenas insinuada, rompía la perfección habitual de sus facciones y había algo nuevo en su mirada; algo que jamás le había visto.
Era miedo; uno tan profundo que hizo tambalear parte de la rabia que todavía conservaba.
Sebastian se detuvo apenas a un par de pasos de ella, respiraba con dificultad, como si hubiera cabalgado sin descanso, como si hubiera corrido por temor a llegar demasiado tarde.
Durante unos segundos ninguno encontró palabras y fue Nathaniel quien rompió el silencio.
—Lord Weymouth.
Sebastian ni siquiera volvió la cabeza. Llegó hasta Charity y, antes de que ella pudiera pronunciar una sola palabra, sujetó su muñeca con una firmeza que no admitía discusión.
Sus ojos grises se clavaron en los de ella completamente distintos. No había ironía, ni calma. Solo un miedo inmenso.
—Vienes conmigo.
Charity parpadeó, convencida de haber oído mal.
—¿Qué?
—Ahora.
Ella soltó una pequeña risa de incredulidad.
—¿Has perdido el juicio?
—Sí. —La respuesta fue inmediata; tan inmediata que incluso Nathaniel abrió ligeramente los ojos, pero Sebastian no apartó la vista de ella—. Hace un mes y medio que no tengo una sola buena idea, que perdí completamente el juicio.
El silencio cayó sobre el patio y Charity sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
Aquello no era propio de él, porque el Sebastian que conocía habría esperado, habría pedido permiso y medido cada palabra.
El hombre que tenía delante, sin embargo, parecía haber dejado atrás al conde de Weymouth en algún punto del camino.
Nathaniel dio un paso al frente.
—Lord Weymouth, quizás sería conveniente...
—No. —La palabra salió seca, sin dureza pero definitiva. Por fin Sebastian lo miró solo un instante y agregó—: Le ruego que no se meta.
Nathaniel sostuvo su mirada y contestó:
—Lady Charity debe decidir.
Sebastian sonrió con sorna.
—Lleva dos meses decidiendo —pronunció con dificultad y tragó con fuerza—. Ahora me toca hablar a mí.
Aquella frase dejó sin respuesta incluso a Nathaniel.
Charity aprovechó el instante para retirar la mano, o al menos lo intentó porque Sebastian no la soltó.
—Sebastian...
—No. —Negó él.
—Escúchame.
—¡No!
—He venido a…
—Lo sé —replicó él sin dejarla terminar.
Ella frunció el ceño.
—¿Lo sabes?
—Has venido con él… —masculló con rabia, mirando a Nathaniel.
—Lord Weymouth, esto no es…
—No. —Sebastian levantó nuevamente la mano, esta vez sin apartar los ojos de Charity—. Por favor, no me haga repetírselo dos veces; no se meta, no ahora o no respondo por mis actos.
Nathaniel permaneció inmóvil ante aquella dura advertencia, porque aquella reacción por parte del conde le hizo comprender que cualquier explicación sería inútil.
Charity respiró hondo e intentó mantener la calma.
—No pienso ir a ninguna parte contigo, Sebastian. No así…
Sebastian asintió despacio, como si aceptara aquellas palabras.
—Perfecto… —masculló.
Charity volvió a respirar con calma, creyendo que por fin la soltaría, pero se equivocó porque en un movimiento tan rápido que apenas tuvo tiempo de comprender lo que ocurría, Sebastian deslizó un brazo por detrás de su espalda y otro bajo sus rodillas.
—¡Sebastian! —gritó, mientras él la levantó del suelo y se aferraba instintivamente a sus hombros para no caer—. ¡¿Qué haces?!
—Lo que debería haber hecho hace dos meses —replicó, caminando hacia su montura.
—¡Bájame inmediatamente! —ordenó ella.
—No.
—¡Sebastian! —Ella golpeó apenas su hombro.
—Ya puedes gritarme cuando lleguemos.
Nathaniel dio un paso instintivo hacia ellos, sin intención de enfrentarse, pero sorprendido por su reacción.
—Lord Weymouth...
Sebastian se volvió apenas un segundo.
—Le pido con todo el respeto que se merece que no se meta, de verdad, porque si no me la llevo ahora mismo, voy a arrepentirme el resto de mi vida.
Sin esperar respuesta, Sebastian siguió caminando.
Todo el patio observaba la escena en un silencio absoluto. El posadero tenía la boca abierta, uno de los mozos dejó caer una manta y una anciana que acababa de bajar de un carruaje se persignó discretamente.
Timothy, escondido detrás de un barril, miraba aquello con los ojos tan abiertos que parecía incapaz de pestañear.
—Laila… —susurró emocionado a la cabra—. ¡Te dije que iba a pasar algo!
La cabra respondió con un balido triunfal.
Charity continuaba removiéndose entre los brazos de Sebastian con una mezcla de indignación y absoluta incredulidad.
—¡Todo el pueblo está mirando! —protestó.
—Que miren… —respondió Sebastian sin importarle nada más.
Ella dejó de forcejear un segundo y lo observó como si fuera un desconocido.
—Tú jamás dirías eso.
—Pues acostúmbrate, porque hoy pienso decir muchas cosas que jamás habría dicho.
Llegaron junto a Atlas, y antes de que ella pudiera reaccionar, Sebastian la sentó sobre la silla de montar.
—¡Sebastian, por Dios! —Él apoyó una mano sobre su cintura para evitar que descendiera, después montó detrás de ella de un movimiento fluido y Charity giró el rostro para fulminarlo con la mirada—. Cuando mi abuelo se entere...
—Que me mate.
—¡Mi padre hará que me busquen por toda Inglaterra! —gritó furiosa por su atrevimiento.
—Que me encuentren.
—¡Estás completamente loco!
Sebastian acercó apenas el rostro a su oído.
—Llevo un mes y medio creyendo que te había perdido… —Su voz, esta vez, ya no sonaba impulsiva, sino rota—. Perdóname si hoy dejo de comportarme como un caballero.
Las palabras hicieron que Charity dejara de protestar durante un instante que fue suficiente para que él clavara suavemente los talones.
Atlas salió al galope.
Detrás de ellos quedaron la posada, los viajeros, los mozos... y Nathaniel, que observó cómo ambos desaparecían por el camino que conducía hacia los bosques cercanos a Longleat.
Permaneció unos segundos en silencio, después sonrió para sí.
Negó lentamente con la cabeza y murmuró, casi divertido:
—Definitivamente nunca tuve la menor oportunidad.
Timothy apareció a su lado con la cabra.
—¿Van a casarse?
Nathaniel soltó una carcajada.
—Después de sobrevivir a esa conversación, creo que sí.