Huir no es de Cobardes CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Sin embargo, su corazón ya había comenzado a latir como si supiera algo que ella aún no se atrevía a aceptar.

Sebastian estaba cerca, a unos escasos kilómetros de distancia y esta vez, ella no quería huir de él.

***

Timothy nunca había sido un niño especialmente dado a la prudencia. Su madre llevaba años asegurando que, si algún día el mundo llegaba a su fin, seguramente él sería el primero en enterarse y el último en guardar el secreto.

Aquella tarde volvió a demostrarlo, porque apenas cruzó el umbral de la posada, sujetó con fuerza la cuerda de la cabra y echó a correr por el camino que conducía hacia Longleat House.

—¡Vamos, Laila! —La cabra protestó con un balido—. ¡Corre!

El animal, naturalmente, decidió que correr era una idea excelente.

Durante varios minutos ambos atravesaron caminos de tierra, pequeños prados y senderos bordeados de robles, levantando tras de sí una nube de polvo que hizo girar la cabeza a más de un campesino.

Timothy apenas respiraba porque en su mente no existía ninguna duda.

Lady Charity había vuelto, y lo había hecho con el rubio, con equipajes y estaban juntos en una posada.

Aquello solo podía significar una cosa, porque era exactamente el tipo de historia romántica que escuchaba contar a las mujeres del pueblo mientras compraban pan, y si alguien debía impedir aquella tragedia era lord Sebastian.

Cuando la silueta de Longleat House apareció finalmente entre los árboles, Timothy apenas redujo la velocidad.

Entró por la avenida principal esquivando jardineros, un par de perros y a un cochero que estuvo a punto de dejar caer un cubo de agua.

—¡Lord Sebastian! —Nadie respondió—. ¡LORD SEBASTIAN!

Uno de los lacayos apareció en la puerta principal.

—¿Qué ocurre?

—¡Necesito verlo!

—¿Ha pasado algo?

—¡Sí!

—¿Qué?

—¡Es una emergencia! —exclamó desesperado.

Aquella palabra bastó para que el hombre dejara de hacer preguntas.

—Está en los establos.

Timothy no esperó más y volvió a correr con la cabra detrás. Cinco minutos después irrumpía en el gran establo principal completamente sin aliento.

Sebastian estaba cepillando el cuello de Atlas, su caballo favorito.

Vestía ropa de montar, camisa blanca remangada y un chaleco oscuro cubierto de polvo. Llevaba casi una hora intentando concentrarse en el animal para dejar de pensar en Charity, sin éxito naturalmente.

Atlas levantó la cabeza antes que él, Sebastian se volvió y al ver entrar a Timothy jadeando de aquella manera, dejó inmediatamente el cepillo sobre un banco.

—¿Timothy? —frunció el ceño al verlo tan agitado—. ¿Ha ocurrido algo?

El niño tardó unos segundos en recuperar el aliento.

—¡Ella! —fue lo único que dijo, pero bastó para cambiar la expresión del rostro de Sebastian.

El corazón le dio un vuelco tan violento que casi dolió.

—¿Quién? —preguntó ansioso, aunque sabía la respuesta.

—¡Lady Charity! —replicó el niño.

Todo su cuerpo se quedó completamente inmóvil, y durante un instante ni siquiera respiró.

—¿Qué pasa con ella?

—¡Ha vuelto!

Aquellas dos palabras bastaron para detener el tiempo.

—¿Qué has dicho?

—¡Ha vuelto!

Sebastian dio un paso hacia él hasta acercarse.

—¿Dónde está?

—En la Posada del Roble.

El corazón comenzó a golpearle el pecho con una fuerza casi insoportable.

Había vuelto… ella había vuelto después de un mes y medio.

La esperanza apareció tan deprisa que apenas tuvo tiempo de disfrutarla, porque Timothy continuó hablando.

—Está con el rubio.

Sebastian frunció el ceño.

—¿Qué rubio?

—¡El lord del baile!

El mundo volvió a detenerse para él.

—¿Lord Pembroke?

—¡Ese!

Sebastian sintió que algo se cerraba dentro de él lentamente, como una mano invisible apretándole el pecho.

—¿Los viste juntos?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—¡Claro! —Timothy comenzó a gesticular con entusiasmo—. Llegaron en el mismo carruaje, traían un montón de equipajes, se quedaron en la posada juntos… y él la miraba todo el tiempo. Y también…

Sebastian ya no escuchaba, solo distinguía palabras sueltas.

Carruaje, equipajes, posada y juntos.

Todo empezó a encajar de la peor manera posible.

Nathaniel. Era Nathaniel, no él.

La imagen apareció sola en su cabeza, con Charity sonriendo y Nathaniel junto a ella; un futuro, un matrimonio, una vida y él... fuera de todo aquello.

Atlas relinchó suavemente. Sebastian apoyó una mano sobre el cuello del caballo, intentando recuperar el aire, pero no funcionó.

Lord Caspian apareció en la puerta del establo unos segundos después, atraído por el alboroto.

Miró a Timothy, luego a su nieto y comprendió inmediatamente que algo iba muy mal.

—Sebastian… —lo llamó.

Él no respondió, seguía completamente inmóvil con la vista perdida.

—¿Qué ha ocurrido?

Timothy respondió antes que nadie.

—¡Lady Charity volvió con el rubio!

El anciano cerró los ojos un instante.

—Timothy... —lo nombró Sebastian, advirtiendo que no siguiera.

—Creo que van a casarse —siguió el niño como si no le hubieran dicho nada.

Aquello fue suficiente.

Sebastian levantó lentamente la cabeza, y la expresión de su rostro era completamente distinta a cualquier otra que su abuelo hubiera visto antes.

No había serenidad, paciencia, o ese dominio absoluto de sí mismo que siempre lo caracterizaba.

Solo había un miedo profundo y visceral; el mismo que siente un hombre cuando comprende que puede perder aquello que más ama.

—¿Dónde están exactamente?

Timothy señaló el camino.

—En la posada, a las afueras del pueblo. El carruaje se rompió, pero...

Sebastian ya caminaba, prácticamente corriendo y atravesando el establo con una determinación que rozaba la desesperación.

—¡Sebastian! —La voz de Caspian lo detuvo apenas un segundo. Su nieto se detuvo sin girar a mirarlo—. Escúchame; respira primero, habla después y no saques conclusiones precipitadas.

Sebastian sonrió, pero aquella sonrisa estaba completamente vacía.

—Abuelo, creo que ya es demasiado tarde para eso.

Y antes de que nadie pudiera añadir una sola palabra más, salió del establo.

Un mozo apenas tuvo tiempo de apartarse cuando Sebastian tomó las riendas de Atlas de un solo movimiento.

Ni siquiera esperó a que ensillaran el caballo, lo hizo él mismo con una rapidez impropia de alguien normalmente tan meticuloso.

Las correas quedaron ajustadas en apenas unos segundos y subió de un salto.

—¡Sebastian! —Su abuelo volvió a llamarlo, y esta vez consiguió que lo mirara solo un instante—. ¿Qué vas a hacer?

Sebastian permaneció inmóvil unos segundos, mirando hacia el camino que conducía al pueblo y después respondió con una sinceridad que dejó helado incluso a su abuelo.

—No lo sé.

Y era verdad. No tenía ningún plan, ninguna estrategia y ningún discurso preparado.

Solo sabía que si Charity había vuelto para elegir a otro hombre, necesitaba verla una última vez, aunque aquello terminara de romperle el corazón.

Clavó suavemente los talones, Atlas salió al galope y mientras desaparecía entre los árboles, levantando una nube de polvo tras de sí, Timothy observó orgulloso la escena.

Luego miró a la cabra.

—Creo que hice lo correcto.

La cabra baló como si, por primera vez en su vida, no estuviera del todo convencida.

***

Atlas llegó a la Posada del Roble cubierto de espuma, mientras que Sebastian apenas sintió el galope. No recordaba haber recorrido el camino, ni haber saludado a nadie.

Ni siquiera recordaba haber respirado. Solo una imagen se repetía una y otra vez desde que Timothy irrumpió en Longleat House.

«Lady Charity ha vuelto».

Y después...

«Está con el rubio».

Nada más importaba.

Cuando la fachada de la posada apareció entre los árboles, tiró de las riendas con fuerza. El caballo relinchó y levantó las patas delanteras antes de detenerse bruscamente en medio del patio.

Varias personas giraron la cabeza.

Un mozo dejó caer un saco de avena, el posadero salió apresuradamente a la puerta, pero Sebastian apenas los vio.

Sus ojos fueron directamente hacia el carruaje y reconoció el escudo de los Pembroke grabado en uno de los laterales. La rueda averiada ya había sido sustituida y dos mozos terminaban de asegurar el equipaje en la parte trasera.

Todo estaba listo para partir y el corazón comenzó a golpearle el pecho con una violencia insoportable.

Entonces, la vio, saliendo de la posada.

Llevaba un vestido azul oscuro de viaje y un sombrero de ala corta sujeto con cintas color marfil. Una ligera brisa movía algunos mechones cobrizos que habían escapado de su peinado.

Durante un instante, el mundo entero desapareció.

Había imaginado volver a verla cientos de veces, miles.

La había imaginado enfadada, sonriendo, llorando, pero jamás había imaginado que verla volvería a doler tanto, porque era todavía más hermosa de lo que recordaba y precisamente por eso el miedo regresó con más fuerza.

Nathaniel apareció detrás de ella llevando un pequeño bolso de viaje.

Sonreía, decía algo que Sebastian no alcanzó a escuchar y Charity respondió con otra sonrisa pequeña y agradecida.

Nathaniel dejó el bolso dentro del carruaje y, con la naturalidad propia de un caballero, se volvió hacia ella para ofrecerle la mano mientras subía al estribo.

Aquella imagen bastó, fue suficiente y Sebastian sintió que algo terminaba de romperse dentro de él.

No escuchó al posadero saludándolo, ni oyó a Atlas relinchar.

No fue consciente de las personas que comenzaron a observar la escena, solo vio a Charity con un pie sobre el estribo del coche, a punto de marcharse de nuevo, y esta vez con otro hombre.

No.

Aquello no podía terminar así.

Descendió del caballo antes incluso de que el animal estuviera completamente inmóvil. Las riendas quedaron colgando y Atlas permaneció donde estaba, demasiado bien entrenado para moverse.

Sebastian comenzó a caminar, primero despacio, después más deprisa hasta que terminó cruzando el patio con una determinación que hizo que varias personas dejaran de hablar para observarlo.

Nathaniel fue el primero en advertir su presencia y la sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

—Lord Weymouth...

Charity giró apenas la cabeza y el tiempo dejó de existir.

Sus ojos se encontraron después de un mes y medio.