CAPÍTULO 13
Bath apareció ante Charity como un recuerdo que todavía dolía.
El carruaje avanzaba lentamente por el camino de entrada al pueblo, levantando una ligera nube de polvo dorado bajo las ruedas mientras la tarde comenzaba a inclinarse hacia el ocaso.
A lo lejos, las fachadas de piedra clara brillaban con esa luz suave que siempre hacía parecer a Bath un lugar construido más para la nostalgia que para la vida real.
Charity permanecía junto a la ventanilla, con los dedos crispados sobre los guantes, observando cada curva del camino como si en cualquier momento el pasado pudiera salir a su encuentro.
Nathaniel, sentado frente a ella, no dijo nada.
Había aprendido durante el viaje cuándo hablar y cuándo permitirle respirar.
Y Charity se lo agradecía más de lo que podía expresar.
Era extraño pensar que aquel hombre, que durante unas semanas había sido casi un rival involuntario, terminara siendo la persona que la escoltaba de regreso al sitio donde había dejado el corazón.
—Ya casi estamos —dijo él finalmente, con suavidad.
Charity asintió.
—Lo sé.
Su voz sonó demasiado tranquila.
Nathaniel la observó con atención.
—Puedes pedir al cochero que dé la vuelta.
Ella lo miró de golpe.
—¿Eso es un consejo?
—No. Es una garantía. Quiero que sepas que aún puedes elegir.
Aquello la golpeó en un lugar demasiado sensible.
Porque esa era la razón por la que estaba allí.
No porque sus padres lo hubieran decidido, no porque sus abuelos lo esperaran, no porque un acuerdo antiguo la obligara.
Estaba volviendo porque, después de un mes y medio de orgullo, rabia y noches sin dormir, había descubierto que amar a Sebastian no era una derrota.
La derrota habría sido dejar que el miedo decidiera por ella.
—No quiero dar la vuelta —dijo al fin.
Nathaniel sonrió.
—Entonces Bath tendrá que prepararse.
Charity soltó una risa pequeña, nerviosa, casi temblorosa.
—Creo que Bath ya sobrevivió a mí una vez.
—No estoy seguro de que la cabra opine lo mismo.
El recuerdo de Timothy y la cabra la hizo sonreír de verdad por primera vez en horas.
Pero la sonrisa desapareció poco después, porque pensar en Timothy era pensar en el mercado, y pensar en el mercado era pensar en Sebastian sosteniéndola por la cintura mientras medio pueblo los miraba como si ya estuvieran casados.
El carruaje tomó una curva, entonces se oyó un crujido primero leve, y después alarmante.
Nathaniel se enderezó de inmediato.
—Eso no ha sonado bien.
El cochero soltó una exclamación desde el pescante. Los caballos se agitaron, el carruaje dio un brusco tirón hacia un costado y Charity tuvo que sujetarse del asiento para no caer hacia adelante, junto con Mary.
—¡Cuidado! —exclamó Nathaniel, inclinándose para sostenerla.
El vehículo se detuvo con un golpe seco. Luego, desde fuera, el cochero maldijo con una creatividad admirable y Charity cerró los ojos.
—Maravilloso.
Nathaniel abrió la puerta y descendió primero. Luego le ofreció la mano.
—Parece que Bath ha decidido recibirnos con dramatismo.
—Bath tiene un gusto pésimo para el teatro —replicó ella con su habitual sarcasmo.
Al bajar, Charity vio el problema de inmediato. Una de las ruedas había quedado torcida y el eje parecía haber sufrido lo suficiente como para no continuar sin una reparación seria. El cochero estaba inclinado examinando el daño, mientras uno de los lacayos intentaba calmar a los caballos.
—¿Podemos seguir? —preguntó Nathaniel.
El cochero se incorporó con gesto sombrío.
—No sería prudente, milord. La posada está a menos de media milla. Puedo llevarlo despacio hasta allí o mandar por ayuda.
Nathaniel miró a Charity.
—La Posada del Roble está en la entrada del pueblo. Es respetable.
Ella tragó saliva.
La Posada del Roble, la conocía.
Sebastian la había mencionado una vez durante un paseo. Había dicho que servían una tarta aceptable y un estofado que, según él, era lo bastante bueno como para justificar sobrevivir a una tarde de lluvia.
Porque naturalmente incluso las posadas debían recordarle a Sebastian.
—Entonces vayamos allí —dijo, intentando sonar serena.
El trayecto hasta la posada fue lento, incómodo y lleno de crujidos amenazadores.
Cuando finalmente llegaron, el dueño salió de inmediato, seguido de dos mozos de cuadra y una mujer robusta con delantal blanco que parecía capaz de dirigir un ejército.
Los equipajes fueron bajados, los caballos atendidos y el carruaje llevado hacia un cobertizo para revisar la reparación.
—Me temo que tardará unas horas —informó el posadero—. Tal vez hasta mañana si no conseguimos la pieza antes de la noche.
Charity sintió que el corazón se le hundía.
—¿Mañana?
—Tomaremos una sala privada y algo caliente mientras decidimos qué hacer. —Nathaniel intervino con calma.
La posada era cálida, sencilla y llena del murmullo propio de un lugar frecuentado por viajeros.
El comedor principal tenía vigas oscuras, mesas de madera bien gastadas y una chimenea encendida aunque la tarde aún no se había vuelto fría.
El aroma a pan recién horneado y carne guisada flotaba en el aire, mezclado con el humo, la cerveza y el perfume más tenue de las flores secas que colgaban cerca de la entrada.
Charity se sentó junto a una ventana desde la cual podía ver el camino.
¡Maldita costumbre!
Nathaniel lo notó, pero no comentó nada.
—Pediré té —dijo él.
—Y algo de comer —añadió Charity.
—Eso suena razonable.
—Estoy intentando portarme de manera razonable —suspiró dramáticamente.
—Terrible elección. No parece natural en ti.
Ella lo miró con fingida ofensa.
—Lord Pembroke, empiezo a sospechar que nuestra amistad te ha vuelto insolente.
—Creo que siempre lo fui. Solo que al principio intentaba impresionarte.
Aquello le arrancó una risa y ese fue el preciso instante en que el destino, que claramente tenía sentido del humor, decidió enviar a Timothy.
El niño apareció frente a la ventana como una visión.
Primero surgió la cabra con una cuerda roja al cuello, se detuvo en medio del camino y miró hacia la posada con una solemnidad inquietante. Detrás de ella apareció Timothy, cargando una cesta de manzanas y con el cabello tan revuelto como si hubiese atravesado un campo de batalla.
Charity lo vio.
Timothy la vio.
Se sostuvieron la mirada, sorprendidos, hasta que el niño miró a Nathaniel, los equipajes y el carruaje averiado.
Arrugó el ceño y miró otra vez a Charity, y su rostro se iluminó con el horror emocionado de alguien que acababa de descubrir un secreto de Estado.
—Oh, no —murmuró Charity.
Nathaniel siguió la dirección de su mirada.
—¿Ese es...?
—Sí.
—¿Y la cabra?
—También.
Timothy pegó la nariz al cristal.
—¡Lady Charity!
La mitad del comedor giró la cabeza y Charity cerró los ojos.
—Por supuesto… —gruñó ella.
El niño desapareció de la ventana y segundos después irrumpió en la posada con la cabra detrás, ignorando completamente los gritos del posadero.
—¡Ha vuelto! —exclamó Timothy—. ¡Sabía que volvería!
Charity se levantó a medias.
—Timothy, baja la voz.
—¿Volvió para casarse?
Nathaniel tosió y Charity se quedó petrificada.
—¿Qué?
Timothy señaló a Nathaniel con absoluto convencimiento.
—Con él.
—¡No!
—Pero tienen equipaje.
—Porque viajamos —explicó ella.
—Y están en una posada.
—Porque el carruaje se rompió —añadió Mary.
—Y él te está mirando con cara de caballero noble… —siguió el pequeño como si no hubiera escuchado ninguna explicación.
Nathaniel se llevó una mano al pecho.
—Me siento halagado —dijo, realizando una graciosa reverencia.
—No ayudes —le susurró Charity.
Timothy entrecerró los ojos, evaluando la situación como si estuviera en plena investigación criminal.
—Entonces, ¿no vas a casarte con el rubio? —miró a Nathaniel.
—No.
—¿Seguro? —insistió el niño.
—Timothy…
—Porque si te casas con el rubio, lord Sebastian va a morir.
El silencio cayó sobre la mesa y Charity sintió que el pecho se le apretaba.
—No digas eso.
Por primera vez, el niño pareció menos travieso.
—Está triste.
La sencillez de aquellas dos palabras la dejó sin defensa.
—¿Lo has visto? —preguntó ella sin poder evitarlo.
Timothy asintió.
—Sí. Ya no viene al pueblo como antes, y cuando viene mira todo como si hubiera perdido algo. Mi madre dice que los hombres así no están enfermos, están enamorados… —explicó el niño, como si intentara razonar con la dama.
Nathaniel bajó la mirada con discreción, Charity no pudo responder y la cabra aprovechó el silencio para robar un trozo de pan de una mesa cercana.
—¡La cabra! —gritó el posadero.
Timothy giró, tomó la cuerda y empezó a retroceder hacia la puerta.
—Tengo que irme.
Charity sintió un súbito presentimiento.
—Timothy… —dijo en tono de advertencia.
El niño sonrió de una forma muy peligrosa.
—No haré nada… —murmuró sin dejar de sonreír.
—Timothy… —Charity negó con la cabeza.
—No haré nada malo, milady.
—¡Timothy! —alzó la voz ella, pero ya era tarde.
El niño salió disparado de la posada, arrastrando al animal detrás, como si fuese un ejército de una sola cabra.
Nathaniel observó la puerta abierta, luego miró a Charity.
—Creo que irá a buscar a lord Weymouth.
—Por supuesto que sí... —contestó resignada Charity, y se hundió lentamente en la silla.
—Y creo que ha entendido la situación de forma completamente equivocada.
—Por supuesto que sí.
Nathaniel intentó parecer serio, pero fracasó.
—En su defensa, los equipajes, la posada y mi cara de caballero noble no ayudan.
Charity lo miró con desesperación.
—Esto no tiene gracia, Nathaniel.
—Todavía no —dijo él, sonriendo por cómo se estaba dando el regreso de la joven.
Ella llevó una mano al pecho, intentando calmar el repentino golpe de su corazón.
Sebastian iba a enterarse de que estaba allí, y quizás iría a buscarla, pero lo peor no era el malentendido, sino que, después de un mes y medio imaginando mil veces cómo sería volver a verlo, de pronto descubría que quizás no estaba preparada.